Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Mis Dos Esposas - Capítulo 4

  1. Inicio
  2. Mis Dos Esposas
  3. Capítulo 4 - 4 La Tentación Aparece
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

4: La Tentación Aparece 4: La Tentación Aparece *Capitulo narrado por Emma La noche en Punta Cana no pedía permiso.

La música brotaba de la playa como un pulso constante, profundo, primitivo.

Tambores, risas, copas que chocaban, cuerpos que se movían sin pensar demasiado pero sintiéndolo todo.

El mar respiraba a pocos metros de nosotros, oscuro y brillante al mismo tiempo, como si también observara.

Alejandro y yo estábamos sentados frente a frente, descalzos sobre la arena tibia, con bebidas frías en la mano.

Habíamos pasado el día entre el sol y el agua, y ahora la noche nos encontraba relajados, distendidos, lejos de México, del trabajo, la familia… lejos de todo.

Fue entonces cuando la vi.

—Mírala —dije en voz baja, casi como un comentario casual.

Alejandro siguió la dirección de mi mirada sin saber aún lo que iba a encontrar.

Una mujer bailaba sola.

No intentaba destacar, y aun así lo hacía.

Descalza, con un vestido ligero que se movía con ella, dejando que la música atravesara su cuerpo sin resistencia.

No bailaba para nadie en particular.

Bailaba porque quería.

Su piel oscura se confundía con la de muchos alrededor; en ese mar de cuerpos dominicanos era imposible distinguirla como extranjera.

Se movía con soltura, con una elegancia natural… peligrosamente sensual.

—Baila precioso —murmuré, sin apartar la vista.

Alejandro no respondió.

No pudo.

Algo en ese movimiento lo había atrapado de inmediato.

Lo vi tensarse tras sus pantalones, como si su cuerpo reaccionara antes que su razón, esa misma reacción que tuvo conmigo.

No supe si me irritó, me intrigó…

o simplemente era algo divertido.

Ella giró, rió, levantó los brazos.

La luz de las antorchas delineó su silueta con una claridad que volvió inútil cualquier intento de disimulo.

Alejandro ya no intentó ocultar que la miraba.

No era morbo.

No era descaro.

Era fascinación.

Entonces la escuchamos.

—¿Perdón?

¿Alguien vio mi bolsa?

El acento mexicano atravesó el ruido como una aguja.

Fruncí ligeramente el ceño… y luego sonreí.

—Mira, es Marian —dije con certeza hacia mi esposo.

En ese momento me sentí un poco más tranquila, no sé por qué.

Aunque supongo que comprendía que era una mujer menos con la que competiría.

Alejandro parpadeó, incrédulo.

Ahora la veía completa.

Marian Okoye levantó la vista en ese instante, y la luz dio de lleno en sus ojos verdes, intensos, imposibles.

Herencia clara de su madre.

No solo era hermosa.

Era distinta.

Y ahora, imposible de ignorar.

—Vamos a invitarla —dije sin pensarlo demasiado.

Alejandro me miró, sorprendido.

—¿Estás segura?— Dijo titubeante.

Sostuve su mirada con calma.

Con control.

—Sí.

Al final, entre mexicanos hay que cuidarnos.

Marian aceptó la invitación con una naturalidad que me desarmó un poco.

Se acercó a la mesa con una sonrisa abierta, sin pretensión alguna.

—Gracias —dijo—.

La verdad, ya necesitaba sentarme un poco.

Brindamos.

Reímos.

La conversación fluyó sin esfuerzo.

Hablamos de viajes.

De lo distinta que era República Dominicana a México.

De cómo el Caribe tenía una forma particular de relajar incluso a quienes no sabían hacerlo.

—Trabajo demasiado —confesó Marian—.

Estar aquí es casi un acto de rebeldía.

—Te entiendo más de lo que crees —le dije—.

A veces olvidamos que también tenemos derecho a detenernos.

Ella me miró con interés genuino.

—¿Y ustedes?

—preguntó—.

¿Vacaciones por aniversario?

—Exacto —respondí—.

La comida en tu restaurante fue solo el inicio de los festejos.

—Me alegro mucho —sonrió—.

Lucen en verdad felices.

Alejandro nos escuchaba hablar, observándonos como si intentara descifrar algo que aún no comprendía.

Yo lo notaba.

Marian también.

Hablamos de música.

De cocina.

De sueños.

Marian contó, sin entrar en detalles íntimos, que su padre era chef, que había crecido entre fogones y exigencias, que soñaba con abrir su propio restaurante algún día.

—Uno que lleve mi nombre —dijo con firmeza—.

No por ego, sino por identidad.

Me gustó eso de ella.

Cantamos cuando un grupo comenzó a tocar canciones conocidas.

Bailamos.

Los tres.

Sin roces innecesarios.

Sin insinuaciones abiertas.

Solo risas, movimientos suaves, cercanía cómoda.

Éramos amigos.

Eso nos repetíamos.

Alejandro no dejó de mirarla, aunque intentaba hacerlo con discreción.

Marian lo notaba, pero no lo explotaba.

Y yo… yo observaba todo, tomando nota de cada gesto, de cada pausa, de cada silencio compartido.

Nos despedimos más tarde, cuando la noche comenzó a diluirse.

—Fue un gusto enorme —dijo Marian—.

Ojalá volvamos a coincidir.

—Seguro que sí —respondí, sincera.

No volvimos a verla en Dominicana.

En la habitación, mientras me quitaba el vestido frente al espejo, sentí el peso de la noche sobre mi piel.

Alejandro estaba de pie detrás de mí, en silencio.

—No te contengas —dije de pronto.

Él me miró, confundido.

—Esta noche… —continué, girándome lentamente—.

Hazme el amor como se lo harías a ella.

Vi el impacto de mis palabras en su rostro.

Deseo.

Duda.

Conflicto.

—Emma… —Sé cuánto te gustó —susurré, acercándome—.

Y quiero sentirte así.

Sin máscaras.

Jugando conmigo.

No fue una noche apresurada.

Fue intensa, profunda, cargada de miradas y silencios que decían más que cualquier palabra.

Yo lo guié.

Él me siguió.

Y en medio de esa intimidad, entendí algo que me estremeció.

No me dolía imaginarla.

Me excitaba.

Regresamos a México días después.

Y Marian no desapareció.

Comenzó como una amistad natural.

Mensajes ocasionales.

Comidas.

Risas.

Conversaciones largas.

Marian encajaba con una facilidad inquietante, como si siempre hubiera estado destinada a orbitar cerca de nosotros.

Yo empecé a sentir algo nuevo.

Celos, sí.

Pero también… posibilidad.

Una idea que al principio me parecía absurda comenzó a tomar forma en mi mente.

Peligrosa.

Irresistible.

Tal vez Marian no era una amenaza.

Tal vez era una opción.

Y aunque aún no me atrevía a decirlo en voz alta, una parte de mí comenzaba a pensar que compartir a Alejandro… con ella… podría ser mucho más tentador de lo que jamás imaginé.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo