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Mis Dos Esposas - Capítulo 33

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33: Herencia 33: Herencia La conversación sobre la juventud de Emma se extendió más de lo que ninguna esperaba.

Cuando miraron el reloj, el sol ya estaba alto y el aroma en la cocina había cambiado.

La servidumbre se había retirado temprano.

Solo Marian permanecía trabajando en la cocina con una dedicación casi ceremonial.

Habían dicho que si querían que México llegara al corazón a Caoimhe, la mejor manera de hacerlo era desde el estómago.

El desayuno había sido lo clásico del país: chilaquiles verdes con pollo, crema espesa, queso fresco y cebolla morada finamente picada.

—Esto es medicina —había declarado Marian—.

Para la cruda.

—¿Cruda?

—repitió Caoimhe.

—Resaca —aclaró Emma.

La irlandesa había probado el primer bocado con cautela y terminó limpiando el plato con un pedazo de pan…

Obviamente le dieron una versión para niños sin una sola gota de picante.

—Si Irlanda hubiera tenido esto, nuestra historia sería distinta —bromeó.

Ahora,después del mediodía, el olor del pozole rojo invadía la casa.

Maíz cacahuazintle abierto como flores blancas, carne suave desmenuzada, rábanos, lechuga, orégano, limón.

—Huele muy bien, aunque tengo un poco de miedo —murmuró Caoimhe al ver la preparación.

—Si vas a quedarte en el país —dijo Emma—, tienes que hacerlo como debe ser.

Se sentaron las tres a la mesa del comedor informal.

La luz del día hacía que la noche anterior pareciera casi un sueño.

Caoimhe dejó la cuchara a un lado y miró a Marian.

—Me toca escucharte ahora.

Emma asintió.

—Sí.

Siempre hablamos del presente.

Nunca de antes, ni siquiera yo he escuchado toda tu historia.

Marian permaneció unos segundos en silencio.

No era una historia que contara con frecuencia.

No porque doliera siempre, sino porque no sabía dónde empezarla.

Tomó aire.

—Bueno, mi abuela huyó de Ghana después del golpe de Estado de 1981.

Caoimhe frunció ligeramente el ceño, intentando ubicar el contexto histórico.

—¿El de Rawlings?

—preguntó.

Marian la miró con sorpresa.

—Sí.

Jerry Rawlings.

El segundo golpe.

Caoimhe asintió.

No decía nada, pero su mirada era atenta.

—Mi papá tenía ocho años apenas cuando salieron del país —continuó Marian—.

Mi abuela lo sacó casi con lo puesto, huyeron cuando mi abuelo fue arrestado, ni siquiera tuvieron tiempo de cambiarse de ropa y como pudieron salieron de Ghana cruzando la frontera.

De ahí partieron a Inglaterra, fue su primera opción, sin embargo las condiciones políticas de Gran Bretaña en esos años no eran tampoco buenas y emigraron a este lado del planeta.

Intentaron establecerse en Estados Unidos primero.

—¿Lo lograron?

—preguntó Emma.

Marian negó.

—No, no consiguieron asilo político y se quedaron casi sin opciones.

Fueron deportados pero México les ofreció refugio.

La palabra flotó con peso propio.

—No hablaban español —siguió—.

Nada.

Mi abuela lo aprendió con muchísimo esfuerzo años después trabajando, limpiando casas, escuchando la radio, la televisión, y poco a poco con el contacto con la gente.

Mi papá lo absorbió rápido, como aún era un niño fue fácil para él y no solo el idioma, también se adaptó a la cultura, comida, al país en general.

En un par de años hablaba español como nativo, su acento ahora es idéntico al mío.

—¿Cómo se llama tu papá?

—preguntó Caoimhe suavemente.

—Kwame Okoye.

Aunque legalmente mi abuela lo registró ya acá como Hugo Okoye, por intentar adaptarlo más rápido, pero en privado mi abuela siempre lo llamó Kwame igual que mi abuelo Emma sonrió levemente.

—Es la primera vez que escucho esta historia.

—¿Cuál es tu nombre completo preguntó¿Caiomhe?

—Marian Okoye Valencia.

El sonido del nombre pareció llenar el espacio de otra manera.

—Nunca lo dices —observó Emma.

—Bueno no siempre hay necesidad, eso ya lo sabemos las dos.

Marian continuó.

—Mi papá se naturalizó muy joven junto con mi abuela —continuó Marian—.

Estudió, trabajó desde adolescente porque mi abuela murió cuando él tenía diecisiete años.

