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Mis Dos Esposas - Capítulo 28

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28: Sombras en Equilibrio 28: Sombras en Equilibrio El regreso a la rutina siempre tiene algo de engañoso.

A veces puede parecer estabilidad.

Pero en realidad siempre son una prueba de la fortaleza de la relación, de cualquiera, la vida siempre funciona así.

Alejandro salió temprano al Corporativo.

Vestido con traje oscuro, y su clásica expresión concentrada, el teléfono iba vibrando desde antes de subir al auto.

Iba directo a la reunión con su padre y con Caoimhe, la cual no era solo una formalidad: era el anuncio oficial de que las negociaciones en Cork y Dublín habían sido un éxito.

Las marcas de su familia comenzarían a comercializarse en Irlanda.

La producción inicial se realizaría en la planta de la familia O’Leary.

A cambio, las marcas irlandesas entrarían lentamente en el mercado nacional, bajo supervisión compartida.

Había sido un acuerdo limpio, una estrategia precisa y ambiciosa donde Caoimhe había sido clave, su disciplina, su conocimiento legal, su firmeza frente a cláusulas complicadas, y sobre todo el conocimiento de su nación… todo había inclinado la balanza.

Alejandro lo sabía, y ahora su padre también.

En la sala de juntas, cuando el trato quedó prácticamente sellado, y todos los puntos fueron expuestos, su padre, Rafael Belmonte, sonrió con esa satisfacción fría que reservaba para las victorias empresariales.

—Excelente trabajo —dijo, mirando a ambos—.

Especialmente tú, señorita O’Leary.

Has demostrado una capacidad admirable.

Caoimhe inclinó apenas la cabeza, mientras sonreía —Fue un esfuerzo conjunto.

Alejandro notó cómo su padre la observaba con interés genuino.

Caiomhe, era una mujer muy inteligente.

Extremadamente preparada.

Con conocimiento del comercio internacional, especialmente en el rubro.

Habla cinco idiomas, además de contar con una visión estratégica.

La chica pelirroja además de ser un paquete completo en todo aspecto profesional y mental, era poseedora de una belleza impresionante.

Sería una aliada valiosa.

El tipo de persona que su padre siempre había considerado ideal para el negocio.

— En casa, el ambiente era muy distinto con las chicas.

Marian caminaba de un lado a otro con una taza de café frío en la mano, al más puro estilo de un león enjaulado.

Emma la observaba nerviosa desde el sofá.

—No entiendo cómo puede ser tan perfecta, es inteligente, hermosa, y la desgraciada está buenísima —murmuró Marian.

Emma suspiró.

—No es perfecta, nadie lo es.

—¿No?

Es hermosa, es más alta que nosotras.

Tiene la piel muy linda que parece no tener defectos.

Habla cinco idiomas.

Es encantadora.

Educada.

Nunca pierde la compostura.

Y encima es resiliente — Cerraba Marian.

—Por Dios Marian, hablas de ella como si te hubieras enamorado a primera vista — le dijo Emma de manera burlona intentando que Marian se relajara, y continuó — Tener todas esas virtudes no la hacen perfecta.

—La hace peligrosa — Dijo Marian Emma guardó silencio.

No podían usar nada en su contra.

No había arrogancia en ella.

No había escándalos.

No había coqueteos indebidos con Alejandro.

Todo lo contrario: era profesional hasta el último gesto.

Y eso era peor.

—Si al menos fuera evidente que quiere algo más… —murmuró Marian—.

Podríamos tener una excusa perfecta para que Alejandro se alejara de ella; pero ni eso tenemos.

Emma cruzó las piernas lentamente.

—Tal vez no quiere nada más.

Marian se giró hacia ella.

—¿Y si Alejandro sí?

Esa pregunta quedó flotando.

Emma sintió un leve tirón en el pecho.

No por Caoimhe.

Sino por la inseguridad que se estaba volviendo una constante en ellas.

—Él nos dijo que no —respondió Emma con calma.

—Los hombres dicen muchas cosas — continuó Marian —En ese caso no tendríamos nada más que hacer con él Marian…

al menos yo no — sentenció Emma Marian la miró fijamente.

—Eso quieres creer.

Emma se levantó y se acercó.

