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Mis Dos Esposas - Capítulo 3

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3: Marian 3: Marian *Este capítulo está narrado desde la perspectiva de Emma.

Un año después de nuestra boda, Alejandro y yo celebramos nuestro aniversario en uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad.

No fue una decisión improvisada.

Ese lugar era sinónimo de prestigio, discreción y excelencia.

El tipo de sitio donde las conversaciones se mantienen en voz baja, donde el vino nunca se sirve con prisa y donde cada detalle está pensado para hacerte sentir que perteneces… incluso si no es del todo cierto.

Las luces eran tenues, cálidas, diseñadas para suavizar los contornos y embellecer los gestos.

La música flotaba apenas perceptible, un jazz elegante que se deslizaba entre las mesas sin interrumpir.

El aroma de la comida era envolvente, profundo, prometedor.

Alejandro estaba frente a mí, impecable como siempre.

Sonreía mientras hablaba, con esa seguridad tranquila que tanto me había enamorado.

Yo lo escuchaba con atención, relajada, con la certeza —o eso creía— de que había tomado las decisiones correctas.

Habíamos sobrevivido al primer año de matrimonio.

A los ajustes.

A las expectativas.

A los silencios incómodos.

A los acuerdos no dichos.

Habíamos sido fieles.

Ambos.

—¿Te das cuenta de lo rápido que pasó el año?

—dijo Alejandro, levantando su copa.

—Pasó rápido porque fue intenso —respondí, chocando suavemente mi copa con la suya—.

Nada verdaderamente importante es sencillo.

Él sonrió.

Yo también.

Estaba a punto de decir algo más cuando lo noté.

Fue apenas un segundo.

Un instante mínimo.

Pero suficiente.

Alejandro dejó de escucharme.

No giró la cabeza de inmediato.

No fue un gesto descarado.

Fue algo más sutil: una pausa en su mirada, una desconexión breve, como si algo hubiera irrumpido en su campo visual sin pedir permiso.

Seguí la dirección de sus ojos.

Y entonces la vi.

Una mujer acababa de entrar al restaurante.

Alta.

Elegante.

Hermosa de una forma distinta a la mía.

No llevaba un vestido llamativo ni joyas costosas.

Su presencia no gritaba lujo, pero lo imponía.

Caminaba con seguridad entre las mesas, con una concentración natural, como si conociera cada rincón del lugar, cada ritmo, cada silencio.

No era una clienta.

Lo supe de inmediato.

Había algo en su forma de moverse que no correspondía al ocio ni a la vanidad.

No miraba alrededor buscando aprobación.

Observaba con criterio, con atención.

Su cuerpo era esbelto, fuerte.

Su piel oscura contrastaba de manera hipnótica con la iluminación cálida del lugar.

No sentí celos.

No aún.

Sentí algo peor.

Curiosidad.

—¿Todo bien?

—pregunté, sin acusación, sin reproche.

Alejandro parpadeó, como si regresara de un pensamiento ajeno.

—Sí… claro —respondió—.

Perdón.

No necesitaba insistir.

Yo ya había entendido.

La mujer se movía ahora entre las mesas, revisando platos, intercambiando palabras breves con el personal.

Vestía el uniforme del restaurante, pero lo hacía parecer una extensión de sí misma.

No la opacaba.

La definía.

—Es la sous chef —comentó el mesero al servirnos el siguiente tiempo, con un evidente orgullo—.

La mente creativa detrás del menú de esta noche.

Asentí, interesada.

Levanté la vista justo cuando ella se inclinaba ligeramente para escuchar a un comensal.

Era más alta que yo, de figura estilizada.

Su pecho era generoso, evidente incluso bajo la ropa de trabajo, mientras que sus caderas eran más discretas, más rectas, menos pronunciadas que las mías.

No éramos comparables.

Éramos opuestas.

Y eso, por alguna razón, me intrigó aún más.

Giré lentamente hacia Alejandro.

Él no la observaba de manera abierta, pero tampoco la ignoraba.

