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Mis Dos Esposas - Capítulo 32

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32: La Juventud de Emma 32: La Juventud de Emma La mañana cayó sobre la casa, y No era una resaca escandalosa sino una densa, silenciosa.

Como si la noche anterior aún flotara en el aire, mezclada con el olor leve a cloro, cerveza y tequila.

Emma despertó primero.

La luz plena del sol atravesaba las cortinas con demasiada claridad.

Alejandro ya no estaba en la cama, ella lo supo antes de extender la mano.

Él siempre se movía con cuidado cuando tenía reuniones importantes, intentando no despertarla.

Sobre el buró había un vaso de agua y una pastilla para el dolor de cabeza, por lo que ella sonrió.

Recordó vagamente las risas, el agua fría y como sintió que le daba un calambre por ello, recordó la figura de Caoimhe lanzándose a la alberca con una seguridad que todavía la inquietaba.

—Maldita, como puede estar tan buena.

Recordó también algo más: la conversación que habían tenido en el Club y que fue demasiado honesta, algo le hacía pensar que debía creerle y que no buscaba nada con su marido, por el contrario, que quizás simplemente la juzgaron mal y que simplemente ella y Marian actuaron como dos mujeres inseguras.

Se incorporó con lentitud.

Alejandro tenía reunión con su padre… y con el padre de ella.

Eso la hizo suspirar.

En otra habitación, Marian despertaba con la frente fruncida y el cabello hecho una completa maraña.

No recordaba el momento exacto en que se quedó dormida, pero sí la sensación de haber cruzado un límite invisible.

No físico sino emocional, al igual que Emma pensó que todo indica a que la pelirroja no era mala persona ni tampoco tenía intención alguna de quitarles a Alejandro.

Se levantó y se miró al espejo, lo primero que hizo después fue comenzar a cepillarlo, era un desastre, se recogió el cabello y se cambió de ropa para después bajar a la cocina.

El personal ya estaba activo.

Marian tenía esa capacidad natural de asumir control sin imponerlo.

—Desayuno ligero —indicó—.

Fruta fresca, jugos naturales, algo de pan tostado y café, mucho café.

Nada pesado de inicio y después necesito que preparen chilaquiles verdes por favor.

—¿Para la señorita Caoimhe también?

—preguntó una de las empleadas.

Marian dudó apenas.

Sí también pero hagan una versión sin picante para ella.

—Sí.

Y que preparen algo más consistente para la hora de la comida en la tarde.

No creo que vaya a irse temprano.

No sabía por qué lo dijo.

Pero lo intuía, la actitud de la pelirroja la noche anterior le hacía creer que ella quería conocer más a fondo la dinámica en esa casa.

En la habitación de huéspedes, Caoimhe despertó mirando el techo, perfectamente consciente de dónde estaba.

Y justo como Marian lo pensó ella no tenía ganas de marcharse aún, quería conocer la la La casa tenía algo que la atraía.

No era el lujo a pesar de los humildes orígenes de la pelirroja, ella nunca se ha visto impactada por ello, su madre siempre se encargó de que todos mantuvieran los pies en la tierra, lo que a ella parecía importarle era la dinámica.

Bajó sin prisa, con el cabello aún suelto y una camiseta prestada que había encontrado doblada sobre la silla.

Emma apareció minutos después, con gafas oscuras y el cabello recogido en un moño improvisado.

—Sobrevivimos —murmuró.

—Apenas —respondió Marian.

Caoimhe tomó asiento con naturalidad, como si perteneciera al lugar.

—Buenos días, campeona dijo mirando a Emma.

Emma dejó escapar una risa ligera.

—No vuelvo a competir contigo, fue una victoria pírrica, hoy estoy destruida.

—Eso dijiste anoche también, cuando me dí por vencida.

El desayuno transcurrió entre comentarios suaves, bromas pequeñas y silencios cómodos.

Pero fue Caoimhe quien rompió la quietud.

—Ustedes ya saben casi todo de mí —dijo, apoyando los codos en la mesa—.

Les conté dónde vengo y lo que pasé en mi infancia y juventud.

El hambre y la vergüenza, además de la sensación de no pertenecer.

Marian asintió.

—Lo has contado con mucha honestidad y te lo agradezco.

—Pero yo no sé nada de ustedes —continuó la irlandesa—.

Más allá de lo evidente.

Emma levantó la vista por encima de sus lentes.

—¿Qué quieres saber?

—Su juventud, su infancia, algo que me diga que las hizo ser así.

El silencio que siguió fue distinto.

Más profundo.

Marian miró a Emma.

Emma sostuvo la mirada unos segundos… y luego suspiró.

—Bueno empiezo yo.

Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.

—Nací aquí en la Ciudad de México.

Mi padre Jan es mexicano de nacimiento, pero mis abuelos eran neerlandeses, una nacionalidad extraña para los inmigrantes en este país, pero les gustó asentarse acá.

Mi mamá Claudia también es mexicana.

Crecí en una familia… privilegiada, la verdad es que no tuve ningún tipo de carencia material.

Caoimhe escuchaba con atención genuina.

—Nací en cuna de oro como se suele decir —continuó Emma con una sonrisa leve—.

Las mejores escuelas.

Los mejores viajes.

La mejor educación.

Todo planificado, toda mi vida arreglada para sostener el estilo de vida.

—¿Planificado?

—preguntó Marian suavemente.

Emma asintió.

—Así es, a mis ocho años, mis padres acordaron mi matrimonio con Alejandro…

así como en las novelas de inicios del siglo pasado, mis padres decidieron mi destino.

Caoimhe parpadeó.

—¿Ocho años?

¿De verdad?

—Sí.

