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Mis Dos Esposas - Capítulo 27

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27: Agua Mansa 27: Agua Mansa El silencio fue lo primero que los abrazó.

Un silencio pesado, espeso, como si la casa misma estuviera agotada de tanto orgullo herido, palabras mal dichas, y tantas sospechas mal digeridas.

Alejandro despertó primero.

No sabía qué hora era.

La luz que entraba por las cortinas no era intensa; no sabía si era la luz del atardecer en una tarde perezosa, suspendida, o el amanecer del día siguiente.

Se sentía distinto.

Ya no estaba furioso, ni siquiera herido.

Solo… cansado.

Pero ya no del cuerpo, sino mentalmente.

Se incorporó lentamente, estaba en su habitación compartida con Marian, pero estaba solo.

La espalda le dolía.

La cabeza ya no.

El descanso, aunque incómodo, demasiada tensión acumulada, le había despejado la mente.

—Fui un imbécil… —murmuró para sí.

No por lo que pensaba.

Sino por cómo lo dijo.

Se levantó, creyó que las chicas estarían afuera, pensó en disculparse con ellas, y por fin pasar la noche en calma, pero ellas no estaban ahí, no las vió por ningún lado.

Caminó hasta la cocina, abrió el refrigerador y comió algo sencillo: café negro, un poco de pan, y algo de lo que sobró de la comida de la tarde.

Comió solo, sin compañía.

Sin miradas tensas.

Sin manos entrelazadas frente a él, sin escenas de celos.

Y ese detalle volvió.

Las manos.

Durante todo el desayuno, Marian y Emma habían estado tomándose de la mano.

No era algo común, sinceramente no le molestaba que se abrazaran, que se tomarán de las manos, ni siquiera si ambas desearan besarse o se amaran.

El problema no era ese, el problema fue que se agarraban de manera casi defensiva, como si fuera una protección contra él.

Ya estaba agotado de pensar, celoso quizá también —aunque no lo admitiría— lo había convertido en sarcasmo.

Suspiró muy profundo.

—Estoy demasiado viejo para reaccionar como un adolescente… Mientras tanto, en la habitación principal, Marian abrió los ojos, se movió ligeramente para acomodarse.

Emma volvía a dormir abrazándola por la cintura.

Dormían de lado, de nueva cuenta, encajadas como piezas que habían aprendido el contorno exacto de la otra.

La luz suave dibujaba el perfil de Emma contra su hombro.

Marian no se movió.

Está vez ambas se acostaron cada una volteando hacia el ado contrario, espalda con espalda pero ligeramente separadas.

Ahora estaban plenamente conscientes de la situación.

Se acordó de la noche anterior, como estuvo atormentada todo el día sin saber si ambas habían tenido sexo, pero por el contrario, en ese momento no se sintió mal, se sentía protegida, querida, y definitivamente no quería romper ese equilibrio extraño.

No sabía si estaba molesta con Alejandro… o solo asustada.

—Emma ¿Estamos exagerando?

—susurró.

Emma abrió los ojos lentamente.

—No lo sé… Emma no la soltó.

—¿Tú crees que sospecha algo?

—preguntó Marian, apenas audible.

Emma tardó en responder.

—Creo que… tiene miedo.

Marian giró apenas el rostro.

—¿Miedo?

—Sí.

De perder algo.

Como nosotras.

La palabra quedó flotando.

Las tres personas en esa casa estaban asustadas.

Solo que cada uno por razones distintas.

Marian y Emma se levantaron más tarde, Alejandro ya se había ido de vuelta a acostar.

Ambas fueron a la cocina en silencio, calentaron un poco de lo que había quedado de la comida y comieron juntas en la cocina.

No hablaban mucho, nada más allá de lo necesario.

No sabían si estaban enojadas con él por su actitud… o con ellas mismas, por provocarlo en lugar de querer razonar con él.

Había celos.

Sí.

Pero también culpa.

Había una verdad no dicha, aunque no fuera un crimen.

Se miraron.

Y sin planearlo, regresaron a la habitación.

—Solo un rato más —dijo Emma.

Y volvieron a acostarse.

Esta vez, se acomodaron de frente, separadas, solo se miraron, no hablaron, ambas durmieron cuando el cansancio las venció.

— Alejandro despertó de nueva cuenta, hacia la habitación de Emma con el corazón más tranquilo.

Había pensado mucho mientras comía.

Recordó el abrazo exageradamente efusivo de Caoimhe hacia ellas.

Recordó el beso sencillo que le dio a él.

Recordó la tensión.

No eran solo celos.

Eran inseguridad de parte de ellas.

Y él había respondido con orgullo e ira, en lugar de tranquilizarlas.

Abrió la puerta con cuidado.

La escena lo desarmó.

Las dos dormían.

Marian y Emma estaban de frente, separadas en la cama por escaso medio metro.

Dejó de verlas con enojo, dejó de ver en ellas los celos y la frustración que mostraron en la tarde.

Solo vió cariño.

Caminó despacio.

Se acercó por enmedio de la cama.

Y sin hacer ruido, se acostó entre ellas, con mucho cuidado abrazó a Emma de frente y se aseguró que los brazos de Marian lo tomarán por la espalda.

Marian despertó de inmediato.

Emma también.

Ambas se tensaron, quisieron moverse.

—Shh… —susurró Alejandro—.

No se muevan.

