Mis Dos Esposas - Capítulo 20
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20: Los Primeros Treinta Días 20: Los Primeros Treinta Días *Capitulo narrado por Alejandro.
El primer mes no fue un huracán como pudiera pensarse en una situación como la de nosotros 3.
Por el contrario, asentó los hábitos entre los tres y fijó la costumbre.
La casa Belmonte Van Dyke, o mejor dicho Belmonte Van Dyke Okoye, ya no parecía un escenario experimental, ya funcionaba como un hogar con dinámicas particulares, pero claras.
Los lunes, al inicio de semana siempre tenían un ritmo complejo; los martes y jueves trataban de ser días de descanso para todos a pesar de ser días laborales, los miércoles sabían a vino, una costumbre nueva para nosotros impulsada por Marian; los sábados salíamos a bailar, o a cenar, o simplemente aprovechábamos para ver películas largas en casa.
Las reglas seguían vigentes, pero no era necesario hablar de ellas, simplemente se ejecutaban.
Habíamos aprendido pequeños códigos.
Cuando Emma dejaba la agenda sobre la mesa del comedor, significaba que necesitaba hablar de algo importante esa noche.
Cuando Marian colocaba flores frescas en la entrada de nuestra habitación, era una invitación a tener conversación más que algo sexual.
Cuando yo les proponía cocinar, era porque buscaba reconciliarme con alguna de las chicas, o enmendar un error.
Nuestras primeras dos semanas, todo había marchado con sorprendente armonía.
Había respeto, había nacido una amistad entre las chicas, había amor y afecto; y sobre todo había deseo, demasiado aún.
No importaba que Emma y yo tuviéramos un año de casados, la realidad es que no solo mi relación con Marian era nueva, y se sentía como un matrimonio reciente, también mi vida con Emma se revitalizó, se sintió mucho más joven aún, casi como alegría adolescente.
Infortunadamente, ningún equilibrio es perfecto, sin embargo no todo desbalance rompe la unión.
La primera discusión fue causada por Emma.
Uno de esos martes por la noche que pudieron pasar desapercibidos, pero al final no lo fue.
Yo debía acompañarla a una cena empresarial.
Marian lo sabía y acordamos ajustar las cosas después; era parte del mundo público de Emma, y sin eso la relación no podría funcionar.
Cuando regresamos, pasadas las once, Emma traía una energía distinta: distante, fría, casi negativa.
Marian estaba en la sala leyendo cuando entramos.
—¿Cómo estuvo la cena?
—preguntó con naturalidad, sin saber nada de lo que había pasado.
—Pudo ser peor…
aún—respondió Emma sin siquiera voltear a verla.
Emma dejó su bolsa sobre la mesa con más fuerza de la necesaria, prácticamente fue un azotón.
—No me gusta que hablen de nosotros, y nuestra vida privada.
El silencio cayó.
—¿Quién habló?
—pregunté.
—Un socio de mi padre insinuó que pasas demasiado tiempo en casa últimamente, desde que llegó Marian, “la chef” como le dijo.
Y me molestó que me afectara.
Marian cerró su libro despacio.
—Oigan, a mí no me metan en esto.
Emma levantó la mirada, directa.
—No es problema contigo, pero me molesta que no pueda explicar mi vida sin mentir.
En ese momento le respondí.
—No tienes que explicarle nada a nadie.
Sabíamos que tendríamos que cambiar muchas cosas, empezando por nuestro discurso con la gente tras nuestra nueva vida.
—Para ti es fácil decirlo —replicó ella—.
No eres tú quien sostiene la imagen pública de nuestra empresa.— me dijo, no enojada, solo preocupada.
Y podía entenderla a al perfección.
¿Qué pasaría si los Van Dyke se enteraran de nuestra relación con Marian?
La discusión escaló, no fue violenta, no hubo insultos, nunca lo había en nuestras pelea, pero sí algunos reproches.
Emma necesitaba control absoluto, no solo de su vida, sino de todo a su alrededor, y aquella situación desafiaba su narrativa perfecta.
Marian le habló con calma.
—Entonces el tema no es sobre nosotros tres.
Es sobre cómo te miran, y como te afecta el escrutinio público.
Emma, lo lamento, pero si quieres que eso no pase más, la única manera que tienes de evitarlo es que yo me vaya de sus vidas.