No había dramatismo en su voz, ni siquiera parecía molesta por los hechos.

—Era un acuerdo entre familias.

Una alianza que según ellos me garantizaría un futuro pleno y tranquilidad.

Todo hecho y acordado con elegancia y discreción.

Marian sabía aquello.

Pero escucharlo en voz alta era algo muy distinto.

—¿Y tú lo sabías?

—preguntó Caoimhe.

—Lo supe poco después.

Aunque no entendía lo que significaba un matrimonio a esa edad, solo sabía que algún día me casaría con “Álex”.

Sonrió al recordar.

—A los doce años me fui a vivir a Países Bajos.

Pasé mi juventud entre Internados y la casa de algunas primas de mi papá de la rama familiar que nunca emigró, universidad del más alto nivel educativo, clases de etiqueta.

La vida perfecta para cualquiera… aunque solo en el papel.

—¿Fuiste feliz?

—preguntó Marian.

Emma tardó en responder.

—No lo suficiente, la verdad una vida completamente controlada por nadie podría serlo.

La frase quedó suspendida.

—Tuve un novio allá —continuó—.

Nigel De Bruijn.

Caoimhe inclinó la cabeza.

—Nombre muy neerlandés.

—Mucho, y el tipo era justamente lo más ‘holandés’ que se puede ser —respondió Emma, casi riendo—.

Era alto, inteligente, ambicioso y bastante guapo.

Pensé que me quedaría con él.

Marian la miró con atención.

—Nunca me lo contaste así.

—Nunca lo conté a nadie —admitió Emma—.

Solo Alejandro lo sabía.

Caoimhe permanecía en silencio, absorbiendo cada palabra.

—¿Lo amabas?

—preguntó finalmente.

Emma miró la taza frente a ella.

—En ese momento, sí.

O eso creía.

Era más joven.

Él representaba libertad que nunca tuve, y saber que podía elegir por mí misma.

—¿Y qué pasó después?—preguntó Marian.

—Pasó el tiempo —respondió Emma—.

Era hora de cumplir el compromiso.

La palabra pesó.

—Cuando terminé mis estudios, mis padres me recordaron el acuerdo.

Yo sabía que existía, siempre lo supe.

Pero es diferente cuando deja de ser una idea lejana y se convierte en una fecha próxima.

—¿Pensaste alguna vez en desobedecer?

—preguntó Caoimhe, sin juicio.

Emma respiró hondo.

—Sí, muchas veces pensé en quedarme allá.

El silencio fue absoluto.

—Pensé en quedarme con Nigel…

o sin él.

Pensé en decir que no y en huir si era necesario.

Marian la observaba con una mezcla de sorpresa y ternura.

—¿Y por qué no lo hiciste?

Emma sonrió suavemente.

—Volví a México dispuesta a romper el compromiso y por primera vez decidida a desobedecer a mis padres, pero volví a verlo, volví ver a Alejandro.

La memoria pareció iluminarle el rostro.

—No lo había visto en años y ya éramos adultos.

Ya no éramos niños prometidos que jugaban a cumplir con lo dispuesto por sus padres.

Nos encontramos en una reunión familiar… y fue extraño.

—¿Extraño cómo?

—preguntó Caoimhe.

—Como si todo el tiempo hubiera estado esperando ese momento.

Lo recordé de niño y como siempre fue lindo y amable conmigo, ahora al verlo de nuevo ya como un hombre…

fue amor a primera vista o a segunda vista en realidad.

Marian bajó la mirada.

—Lo supe en ese instante —continuó Emma—.

Si él no me hubiera gustado yo… saben ahora ya no pienso en eso.

Pero tal vez habría roto todo.

Caoimhe la estudió.

—Pero él te gustó.

—Me encantó —admitió Emma con honestidad—.

No por obligación ni por deber sino por decisión.

Marian habló en voz baja.

—Nunca te había escuchado decirlo así.

Emma la miró.

—Porque nunca tuve que explicarlo a nadie antes.

Caoimhe apoyó la espalda en la silla.

—Entonces elegiste cumplir el compromiso.

—No.

Lo elegí a él —corrigió Emma—.

El compromiso ya estaba ahí.

Yo decidí que quería cumplirlo.

Hubo un silencio largo.

—¿Te has arrepentido en algún momento?

—preguntó la irlandesa.

Emma negó con firmeza.

—No.

Pero luego añadió: —A veces me pregunto qué habría pasado si no me hubiera gustado.

Si lo hubiera visto y no hubiera sentido nada.

Marian sostuvo su mirada.

—¿Y qué crees que habrías hecho?

Emma sonrió con una mezcla de orgullo y vulnerabilidad.

—Creo que habría sido la primera vez que desobedecía a mis padres.

Caoimhe observó a ambas mujeres frente a ella.

Una que había sido criada en la riqueza y pactos familiares, pero lejos de su familia.

Mientras que la otra entre exclusiones y pero siempre en familia.

Y ella… entre carencias económicas y supervivencia.

Tres historias distintas.

Tres maneras de aprender a vivir.

—Es curioso —murmuró—.

Yo luché por tener algo que comer.

Tú luchaste por elegir a quién amar.

Emma inclinó la cabeza.

—Todas luchamos por algo.

Marian se levantó para servir más café.

El ambiente ya no era tenso como la primera vez que se conocieron.

Ahora era intenso de revelaciones.

Caoimhe sonrió suavemente.

—Gracias por contarlo.

Emma sonrió.

—No es una historia trágica.

—No tiene que serlo —respondió la pelirroja—.

Simplemente es tu historia.

Y por primera vez desde que había llegado a México, Caoimhe sintió que no estaba observando desde afuera.

Estaba entrando.

Poco a poco.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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