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Mis Dos Esposas - Capítulo 23

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23: La Mañana Después 23: La Mañana Después Marian fue la primera en despertar, aunque no por completo.

Aún sentía los ojos pesados y adoloridos.

Pero lo peor era su cabeza, sentía que le iba a estallar.

La sensación de calor no era solo por el verano.

Era el cuerpo pegado al suyo.

Una respiración acompasada detrás de su cuello, sentía una cara cercana a su oído.

Además de un brazo firme rodeándole la cintura.

Abrió los ojos lentamente.

Era Emma.

Emma estaba abrazándola por la espalda.

No como quien se quedó dormida por accidente, ni como quien perdió la noción del espacio.

La abrazaba con naturalidad.

Con comodidad, se notaba relajada, estaba completamente pegada a ella, Marian se quedó rígida, por un instante un escalofrío le recorrió el cuerpo.

Llevaba apenas ropa interior.

La camiseta ligera que recordaba haberse puesto antes de dormir estaba en el suelo.

Emma llevaba solo una prenda fina y desordenada, subida ligeramente por el movimiento nocturno, el brasier estaba en el suelo.

Demasiada piel unida.

Demasiada cercanía entre ellas, Su mente intentó reconstruir la noche.

Recordó vino, luego el whisky, y algunas cervezas.

Risas nerviosas.

Celos pronunciados en voz alta por primera vez, y la ira que sintieron contra la irlandesa.

Y el momento justo en que empezó a llorar, también que Emma se mantuvo más estoica todo el tiempo, también recordó que Emma la abrazó en ese momento, y que ella se sintió feliz y llena de consuelo.

Pero después… no recordó nada.

Nada era claro.

Sin embargo, el pánico no fue inmediato.

Sin embargo sintió algo más profundo.

¿Había tenido intimidad con una mujer?

¿Ella y Emma hicieron el amor?

El pensamiento la atravesó como un relámpago.

Emma comenzó a moverse detrás de ella, despertando poco a poco, aunque cada movimiento sentía como el brazo se ceñía más fuerte en ella.

Cuando abrió los ojos y entendió la posición en la que estaban, sin embargo, no se apartó de inmediato.

Observó.

Sintió.

No había incomodidad en su expresión.

Solo análisis.

—Buenos días… —murmuró Emma, con voz ronca.

Marian tragó saliva, y le respondió.

—Emma… —su tono estaba cargado de algo que no era solo resaca.

Emma notó la tensión en su cuerpo.

Aflojó ligeramente el abrazo, pero no lo retiró del todo, dejó su mano sobre el hombro de Marian, a la que acariciaba con suavidad, no parecía sentirse nada mal al respecto.

—No recuerdo nada después de la segunda botella —dijo Marian con rigidez—.

¿Tú sí?

Emma negó despacio.

—Fragmentos solamente, aunque nada claro.

Lo último que recuerdo fue cuando me puse a llorar y me abrazaste.

Silencio.

Marian giró con cuidado hasta quedar frente a ella, Emma seguía sin soltarla.

Sus rostros quedaron a centímetros.

La cercanía no parecía violenta, pero sí le resultaba inquietante.

—¿Y si…?

—Marian no terminó la frase.

Emma sostuvo su mirada.

—¿Y si qué?

—Y si cruzamos una línea.

— Te refieres a que si tú y yo tuvimos relaciones.

Emma la observó un segundo más de lo necesario.

—¿Te aterra esa posibilidad?

Marian se tomó un instante para responder.

—Sí, nunca lo habría considerado.

Pero su miedo no era solo por lo moral, sino por lo que significaba.

Emma suspiró suavemente.

—Si es que algo pasó —dijo con calma— yo no me arrepiento.

Creo que eres grandiosa, y al final somos parte de esta familia.

Marian abrió los ojos, sorprendida.

—Emma… no me digas eso.

—No me arrepentiría —corrigió Emma con suavidad—.

Estábamos vulnerables.

Nos apoyamos una a la otra, nos sentimos heridas, temimos por nuestro matrimonio con Alejandro.