Había aprendido a conocerlo demasiado bien como para no notar ese equilibrio tenso entre el autocontrol y el interés.

Le gustó, pensé con una claridad que me sorprendió.

Y lo más desconcertante fue que no sentí enojo.

Ni miedo.

Ni inseguridad.

Sentí curiosidad.

La sous chef pasó cerca de nuestra mesa.

Fue entonces cuando decidí hablar.

No por cortesía social, sino porque necesitaba escuchar su voz.

—La cena ha sido exquisita —dije con una sonrisa sincera—.

Realmente excepcional.

La mujer se detuvo.

Sus ojos se encontraron con los míos.

Eran de un verde intenso, vivos.

Había en ellos una mezcla de disciplina y calidez que no se aprende: se cultiva.

—Gracias —respondió—.

Me alegra mucho escuchar eso.

Su voz era firme, segura, con un matiz suave que la hacía cercana.

—¿Tu nombre?

—pregunté, sin rodeos.

—Marian —contestó—.

Marian Okoye.

Alejandro levantó la mirada solo entonces.

Lo justo.

Lo correcto.

Lo educado.

—Felicidades por su aniversario —añadió Marian, dirigiéndose a ambos—.

Es un honor que lo celebren aquí.

—Gracias —respondí—.

Se nota el cuidado en cada detalle.

Marian inclinó ligeramente la cabeza, agradecida.

—Que disfruten la velada.

Y se fue.

No hubo más.

No miradas prolongadas.

No palabras innecesarias.

Aun así, algo había quedado suspendido en el aire.

La seguí con la mirada unos segundos más.

No por celos.

No por comparación.

Sino porque había algo en ella que se quedaba contigo incluso cuando ya no estaba frente a ti.

—Es preciosa —comenté al fin, sin levantar la vista del plato.

Alejandro me miró sorprendido.

Quizá esperaba otra reacción.

—Lo es —admitió—.

Y muy talentosa, por lo visto.

Asentí.

Bebí un sorbo de vino.

Dejé que el sabor me anclara al momento.

No pregunté más.

No reclamé.

No hice escenas.

La cena continuó entre risas suaves y recuerdos compartidos.

Sin embargo, yo ya no estaba del todo allí.

Una parte de mi mente regresaba una y otra vez a ese nombre.

Marian Okoye.

Esa noche, ya en casa, la imagen volvió con claridad.

No tuve que buscar demasiado para saber más de ella.

Fue información que apareció casi por inercia, como si el mundo hubiera decidido ofrecérmela sin resistencia.

Marian tenía veinticinco años.

La misma edad que yo.

Cinco meses mayor.

Un año menor que Alejandro.

Era hija de un chef ghanés y una mujer mexicana.

Había crecido entre cocinas exóticas, aromas intensos, disciplina y exigencia.

Era una mujer tan bicultural como yo, eso me agradaba de ella, aunque la mía por parte paterna era una extremadamente fría, por parte de mi madre y esposo eran tremendamente cálidas.

Ella en contraparte, provenía de dos culturas intensas, cálidas, festivas.

Su padre era el dueño del restaurante.

Ella no había llegado ahí por concesión, sino por trabajo duro, por talento, por carácter.

Su objetivo era claro: abrir algún día su propio restaurante.

Uno que llevara su nombre.

Uno que no dependiera de nadie más.

Cerré el teléfono y me giré en la cama.

Alejandro dormía a mi lado, tranquilo, ajeno a mis pensamientos.

Observé su rostro unos segundos más de lo necesario.

El hombre que había elegido.

El hombre con el que había firmado un acuerdo tan estricto como frágil.

El pacto seguía intacto.

La fidelidad, también.

Pero algo había cambiado.

Por primera vez desde la boda, entendí que no todas las amenazas llegan con intención de destruir.

Algunas aparecen en silencio.

Hermosas.

Seguras.

Sin pedir permiso.

Y Marian Okoye aún no sabía que acababa de entrar en nuestras vidas.

Ni yo sabía aún si deseaba que se quedara… o que se fuera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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