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Mis Dos Esposas - Capítulo 31

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31: Deudas de Juego.

31: Deudas de Juego.

La música del club aún vibraba en sus oídos cuando salían rumbo al estacionamiento.

La noche era relativamente cálida, para el estándar de la Ciudad, con ese aire ligeramente húmedo que a Caoimhe ya empezaba a resultarle familiar en México.

Se acomodó el abrigo ligero sobre los hombros y miró a los tres con una sonrisa que planeaba un desafío.

— Dicen que México e Irlanda comparten el gusto por la cerveza…

y la bebida — comentó, cruzándose de brazos —.

Y ya que nosotros trabajamos en la industria.

Sería casi un insulto no honrar esas tradiciones nacionales.

Emma alzó una ceja.

— ¿Eso es una invitación o un reto?

— Es claramente un reto —respondió la pelirroja sin titubear —.

A ver quién aguanta más.

Marian soltó una risa breve.

—¿En serio quieres competir contra mexicanos en beber cerveza?

—¿Y ustedes creen que los irlandeses salimos a beber leche?

—replicó Caoimhe con una chispa en los ojos—.

No subestimen mi sangre celta.

Alejandro intervino antes de que la tensión se transformara en algo más punzante.

— Si van a hacer una estupidez de ese calibre niñas, mejor vámonos a casa.

Ahí hay habitaciones de sobra.

Y yo puedo beber tranquilo sin preocuparme por manejar después… aunque como sé que les ganaré, no voy a participar en su apuesta.

— Qué aburrido eres — murmuró Caoimhe.

— Qué responsable — corrigió él, sonriendo.

— En mi pueblo les dicen de otro modo — dijo Emma mientras se reía a carcajadas a costa de su esposo.

Marian dudó apenas un segundo.

Esa noche quería divertirse.

Quería olvidarse de cálculos, de celos, de miradas cruzadas.

Quería sentirse ligera.

—De acuerdo —dijo finalmente—.

Pero con reglas claras.

Emma ya estaba decidida.

Competitiva hasta la médula, necesitaba ganarle a Caoimhe en algo, aunque fuera en algo trivial.

No soportaba esa sensación difusa de estar perdiendo terreno en un juego en el que claramente le habían dicho que no era siquiera una competencia.

Caoimhe, por su parte, lo propuso porque había algo más que orgullo nacional en su propuesta.

Quería verlos relajados, auténticos y sin máscaras.

Ella sabía bien que el alcohol, lo sabía, a veces aflojaba las verdades que se escondían tras las sonrisas diplomáticas.

En la casa, la sala se convirtió en su campo de batalla.

Botellas de cerveza alineadas sobre la barra.

— ¿Cuál será el premio para la ganadora?

— preguntó Marian.

— Pues no lo había pensado, pero escucho ofertas — le dijo la pelirroja.

— Creo que mejor propongo un castigo para las perdedoras —anunció Emma.

—¿Ah, sí?

—Caoimhe se apoyó en la mesita de centro —.

A ver, escucho.

Emma miró a Marian, buscando complicidad.

—Algo que realmente nos obligue a cumplir.

La irlandesa se adelantó, casi con picardía inocente: —Las perdedoras nadarán desnudas en la alberca.

Hubo un silencio inmediato.

— Estás loca — dijo Marian, con una risa más que nerviosa.

— Es solo un cuerpo — respondió Caoimhe con ligereza —.

En Irlanda, es un castigo común, y les aseguro que nadar aún con ropa en los ríos o el mar de mi país es bastante frío como para ser un verdadero castigo.

Emma negó con la cabeza.

— No es lo mismo.

Alejandro levantó las manos.

— Saben qué chicas, hagan lo que quieran.

Yo me iré a dormir en cuanto empiecen con sus locuras.

Mañana tengo asuntos pendientes.

Pero tú — miró a Caoimhe — tienes el día libre, eres bienvenida a quedarte aquí para descansar con calma.

—Exactamente —respondió ella.

La tensión se convirtió en risa.

Emma y Marian aceptaron en cuanto supieron que Alejandro no las vería y que no se pondría a compararlas con la irlandesa, que a todas luces resultaba mucho más “frondosa” que ellas.

— Al principio fue sencillo.

Las tres hacían brindis entre bromas, escuchaban música, cada una elegía una canción.