Al final esto no sería un error.

Sería algo simplemente… humano.

El corazón de Marian latió con fuerza.

—Es distinto para ti.

—¿Por qué?

— le preguntó Emma —Porque tú no te cuestionas lo que sientes.

Emma sostuvo su mirada con serenidad inesperada.

—No, te equivocas.

Me cuestiono muchas cosas.

Pero esto no creo que sea un problema.

Se incorporó un poco más.

—Si pasó algo, Marian, no fue una traición a Alejandro.

No fue deslealtad, sé que él no lo vería así.

Y espero que esto no signifique un rompimiento entre nosotras.

Marian frunció el ceño.

—No puedes saber eso.

Emma dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Lo conozco.

Y estoy segura de algo.

—¿De qué?

—De que, en el fondo, lo desearía también.

Todos los hombres lo desean secretamente.

La frase cayó como una piedra en el pecho de Marian.

—Emma, esto no es un juego.

—No estoy jugando Marian, por favor cálmate.

Hubo una pausa espesa.

—Yo… —Marian dudó— yo nunca me planteé algo así.

Ni siquiera cuando accedí a vivir con ustedes.

Emma suavizó el tono.

—Y no tienes por qué hacerlo ahora.

Solo digo que no te castigues por algo que ni siquiera sabemos si pasó.

Marian bajó la mirada.

No sentía culpa.

Sentía vértigo.

Porque una parte de ella no rechazaba la idea.

Y eso la asustaba más que cualquier acto.

El teléfono vibró en el tocador Emma lo tomó.

—Es Alejandro.

*’Aterrizamos en tres horas.

Las extraño’* Otro mensaje llegó casi enseguida.

*’Invité a Caoimhe a comer con nosotros.

Quiere conocerlas’* Las dos se miraron.

La realidad las golpeó con brutalidad.

—Hoy no, por favor —susurró Marian.

—Hoy sí —respondió Emma, respirando agitada.

El resto de la mañana fue una coreografía silenciosa.

Duchas rápidas.

Orden en la residencia.

No vivían en un departamento; la casa era amplia, elegante, demasiado expuesta para sentirse vulnerables.

Mientras acomodaban el comedor, el tema volvió inevitablemente.

—No podemos decirle nada —dijo Marian.

—No hay nada que decir —respondió Emma.

—Pero yo… necesito entenderlo.

Emma se acercó.

—Entonces entiende esto primero: no hicimos nada, y si es que hicimos algo, no fue nada malo.

Marian la miró con incertidumbre.

Pasaron las 3 horas más rápido de lo que ellas hubieran deseado.

El sonido del auto entrando por la reja automática cortó la conversación.

El corazón de ambas se aceleró, sentían como si intentara escapárseles del pecho.

Cuando la puerta principal se abrió, Alejandro apareció con la misma energía cálida de siempre.

Traía una sonrisa amplia, despreocupada.

Junto a él, Caoimhe O’Leary.

Era Alta.

Elegante.

Cabello rojo intenso recogido con sencillez impecable.

Ojos verdes atentos pero suaves, Lucía impecable, a pesar de todas las horas de vuelo desde Irlanda.

—Amor —dijo Alejandro al ver a Emma.

La rodeó por la cintura sin dudarlo y la besó con naturalidad.

Un beso firme.

Visible.

Reafirmante.

—Te extrañé mucho.

Emma respondió con la misma seguridad, aunque por dentro algo se tensó.

Marian observó la escena en silencio.

Tuvo que fingir que simplemente era una visita, o parte del servicio de la casa.

—Caoimhe —continuó Alejandro con naturalidad profesional—, ella es Emma, mi esposa.

La palabra cayó con peso.

Caoimhe sonrió con genuina calidez.

—Por fin.

Anhelaba conocerte.

Alejandro me ha hablado maravillas de ti, desde hace semanas, y estos últimos días, no había momento en que no te mencionara.

Emma sostuvo la compostura.

—Espero que solo hablara de cosas buenas.

—Todas —respondió la irlandesa con una pequeña risa.

