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Mis Dos Esposas - Capítulo 26

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26: Desayuno con Dinamita 26: Desayuno con Dinamita Caiomhe se había retirado, dejándolos solos, Alejandro esperaba una explosión de emociones por volver a estar a solas con ellas, sin embargo no fue así..

Todo parecía en calma.

Demasiado en calma.

Alejandro llevaba cinco minutos observándolas en silencio después de acompañar a la pelirroja a su auto.

Cinco minutos.

Y no era un hombre particularmente paciente cuando algo no cuadraba, o no parecía cuadrarle.

Emma servía café con movimientos medidos.

Marian cortaba fruta con precisión quirúrgica.

Ambas evitaban mirarlo más de lo necesario…o mejor dicho, evitaban mirarlo como cuando un niño acababa de ser regañado.

Al inicio del almuerzo con Caoimhe, lucían tensas, a la defensiva, pudo entender eso, ella era una mujer extraña, era además despampanante, pero se había comportado a la altura, resultó encantadora además y pareció encajar bien con ellas, que se relajaron posteriormente, pero le saltó algo que anteriormente no hacían, o nunca hicieron: estaban tomadas de la mano.

No discretamente.

No por accidente.

Tomadas.

No fue todo el tiempo, pero sí cuando ambas parecían ponerse nerviosas lo hicieron, parecía un gesto inconsciente.

Alejandro apoyó los codos y entrelazó sus propios dedos.

—Bueno —dijo finalmente—.

¿Me quieren contar qué demonios les está pasando?

Ambas guardaron silencio.

Emma levantó la vista apenas.

—¿Qué nos pasa de qué?

Marian bebió jugo con excesiva concentración, volteaba la mirada hacia otra parte.

Alejandro ladeó la cabeza.

—Están tensas.

Están nerviosas.

No me miran.

Y se estuvieron agarrando de la mano muchas veces durante la comida, nunca hicieron eso antes.

Emma y Marian se miraron.

Apenas se dieron cuenta que habían hecho eso repetidamente en el transcurso del día.

Pero ya era tarde.

Demasiado tarde.

—No estamos nerviosas —dijo Emma con rigidez.

—Claro que no —añadió Marian, demasiado rápido.

Alejandro arqueó una ceja.

—¿Seguras que no me perdí de algo?

Paso algo, o les pasó algo que las tenga en ese estado?

Ninguna respondió.

El silencio empezó a volverse incómodo.

—¿Están celosas de Caoimhe?

Solo espu puedo inferir, y este es un acto de complicidad entre ustedes —preguntó de pronto, directo.

Ambas levantaron la cabeza al mismo tiempo.

—¿Qué?

—dijo Emma.

—No, claro que no —dijo Marian.

Alejandro suspiró.

—Si es eso, tranquilícense por favor.

No tienen absolutamente nada de qué preocuparse.

Es una mujer profesional.

Trabajamos bien juntos, es la nueva socia de la compañía, eso es todo, y pude notar que a ustedes les cayó muy bien.

Pero fuera de eso ni siquiera me atrevería a decir que somos amigos, no tenemos ese nivel de confianza.

El tono fue práctico.

Demasiado práctico.

Emma se tensó.

—Entiendo lo que dice, pero no confiamos en ella.

Alejandro abrió los ojos lo más que pudo en tono de sorpresa.

—¿Perdón?

Marian intervino: —No es que tú seas el problema.

—Ah, qué alivio, ya me había preocupado —respondió él con sarcasmo ligero.

—Es ella —continuó Emma—.

No la conocemos.

—Yo tampoco la conocía hace menos de un mes —replicó él—.

Y ahora es mi socia, y de mi padre, y de tu padre, y tuya también, de nuestra empresa.

—Exacto —dijo Marian—.

Tu socia.

Alejandro dejó la taza de café con un golpe seco.

—¿Qué significa eso?

Emma cruzó los brazos.

—Significa que estuviste varios días solo con ella en otro continente, y no sabemos que ratos pasó allá contigo, fuiste a reuniones y a una gran fiesta su penúltimo día, después de ahí no volviste a decirnos nada esa noche.

Silencio.

El aire cambió.

Alejandro las miró como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.

—Chicas ¿Están hablando en serio?

—Claro que sí —respondió Marian.

—¿Y pretendes que no pensemos nada?

—añadió Emma.

Alejandro soltó una risa incrédula.

Estaba cansado del viaje, creyó que ambas estaban tensas por la llegada de la irlandesa, pero no creyó que actuarían así una vez que ella se fuera.

—Están locas.

La palabra cayó como una bomba.

Emma se puso de pie.

—¿Cómo nos llamaste?

—Locas —repitió él, ya irritado—.

Porque eso es lo que suena esto.

Trabajo.

Negocios.

Reuniones de diez horas, poco más de 30 horas de viaje, me duele la espalda, los pies me estallan, moría de hambre y ahora la cabeza me retumba del sueño…

Y ustedes imaginando novelas.