—No, eso te lo aseguro, tu caso es uno muy particular, creo que tú eres una persona que nos ha ayudado a vivir más felices, eres un apoyo para él, y para mí lo eres también, pero no podemos vivir comparándonos con ella, no debemos hacerlo.

—Sería imposible no hacerlo — Fue lo último que dijo Marian.

El silencio en la casa fue lo que siguió.

Aunque ambas lo hacían; la veían más sofisticada.

Más estratégica.

Más alineada al mundo empresarial de Alejandro, a pesar de que Emma también formaba parte activa del Corporativo Belmonte – Van Dyke.

Ellas eran distintas a Caiomhe, actuaban más emocionales, más impulsivas, latinas al final.

Marian dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Y si un día decide que necesita alguien como ella?

—preguntó, la voz apenas firme.

Emma dio un paso más cerca.

—Entonces no será por ella.

Será porque él quiere irse.

La claridad de la respuesta sorprendió incluso a Marian.

—¿No te da miedo?

Emma dudó.

Sí; pero no por eso me aferraré a algo insostenible, y tú deberías pensar que eso siempre es un riesgo, no solo con Alejandro, sino en la vida misma.

—Pero no te mentiré, me da miedo perder lo que tenemos —admitió.

Marian la miró con duda —¿Lo que tenemos… los tres?

Emma sostuvo su mirada más tiempo del necesario.

—Sí.

Los tres, te incluyo a ti en esto Marian.

La emoción en ambas cambió ligeramente.

Marian bajó la vista.

—Tenemos que hablar de anoche.

Emma sintió que el aire se volvía más denso.

—Sí, estoy de acuerdo.

Se sentaron frente a frente.

Emma tenía las manos en las piernas, se mostraba más receptiva que antes donde lucía más expresiva; Marian por su parte, estaba con los brazos cruzados, parecía que había cambiado su postura de una reflexiva a una completamente defensiva.

—No recuerdo todo —dijo Marian, llevándose una mano a la frente—.

Bebimos demasiado.

—Sí.

—Recuerdo que despertamos abrazadas—.

Dijo Emma —Recuerdo que estaba asustada —.

Fueron las palabras de Marian.

—Emma… —la voz de Marian tembló levemente—.

¿Hicimos algo más?

Emma respiró hondo.

—No lo sé con certeza, aunque no dejo que eso me atormente.

La honestidad dolía.

Marian cerró los ojos.

—Eso es lo que me está torturando.

—¿Por qué?

—Porque… —su voz bajó—.

Porque no me gustan las mujeres.

La frase salió como una confesión culposa.

Emma no se movió.

—No me gustan —repitió Marian—.

Nunca me han gustado.

Nunca me he sentido atraída por ninguna.

Y si pasó algo… si hicimos algo… no sé qué significa, ni siquiera sé qué debería sentir.

Emma la observó con ternura.

—No significa que cambiaste de orientación por una noche confusa, ni siquiera deberías torturarte por esto.

Marian levantó la mirada.

—¿Y tú?

Emma dudó por un segundo, pero se sinceró con Marian sin más.

—Yo… tuve una relación corta una vez.

Marian parpadeó.

—¿Qué dices?

—Hace años.

En Ámsterdam.

Se llamaba Lotte van der Meer.

El nombre quedó suspendido entre ellas.

—¿Una mujer?

Emma asintió.

—Fue breve.

Intensa.

Confusa; era una chica hermosa, pero no hablo de lo físico, aunque sí era muy bonita; ella me ayudó adaptarme a Países Bajos, fuimos amigas algunos meses, después, ella me confesó que yo le gustaba, que quería confesármelo y que yo era libre de no volver a verla si así lo deseaba.

—Comenzamos una relación, todo fue lindo al inicio, pero ella sabía que a mí me gustaban los hombres a pesar de lo que sentía por ella, su inseguridad me terminó por cansar, se volvió celosa y posesiva; pero eso no importa.

—No me considero lesbiana.

Ni siquiera bisexual formalmente.

Solo… pasó.

Me gustaba ella.

No lo planeé —.

Fue lo último que expresó Emma en respuesta a la pregunta de Marian.

Marian la miraba como si descubriera un territorio nuevo.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Nunca fue relevante, una no va por la vida diciendo que se acostó con otra mujer…

de hecho la gente no va por la vida presumiendo con quien se acostó verdad —.