Marian tragó saliva.

—Alejandro… —Solo… quédense así por favor, y escúchenme.

Su voz no tenía ironía.

Ni enojo.

Ni sarcasmo.

Solo cansancio, y también amor sincero.

—Eso era todo lo que quería—dijo con suavidad—.

Dormir con ustedes.

Abrazarlas.

Nada más.

Emma cerró los ojos.

Marian relajó los hombros.

—Perdón —continuó él—.

Fui grosero.

No tenía derecho a decir lo que dije.

Ni en ese tono.

—No estoy enojado con ustedes —añadió, más bajo—.

Estoy enojado porque pensé que me estaban dejando fuera de algo que no comprendo, no sé que sientan, y quiero entenderlo, quiero entenderlas.

Las palabras fueron honestas.

Dolorosamente honestas.

Marian giró un poco el rostro.

—No queríamos dejarte fuera… —Pero se sentía así —respondió él.

Emma habló por fin.

—Estábamos celosas.

Alejandro solo respiro profundo.

—¿De Caoimhe?

—Sí.

—De “la pelirroja” —agregó Marian, casi infantil.

Él sonrió.

—Es solo trabajo, siempre lo fue.

Ni siquiera me atrevo a decir que somos amigos.

No sé nada de su vida fuera de la oficina.

No sé sus gustos, ni sus preferencias.

Solo trabajamos.

—Pero estuviste días con ella en otro continente… —murmuró Emma.

—Y con otros 6 miembros de la junta directiva en todas esas reuniones, incluso en el avión veníamos todos, al final, regresé aquí.

Con ustedes, a dónde pertenezco.

El silencio ya no era tenso.

Era vulnerable.

—No quiero que piensen que las cambiaría por alguien que apenas conozco, honestamente no hay nadie en el mundo por quién yo las cambiaría, y eso la incluye a ella o a cualquier mujer—dijo Alejandro—.

Pero tampoco quiero sentir que ustedes se unen contra mí cuando algo les molesta.

Marian soltó lentamente el pecho de Alejandro y buscó su mano.

—Nos dio miedo —admitió—.

Pensar que ella podría gustarte más.

Emma asintió.

—Y nos dio miedo que tú pensaras… cosas entre nosotras.

Alejandro comprendió.

—No sé qué pase entre ustedes cuando yo no estoy —dijo con calma—.

Pero incluso si ustedes dos se llegan a amar una a la otra, yo no podría molestarme con ello, no me pertenecen, y saben algo, yo estaré feliz si el amor es recíproco entre todos nosotros.

Las dos lo miraron.

El peso comenzó a disolverse.

—No queremos perderte —dijo Marian.

—Ni yo quiero perderlas —respondió él.

Y esa era la verdad más simple.

Se quedaron así varios minutos.

Sin hablar.

Solo respirando juntos, hasta el suelo los venció.

El descanso ahora sí era completo.

— Horas después, el sol estaba más alto.

Alejandro fue el primero en levantarse.

—¿Alberca?

—preguntó, con una media sonrisa.

Marian y Emma se miraron.

Ya no había pánico.

Había complicidad.

—Alberca —respondieron casi al mismo tiempo.

El agua estaba fresca.

Clara.

Tranquila.

Se metieron despacio.

Primero él.

Luego ellas.

El ambiente ya no era tenso.

Era ligero, el descanso y la noche entera tras una reconciliación había cambiado el ánimo entre todos.

Rieron cuando Alejandro las salpicó.

Marian respondió empujándolo suavemente.

Emma y Marian lo hundieron juntas unos segundos, lo suficiente para provocar carcajadas.

Ya no había competencia.

Ya no había sospecha.

Solo cercanía.

En un momento, Marian se acercó más de la cuenta a él.

Emma hizo lo mismo por el otro lado.

No era posesión.

Era afirmación.

Alejandro las sostuvo por la cintura a ambas, flotando los tres en el centro.

—¿Me van a vigilar siempre así?

—bromeó.

—Solo cuando haya pelirrojas cerca —respondió Marian.

Emma rió.

El sol caía sobre sus hombros.

El agua dibujaba reflejos en sus pieles.

No fue un trío.

No fue una escena explícita.

Fue algo más íntimo.

Miradas que ya no huían, manos que se entrelazaban sin miedo.

Besos suaves, compartidos en distintos momentos, sin urgencia, sin demostrar nada.

Ellas, quizá movidas por un leve temor residual, se mostraron más cariñosas.

Más presentes.

Más atentas.

No por obligación.

Sino porque entendieron que el miedo no se combate con distancia… sino con cercanía.

Y Alejandro también comprendió algo.

No podía burlarse de la inseguridad ajena cuando él mismo la sentía.

Al final, salieron del agua riendo.

Se sentaron juntos en el borde de la alberca, piernas dentro, hombros tocándose.

El día que había empezado con sospecha terminaba con claridad.

—Mañana sí vamos a la oficina —dijo Alejandro.

—Sí —respondió Emma.

—Pero hoy… —añadió Marian, apoyando la cabeza en su hombro— hoy somos nosotros.

Alejandro las miró a ambas.

No había pelirrojas.

No había continentes.

No había reuniones.

Solo tres personas aprendiendo que el amor no es perfecto… pero sí puede ser honesto.

Y por primera vez desde el viaje a Dublín, el agua estaba completamente en calma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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