Mis Dos Esposas - Capítulo 35
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35: Katia Belmonte 35: Katia Belmonte En la mañana siguiente, Alejandro, Emma y Marian estaba alrededor de la mesa mientras un nombre resonaba como música de fondo: Katia.
No era solo la hermana de Alejandro que regresaba de Europa.
Katia era una tormenta con tacones, perfume caro y una boca capaz de destruir reputaciones por puro entretenimiento, además de una mujer intolerante e intolerable según su propio hermano.
Emma fue la primera en sentarse.
Marian se quedó de pie, cruzada de brazos, y Alejandro caminaba de un lado a otro con las manos en la camisa.
—No puede ser tan grave —dijo Marian al fin, intentando sonar razonable—.
Digo, después de todo es tu hermana.
Alejandro se rió de manera nerviosa.
—No tienes idea, la verdad es que no la conoces.
Emma levantó la mirada lentamente.
—Yo sí la tengo en mis recuerdos —dijo en voz baja.
Para Emma, Katia era una figura que arrastraba historias negativas, sus encuentros siempre estaban llenos de tensión y qué decir de las heridas mal cerradas.
Se sentaron los tres en la sala principal.
Sin servidumbre ni distracciones.
—Necesitan entender quién es mi hermana —dijo Alejandro con una seriedad que pocas veces mostraba.
Emma cruzó las piernas con elegancia automática.
Marian permaneció de pie unos segundos antes de sentarse también.
—La recuerdo —murmuró Emma—.
Y no con cariño.
La verdad es que si pudiera me haría una lobotomía solo para olvidarla.
Alejandro soltó una carcajada.
—Eso ya es decir bastante.
— Katia fue la primogénita.
Es dos años mayor que yo, y desde pequeña supo que era la primera.
Y lo usó toda la vida como si fuera un título nobiliario.
Mientras a mí me repitieron que el dinero no garantizaba el respeto que debía estudiar, formarme, trabajar en la empresa desde joven para comprender el valor de cada peso… a Katia le entregaron el mundo envuelto en papel brillante.
—A mí me enseñaron que el apellido era una responsabilidad —dijo Alejandro—.
A ella le enseñaron que era un privilegio casi casi como si fuera la heredera a un trono.
Colegios exclusivos.
Ropa traída de Europa.
Fiestas antes de tener edad suficiente para entenderlas.
Autos sin condiciones.
Tarjetas ilimitadas.
—Nunca le pusieron límites…
bueno mi papá nunca le puso límites—añadió.
—Nunca —repitió Emma.
Pero el problema no era solo la indulgencia era su carácter.
Es extremadamente expresiva pero carente de educación emocional.
Directa hasta la crueldad.
Si algo no le agradaba, lo decía.
Si alguien no le gustaba, lo hacía saber.
—Es racista —dijo Alejandro sin rodeos—.
Y pedante.
Marian no reaccionó de inmediato.
Solo lo miró.
—Si alguien del servicio era moreno y no le agradaba, lo despreciaba abiertamente —continuó—.
Si una empleada tenía acento del sur, se burlaba y mi papá… nunca hizo nada.
Emma recordó una escena con nitidez incómoda.
—Una vez le dijo a la hija de la cocinera que no jugara en el jardín principal porque ‘ensuciaba la vista’.
Marian cerró los ojos un instante.
—¿Y nadie la corrigió?
—Mi mamá siempre lo hacia—respondió Alejandro—.
Pero después venía mi papá a defenderla y a pelear con mamá.
— Emma la conoció cuando era niña.
Katia le llevaba tres años.
Suficiente para imponer, intimidar y manipular.
—Era muy agresiva y grosera conmigo —dijo Emma con calma contenida—.
Perdóname amor, pero detesto a tu hermana.
Marian la observó con atención.
—Siempre competía conmigo —continuó Emma—.
No por recursos.
No por atención.
Por… presencia.
—¿Presencia?
—Mi cabello —respondió Emma con una media sonrisa—.
Rubio cenizo.
Más claro que el suyo cuando éramos pequeñas.
Le molestaba.
Alejandro negó con la cabeza.
