Mis Dos Esposas - Capítulo 30
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30: Luces Cruzadas 30: Luces Cruzadas La música seguía latiendo como un corazón eléctrico cuando Alejandro miró su teléfono otra vez.
Tenía mensaje sin responder, no lo había notado por estar hablando con sus compañeros.
“¿Siguen ahí?” Sonrió.
Se apartó un poco del grupo, hacia una zona del lugar donde la música fuera menos ruidosa, ahí marcó.
—¿Marian?
—¿Sí?
—su voz sonaba contenida, pero expectante.
—Te extraño— dijo Alejandro con suavidad.
Silencio breve al otro lado.
—Yo también te extraño Álex.
—¿Cómo va la celebración?
—Ruidosa y exagerada, ya sabes lo habitual —dijo él, mirando alrededor—.
Y Emma también te extraña, Emma ya me preguntó por ti dos veces.
—Ya no hay riesgos —añadió Alejandro—.
Los socios mayores se fueron.
Solo quedamos los jóvenes y algunos ejecutivos.
Ven.
Diviértete con nosotros.
Marian dudó.
Pensó en la pelirroja.
Pensó en la imagen de Alejandro bailando bajo luces ajenas.
—¿De verdad quieres que vaya?
—Te quiero aquí, te queremos aquí, Emma necesita a su cómplice también —corrigió él.
Eso bastó.
—Llego en unos minutos.
— Cuando Marian entró a la discoteca, el efecto fue inmediato.
No llevaba un vestido exagerado, pero sí uno que delineaba su figura con elegancia.
Su piel brillaba bajo las luces intermitentes.
El cabello recogido en un estilo que dejaba su cuello expuesto.
No competía con Emma.
No necesitaba hacerlo.
Alejandro la vio primero.
Su sonrisa fue genuina.
Caminó hacia ella con decisión y la abrazó con efusividad contenida: manos firmes en sus hombros, un beso rápido en su mejilla, nada que pudiera ser malinterpretado, ni que fuera evidente para nadie, más allá de saludar a una buena amiga.
Emma llegó casi al mismo tiempo.
—Pensé que no vendrías —le dijo, abrazándola también.
Hubo algo más en ese abrazo que alivio, fue alegría sincera.
Pero los tres fueron cuidadosos.
Había miradas alrededor, nadie debía notar nada más allá de lo socialmente aceptable.
Y en ese instante, otra figura se abrió paso entre la gente.
Caoimhe.
La expresión en su rostro no fue discreta.
Fue auténtica sorpresa… seguida de una alegría imposible de fingir.
—¡Marian!
—exclamó, acercándose.
Marian no esperaba ese recibimiento.
Caoimhe la saludó con la naturalidad europea, pero le tomó dos segundos mexicanizarse al maximo y la abrazó efusivamente.
—Qué gusto verte aquí —añadió la irlandesa, separándose del abrazo apenas para mirarla mejor, o admirarla en realidad—.
Es una pena que no hayas venido antes.
Emma notó el brillo en los ojos verdes.
Alejandro también.
—Vamos a bailar —dijo Emma con ligereza calculada—.
Alejandro, podrías traernos bebidas para todas por favor.
Alejandro levantó una ceja, pero aceptó.
Mientras caminaban hacia la barra, no pudo evitar mirar atrás.
Emma y Marian ya estaban en la pista.
Y la irlandesa no dejaba de sonreír, mientras iba con Alejandro a la barra.
— —Te agrada Emma ¿Cierto?
—comentó Alejandro mientras pedían las bebidas.
—¿Eso crees?
—No dejas de mirarlas.
Ella no lo contradijo —Me agradan ambas.
La palabra fue suave, pero sincera.
Alejandro ladeó la cabeza.
—Son inteligentes, fuerte y están muy unidas.
No es común ver una dinámica así.
—¿Dinámica?
Caoimhe sostuvo la copa cuando el barman se la entregó.
—Hay algo entre ustedes.
Algo sólido.
—Son las mejores amigas.
Emma no tiene mucho tiempo en México, pasó gran parte de su vida en Países Bajos y Europa, conocerla fue un gran alivio para ella, se sintió extraña mucho tiempo en su propio país.
—Lo sé, me gustaría conocerlas mejor—.
Dijo Caiomhe.
—¿Por qué lo dices?
—preguntó Alejandro.
Ella dudó.
Fue apenas un segundo.
Pero suficiente para que él lo notara.
—Porque tú eres la única persona aquí a quien puedo considerar un amigo, así como Emma, yo también me siento extraña acá —dijo finalmente—.
Y me gustaría que ellas también fueran amigas mías.
Alejandro la observó con atención.
—¿Te sientes sola?
Caoimhe no sonrió esta vez.
—La verdad sí, mucho.
La música vibraba alrededor, pero esa confesión quedó suspendida en una burbuja privada.
—México es fascinante —continuó ella—.
Pero es muy diferente.
Las expresiones son abiertas.
Las emociones se dicen sin filtros.
En Irlanda somos diferentes, siento que no encajo del todo.
—Aquí abrazamos antes de preguntar, a veces sin conocer, al extranjero tratamos de hacerlo sentir en casa—dijo Alejandro.
—Lo he notado, y en verdad te lo agradezco.
Ella bebió un sorbo.
—Quiero entender mejor.
No solo el mercado.
También a la gente y su cultura.
Y ustedes son una puerta para hacerlo.
Alejandro se rió muy fuerte.
—Creo que estamos siendo utilizados.
Ambos se rieron mucho desde ese momento, Caiomhe por fin había roto la barrera profesional, y comenzaba a mostrarse mucho más abierta en lo emocional..
