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Mis Dos Esposas - Capítulo 34

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34: Lo que Sí Recuerdo.

34: Lo que Sí Recuerdo.

*Capitulo narrado por Emma Esa noche una vez que nos dijo sobre el regreso de su hermana Katia y ya que Caiomhe se había ido y Marian dijo que estaba muy cansada para acompañarnos, Alejandro y yo decidimos irnos solos y compartir la noche.

Ambos estábamos acostados y su brazo rodeaba mi cintura.

—Te extrañé hoy —murmuró.

—Estuve aquí.

—Sí, pero no así, y habíamos pasado mucho tiempo lejos Su mano se deslizó lentamente por mi espalda.

—Quiero hacer el amor contigo, me hiciste mucha falta.

—¿Marian no te hizo falta?

—Por favor, no más escenas de celos Emma, yo te amo, y ambos sabemos que Marian fue una decisión en común, y que yo también la quiero y la deseo.

Sentí el calor subir por mi cuerpo.

Asentí —está bien, yo también te necesito ahora.

Pero antes de que avanzara más, tomé su muñeca.

—Necesito confesarte algo.

Él se quedó quieto.

—¿Es grave?

¿No puede esperar?

—Depende.

La verdad no lo sé, pero debo decirlo ya o me consumirá.

Aspiré lento y profundo.

Le conté sobre los celos que sentí…

que sentimos Marian y yo, sobre las quejas absurdas que teníamos ambas contra Caiomhe.

Él escuchó en silencio.

—De nuevo con eso Emma, y luego ¿Qué más pasó?… Tragué saliva, porque me sentí tan estúpida por lo que estaba diciendo.

—Me quedé sola.

Estaba… alterada.

Su mirada cambió ligeramente.

Así que le conté todo sin tabúes ni tapujos.

Nunca pensé que sentir celos pudiera ser tan absurdo… ni tan doloroso.

Caiomhe era perfecta.

Ridículamente hermosa, y exageradamente perfecta, ambas ardíamos en celos.

Lo peor no era su belleza —que vaya que la tenía— ni su acento extranjero que parecía envolver cada frase con un aire sofisticado.

Lo peor era la seguridad con la que caminaba por nuestra casa, por la empresa, por la vida de Alejandro.

Y Marian y yo lo sabíamos…

y lo sufrimos juntas.

Aquella noche después de verlos hablar en Dublín habíamos abierto una botella de vino ‘solo para relajarnos’.

Después vino otra y después otra y, bueno me entiendes.

Y luego una quinta o sexta, o lo que fuera que juramos no recordar haber descorchado.

—Es demasiado alta —dijo Marian, con la copa tambaleando entre los dedos.

—Demasiado pelirroja —respondí yo, apoyando la frente en la mesa.

—Demasiado inteligente.

—Demasiado perfecta.

—Está demasiado buena— dijimos las dos —viste ese culo, y esas tetas, ambas estábamos juzgándola en extremo.

Nos miramos y comenzamos a reír, pero la risa tenía filo.

—¿Has visto cómo Alejandro la escucha?

—susurró Marian.

Sentí algo apretarse dentro de mí.

—Él escucha a todo el mundo.

—Sí, lo sé pero nunca lo hace así.

No respondí.

Porque era cierto.

Alejandro confiaba en ella.

La defendía.

La miraba con esa atención concentrada que yo conocía demasiado bien, solo lo había visto hace tiempo con Marian, pero a Marian yo la había elegido para él, o quizás para mí, nunca hice público eso.

—Tal vez le gusta —murmuró Marian, y su voz se quebró apenas.

—No digas eso— le dije nerviosa riendo frenética.

—¿Y si sí?— dijo ella.

El silencio se volvió ominoso.

Yo ya estaba lo suficientemente ebria como para no filtrar lo que pensaba, y ella parecía estarlo más, creo resistía aun menos el alcohol que yo.

—Si le gustara… no lo admitiría.

Es demasiado leal.

Marian me observó con ojos brillantes.

—¿Eso pensaste cuando me vió por primera vez?.

Me dolió.

Porque yo también lo había pensado.

—Maldita sea Marian quiero que ambas nos ayudemos y tú dices eso — le dije enojada y a la vez no, pero tenía razón, yo sabía que tú la deseabas tanto como a mí, y me aterraba pensar que podrías desearla más.

Ambas nos servimos más vino.

En algún punto comenzamos a exagerar virtudes imaginarias de la irlandesa.

—Seguro cocina mejor que yo.

—Seguro canta mejor que yo.

—Seguro es más divertida.

—Seguro es más libre.

—Seguro coge mejor que yo— dijimos ambas, y eso no lo sabemos aún.

Las palabras quedaron suspendidas.

Yo estaba atrapada entre la lealtad, el orgullo y el miedo a perder lo que amaba.

Recuerdo que Marian me tomó la mano.

—¿Crees que nos cambiaría por ella?

—No.

Lo dije con firmeza.