—Le molestaba todo lo que no pudiera controlar, o fuera más lindo que ella.
Emma asintió.
—Decía que parecía extranjera.
Que quería llamar la atención.
—Y tú nunca la provocaste —intervino Alejandro—.
Siempre fuiste educada.
—Eso la irritaba más —admitió Emma—.
Que yo dijera “gracias” y “por favor”.
Que supiera comportarme en la mesa y que no gritara para que me dieran las cosas.
—Era envidiosa…
bueno, lo sigue siendo para desgracia de todos—concluyó Alejandro.
Y cuando Katia molestaba a Emma, yo siempre intervenía.
—Siempre lo hacías —dijo Emma mirándolo.
—Porque no toleraba que fuera injusta.
Durante la infancia, los hermanos vivían peleando, las discusiones eran constantes y la competencia silenciosa por el reconocimiento paterno.
—Ella decía que yo era el favorito —recordó Alejandro—.
Pero lo decía mientras ella gastaba el doble que yo y tenía cero responsabilidades.
Marian no pudo evitar sonreír.
—¿Y en la adolescencia?
—Mejoró —admitió él—.
Un poco.
Se volvieron aliados sociales.
Compartían amigos, fiestas, eventos familiares pero la paz era frágil.
—Cada vez que yo tenía novia —continuó—, Katia la sometía a escrutinio.
Emma levantó la mirada.
—¿Nunca le gustó ninguna?
—Nunca —confirmó Alejandro—.
Siempre encontraba algo: interesada, aburrida, vulgar, demasiado ambiciosa, demasiado tímida, demasiado fea, bonita, muy rica, no era de nuestra clase…
Etc.
—O demasiado yo —añadió Emma en voz baja.
Marian la miró.
—¿Te criticó?
—No directamente.
Ella no estaba en México cuando nos comprometimos.
Pero llamó a Alex.
Alejandro asintió.
—Me dijo que esperaba que no estuviera cometiendo el error más grande de mi vida, una ternura de mujer.
Emma no parecía herida al recordarlo.
Parecía firme.
—Siempre necesitó tener la última palabra, y si no la tenía, su papá se la otorgaba.
— —Y ahora regresa —murmuró Marian.
—Y casada —añadió Alejandro— aunque no sé quién sea su esposo, nadie lo conoce.
—Aunque por ahora lo que más me preocupa —dijo Alejandro— no es el pasado.
Es su lengua bífida.
Miró a Marian directamente.
—Es chismosa.
Y disfruta descubrir cosas.
Marian cruzó los brazos.
—No hemos matado a nadie.
—No —respondió Emma con serenidad—.
Pero vivimos algo que ella no entendería, y seguramente tampoco el resto de la familia.
Y si no lo entienden, lo atacarán.
Alejandro asintió.
—Si sospecha algo entre nosotros tres, no lo guardará.
Lo usará.
—¿Contra quién?
—preguntó Marian.
—Contra todos.
La palabra quedó suspendida.
—Mi padre no tolera escándalos —continuó Alejandro—.
Y menos si pueden afectar la empresa, además considerando que si hay una infidelidad en este matrimonio la relación de ambas familias en la compañía se viene abajo.
Marian bajó la mirada.
—Entonces quieres que me vaya.
No fue pregunta.
—No, no queremos que salgas de nuestra vida, pero quizás sería conveniente que te mudes un corto tiempo—dijo Alejandro—.
Al departamento de soltero.
Es discreto.
Nadie lo asocia con esta casa ahora.
Marian sintió el golpe.
—Eso suena a esconderme.
Emma se levantó y se acercó.
—No es esconderte.
Es evitar que te conviertas en su objetivo.
—Ya lo sería por ser quien soy —replicó Marian con firmeza—.
Negra.
Independiente.
Visible.
El silencio fue denso.
Alejandro habló con voz firme.
—Precisamente por eso no voy a exponer tu vida privada a su juicio.
Emma sostuvo la mirada de Marian.
—No te estamos apartando, pero tenemos que protegernos todos.
Marian apretó los labios.
—No me gusta que parezca que me avergüenzo.
—Yo no me avergüenzo de ti —dijo Alejandro sin titubeo—.