— En la pista, Marian y Emma se movían juntas.
Al principio relajadas.
Luego conscientes de la charla a distancia de su esposo.
Desde la barra, Alejandro y Caoimhe conversaban con intensidad visible.
Marian frunció ligeramente el ceño.
—Hablan mucho, me molesta.
Emma siguió la dirección de su mirada Una chispa conocida reapareció.
Sin decirlo, ambas comenzaron a moverse con más intención.
Más cercanas.
Más provocadoras.
No era explícito.
Pero sí era sugestivo, Alejandro conocía a la perfección esos movimientos, aunque para el resto de la me gente eran solo dos amigas bailando.
Las miradas que intercambiaban.
Las manos que rozaban cinturas.
El giro lento que hacía que sus cuerpos se alinearan.
Alejandro lo notó.
Casi derramó su bebida, el movimiento sincronizado de ambas, lo estaba haciendo mirarlas sin detenerse.
— Creo que Emma está intentando llamar tu atención — murmuró Caoimhe, sin apartar la vista.
— Y lo logró.
Pero Caoimhe tampoco podía dejar de mirar.
Había algo hipnótico en esa sincronía.
No era solo sensualidad.
Era confianza.
Era historia compartida.
Era una conexión que no necesitaba explicación, aunque en realidad ella no sabía lo que había detrás de esa escena.
Cuando la canción terminó, Marian respiraba agitada.
Emma sonrió con picardía.
— Lo logramos, toda su atención es nuestra.
Y antes de que pudieran regresar a la barra, Caoimhe apareció frente a ellas.
— Ya bailé con Emma — dijo con ligereza —.
Y con Alejandro.
Me falta bailar contigo.
Miró a Marian directamente.
Marian parpadeó.
— ¿Conmigo?
— Sí.
Contigo.
Emma alzó una ceja, y se rió en la cara de Marian cuando Ciaomhe no las veía.
— Adelante.
La nueva canción comenzó.
No era lenta.
Pero sí rítmica.
Caoimhe mantuvo una distancia respetuosa.
— Me alegra que hayas venido —dijo mientras se movían.
— No quería quedarme fuera, sin embargo no podía asistir a la junta en el Corporativo, eso estaba reservado solo para los ejecutivos.
— No deberías.
Marian la observó mejor ahora.
Había calidez genuina en su expresión.
— ¿Te estás adaptando?
Caoimhe rió suavemente.
— Estoy intentándolo.
A veces me siento invisible, y a veces demasiado visible.
Marian entendió esa frase más de lo que esperaba.
— Yo crecí sintiéndome fuera de lugar —confesó —.
Mi padre era extranjero.
Y yo… diferente.
Caoimhe inclinó el rostro.
— ¿Te excluían?
— Sí, mucho.
Por ser hija de un extranjero.
Por ser negra.
Por no encajar en el molde.
La música parecía bajar de intensidad en su mente.
— ¿Eso te dolió?
— dijo Caoimhe.
— Muchísimo.
Por un momento dejaron de bailar con intención social.
Solo se movían.
— Ahora ya no me importa — añadió Marian—.
Pero en cuando era niña… era imposible pasarlo por alto.
Caoimhe asintió.
— En Irlanda también sabemos lo que es ser mirados como distintos.
Sus miradas se encontraron.
Había entendimiento real.
Y eso incomodó a Marian, porque la pelirroja le agradaba.
Y no quería que le agradara.
No quería que esa mujer encantadora encontrara un espacio entre ellos.
Pero ahí estaba.
— Eres fuerte — dijo Caoimhe.
— Tú también lo eres.
Y la sonrisa que compartieron fue sincera.
Demasiado sincera.
— Los cuatro terminaron sentados en una mesa alta.
Bebidas nuevas.
Risas compartidas.
Historias ligeras.
Caoimhe relató anécdotas de Dublín.
Emma respondió con bromas locales.
Alejandro intervenía ocasionalmente.
Marian los observaba, parecía que los miedos habían desaparecido, aunque Marian aún no sabía que Caiomhe no estaba interesada en Alejandro.
Ya había equilibrio.
Y tensión.
En algún momento, Emma inclinó la cabeza hacia Marian.
—Me dijo que está sola aquí —susurró.
—A mí también.
—Y que quiere ser amiga nuestra.
—Sí, también me lo dijo.
Se miraron.
—¿Le crees?
—preguntó Emma.
Marian dudó.
—No lo sé.
Al otro lado de la mesa, Caoimhe reía por algo que Alejandro había dicho.
No era risa coqueta.
Era genuina.
— ¿Crees que está interesada en él?
—murmuró Marian.
— Me afirmó que no, así claramente me dijo que solo quería su amistad — Le dijo Emma.
La noche avanzaba.
Los cuatro bailaron otra vez.
Conversaron.
Se acercaron.
Pero ninguna logró encontrar una señal clara.
Caoimhe parecía interesada en los tres.
En la dinámica.
En la cercanía.
En entenderlos, aún sin saber lo complicada de su relación.
Y eso era, quizá, más desconcertante que un simple coqueteo.
Porque el interés no estaba dirigido solo a Alejandro.
Estaba distribuido.
Cuando salieron finalmente del club, el aire fresco los recibió con un silencio casi íntimo, además de que acentuó los efectos del alcohol.
Por un instante, los cuatro caminaron juntos como si se conocieran desde siempre.
Y sin embargo, algo seguía sin resolverse.
No sabían si la pelirroja era amenaza, o definitivamente sería solo una amiga a su inusual familia..
Y esa incertidumbre era más inquietante que cualquier certeza.
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