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Mis Dos Esposas - Capítulo 36

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36: Rotterdam 36: Rotterdam Emma pocas veces hablaba del pasado y su vida en Europa y Países Bajos, y en su pasado, existía un nombre que no le gustaba mencionar: Nigel, Nigel De Bruijn.

Ella mantenía ese recuerdo con aroma a lluvia fría, a bicicletas alineadas junto a los canales y a un idioma que Emma había aprendido en la niñez pero que no solía usarlo hasta que viajó lejos de México.

En Rotterdam, ahí comenzó todo.

Emma Van Dyke Oyorzábal llegó a Europa a los catorce años, a Países Bajos a los dieciséis, y a la ciudad con veintiún años, con una maleta perfectamente organizada y una determinación que parecía más firme de lo que realmente era, había estado viviendo cuando adolescente en un internado de alto nivel porque ahí había estudiado su papá.

Después se mudó a casa de una de las primas de su padre Jan, de una de las tantas facciones de la familia Van Dyke que nunca salieron de su país, a diferencia de Jan y sus padres.

Su padre había celebrado su admisión a la universidad con orgullo contenido.

Su madre la abrazó con esa mezcla de amor y advertencia que solo las madres perciben.

—Recuerda quién eres —le dijo Claudia cuando la felicitaban por el ingreso y antes de que ellos regresaran a México.

Emma siempre lo recordaba pero en Rotterdam, por primera vez, no era la prometida de nadie, no era la futura esposa estratégica.

Ni era la hija ejemplar de uno de los hombres más ricos del país bajo la mirada social de México, ahí incluso su fenotipo pasaba desaparecido, no era una figura que destacara pues se mimetizaba con los neerlandeses, mucho más parecidosa ella en la tez y color de cabello que con los mexicanos.

Ahí era simplemente Emma.

Lo conoció en su segundo semestre, y su encuentro fue más casual que una escena romántica.

Sin viento dramático ni papeles volando.

Aunque si estaban rodeados de otra clase de papeles, fue en la biblioteca.

Nigel De Bruijn estaba sentado frente a ella, en una mesa compartida.

Era un muchacho Alto de cabello castaño claro ligeramente desordenado, gafas de montura fina que le daban un aire distraída.

Tenía la costumbre de subrayar demasiado fuerte, a veces rompiendo los libros en el proceso.

Emma levantó la vista cuando escuchó el ruido del marcador rasgando la página.

—Oye vas a romper ese libro —dijo sin pensar.

Él levantó la mirada, sorprendido.

—Bueno, perdón pero es mío, no de la biblioteca.

Emma parpadeó, cualquiera pudo ofenderse por la actitud del muchacho, pero realmente el tono fue más aclaratorio que uno de reclamo defensivo.

Sin embargo Emma lo tomó con humor y se rió al escucharlo.

—Entonces lamento tu pérdida futura.

Nigel sonrió.

Fue una sonrisa limpia, directa.

—¿Eres nueva?

No te había visto antes.

—No, soy de segundo semestre.

—Entonces yo soy quien no te había visto.

—Ni yo te había visto.

—Oye, hablas el idioma con un acento algo raro.

Obviamente no eres de Amsterdam porque yo soy de ahí— dijo Nigel intentando sacarle plática a Emma.

—Bueno, es que no soy de Amsterdam.

—Tampoco eres de aquí de Rotterdam porque no suenas como los demás.

—No, tampoco soy de Rotterdam.

—¿Utrecht?

Emma negó con la cabeza.

—¿Brabant?

—preguntó entonces—.

Aunque no creo, ahí hablan más suave y tú marcas demasiado al pronunciar.

—Umm, no tampoco.

Nigel frunció el ceño con curiosidad genuina.

—¿Limburg?

Emma dejó escapar una pequeña risa.

—¿De verdad hablo tan mal?

—No, lo hablas perfecto —admitió él—.

Solo no reconozco tu acento, y no es mal acento, solo… diferente.

Como si hubieras vivido en varios lugares Emma lo miró con calma, disfrutando claramente la confusión.

—Podría ser.

Nigel se inclinó hacia adelante.

—O tal vez vienes de Friesland —añadió—.

Ellos mezclan neerlandés con frisón y suena extraño para los demás.

Emma sonrió.

—No, estás perdido.

—Entonces me rindo, o solo que seas extranjera, aunque no lo pareces.

Hizo una pausa y la miró con una mezcla de diversión y desafío.

—¿De dónde eres?

Emma sostuvo su mirada, y la risa, unos segundos antes de responder.

—¡Adivina!