Nunca.
Emma añadió: —Ni yo, ninguno debemos hacerlo.
Hubo algo más en ese momento.
Algo que trascendía la estrategia.
Unidad.
—¿Cuánto tiempo?
—preguntó Marian.
—Lo que dure su visita —respondió Alejandro—.
Semanas.
Tal vez un mes.
Marian soltó aire lentamente.
—Y mientras tanto… —En público —dijo Emma—, distancia profesional.
—En privado —añadió Alejandro—, seguimos siendo nosotros.
Marian los observó.
—¿Y tú?
—preguntó a Emma—.
¿No te afecta que tú cuñada busque separarte de Alejandro?
Emma no evitó la pregunta.
—Sí, me afecta.
Alejandro la miró.
—Pero no me desestabiliza —continuó Emma—.
No voy a darle el gusto.
Alejandro dio un paso al frente.
—No permitiré que Katia interfiera en nuestra vida, ni contigo—miró a Emma— ni contigo —miró a Marian.
Su voz era distinta.
No fraterna.
No diplomática.
Definitiva.
—Cuando éramos niños —añadió—, no tenía poder real para enfrentarla.
Ahora sí.
Emma se acercó y lo besó con suavidad.
Marian hizo lo mismo después, sin palabras.
Una promesa silenciosa.
—Katia cree que siempre tendrá el control —murmuró Emma—.
Que puede entrar a cualquier habitación y dominarla.
Alejandro sonrió levemente.
—Va a descubrir que esta vez no.
Marian respondió.
—De acuerdo me iré al departamento.
Pero no como exilio.
—Es solo una estrategia —corrigió Emma.
—En cuánto la conozcas sabrás porqué te lo pedimos—añadió Alejandro.
El sol comenzaba a descender tras los ventanales.
La casa, tan elegante y ordenada, parecía anticipar una visita que no traería calma.
Katia Belmonte regresaba con pasado, con la misma arrogancia y con un esposo quevtodos desconocían.
Pero esta vez no encontraría a un hermano joven tratando de apaciguarla.
Ni a una niña rubia intimidada.
Ni a una mujer insegura.
Encontraría a tres personas que, por primera vez, sabían exactamente lo que querían proteger.
Y no estaban dispuestas a ceder.
El plan quedó establecido.
Ante la familia, Marian sería simplemente la chef privada que colaboraba en eventos especiales, tal como habían sido previsto antes.
Nada más.
En público, distancia.
En privado, la verdad intacta.
—Katia puede ser muchas cosas —dijo Alejandro mientras se dirigían hacia la escalera—.
Pero no va a decidir nuestra historia.
Marian lo observó.
—¿Siempre fue así?
—¿Así cómo?
—Dominante.
Alejandro sonrió con ironía.
—Desde que tengo memoria.
Emma añadió, pensativa: —Lo curioso es que siempre necesitó validación.
Era agresiva, sí… pero también es insegura.
Marian la miró sorprendida.
—¿Insegura?
—Mucho —respondió Emma—.
Competía con todos.
Incluso conmigo, siendo más pequeña.
Tras varias horas hablando y consiguiendo acuerdos los tres decidieron que había sido suficiente y decidieron ir a descansar.
Emma se despidió de ambos y se fue a su habitación, era el turno de compartir noche con Marian.
—- La habitación estaba en silencio, apenas iluminada por la luz tenue que entraba desde la ventana.
Yo estaba acostada junto a Alejandro con la cabeza apoyada en su pecho escuchando su respiración tranquila.
Pero mi mente no estaba tranquila en absoluto.
Había algo que necesitaba decirle.
—Alejandro… —murmuré.
Él bajó la mirada hacia mí.
—¿Sí?
Tragué saliva.
De pronto me sentí ridícula por estar nerviosa, pero no podía evitarlo, era algo que me atormentaba.
—Tengo que confesarte algo.
Noté cómo su mano dejó de acariciar mi brazo por un segundo.
—Suena serio.
—Un poco… —admití—.
Tiene que ver con Emma.
Él no dijo nada, solo esperó.
