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Mis Dos Esposas - Capítulo 29

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29: Extraña en Tierra Cálida 29: Extraña en Tierra Cálida México olía distinto por las noches.

No era solo el perfume dulce que subía de los jardines del condominio donde vivía, ni el humo lejano del tráfico interminable, ni siquiera el aroma de la comida que se vendia en cada esquina.

Era algo más profundo.

Algo que Caoimhe todavía no sabía nombrar.

Tal vez era la forma en que la gente se tocaba al hablar.

O la manera en que reían demasiado fuerte.

O cómo la emoción parecía desbordarse sin pedir permiso.

En Irlanda, las celebraciones eran intensas, los irlandeses eran tan intensos, expresivos y arraigados a sus costumbres como lo eran los mexicanos, sin embargo, después de ver de cerca a la gente de este lado del océano, sentía que en su tierra parecían contenidas.

Aquí no.

Aquí todo parecía latir hacia afuera.

—Ha sido un acuerdo histórico —declaró Rafael Belmonte alzó la copa proponiendo un brindis—.

Irlanda y México brindando juntos.

Las copas chocaron.

El cristal vibró como una pequeña campana.

Caoimhe sonrió con elegancia medida.

—Es un honor para mi familia —respondió con voz clara —.

La planta de los O’Leary está preparada para cumplir con los estándares y volúmenes acordados.

Y confiamos en que la introducción de nuestras marcas en este mercado será igualmente cuidadosa Su español era impecable, aunque ligeramente dejaba ver reminiscencias de su idioma nativo, ligeramente mezclado con un toque ibérico, pues ahí, en España lo había perfeccionado.

Aun así, sentía que cada frase era una pieza calculada, aunque compartían idioma, un una gran parte de sus culturas, las idiosincrasias mexicana y española diferían tanto como le parecía a ella que lo hacían los propios irlandeses con sus vecinos británicos.

A su lado, Alejandro la miró con aprobación profesional, y un ligero toque amistoso.

—Lo será —dijo él—.

Estamos alineados en el mismo objetivo.

Alineados.

La palabra le gustaba.

Porque implicaba orden.

Y el orden le daba seguridad.

Sin embargo, al mirar alrededor del salón del hotel —luces doradas, risas amplias, abrazos largos— volvió a sentir esa leve sensación de extranjería.

Los Van Dyke conversaban animadamente con otros socios y allegados.

Emma estaba ahí también.

Elegante.

Más arreglada que en otras ocasiones.

Caoimhe lo notó.

No era una mujer que ignorara los detalles, eso la había llevado hasta donde estaba ahora.

Emma llevaba un vestido que resaltaba su figura con una intención evidente.

Su maquillaje estaba cuidadosamente trabajado.

Su cabello caía con una suavidad estratégica.

No era exagerado, pero su intención era clara, reiterar que Alejandro era solo suyo.

Caoimhe sostuvo la mirada de Emma un segundo más de lo habitual.

Y comprendió.

No era solo celebración empresarial.

Había otra dinámica en juego.

—¿Te estás acostumbrando a México?

—preguntó Rafael Belmonte en algún momento, mientras los meseros circulaban con platillos de alta cocina.

Caoimhe inclinó la cabeza.

—Es parecido, y a la vez diferente.

Pero no tanto como esperaba.

—¿Ah, no?

—En Irlanda somos más reservados —explicó—.

Aquí las emociones parecen… inmediatas, y poco o nada contenidas.

Rafael rió con fuerza.

—Así somos.

—Pero en el fondo —añadió ella—, no creo que seamos tan distintos.

Valoramos la familia.

El orgullo por nuestras raíces.

La lealtad, la amistad.

Eso se siente igual.

Alejandro la escuchaba con atención.

—Solo cambia la forma de demostrarlo —comentó él.

—Exactamente.

Caoimhe tomó un sorbo de vino.

En Irlanda, una cena así habría sido formal, con discursos breves y despedidas tempranas.

Aquí apenas estaba comenzando.

La transición a la discoteca fue casi natural.