¡Tú tienes la última palabra!
Emma guardó silencio al respecto, no tuvo palabras para responderle a Marian, solo la abrazó fuertemente.
— Perdón, lamento si pareciera que eso es lo que yo quisiera.
Y no, no quiere que nada cambie, ni que tú te vayas, Alejandro te adora, y yo también te quiero, eres además mi única amiga y confidente—.
Fue lo último que pronunció Emma.
Tras eso la noche cerró con tranquilidad, y en paz.
La segunda discusión, fue trivial, casi ridícula; al menos para mí, pero no para Marian.
Un viernes por la tarde olvidé que debía acompañar a Marian a una degustación con un proveedor.
Le había prometido ir, era para reabastecer el almacén familiar, era en esencia algo sin importancia, pues Marian sola podría haberlo hecho sin mí.
Sin embargo, una llamada de Emma me retuvo en el despacho, era urgente, y yo no le pedí un momento a Emma, para avisarle a Marian de la eventualidad.
Marian regresó sola.
—No era importante —dijo al verme en la sala—.
Solo pensé que querías venir, y vaya que quería ir con ella, me di cuenta en cuanto llegué a casa, el no tema no fue la degustación, fue que posteriormente le había prometido llevarla a cenar a un restaurante que ella hace mucho quería ir.
—Lo siento, se me pasó el tiempo — Fue mi disculpa.
—No pasa nada.
Pero sí pasaba.
Durante la cena, el ambiente estuvo más silencioso.
Emma notó la tensión, ella no sabía del plan de Marian, generalmente no nos consultábamos al respecto de los planes que hiciéramos.
—¿Me perdí de algo?
—Nada relevante —respondió Marian.
Simplemente dejé mis cubiertos en la mesa.
—Fui un idiota.
Cuando me llamaste por la emergencia en la oficina olvidé decirte que saldría con Marian, y a ella no le llamé para avisarle de la emergencia, me estuvo esperando.
Marian me miró, no enojada, sino herida.
—No es la degustación.
Es que dijiste que estarías, sabes que lo único que quería era estar contigo…
Siento que tu agenda se ajusta más fácil a Emma que a mí.
Emma levantó la vista con cierta molestia, pero cambió su semblante cuando vió a Marian con la mirada cristalina.
—Oye, eso no es cierto, no sabía sus planes y se presentó una emergencia, de haberlo sabido, habría buscado otra alternativa para no entrometerme, discúlpenme.
—No dije que fuera intencional —aclaró Marian—.
Solo… sucedió, no tienes que disculparte.
En ese momento entendí que la alternancia de noches no garantizaba equilibrio emocional.
—Tienes razón —admití—.
Me esfuerzo por no fallar en lo visible.
Y descuido lo que parece pequeño.
Marian suspiró, la verdad es que se notaba que quería llorar, se notaba bastante desilusionada.
—No quiero competir contigo Emma, me has dejado muy claro que estamos en la misma jerarquía.
Solo quiero sentir que mi tiempo contigo Alejandro es tan valioso como con Emma.
Emma intervino, con voz firme pero serena.
—No es una competencia, nunca lo ha sido.
Y si en algún momento lo parece, tenemos que corregirlo—.
— Habíamos acordado que los planes que hagamos serían solo nuestros, pero creo que es importante que los tres estemos enterados para evitar que esto vuelva a pasar—.
Fue mi respuesta.
Ambas chicas asintieron.
Esa noche Emma se encargó de una llamada pendiente, y yo fui con Marian a la terraza.
No busqué compensar con gestos grandilocuentes, sino para escucharla, y sobre todo disculparme.
La tercera discusión fue provocada por Marian.
Ocurrió casi al final del mes.
Un domingo tranquilo, después de un almuerzo largo, Marian comentó con ligereza: —He estado pensando en aceptar una propuesta para dar clases privadas de cocina dos veces por semana, es una pequeña escuela privada.
Emma inmediatamente levantó la vista.
—¿Fuera de la casa?
—Sí, generalmente preparo todo para comer con tiempo suficiente, la despensa, compras, bebidas, y demás están perfectamente organizadas, y mis actividades acá no se verían interrumpidas, ¿Qué opinan?
Yo accedí sonriendo.
—Eso suena bien, creo que también es justo que salgas de vez en cuando de aquí, eso refrescaría sin duda la casa.