Marian también se levantó.

—No es imaginación.

Es sentido común.

—¿Sentido común?

—Alejandro se levantó ahora—.

¿Desde cuándo el sentido común es desconfiar sin razón?

—Te repito ¡No la conocemos!

—exclamó Emma.

—¡Pero a mí sí!

—respondió él, alzando la voz por primera vez.

El silencio que siguió fue eléctrico.

Marian respiraba agitada.

Emma tenía las mejillas encendidas.

Alejandro se pasó la mano por el rostro.

—Estoy agotado —dijo entre dientes—.

Crucé un océano.

Dormí cuatro horas en dos días.

Lo único que quería era llegar aquí, abrazarlas… y me reciben con un interrogatorio…

no, peor, esto es un juicio en el que ya fui condenado.

—No es un interrogatorio —dijo Marian.

—Lo parece —respondió Alejandro.

Emma dio un paso atrás.

—¿Sabes qué?

Vete a dormir, ya no quiero hablar contigo.

Alejandro la miró.

—¿Qué dijiste?

—Vete a dormir —repitió ella—.

Solo.

Marian asintió.

—Sí.

Mejor duerme solo.

Alejandro las observó incrédulo.

—¿Me están echando en mi propia casa habitación?

—No es solo tu casa —replicó Emma—.

Es nuestra, de los 3.

Él soltó una risa, motivada por la ira.

—Perfecto.

Entonces ustedes duerman juntas, ya que están perfectamente aliadas contra mí.

La frase salió antes de que pudiera detenerla.

Y la dijo con una sonrisa que no era sonrisa.

—Total, yo no estoy enojado con ustedes porque dormirán juntas seguramente —añadió en tono severamente sarcástico—.

Es más, puede que ya hayan compartido el lecho sin incluirme.

¿Quién sabe?

Parece que me perdí varios capítulos de la novela que muy convenientemente acaban de escribir.

El silencio fue absoluto.

Emma palideció.

Marian sintió que el corazón le daba un vuelco.

Alejandro las miró un segundo más.

—Estoy demasiado cansado para esto —murmuró—.

Solo quería dormir con ustedes.

Pero claramente hoy no va a ser posible.

Se dio media vuelta.

Subió las escaleras sin mirar atrás.

La puerta de la habitación que él compartía con Marian se cerró con un golpe seco.

Emma fue la primera en reaccionar, y habló en voz baja —¿Escuchaste lo que dijo?

Marian estaba pálida.

—Sí.

—¿Cómo puede insinuar eso?

Marian se dejó caer en la silla.

—Porque… —tragó saliva— porque nos vió nerviosas.

Emma empezó a caminar de un lado a otro.

—Fue sarcasmo.

Solo estaba molesto.

—¿Y si no?

Sí sospecha algo?

Emma se detuvo de golpe y volteó a verla.

—¿Qué quieres decir?

Marian levantó la mirada lentamente.

—¿Y si realmente cree que nosotras…?

No terminó la frase.

No hacía falta.

Emma sintió el mismo vértigo que la noche anterior.

—No puede saberlo.

—No lo sabe —respondió Marian—.

Pero sospecha algo.

El silencio volvió.

Más pesado.

—Tranquila, no pasó nada —dijo Emma con firmeza.

—No lo sabemos —susurró Marian.

Se miraron.

Y en esa mirada había enojo.

Había miedo.

Había algo más que ninguna quería nombrar.

Arriba, Alejandro se dejó caer en la cama con frustración pura.

Estaba cansado.

Físicamente y mentalmente agotado.

Y emocionalmente confundido.

No entendía esa reacción.

No entendía esa desconfianza.

Y lo que más lo irritaba era esa complicidad extraña entre ellas.

Se giró hacia la pared.

No quería pelear, pero lo había hecho, perdió los estribos sin razón, sabía que ese estallido de ira lo inculpaba aunque no tuviera la culpa de nada.

Solo quería descansar…

con ellas.

Abajo, Emma tomó la mano de Marian otra vez.

—Vamos —dijo.

Subieron juntas.

Ambas entraron en la habitación de Emma y Alejandro.

Cerraron la puerta.

Se apoyaron en ella.

Y por primera vez desde el desayuno, rieron nerviosamente.

—Esto es un desastre —murmuró Emma.

—Un desastre absoluto —respondió Marian.

Pero ninguna soltó la mano de la otra, seguía siendo un gesto inconsciente.

Y mientras el silencio de la casa se acomodaba en habitaciones separadas, tres pensamientos distintos flotaban en el aire: Alejandro: frustrado y herido.

Emma: furiosa… pero inquieta.

Marian: asustada de que, quizás, el sarcasmo no fuera solo sarcasmo.

Porque si él realmente sospechaba… Entonces el verdadero problema no era Caoimhe.

Era lo que había pasado —o pudo haber pasado— entre ellas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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