Los socios mayores se retiraron primero.

Los más jóvenes insistieron en continuar la celebración.

—Es obligatorio —dijo uno de los ejecutivos riendo—.

Los negocios exitosos aquí se sellan bailando.

Caoimhe arqueó una ceja.

—¿Es parte del contrato?

—preguntó con ironía ligera — aunque en Irlanda también el negocio se sellaría con un buen brindis en el pub.

—Ahora lo es.

El lugar era un contraste radical con el salón elegante del hotel.

Luces vibrantes.

Música intensa, ruidosa, con poco espacio para la conversación.

Cuerpos moviéndose sin reservas.

Caoimhe sintió la vibración en el pecho.

En Dublín también había clubes.

También había noches ruidosas, pero la música de entrada era completamente distinta, no estaba acostumbrada a los ritmos de este lado del planeta.

Aquí la gente parecía bailar como si estuviera declarando algo.

Como si cada movimiento tuviera intención.

Algunos hombres se acercaron a invitarla.

Sonrió.

Rechazó con cortesía.

—Gracias, pero no.

No era desdén.

Era elección, además no quería malas interpretaciones en una noche de salida con sus compañeros de trabajo.

Aceptó bailar con un grupo de mujeres primero.

Era más cómodo.

Más ligero.

Sin expectativas implícitas.

Se movía con soltura, sin exageraciones, pero con una confianza natural, aunque desconocía evidentemente la cadencia de los ritmos, no parecía importarle.

Notó varias miradas.

Incluida la de Emma.

Emma no estaba relajada.

Su postura era elegante, pero rígida.

Caoimhe había dejado de bailar ya, en ese momento podía leer tensión en Emma aunque nadie más la notara.

Después de unos minutos, Alejandro se acercó a la pelirroja.

—¿Te estás divirtiendo?

—Observando en realidad —respondió ella.

—Eso no cuenta como divertirse.

—Para mí sí, el chisme no me gusta, pero me entretiene.

Él se rió en ese momento.

—Baila conmigo.

Ella dudó un segundo, pensó que podría hacer enojar a Emma, sin embargo aceptó.

No fue un baile con insinuaciones.

Fue alegre.

Rítmico, no bailaron cercanos, parecía más una coreografía que un baile en el sentido que se le daría en este país.

Caoimhe percibió el murmullo alrededor.

Y también la mirada fija de Emma en ellos.

Emma noto que no había coqueteo, pero sí química natural entre dos personas que trabajan bien juntas.

Eso, a veces, se confunde con otra cosa, sin embargo eso le parecía razón suficiente a Emma para endurecer el gesto, sin embargo, estaba acostumbrada a que en estás reuniones los compañeros bailaban entre sí, ella siendo parte importante de la empresa también bailaba con los demás, por lo que se contuvo.

Cuando la canción terminó, Caoimhe se apartó con suavidad.

—Gracias.

—Te acompañó a tu lugar —respondió Alejandro.

Y después volvió con otros ejecutivos, mientras Caiomhe estaba sentada cerca de Emma.

—Bailas bien —dijo Emma, con una sonrisa que no terminaba de ser sonrisa.

—Gracias.

—No aceptas bailar con hombres.

—No esta noche.

Emma ladeó la cabeza.

—¿Y con mujeres?

Caoimhe sostuvo su mirada.

Había desafío ahí.

Y algo más.

—Depende de la mujer —respondió con tranquilidad.

Emma extendió la mano.

—Entonces ven.

Caoimhe aceptó.

La pista era un mar de luces intermitentes.

Emma se movía con precisión.

Pero había tensión en sus hombros.

—Tu familia ha sido muy hospitalaria —dijo Caoimhe mientras bailaban.

—Nos gusta que nuestros invitados se sientan cómodos.

—Lo he notado.

Emma la observó con más atención.

—Es una pena que Marian no haya podido venir.

Caoimhe asintió.

—Sí.

Me habría gustado verla.

Es muy… expresiva.

Emma casi sonrió.

—Eso es una forma elegante de decir intensa.