Porque necesitaba creerlo pero no lo sabía pero el alcohol suaviza las certezas.

En algún momento decidimos que ya era suficiente.

Nos abrazamos en medio de la cocina, prometiéndonos tonterías sobre hermandad eterna y resistencia femenina, nos besamos en las mejillas, un gesto de amistad.

Marian se fue a su habitación.

Y yo a la mía.

Ahí debería terminar la historia pero no, no termina ahí.

Recuerdo haber cerrado la puerta por dentro.

Recuerdo el silencio y la sensación incómoda entre mis piernas.

Celos y vino no son buena combinación, suelen terminar en la excitación…

y yo estaba muy excitada Me quité la ropa con torpeza, no fue por sensualidad fue por necesidad, estaba empapada.

Quería apagar el ruido en mi cabeza y el calor en mi vagina.

Me recosté en la cama y cerré los ojos.

Pensé en ti en tu piel.

En la forma en que tus manos me buscan cuando cres que estoy dormida, y como tú verga me roza y empuja cuando me deseas.

Suelo ser muy pulcra al hablar, pero eso cambia cuando el deseo por mi esposo me invade.

Mi respiración cambió en ese momento, no te voy a mentir: estaba excitada,.muy excitada.

No por Caiomhe ni por los celos.

Era por miedo porque cuando temes perder algo, lo deseas con más fuerza.

Estaba concentrada en mi propia piel, y en mis labios cuando tocaron la puerta.

Me sobresalté mucho.

—¿Emma?

Era la voz de Marian.

Me incorporé de inmediato, con el corazón latiéndome con violencia.

Me puse la bata a toda prisa.

—¿Sí?

¿Estás bien Marian?

—¿Puedo pasar?

Había algo en su tono.

Algo roto, lloraba Así que le abrí al puerta.

Tenía los ojos enrojecidos.

—Lo siento —dijo, y entró antes de que yo respondiera que podía pasar.

Se sentó en la orilla de la cama.

—Creo que la pelirroja le gusta.

—Marian…— le dije —No me mires así.

No soy tonta.

Me senté a su lado.

—Alejandro te quiere, como a mí.

—Pero ¿me desea?

La pregunta fue un golpe bajo.

Porque esa era también mi inseguridad.

Ella se volvió hacia mí.

—A veces siento que estoy aquí… pero no soy suficiente.

La abracé, yo estaba igual de ebria y no supe responder como debía.

Su cuerpo temblaba.

—No digas eso.

—La vi hoy —susurró contra mi cuello—.

La forma en que lo miraba.

Sentí su respiración cálida en mi piel.

El vino seguía nublando mis sentidos.

—Tú eres parte de su vida —le dije—.

De nuestra vida, eres parte de mi vida— le dije muy tiernamente.

—¿De verdad?

—Sí.

Ella levantó el rostro.

Nuestros labios estaban demasiado cerca.

No sé quién se movió primero.

Tal vez fue el impulso.

Tal vez fue el alcohol.

Sentí su boca rozar la mía.

Me aparté de inmediato.

—Marian, no… —Lo sé —dijo, pero no retrocedió—.

Lo sé.

Sus manos estaban en mis hombros, me apretaba con mucha fuerza, no podía moverme, pero tampoco me esforcé por distanciarme de ella, me gustó su abrazo.

—Siempre lo he notado.

—¿Qué cosa?— le dije.

—Que yo te gusto por eso me trajeron a casa —continuó—.

No fue solo por Alejandro.

—Estás confundida— dije.

—No, no lo estás, sabes perfectamente que él me deseaba y tú también, por eso estoy aquí.

Sus dedos temblaban.

—Ahora seré tuya.

Por fin.

Y tú mía— me dijo, podía ver el deseo en ella.

Debí detenerla.

Debí levantarme.

Pero algo en su mirada no era desafío.

Era necesidad.

Y yo estaba tan frágil como ella.

La besé, o respondí a sus besos, no importa, esta vez fui yo.

No fue dulce.

Fue desesperado.

Su cuerpo respondió con urgencia, me abrazó, me apretó contra ella.

Nos desnudamos sin pensar demasiado.

Como si la piel de ambas fuera la única verdad que quedaba o que merecía ser contada.

No fue una competencia y creo que no fue una traición.

Fue una explosión de frustración acumulada y de excitación y deseos frustrados.

Nos tocamos buscando confirmar que éramos deseables y que no éramos reemplazables.

No recuerdo cada detalle.

Recuerdo el calor de su cuerpo y su nombre en mi boca…

pero también recuerdo haberla besado con deseo, me encantó morder sus labios carnosos y besar y apretujar sus senos, creo que no necesito explicarte lo hermoso que es hacer ambas cosas, los besé y chupé sin miedo, eran tan grandes y hermosos, mis manos y mi boca eran poca cosa para contenerlos.

Recuerdo sentirme culpable sí… y viva al mismo tiempo.