De un día para otro se quedó solo.

—Eso debió ser muy difícil—murmuró Caoimhe.

—Sí.

Pero él nunca se queja de eso.

Marian probó un poco de la comida antes de seguir.

—Cuando tenía diecinueve años conoció a mi mamá.

Mariana Valencia en Veracruz.

Emma levantó la vista.

—¿Te llamas Marian por ella?

—Sí.

Solo adaptó el nombre al origen de papá.

Un pequeño puente entre dos mundos.

Caoimhe sonrió ante la imagen.

—¿Él volvió a Ghana alguna vez?

—No.

Nunca regresó, siempre me dijo que no había nada de él allá, mi abuela murió acá y su padre fue asesinado por ese país, no sentía que le debiera algo, y al final ya está completamente adaptado aquí, es uno más de nosotros.

—¿Y tú?

Marian negó.

—Tampoco, bueno de hecho ni lo conozco no es algo que me importe.

Mi identidad está aquí.

Se acomodó en la silla.

—Mi papá se integró muy rápido a la familia Valencia.

Lo adoptaron casi de inmediato, se integró con facilidad a al dinámica familiar, y se casó con mi mamá muy joven.

Pero por trabajo se mudaron al centro del país.

Terminaron en Cuernavaca.

Ahí nací.

El tono se suavizó.

—Viví allí hasta los dieciocho años.

Luego me mudé a Ciudad de México para estudiar y trabajar.

Emma la observaba con una atención nueva.

Era su mejor amiga pero esa historia la desconocía casi por completo.

—Mi mamá murió cuando yo tenía veintiún años —dijo Marian sin cambiar el tono—.

Un accidente de tránsito.

Venía a visitarme desde Cuernavaca.

El silencio fue inmediato.

Caoimhe dejó la cuchara.

—Lo siento.

Marian asintió levemente.

—Después de eso, mi papá dejó Morelos y se vino a esta ciudad.

Fundamos el restaurante aquí.

Fue su manera de empezar otra vez.

Emma extendió la mano y la tocó.

—Nunca me hablaste de ese día.

—Bueno, no es fácil recordarlo, pero tampoco habíamos tenido la oportunidad de hacerlo como ahora.

Respiró tranquila.

—Pero lo que sí me definió fue otra cosa desde niña supe que era distinta.

No solo por el color de piel.

Por el cabello.

Por mis rasgos.

Incluso por mis ojos verdes.

Caoimhe frunció el ceño.

—¿Eso fue motivo de burla?

Marian soltó una risa breve.

—Decían que mis ojos podían ser reales.

Que eran lentes.

O que parecía “rara”.

Emma bajó la mirada.

—La gente clara como Alejandro siempre es querida aquí, vista como ideal—continuó Marian—.

Claro de piel, de familia influyente.

Emma, por ejemplo con esa piel clarísima, y ese tono de cabello casi rubio, podría jurar que eras la sensación en cualquier salón.

En cambio yo… Se encogió de hombros.

—Me llamaron ‘Prieta’, ‘Exótica’…

y cosas peores que no quiero recordar El silencio se volvió denso.

—Al principio siendo niña me dolía la segregación —admitió—.

Mucho.

Intentaba alisarme el cabello, hablar menos, ocupar menos espacio, no asolearme, aclarar mi piel.

Obviamente nada funcionó.

—Y ahora —preguntó Caoimhe suavemente.

Marian sonrió con una seguridad tranquila.

—Ahora me importa muy poco, que se chinguen.

Crecí.

Me volví más inteligente.

Más segura.

Más atractiva, si vamos a ser honestas, me puse buenísima— dijo al tiempo que se reía liberándose de la molestia que mostró.

Emma sonrió.

—Mucho más atractiva.

Marian le lanzó una mirada divertida.

—Con el tiempo entendí que el problema no estaba en mi piel, sino en mi cabeza por no saber enfrentarme a los prejuicios de idiotas.

Caoimhe la observaba con una mezcla de respeto y algo más profundo.

—En Irlanda no somos tan distintos en ese sentido —murmuró—.

También sabemos lo que es clasificar por apariencia.

Emma carraspeó suavemente.

—Saben qué niñas cambiemos de tema —dijo—.

Vamos a hacer que esto termine como empezó, alegres.

Marian asintió.

—Sí.

Ya me cansé de drama por hoy.

Caoimhe apoyó la barbilla sobre la mano.

—Hay algo que nunca he entendido.

Emma arqueó una ceja.