—En Irlanda también tenemos mujeres intensas —respondió Caoimhe—.

Solo que lo nuestra cultura nos exige demostrarlo de otra manera.

Emma soltó una pequeña risa.

La música bajó ligeramente de intensidad.

—¿Qué piensas de Alejandro?

—preguntó Emma de pronto.

La pregunta no fue casual, y Caoimhe lo supo al instante.

Respondió sin titubeo.

—Es brillante.

Emma esperó.

—Decidido.

Estratégico.

Tiene visión a largo plazo.

—Eso es profesionalmente.

Caoimhe inclinó el rostro apenas.

—Fuera de lo profesional… espero que podamos ser amigos.

Emma parpadeó.

—Ha sido la única persona que me tendió la mano para adaptarme aquí, me invitó a tu casa, y me permitió conocerte a ti, y a Marian, —agregó Caoimhe—.

Este país es distinto.

Mucho más emocional.

Más inmediato, y en otras ocasiones más reservado.

A veces me siento… fuera de ritmo.

—No lo parece — dijo Emma.

—México y Irlanda no son tan diferentes —añadió Caoimhe—.

Ambos pueblos son orgullosos.

Protectoras de lo suyo.

Solo que aquí el afecto se muestra sin reservas.

Allá lo escondemos un poco más.

Emma la miraba ahora con menos hostilidad.

—¿Y eso te incomoda?

—A veces me hace sentir torpe— le decía Caiomhe.

Emma no esperaba esa confesión.

—No pareces torpe.

Caoimhe sonrió levemente.

—Es porque aprendí a observar primero.

La canción cambió.

Más lenta.

Más cercana.

Caoimhe mantuvo una distancia prudente.

Emma también.

Pero había un contraste evidente: Emma estaba más tensa con ella que con cualquier otro en la sala.

—Emma no estoy interesada en tu esposo, creeme, y te suplico me disculpes si en algún momento ha parecido algo diferente a lo que te digo ahora —dijo Caoimhe de pronto, con suavidad firme.

Emma se quedó inmóvil.

—No dije eso.

—No era necesario—.

Dijo la pelirroja.

El silencio fue breve.

—Lo respeto profundamente —continuó la irlandesa—.

Y agradezco mucho su apoyo.

Pero no vine a México por afecto.

Vine a trabajar.

Emma bajó la mirada un instante.

La música seguía vibrando.

—Es difícil no compararse contigo —admitió Emma finalmente.

Caoimhe no respondió de inmediato.

Luego dijo: —No deberías, ni conmigo ni con nadie.

Emma le respondió con cierta alabanza, y una velada envidia.

—Hablas cinco idiomas.

—Es cuestión de práctica.

—Eres hermosa.

—Solo soy exótica en este lugar, en Irlanda soy una más, cualquier chica mexicana allá causa sensación porque es diferente a nosotros.

—Eres resiliente.

—Solo quise sobrevivir Emma, de verdad no sabes las condiciones en las que crecí.

Emma levantó la vista.

—Siempre tienes respuesta.

—No siempre —respondió Caoimhe con una leve sonrisa—.

Solo cuando sé que la otra persona necesita escucharla.

La tensión se suavizó apenas.

—Gracias por ser honesta —dijo Emma.

—Si tu tranquilidad es a costa de mi respuesta, con gusto lo haré.

Cuando la canción terminó, se separaron.

No hubo gesto incómodo, pero ya había claridad.

Desde la distancia, Alejandro las observó platicando.

No podía oír nada de lo que decían.

Pero sí pudo notar algo: Emma ya no parecía tan rígida.

Y Caoimhe… seguía moviéndose en ese equilibrio extraño entre pertenecer y no pertenecer.

Se sentía ajena a los abrazos efusivos, a las risas exageradas, a las manos que se entrelazaban sin pedir permiso.

Pero en el fondo sabía algo.

Irlanda también era así.

Solo que el calor allá se expresaba de manera diferente.

Aquí era visible para todos mundo.

Y tal vez, después de todo, no estaba tan lejos de casa como creía.

Al menos por ahora.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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