Mis Dos Esposas - Capítulo 24
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
24: Caoimhe O’Leary 24: Caoimhe O’Leary Caoimhe fue la primera en notar el gesto entre las chicas, el mismo no fue evidente.
No fue teatral.
Fue mínimo.
Bajo la mesa; los dedos entrelazados.
Un apretón breve.
Luego otro.
Ella vió una mueca cómplice entre ellas.
Un acto de amistad y afecto que no necesitaba palabras, aunque la palabra exacta sería ‘unidad’.
Durante los primeros minutos pensó que hablaban de ella, que Emma se sentía amenazada por ella, y Marian se le hermanaba.
Era natural suponerlo.
Era la nueva.
La extranjera.
La mujer alta, la pelirroja, distinta.
Observó cómo Emma ladeaba ligeramente el rostro hacia Marian antes de cada comentario.
Cómo Marian respondía con una sonrisa apenas contenida.
Cómo las manos volvían a encontrarse debajo de la mesa como si existiera un lenguaje secreto.
Conspiraban, o al menos eso parecía.
A pesar de eso percibía hostilidad directa, ni siquiera indirecta, a pesar de esa actitud, ambas se comportaban de manera correcta y cordial con ella.
Ningún comentario pasivo-agresivo.
Ninguna pregunta punzante.
Pero sí una tensión inicial, particularmente en Emma.
Una evaluación silenciosa.
Un territorio marcando límites.
Marian, en cambio, parecía seguir la corriente con Emma.
Comparsa, socia, aliada natural.
Una completamente leal.
Sin embargo Caiomhe desconocía en su totalidad la historia que unía a las chicas, no sabía que Marian más que una amiga, era la otra mujer de Alejandro, y que ambas estaban uniéndose para defender su hogar.
Caoimhe sostuvo la copa con elegancia y sonrió.
Si ellas dos temían algo, les demostraría que no tenían nada que temer.
Y si sospechaban algo, tampoco lo confirmarían.
Porque había algo de ella que ninguna de las dos sabía.
Y no lo sabrían.
Al menos no por ahora.
O quizá nunca si no podía confiar en ellas.
La comida transcurrió entre bromas ligeras, comentarios sobre la oficina y anécdotas del viaje reciente.
Alejandro intervenía lo justo, observando con discreción cómo las tres mujeres medían distancias invisibles.
—¿De dónde eres exactamente?
—preguntó Marian, inclinándose un poco hacia adelante.
Caoimhe agradeció el cambio de tono.
Curiosidad genuina.
—De Cork —respondió con naturalidad—.
Al sur de Irlanda.
Emma arqueó apenas una ceja.
—Tu español es perfecto.
—Aprendí joven, tenía unos vecinos españoles y con ellos aprendí a hablarlo.
Ya mayor, en la universidad estudié comercio internacional.
Luego trabajé en Madrid dos años, de ahí que notarán que mi c y mi z son distintas a las de ustedes.
—¿Cuántos idiomas hablas?
—preguntó Emma, esta vez con una sonrisa que no alcanzaba del todo los ojos.
—Cuatro con fluidez —dijo Caoimhe, sin arrogancia—.
Inglés, español, francés y chino mandarín.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Chino?
—repitió Marian, bastante sorprendida.
—Sí, es un mercado estratégico —respondió con un leve ademán de su mano—.
Si quieres crecer, debes mirar directo a Asia.
También hablo el gaélico irlandés, aunque eso no lo contaría como logro.
Lo considero sangre, no currículum.
—El gaélico era la lengua de mi madre cuando estaba cansada.
La de mi abuela rezando.
La del olor a pan caliente y sopa espesa en inviernos largos.
O la de una cerveza bien fría con mi padre y hermanos para celebrar el Samhain.
No es un idioma que se presuma en cenas elegantes.
Es mi hogar—.
Cerró Caiomhe.
—Eso es algo hermoso, mi padre fue inmigrante, pero él ya no pudo aprender el idioma de mi abuela— dijo Marian en un gesto totalmente empático.
—¿Tu familia siempre se dedicó a los negocios?
—continuó.
Caoimhe apoyó los codos apenas en la mesa, relajada.
—No.
Crecí en un ambiente bastante… humilde.
Pero ella no bajó la voz, ni la suavizó.
La dijo con la misma serenidad con la que se dice ‘crecí cerca del mar’, o crecí en una casa con un limonero.
—Mi madre era cocinera.
Trabajaba en dos restaurantes pequeños.
Mi padre empezó como ayudante en una cervecería local, sin embargo fuimos 5 hijos, y la situación no fue fácil al inicio para ellos, pero trabajaron duro…
quiero decir, inteligentemente.
Emma y Marian intercambiaron una mirada.
—¿Y ahora?
—preguntó Emma.
—Ahora él es el productor principal de la región, compró la planta y expandió la marca.
No somos una corporación gigante, pero la cerveza O’Callahan (la renombró así en honor al apellido de soltera de mamá) se vende en tres condados.
No había jactancia, ni soberbia.
Había orgullo, pero no el de alguien que pretenda presumir desde la arrogancia, sino el que viene de alguien que ha luchado toda su vida por ganar respeto.