Se hacían comentarios sobre diferencias culturales.

Emma y Marian mantenían el ritmo con seguridad, decididas a no ceder.

— Admito que esta cerveza es bastante buena, pero muy fuerte — dijo Marian después de un trago largo —.

Exportan bien su producto.

—Ya pronto no lo exportaremos, lo vamos a producir aquí — corrigió Caoimhe, divertida.

Emma ya sentía el calor subirle al rostro, además de serle muy notorio dada su piel pálida, pero seguía alardeando.

— Cuando pierdas “Rojita”, espero que no te arrepientas de tu propia idea — No perderé…

¡Y tan rápido ya tengo un apodo!

— respondió la pelirroja con una seguridad tranquila.

El tiempo empezó a diluirse entre carcajadas y frases cada vez menos cuidadas.

Alejandro observaba un rato si silla favorita , con una mezcla de preocupación y ternura, hasta que finalmente negó con la cabeza.

— Niñas, me retiro —murmuró—.

No se maten entre ustedes.

— Buuu zorra, vete a dormir, perdedor —dijo Emma.

Él se fue entre risas.

La competencia se volvió más evidente cuando Marian empezó a fallar en el conteo de botellas.

— Esta no vale — protestó —.

Ella empezó antes.

—No es cierto —dijo Emma, aunque su voz arrastraba un poco las palabras.

Caoimhe, en cambio, parecía extrañamente firme.

Sonreía, aunque ya tenía las mejillas igual de rojas que la cabellera, pero mantenía la mirada clara.

—¿Se rinden?

—preguntó con suavidad.

Emma golpeó la barra con la palma.

—Jamás.

Pero minutos después, el silencio entre las tres fue revelador.

Marian apoyó la frente en el hombro de Emma, no puedo perder, necesitamos refuerzos.

Caiomhe les dijo que no se aceptaban nuevas retadoras.

— Te equivocas, el refuerzo es algo más nativo — dijo Marian mientras sacaba una botella de tequila de la cava.

Así que comenzaron la contra ofensiva con una bebida extraña para la pelirroja.

— Por Dios, esto quema más que el mismo infierno, dijo Caiomhe — después del primer trago.

— Creo que… vas a ser derrotada en tu juego Rojita, le dijo Emma de manera burlona.

— Esto es trampa — dijo Caiomhe — yo nunca había tomado tequila.

— Ríndete nena, no puedes ganarme con esto —dijo Emma complemente segura —.

Y soy una mujer de palabra.

Marian por su parte ya estaba dormida en uno de los sillones.

— Pues tú compañera de batalla ya cayó derrotada — reitero Caiomhe mientras se reía de Marian.

Una hora después y poco más de media botella entre las dos mujeres y llegó la rendición de uno de los bandos.

— Se acabó, me rindo, no puedo contra ti, ama del agave azul — Dijo Caiomhe arrastrando las palabras.

Cumpliré mi palabra.

Así entre las dos despertaron como pudieron a Marian.

Después de que la chef reaccionó completamente y estaba cierta de que debía nadar como Dios la trajo al mundo junto a la pelirroja, el recuerdo difuso de aquella otra noche con Emma, cruzó como sombra en su mente.

—No tenemos que hacerlo —murmuró Marian, aunque sabía que sí.

Emma la miró — Deudas de juego, son deudas de honor nena —.

— Está bien, lo haré.

— La alberca reflejaba la luz tenue del jardín.

El agua parecía negra bajo el cielo nocturno.

Marian fue la primera en despojarse de la ropa, con movimientos decididos que ocultaban su nerviosismo.

Emma la siguió con la vista intentando no reírse y evitar que ya no quisiera hacerlo.

No había música.

Solo el sonido del agua moviéndose suavemente.

Caiomhe por su parte se desnudó completa sin la menor vergüenza, como si quisiera dejar en claro que para ella su cuerpo no era motivo de pena.

Lo hizo mostrando su escultural figura, Emma no pudo evitar mirarla y enojarse porque realmente era hermosa, tenía unas piernas muy bien torneadas, terminadas en unas nalgas perfectamente formadas, su cintura remarcada por la redondeada forma de sus caderas le daba un aspecto increíble, y para rematar, sus pechos eran aún más grandes que los de Marian.

Marian y Caiomhe entraron casi al mismo tiempo.