Pero aún así continuamos, besé su vientre, sus piernas, muslos e ingles, ella no se resistía y me invitaba a continuar, comencé a besarla lentamente en los labios vaginales, ella gemía y yo ya no pensaba en nada más que en satisfacerla a ella…

y a mí.

Ella respondió de igual manera, besó mis senos, lucía desesperada e inexperta, me volteó y me besó las nalgas, nunca creí que se atrevería pero continuó mucho más profundo, no necesito decirte hasta donde llegó, continuamos con besos intensos, ambas nos besamos no solo en la boca, pude sentir como lamía mi coño y yo el suyo y fue increíble, no quiero disimular nada, fue increíble hasta que tuve un delicioso y profundo orgasmo, y sé que ella tuvo uno también.

Después llegó el silencio.

Desperté abrazada a ella por la cintura, ambas en ropa interior, sé que aún después del clímax hubo algunos roces, toqueteos y besos.

Ella al despertar no dijo nada en la mañana.

Ni yo tampoco, me dijo que tenía miedo a que ambas hubiéramos tenido algo, se sentía mal, y yo no tuve valor de decirle la verdad.

— No lo recuerdo el 100% del encuentro, pero sé que hicimos el amor, yo lo gocé pero creo que ella se arrepiente — Y no sé cuánto recuerda ella.

Alejandro no habló de inmediato.

—¿Estás enamorada de ella?

La pregunta me atravesó.

—No, creo que no.

Pero la quiero, mucho.

—Eso lo sé.

—Ella estaba frustrada.

Se siente insegura.

No quiero hacerla sentir peor diciéndole que sí pasó todo.

Él apoyó la frente en la mía.

—¿Te arrepientes?

Pensé en esa noche.

En su piel bajo mis manos, en mi piel, en sus besos, su lengua y su sexo.

En el vacío que intentábamos llenar.

—No, no me arrepiento.

Perdóname porque ambas te engañamos.

Su respuesta me sorprendió.

Sonrió apenas.

—No me molesta.

—¿Qué?

—No me molesta que la desees… si la deseas, ni que la quieras, ni que hayan tenido sexo.

Mi respiración se volvió más pesada.

—Alejandro… —Eres humana.

Ella también, y ambas comparten matrimonio, sería un tonto si yo creyera que esto no era posible.

Su mano descendió lentamente por mi cadera hasta mi vagina, y con la otra mano tomo la mía y la llevó a su pene.

—Y la verdad… —su voz bajó— me excita un poco imaginarlo.

Sentí que el aire y el ambiente cambiaban.

—Entonces ¿No estás enojado?

—Estoy más interesado en lo que siento ahora.

Me besó y no fue suave era muy intenso, podía sentir su deseo.

Como si quisiera marcar territorio sin violencia.

Sus manos exploraron con una urgencia distinta a otras noches.

Como si la confesión hubiera encendido algo primitivo, creo que nunca lo había sentido así, tan animal.

Lo besé con la misma fuerza.

Si había culpa, se esfumó pronto y se transformó en hambre.

Yo seguía agarrando su verga, creo que nunca la sentí tan dura y grande como esa noche.

Quise que me penetrara de inmediato, pero como nunca me costó que lo lograra.

Me lamió los senos, aunque quizás se frustró al sentir que eran pequeños al lado de lo tremendos que son los de Marían, pero si había algo que yo tenía y que Marian no, era el culo, el mío es más grande y redondo, me volteó, me besó las nalgas, las apretó y mordió, las abrió y me penetró sin avisar.

Pero sentí que se lo debía, esa noche le permití todo.

Hicimos el amor con una intensidad que no recordaba haber sentido antes.

Sin reservas.

Sin timidez, ni siquiera en nuestra noche de bodas cogimos así, como si necesitáramos asegurarnos el uno al otro que seguíamos eligiéndonos.

Mi cuerpo respondió al suyo con abandono total.

Cuando todo terminó, me quedé sobre su pecho, escuchando su corazón.

No sabía si me sentía liberada o más confundida.

— En la otra habitación, era apenas perceptible un crujido leve de la cama.

Marian estaba despierta, ellos no sabían que ella había escuchado algo, o qué fue lo que había escuchado.

Sin embargo, no escucho la confesión de Emma.

Pero sí escuchó lo suficiente de ellos en la cama, y los gemidos de ambos para recordar el sabor de los labios de Emma.

Y al día siguiente, cuando nuestras miradas se cruzaron en la cocina, hubo algo distinto.

Ella recordaba el beso.

No recordaba lo demás pero eso era suficiente.

Y eso era, quizás, era más peligroso que los celos hacia una mujer perfecta, porque ahora el deseo que yo sentía por ella no era imaginario.

Era real.

¿Pero sería correspondido?

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Lena_Blackwood Les prometo que a partir de acá todos los encuentros de nuestros protagonistas serán así de intensos.

Agréguenme en sus colecciones.¿Te gusta?

¡Añade a biblioteca!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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