Dijo Emma a manera de broma intentando que Marian cambiara de expresión, pero cada vez que decía algo Marian lucía más tensa.

—Ahora lo es.

Emma bajó la mirada.

—Lo lamento, no quiero que termines huyendo de aquí creyendo que intentaré aprovecharme de ti en algún punto.

Las dos guardaron silencio.

—¿Yo te gusto?

—preguntó Marian de pronto.

La pregunta fue directa.

Cruda.

Emma no respondió de inmediato.

Porque la respuesta ya no era simple, Emma era muy honesta a pesar de su fachada de muejr sería o incluso tímida.

—Te quiero —dijo finalmente—.

Te respeto, y te necesito aquí, conmigo y con Alejandro.

—No es lo que pregunté.

Emma alzó la vista.

Había algo distinto en sus ojos.

No confesión abierta.

Pero tampoco negación.

—No quiero perderte —dijo.

Marian sintió un nudo en el estómago.

—Responde mi pregunta Emma.

—No te tortures con eso —continuó Emma, con voz más firme—.

Si pasó algo, lo aceptamos y seguimos adelante.

No redefine quién eres.

No redefine quién soy.

Marian negó lentamente.

—Para mí sí es complicado, y porque no quiero que cambie lo que somos.

Emma sonrió con tristeza leve.

—Lo que somos ya está cambiando todo el tiempo, cambió desde que las dos compartimos al mismo hombre.

Marian dio un paso y la abrazó.

Fue un abrazo largo.

Necesitado.

—No dejaré de ser tu amiga —susurró Marian—.

Pase lo que pase, pero sí necesito saber la verdad, si vamos a seguir con esta relación de tres, tengo derecho a saberlo.

Emma cerró los ojos.

—No quiero que me mires con culpa…

Sí, la verdad es que al igual que ocurrió con Lotte, para mí resultaste atractiva al mismo momento que lo fuiste para Alejandro, pero sabía que él no lo admitiría sin que yo lo dijera primero.

—No lo haré.

Pero sí lo hacía un poco.

—Emma… —la voz de Marian se quebró apenas—.

Tenemos que mantenernos unidas.

—Lo estamos.

—No.

Unidas de verdad.

Se separaron ligeramente.

—Si no lo estamos, Alejandro puede irse —continuó Marian—.

Y no por Caoimhe.

Por cualquier otra.

Por alguien que no tenga nuestras inseguridades,o porque simplemente se harté de nosotras.

Emma la observó.

Había miedo real en esas palabras.

—¿Crees que lo perderíamos así?

—Creo que los hombres con poder y opciones… siempre pueden elegir.

Emma sintió algo punzante en el pecho.

—No quiero vivir compitiendo.

—Entonces no compitamos —dijo Marian—.

Seamos equipo.

La palabra resonó.

Equipo.

No rivales.

No sospechosas.

Equipo.

Marian la abrazó de nuevo.

—Nos necesitamos —dijo con firmeza—.

A ti.

A mí.

A él.

Las tres partes.

Emma apoyó la frente en su hombro.

Y en ese instante entendió algo que no dijo en voz alta: Para Marian, ese abrazo era refugio.

Para ella… empezaba a ser algo más.

Y eso la asustó.

Pero no lo mostró.

—Estoy contigo —susurró Emma—.

Siempre.

Marian sonrió con alivio.

—Entonces dejemos de pensar en la pelirroja por hoy.

Emma rió suavemente.

—Es difícil olvidarla.

—Sí.

—Es impresionante.

—Demasiado.

Se separaron con una complicidad renovada.

No sabían que la asimetría sentimental ya había nacido.

Marian se sentía culpable por algo que quizá ni ocurrió.

Emma comenzaba a sentir algo que aún no tenía nombre.

Y Alejandro, en una sala de juntas, estrechaba la mano de Caoimhe sellando acuerdos que cambiarían el rumbo del negocio… sin saber que en casa se estaban negociando emociones mucho más delicadas.

Esa tarde, cuando él regresara, encontraría estabilidad.

Sonrisas.

Normalidad.

Pero debajo de esa superficie, algo había empezado a inclinarse.

No era traición.

No era amor declarado.

Era algo más peligroso: Una emoción que solo una de las dos estaba empezando a sentir.

Y que, cuando creciera lo suficiente, haría que alguien tuviera que huir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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