—Estábamos… celosas de Caiomhe —dije finalmente—.
Las dos.
Y bebimos idemasiado.
Me acomodé un poco, sintiéndome incómoda.
—Yo me vine a la habitación cuando decidimos que era suficiente alcohol.
Pensé que podría dormir… pero no podía.
Me sentía horrible, sola, confundida.
Así que regresé a buscar a Emma.
La imagen volvió a mi mente con claridad.
—Cuando la encontré… empecé a llorar.
No quería estar sola.
Ella me abrazó, me consoló… y… Cerré los ojos un instante.
—La besé.
Alejandro guardó silencio.
—Y lo hice varias veces —añadí en voz baja—.
No recuerdo mucho después de eso… solo que despertamos abrazadas, semidesnudas.
Levanté la mirada hacia él.
—¿Estás enojado con nosotras?
—pregunté—.
¿O… ya lo sabías?
Alejandro soltó una pequeña exhalación.
—Sí lo sabía, Emma me lo confesó anoche.
Yo parpadeé solamente.
—¿Y…?
—Y no estoy molesto, no tendría alguna razón para estarlo.
Me incorporé un poco para verlo mejor.
—¿De verdad?
Él me miró con calma.
—Marian, ustedes dos son importantes para mí.
Entiendo que entre ustedes pueda nacer afecto… amistad… incluso algo más, compartimos casa, ambas están conmigo como esposas, ustedes viven juntas, son amigas, sería ilógico que yo creyera que esto no podría haber pasado.
Hizo una pausa.
—Amor, atracción… o incluso sexo no me parece algo malo.
Fruncí el ceño.
—A mí me confunde.
Apoyé la frente en su pecho otra vez.
—Nunca había besado a una mujer antes.
No sé qué se supone que debo sentir.
Su mano volvió a acariciar mi cabello.
—No tienes que decidir nada ahora.
—¿No?
—No.
No estás obligada a nada Marian.
Solo a ser honesta contigo misma, conmigo y con Emma.
Su voz era tranquila.
—Date tiempo para entender lo que sientes.
Sentí un nudo en el pecho deshacerse.
Lo abracé con fuerza.
—Pensé que esto iba a destruir todo.
Levanté el rostro y lo besé.
Entonces noté algo.
Me separé apenas, mirándolo.
Lo observé con sospecha.
—Estás… excitado.
Alejandro soltó una risa baja.
—Un poco…
bueno, un mucho —¿Por qué?
Él dudó un instante, pero luego respondió con honestidad.
—Porque imaginé a ustedes dos besándose.
Sentí calor subir por mi cuerpo, estaba completamente sonrojada, o al menos eso sentía a pesar de la oscuridad de la habitación.
—¿En serio?
—Sí, y no solo besándose, la verdad es que..
Su mirada se volvió más intensa.
—La idea de ustedes dos juntas… no me molesta.
Me excita.
Algo dentro de mí se encendió con esas palabras.
No supe exactamente por qué.
Tal vez porque su deseo no tenía celos y no había prejuicio.
Tal vez porque, en el fondo, la imagen de Emma también seguía rondando en mi mente.
Lo besé de nuevo, esta vez con más fuerza, yo también me excité de escucharlo.
Y él respondió de la misma manera.
La distancia entre nosotros desapareció rápidamente, como si toda la tensión acumulada durante los días pasados encontrara por fin una salida.
No recuerdo una noche como esa, me abrazó como nunca, recuerdos como lamió mis senos, los apretó y chupó con deseo.
Sus besos lentos en el cuello, mi abdomen y mis piernas.
Recuerdo el frenético sexo oral y la penetración posterior, no recuerdo que me hubiera costado tanto trabajo que entrara en mi antes, por Dios, estaba tan grande esa noche, creo que debería besar a Emma más seguido.
Cuando todo terminó y volvimos a quedar tendidos entre las sábanas, con la respiración aún agitada, me quedé mirando el techo en silencio.
Pero mi mente no estaba en la habitación.
Estaba en otra parte.
En unos labios suaves.
En unos ojos claros.
Y en una pregunta que no podía ignorar.
Si Emma… me importaba más de lo que debería.
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