—¿Qué cosa?

—Los apellidos —aclaró la irlandesa—.

¿Cómo funciona eso exactamente?

Marian rió.

—Es sencillo.

Tenemos dos.

El primero es el paterno, el segundo el materno.

—Entonces tu apellido es… ¿Valencia y Okoye?

—No —respondió Marian—.

Primero va el de mi papá: Okoye.

Luego el de mi mamá: Valencia.

Caoimhe abrió los ojos.

—Entonces tú eres Marian Okoye Valencia.

—Exacto.

—¿Y no cambiaste tu apellido al casarte?

—preguntó mirando a Emma.

Emma negó.

—No.

Yo sigo siendo Emma… —hizo una pausa breve— Emma Van Dyke Oyorzábal.

—Es la primera vez que escucho el apellido de tu madre —dijo Marian.

—Claudia Oyorzábal Aguirre, ese es el nombre de mi mamá —aclaró Emma—.

Solo que nunca lo uso completo, es larguísimo.

Caoimhe frunció el ceño, concentrada.

—Entonces tú no eres Emma Belmonte a secas.

—No.

—¿Y tú tampoco eres solo Marian Valencia?

—Tampoco.

La irlandesa soltó una risa incrédula.

—Viví en España y jamás lo entendí del todo, aunque nadie me lo explicó tampoco.

Emma se cruzó de brazos.

—¿Cómo es contigo?

—Mi madre se llama Anna O’Leary.

—¿Y su apellido antes de casarse?

—preguntó Marian.

—O’Callahan.

Emma abrió los ojos.

—Entonces en México tu mamá seguiría siendo Anna O’Callahan.

—Exacto —añadió Marian—.

Y aquí tú serías Caoimhe O’Leary O’Callahan.

El silencio duró medio segundo.

Y luego las tres estallaron en carcajadas.

—Eso suena a trabalenguas —dijo Caoimhe entre risas—.

¡Sería un desastre en cualquier formulario!

—Bienvenida a la onomástica hispana —declaró Emma solemnemente.

—Ahora lo entiendo —dijo la irlandesa—.

Es como llevar la historia de ambos padres en el nombre.

Marian asintió.

—Es una forma de no borrar a nadie.

El teléfono de Emma vibró sobre la mesa interrumpiendo las bromas de las tres.

Miró la pantalla.

Era Alejandro.

Contestó con naturalidad.

—¿Sí?

La voz al otro lado no sonaba ligera.

—Emma, necesito decirte algo.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

Hubo un breve silencio.

—Es una pésima noticia.

El tono hizo que tanto Marian como Caoimhe levantaran la vista.

—Katia regresa de Europa.

Emma parpadeó.

—¿Katia?

¿Tu hermana?

—Sí.

Y no viene sola.

—¿Qué significa eso?

Alejandro suspiró.

—Se casó.

Emma tardó un segundo en procesarlo.

—¿Con quién?

—Con un holandés que no conozco.

Y quiere presentarlo a la familia.

El silencio en la mesa se volvió absoluto.

Emma recordó vagamente a su cuñada de la infancia.

Una niña altiva, mandona e insoportable.

Siempre convencida de merecer más que los demás.

—La recuerdo —murmuró—.

Era… intensa.

—Insoportable en realidad amor…

pero desde que te fuiste y siguió creciendo se e volvió peor—respondió Alejandro—.

Mucho peor.

Emma cerró los ojos un instante.

—¿Cuándo llega?

—En tres semanas.

Eso era demasiado pronto.

—Emma —añadió él con voz más baja—.

Cuando Caoimhe se vaya, tú, Marian y yo necesitamos hablar seriamente.

—¿Por qué?

—Porque Katia es una chismosa empedernida.

Y no quiero que empiece a sacar conclusiones equivocadas sobre… nada.

Emma miró a las chicas frente a ella.

El eco de la noche anterior aún flotaba entre las tres.

—Entiendo —respondió finalmente.

Colgó.

—¿Problemas?

—preguntó Marian.

Emma exhaló lentamente.

—La hermana de Alejandro vuelve a México.

Caoimhe ladeó la cabeza.

—¿Acaso eso no debería ser algo bueno?

Emma negó con la cabeza.

—No lo es cuando tus hermanos son un dolor de muelas.

Y por primera vez desde que comenzó aquella conversación sobre raíces y nombres, el ambiente volvió a tensarse.

Porque los malos recuerdos no solo están en el pasado.

Algunas desgraciadamente regresan.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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