Alejandro entonces giró ligeramente.

—Y ella es Marian.

La mejor amiga de Emma… y nuestra chef privada, y si ella me permite decirlo, también mi mejor amiga.

Es quien nos consiente todos los días.

El gesto fue amable.

Le dió un abrazo sencillo y se dieron un beso en la mejilla.

Nada más.

Marian sintió un leve vacío en el estómago.

“Mejor amiga.” “Chef.” Emma también lo sintió.

La tensión fue casi imperceptible, pero estaba ahí.

Caoimhe dio un paso al frente y estrechó la mano de Marian con respeto.

—He escuchado mucho de ti también.

Sobre todo de lo cercana que eres con Emma.

Y que cocinas como nadie.

Marian logró sonreír.

—Intento hacerlo lo mejor posible.

Durante la comida, Caoimhe fue impecable.

Amable sin exceso.

Inteligente sin arrogancia.

Preguntó por la casa, por la ciudad, por la comida, por la historia de la pareja, por la amistad de ambas mujeres.

Nunca cruzó una línea.

Nunca insinuó nada.

Y eso la hacía aún más difícil de atacar, era una mujer encantadora.

Cuando el primer plato fue servido, Caoimhe miró hacia la cocina.

Directo a Marian que salía de ella.

—¿No te sientas con nosotros?

—preguntó a Marian—.

Si no es inconveniente para ustedes.

Emma y Alejandro se miraron apenas un segundo.

—Por supuesto que no —respondió Emma antes que nadie.

Caoimhe sonrió.

—Me encantaría que compartieras la mesa.

Me dijeron que eres parte fundamental de esta casa.

Marian sintió el peso de esas palabras.

‘Parte fundamental’.

Tomó asiento.

El ambiente era educado.

Cordial.

Demasiado correcto.

Pero debajo de la superficie, todo vibraba.

Emma sentía la mano de Alejandro descansando sobre su rodilla bajo la mesa.

Un gesto natural en él.

Marian notaba cada mirada profesional entre Alejandro y Caoimhe cuando hablaban de negocios.

Nada lucía indebido.

Nada resultaba sospechoso.

Y sin embargo, la inseguridad en ella crecía.

Porque el verdadero conflicto no estaba frente a ellas.

Estaba entre ellas.

La comida avanzó entre risas suaves y comentarios inteligentes.

Caoimhe elogió cada platillo con sinceridad.

—Es la primera vez en el tiempo que llevo acá, que como platillos realmente tradicionales, todo fue increíble.

Preguntó por las recetas.

Por ingredientes, lamentó que muchos no se encuentran fácil en Irlanda.

Era imposible no reconocer que era encantadora.

Cuando Alejandro se levantó un momento para atender una llamada de trabajo, el silencio que quedó en la mesa fue delicado.

Caoimhe miró a Emma con una sonrisa tranquila.

—Ahora entiendo por qué habla de ti con tanto respeto.

Emma la miró intrigada —¿Respeto?

—Sí.

No cualquiera lograría que un hombre como él mantenga los pies en la tierra, y que esté ansioso cada tarde de regresar a casa.

La frase quedó suspendida en el aire.

Marian observó todo en silencio.

Por primera vez desde la mañana, una certeza más incómoda que la resaca comenzó a tomar forma: El verdadero peligro no era lo que pudo haber pasado entre ellas.

Era lo que empezaba a pasar dentro de cada una.

Y cuando Alejandro regresó y apoyó la mano en el respaldo de la silla de Emma con naturalidad, Marian sintió algo nuevo.

No eran celos.

No exactamente.

Era algo más complejo.

Tuvo la sensación de estar dentro y fuera al mismo tiempo.

La conversación siguió, elegante, correcta.

Pero bajo la mesa, Emma buscó la mano de Marian un segundo.

Fue un gesto mínimo.

Invisible para los demás.

Cuando por fin la encontró, Marian no la retiró, sino que la tomó con fuerza.

Y justo en ese instante, Caoimhe bajó la mirada.

Y sonrió.

Como si hubiera visto más de lo que debía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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