Pero Emma no respondió igual.
—¿Por qué necesitas hacerlo Marian?
La pregunta fue incómoda.
Aunque Marian pareció no tomar muy bien la respuesta.
—No es por necesidad económica.
Es por mí, me encanta vivir con ustedes, pero a veces me siento asfixiada.
—Tu acuerdo como chef privada implica disponibilidad —añadió Emma, sin dureza, pero con firmeza.
—Mi acuerdo laboral no debería definir mi libertad personal —replicó Marian.
Intenté tranquilizarlas.
— Vamos chicas no es necesario pelear, podemos reorganizar horarios—.
Emma cruzó los brazos.
—No se trata solo de horarios.
La dinámica funciona porque somos cuidadosos, incluso dentro de casa tenemos que cuidar mucho lo que hacemos, y el personal solo trabaja unas pocas horas para evitar chismes.
—¿O sea que volvemos a tu necesidad de control?
—preguntó Marian.
El comentario fue directo.
Emma la retó con la mirada, nunca había visto esa actitud en ellas.
—¿Insinúas que quiero controlarte?
—No.
No lo insinuó, lo demuestras, y no solo a mí, sino todo alrededor Emma, entiendo que ustedes crecieron en un mundo que yo no entiendo, pero una jaula, aún de oro no deja de ser una jaula—.
El silencio fue lapidario.
Solo pude pasarme la mano por el rostro, de verdad esto escaló rápido, Marian tocó una fibra sensible de Emma, y mía también ¿Esto era una prisión para ella?
Emma contuvo la respiración.
Su mayor miedo no era perderme, sino perder la estructura, y Marian tenía razón, también el control, que sostenía todo.
—No quiero limitarte —dijo finalmente—.
Solo temo que, si empezamos a dispersarnos, lo que hemos construido se fragmente, a tan poco tiempo de establecerlo.
Marian suavizó el tono en ese momento, bastó una sola actitud no dominante de Emma para que ella también cambiará su actitud.
—Lo que hemos construido no es frágil.
Y si se fragmentara como temes, entonces nunca lo fue.
Solo puede ser fuerte una relación, cuando la confianza es recíproca entre todas las partes.
Y yo confío en ustedes—.
Fue lo último que todos hablamos esa noche, no había nada más que decir.
Aunque no todo se resolvió de inmediato.
Al día siguiente, Emma propuso una solución: Marian podía aceptar las clases, aunque tendrían que hacer ajustes en tiempos con el personal.
Eso, debo decir que reforzó la confianza de Marian en Emma, y comprendió que era bastante empática como firme.
Sí alguien me lo preguntara, ese gesto de Emma, hizo que Marian de verdad la considerara su amiga.
A partir de ahí, ambas se acercaron más entre ellas, ya no solo eran mis mujeres, eran compañeras, amigas, no sabría explicar o definir mejor en qué se convirtieron.
El mes cerró sin mayores problemas.
Hubo risas.
Hubo desacuerdos, pero mayoritariamente hubo arreglos.
Hubo reconciliaciones discretas, y sobre todo seguía existiendo ese fuerte deseo que nos unia, y una pasión sin freno.
Una noche, mientras los tres compartíamos vino en la sala, observé algo que no había un mes atrás: naturalidad.
Emma ya no analizaba cada gesto, ya no imponía.
Marian ya no medía cada palabra, ya no temía decirme algo que le molestara, o como era su costumbre, no temía hacernos una broma pesada.
Y yo ya no caminaba sobre una cuerda floja invisible, intentando ser mediador.
—Treinta días —dije, levantando la copa.
—Y seguimos aquí —respondió Marian.
Emma sonrió, más suave que antes.
—Los tres juntos.
Y quizá esa era la verdadera prueba que tendríamos como familia: no evitar las fisuras, sino aprender a repararlas antes de que se conviertan en grietas.
Esa noche, debo decir que fue la mejor de nuestro joven matrimonio, al igual que en nuestra noche de bodas, volví a hacerle el amor a ambas, primero con Marian, después con Emma, con ambas fue intenso, lleno de pasión y afecto, tierno por momentos y duro también.
Sin duda alguna, ya amaba a ambas mujeres.
Esa noche también me surgió una nueva meta, quería hacer el amor con las dos juntas, y sin duda me encantaría saber que ambas se amaran también.
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