El contacto con el agua fría las hizo reír y gritar, una risa nerviosa que rompió la tensión.

Emma permanecía de pie al borde, observándolas.

Con una expresión que mezclaba admiración y burla, al final ella había ganado.

— Son valientes — les dijo finalmente.

—No nos mires así —respondió Marian medio en broma.

—¿Así cómo?

—Como si… no sé.

Emma negó con la cabeza, se quitó la blusa y luego, con naturalidad sorprendente, dejó caer el resto de su ropa.

Sin dramatismo.

Sin provocación.

Solo coherencia con su propia apuesta.

Marian y Caiomhe se quedaron en silencio.

La luz suave delineaba su silueta, y su piel blanquísima con una elegancia que parecía casi irreal.

Emma también era hermosa, ella resaltaba principalmente por los hermosos de sus piernas y caderas, rematadas con unas nalgas grandes y bien torneadas.

—Prometí cumplir también —dijo ella antes de lanzarse al agua.

El chapoteo rompió el hechizo.

Ahora las tres flotaban, separadas apenas por un par de metros.

El agua borraba límites, suavizaba formas, igualaba.

— No era necesario — murmuró Marian.

— No podía dejarte sufrir sola nena — respondió Emma con una mirada de verdadera cariño.

La irlandesa se tomó un momento antes de reírse.

— Son muy divertidas, me gustaría mucho poder ser amiga suya.

El silencio que siguió fue distinto al anterior.

Más honesto.

—Eres extraña —dijo Emma.

—En mi país también me lo dicen.

Marian sonrió.

Emma flotaba boca arriba, mirando el cielo.

—Tal vez por eso no sabemos qué hacer contigo.

—¿Conmigo?

—preguntó la pelirroja.

—Sí.

No sabemos si eres amenaza, aliada… o algo que no entendemos.

Caoimhe soltó una risa suave.

—No soy amenaza.

No para lo que tú crees, de hecho ya te lo había dicho claramente.

—¿Y qué creo?

—insistió Emma.

La irlandesa dudó apenas.

—Que estoy interesada en Alejandro.

El agua pareció tensarse.

—¿Lo estás?

—preguntó Marian, directa.

Caoimhe negó lentamente.

—Lo admiro.

Me ayudó cuando llegué.

Es mi amigo.

Y eso significa más de lo que parece cuando estás sola en otro país.

Emma se incorporó un poco.

— Entonces, ¿por qué nos mirabas así cuando bailábamos?

La respuesta tardó unos segundos.

— Porque ustedes se miran entre sí de una forma que no es común — dijo finalmente —.

Y porque me parecen fascinantes.

Marian sintió un calor distinto al del alcohol.

—¿Fascinantes?

—Fuertes.

Complicadas.

Hermosas —enumeró Caoimhe sin titubeo—.

Quisiera conocerlas más.

No para quitarles nada.

Sino para entenderlas.

El agua se movió suavemente entre ellas.

Emma intercambió una mirada con Marian.

—Nosotras tampoco sabemos exactamente qué eres para nosotras —admitió Emma.

—Entonces podemos descubrirlo —respondió la pelirroja con serenidad.

Se quedaron un rato más hablando de trivialidades: anécdotas de infancia, comidas favoritas, la primera vez que cada una probó el alcohol.

Rieron cuando Caoimhe describió un festival bajo la lluvia interminable de Galway, y cuando Emma contó cómo aprendió a nadar casi a la fuerza.

El ambiente se volvió ligero.

Casi íntimo, pero sin presión.

Finalmente, Marian rompió el silencio.

— Creo que ya hemos sido suficientemente valientes por una noche, y no quiero morir de hipotermia.

— ¿Podría darles un abrazo?

— dijo Caiomhe.

Las tres se echaron a reír.

— Sí…

una vez que nos pongamos la ropa, claro está — dijeron las mexicanas.

Salieron del agua entre risas bajas y miradas que ya no eran de competencia.

Mientras se cubrían con toallas, Emma observó a Caoimhe una última vez.

No parecía una enemiga.

Tampoco una simple amiga.

Algo estaba cambiando entre las tres, algo que ninguna sabía todavía cómo nombrar.

Pero esa noche, bajo el reflejo tembloroso del agua, entendieron que el miedo no siempre venía del peligro, aunque el verdadero peligro estaba por llegar aún, y no era la pelirroja.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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