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Mis Dos Esposas - Capítulo 25

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25: A Puerta Cerrada 25: A Puerta Cerrada La comida había terminado con una armonía inesperada.

La casa de los Belmonte, amplia y cálida, parecía haber absorbido cualquier tensión inicial.

Las luces tenues del jardín iluminaban la entrada mientras los cuatro caminaban hacia la puerta principal.

Caoimhe se detuvo antes de cruzar el umbral.

Había algo distinto en su expresión.

Más suelta.

Más viva, el cansancio del viaje no parecía haberla afectado.

—Gracias por invitarme —dijo, y esta vez no quiso ser solo diplomática.

Fue completamente genuina.

Emma dio un paso al frente primero, ella le extendió una mano.

Caoimhe la abrazó sin reservas.

No fue un abrazo social.

Fue firme.

Cercano.

Con ambas manos rodeando su espalda.

Y luego, un beso marcado en la mejilla.

—Fue una noche preciosa —murmuró cerca de su oído.

Emma parpadeó, sorprendida por la intensidad.

—He leído mucho sobre la hospitalidad mexicana, y creo que empieza a gustarme.

Emma respondió al gesto con una sonrisa más cálida que cualquiera anterior.

Marian recibió el siguiente abrazo.

Y fue aún más largo.

Caoimhe la rodeó con los brazos como si quisiera memorizar la sensación.

Marian sintió la presión en su cintura, la calidez del cuerpo alto inclinándose apenas para ajustarse a su estatura, pues la pelirroja era más alta que ella.

El beso en la mejilla fue suave… pero profundo.

Demasiado ‘cariñoso’ para ser la primera vez en que se conocieron.

—Me encantó conocerte mejor —susurró Caoimhe.

Marian sintió algo recorrerle la espalda.

No incomodidad.

Algo más difícil de nombrar.

Cuando finalmente se separaron, Caoimhe parecía ligeramente sonrojada.

Sus ojos brillaban.

Alejandro extendió la mano, pero ella no la tomó.

Se inclinó y le dio un beso breve en la mejilla.

Formal, medido y mucho menos efusivo.

—Mañana nos vemos en la oficina— dijo Caiomhe.

—Mañana no —respondió él con una sonrisa cansada—.

Estoy fundido.

Ella rió con suavidad.

—Yo también debería descansar.

—Hazlo.

Pasado mañana tenemos la reunión con mi padre sobre los avances en Dublín.

Necesitamos estar lúcidos.

Ella asintió.

—Lo estaré.

Hubo un último intercambio de miradas.

No íntimo.

No cómplice.

Profesional.

Caoimhe subió a su automóvil y arrancó.

Los tres permanecieron en la puerta hasta que las luces rojas desaparecieron al final de la calle.

El silencio cayó apenas unos segundos.

Y entonces, Alejandro cerró la puerta.

Giró.

Y sin advertencia, tomó el rostro de Marian entre sus manos y la besó con fuerza, profundamente.

No fue un beso suave.

Fue hambre contenida.

Fue disculpa.

Fue deseo acumulado durante toda la noche.

Marian respondió por instinto, aferrándose a su camisa como si temiera que él se apartara demasiado pronto.

—Perdóname —murmuró él contra sus labios—.

No podía hacerlo delante de ella.

Volvió a besarla.

Con más intensidad.

Luego se apartó apenas, giró hacia Emma y la atrajo con la misma urgencia.

Su boca encontró la de ella en un beso más lento, pero igual de profundo.

Emma cerró los ojos, apoyando las manos en su pecho.

Alejandro respiraba agitado, era una combinación de emoción y excitación.

—Las necesitaba —confesó, sonriendo—.

Todo el día fingiendo normalidad frente a ella, ya no es necesario fingir más.

Marian intentó sonreír.

Emma también.

Pero algo en sus miradas no coincidía con la ligereza de él.

—¿Qué les parece si mañana descansamos todo el día?

—continuó Alejandro—.

Nada de oficina.

Nada de llamadas.

Podemos quedarnos aquí.

Alberca.

Algo de beber.

Y después… quiero hacerles el amor, las necesito.

Las miró alternadamente.

—Aunque esté muerto de cansancio… quiero estar cerca de ustedes.

Emma intercambió una mirada con Marian.

Fue rápida.

Demasiado rápida.

—Estamos fundidas —dijo Emma.

—Sí —añadió Marian—.

Muy desveladas.

Alejandro frunció levemente el ceño.

—¿Desveladas por qué?

Apenas está atardeciendo.

—Anoche bebimos más de la cuenta —respondió Emma con naturalidad forzada—.

El vino estaba muy fuerte.

Alejandro observó sus rostros.

Algo no encajaba.

No era culpa.

Era nerviosismo.

—¿Debo enterarme de algo?

—preguntó con media sonrisa.

Ambas negaron al mismo tiempo.

Demasiado sincronizadas.

—No —dijo Marian.

—Claro que no —añadió Emma.

Alejandro las estudió unos segundos más.

Luego suspiró.

—Bueno, entonces vayamos a dormir los tres.

Se acercó y rodeó la cintura de ambas al mismo tiempo.

—Me encantaría dormir los tres juntos está noche, abrazados.

Sin pensar en nada.

Su voz no tenía tono seductor.

Era agotamiento honesto.

—Las necesito cerca esta noche.

Ambas mujeres se miraron con duda.

Y esta vez la mirada fue distinta.

No fue complicidad.

Fue pánico.

Un destello claro.

Alejandro lo vio.

Y lo sintió.

—¿Por qué están tan nerviosas?

—preguntó, separándose apenas para verlas mejor.

Emma abrió la boca… pero no salió nada.

Marian tragó saliva.

El silencio se volvió pesado.

La casa, que hacía minutos parecía acogedora, ahora parecía demasiado grande.

Alejandro intentó reír.

—No me digan que están planeando algo y me dejaron fuera.

Ninguna respondió.

Emma apretó los labios.

Marian evitó su mirada.

Él dio un paso atrás.

Ya no sonreía.

—¿Qué está pasando?

Las dos se voltearon a ver de nuevo, buscando en los ojos de la otra una respuesta que ninguna estaba preparada para dar.

Porque no era mentira lo que habían dicho.

Estaban cansadas.

Caiomhe se había ido, hace un buen rato.

Ellas estaban desveladas y agotadas, al igual que él.

Alejandro venía de un vuelo de casi 16 horas debido a las escalas hechas entre Dublín y la Ciudad de México.

Pero no solo por el vino.

No solo por la comida.

Alejandro seguía esperando.

Y el peso de su mirada comenzaba a sentirse como una interrogación inevitable.

Marian respiro profundamente, mientras Emma cerró los ojos un segundo.

Y ninguna supo qué decirle.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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