—Fuimos muy pobres cuando era niña —reiteró, sin dramatismo—.
Recuerdo inviernos sin calefacción suficiente.
Mi madre cosía nuestra ropa, muchos vecinos nos regalaban prendas seminuevas.
Nunca nos faltó comida, aunque si teníamos que racionarla inteligentemente.
Pero nunca nos faltó el amor, aprendimos que antes que todo, nos debíamos lealtad a la familia, respeto mutuo y amor por sobre todas las cosas.
Lo dijo como quien describe un paisaje superado.
Marian bajó la mirada a su copa.
Emma mantuvo la postura recta.
Ninguna de las dos había conocido la pobreza real.
Marian provenía de clase media, sí, escuchó pero jamás tuvo carencias.
Emma había vivido siempre cómoda.
Ninguna había sentido frío por falta de recursos.
Y allí estaba Caoimhe.
Alta.
Segura.
Elegante.
Hablando de escasez sin resentimiento.
Sin trauma.
Sin victimismo.
—No parece afectarte —dijo Marian con honestidad.
Caoimhe sonrió.
—¿Por qué debería?
Fue una etapa.
Me enseñó administración mejor que cualquier universidad.
Alejandro la miró con atención.
Con respeto.
—Soy buena con los números porque aprendí a hacer rendir cada moneda —añadió—.
Y ahora soy socia minoritaria en la cervecera de los Belmonte y los Van Dyke.
Estamos trabajando en una expansión conjunta.
Emma levantó la vista con interés real.
—¿Eso incluye traer tu marca a México?
—Exactamente.
Si todo sale bien, en dos años estaremos importando desde Cork.
Marian sintió algo que no esperaba.
Inseguridad.
No por belleza.
No por presencia.
Sino por solidez.
Caoimhe no era solo atractiva.
Era capaz.
Independiente.
Había construido algo.
Y hablaba de ello como si fuera natural.
Emma también lo percibió.
No era una mujer frágil.
No era una recién llegada buscando aprobación.
Era socia.
Era estratega.
Era inversión.
Y eso, de alguna manera, la volvía más peligrosa… aunque no hubiera demostrado ninguna intención.
Bajo la mesa, las manos volvieron a entrelazarse.
Esta vez Caoimhe lo vio claro.
No era conspiración.
Era conexión.
Un lenguaje íntimo.
Una alianza que no la incluía.
No sintió rechazo.
Sintió claridad.
Ellas compartían algo que no tenía que ver con ella.
Y eso la tranquilizó.
Porque significaba que no estaba siendo evaluada como rival… sino como externa.
Externa.
Casi sonrió ante la ironía.
Si supieran.
Si supieran que no competía por Alejandro.
Que no lo deseaba.
Que no lo miraba con hambre ni ambición.
Si supieran cuál era realmente su secreto.
Pero no lo sabrían.
No esta noche.
La conversación derivó en anécdotas de Irlanda, paisajes verdes, festivales locales, la lluvia constante.
—¿Extrañas tu país?
—preguntó Marian.
—A veces —respondió con honestidad—.
Pero México tiene una calidez distinta.
Aquí la gente abraza más fácil.
Emma observó el detalle.
“Abraza más fácil”.
Interesante elección de palabras.
Caoimhe bebió un sorbo de vino.
Se sabía hermosa.
Lo había sabido desde adolescente.
Sabía cómo la miraban.
Sabía cómo medir distancias.
Pero también sabía algo más.
Su secreto no era su belleza.
Era su deseo.
Y ese deseo no estaba sentado frente a ella con traje masculino.
Estaba a su derecha.
Con cabello oscuro.
Con esa sonrisa suave.
Con esos ojos que parecían escuchar incluso cuando callaban.
Marian.
Caoimhe desvió la mirada antes de que fuera evidente.
No traicionaría su compostura.
No esa noche.
La cena terminó entre risas más genuinas que al inicio.
Emma ya no parecía rígida.
Marian ya no parecía tensa.
Alejandro estaba visiblemente aliviado.
Al levantarse de la mesa, Caoimhe notó el último gesto.
Emma acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja de Marian.
Un gesto íntimo.
Instintivo.
No teatral.
Y Marian permitió el contacto con naturalidad.
No había conspiración.
Había algo más profundo.
Caoimhe entendió entonces que el recelo inicial no era odio.
Era protección.
Y la protección siempre nace del amor.
Salieron del restaurante y el aire nocturno envolvió la calle con frescura ligera.
—Es un placer conocerte mejor —dijo Marian con sinceridad.
Y lo era.
Emma asintió.
—Bienvenida oficialmente.
Caoimhe inclinó la cabeza apenas.
—Gracias.
La comida continuaba con mucha cordialidad después de la tensión inicial por parte de las dos esposas de Alejandro que escudriñaron de pies a cabeza a la chica pelirroja, y no parecieron encontrar un solo resquicio por dónde atacarla.
Aunque eso quizás no se revelaría en ese momento, por lo que sería conveniente mantenerse cerca de ella para observarla.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com