—Llevo diez minutos haciendo eso, ya dime o no podré dormir.

—Bueno ya, soy de México.

Nigel parpadeó.

—Espera… ¿qué?

Ella soltó una pequeña risa.

—Mis abuelos son neerlandeses, mi papá podría decirse que también, aunque ya nació en México tambien.

Así que crecí escuchando el idioma en casa.

Nigel la observó con sorpresa.

—Eso explica lo todo.

—De seguir así nunca hubiera ubicado tu acento.

Emma inclinó la cabeza.

—¿Eso es bueno o malo?

Nigel la miró con una expresión divertida.

—Solo es interesante.

Luego añadió, con una sonrisa más lenta: —Muy interesante.

Y así empezó.

No fue inmediato ni vertiginoso.

Primero fueron cafés compartidos después de clase y conversaciones largas sobre economía internacional, sobre política europea, sobre la diferencia entre crecer en un país emergente y uno consolidado.

Nigel era brillante, pero no arrogante.

Tenía esa seguridad tranquila de quien nunca había tenido que demostrar su valor a gritos.

Emma encontró en él algo distinto pues no la veía como un apellido ni la veía como un acuerdo futuro.

Simplemente la veía por ser Emma.

Y Emma no le revelaría su origen de familia adinerada ni su compromiso.

—Hablas como si estuvieras siempre midiendo tus palabras —le dijo una tarde, mientras caminaban junto al Maas.

Emma lo miró.

—En México lo hago, es una costumbre muy arraigada en mí.

—Bueno, aquí no necesitas hacerlo.

Fue la primera vez que alguien le dijo eso.

Su romance comenzó sin que lo planearan.

Una noche de estudio que se convirtió en cena improvisada, después una cena que terminó en risas en un departamento pequeño lleno de libros.

La primera vez que él tomó su mano fue casi accidental pero Emma no estaba acostumbrada a lo accidental.

Alejandro había sido parte de su vida desde siempre.

Su compromiso había sido lógico, correcto, aprobado (y dictado) por su familia.

Con Nigel, nada estaba aprobado.

—No eres como pensé que serías —le dijo él una madrugada.

—¿Y cómo pensabas que sería?

—Más fría y calculadora.

Emma sonrió.

—Pero sí lo soy.

—No lo eres conmigo.

Y tenía razón.

Con Nigel, Emma bajaba la guardia.

Él la llevaba a conciertos pequeños, a mercados locales o a museos que no figuraban en las guías turísticas.

Le enseñó a disfrutar los paseos en bicicleta bajo la lluvia mientras ella le enseñó a bailar salsa en la cocina, que no necesariamente aprendió, pero lo intentó.

—Tu acento suena distinto cuando estás enojada — le decía él.

—¿Y cómo se supone que suena?

—Más rápido, más natural.

Y de esa misma forma se enamoraron, rápida y naturalmente, sin dramatismo ni promesas eternas.

Solo con la certeza creciente de que el otro era hogar.

Nigel conoció la historia de Emma poco a poco.

No el compromiso de inmediato, de hecho lo supo cuando el rompimiento ya era inevitable.

Nigel la acompañó a conocer Delft, en Utrecht, La Haya.

Ella le hablaba de Veracruz, de Ciudad de México, de las montañas nevadas en Chihuahua, del calor del sur que no se parecía en nada al viento del norte.

Hacían planes, que el no sabía que eran imposibles.

Bromeaban con aprender a vivir en dos continentes.

Primero supo que su familia era influyente y que en ella habían depositado altas expectativas.

Que regresar a México no era una opción sencilla para Emma, pero era la única que tenía, aunque no fuera por voluntad propia.

—¿Sí volverás?

—preguntó él una noche, apoyado contra el marco de la ventana.

Emma tardó en responder.

—Sí, volveré.

—¿Pero por cuánto tiempo?

Emma se quedó en silencio durante uno o dos minutos mientras pensaba en la respuesta.

—Lo haré definitivamente.

Nigel lo había entendió antes de que ella lo dijera.

—¿Hay alguien más?.

Emma no lo negó.

—Es… muy complicado.

Nigel no gritó ni exigió.

—Dime ¿Lo amas?

La pregunta la desarmó.

—No como a ti.

Fue la verdad.

Pero no era suficiente.

Los días siguientes fueron una mezcla de luz y sombra, seguían juntos pero con las horas contadas, y no había nada que él pudiera hacer para detenerla.

Se querían y eso no estaba en duda pero eso no era suficiente, nada lo era.

Y así continuaron hasta que la fecha se volvió concreta.

El día del regreso.

Emma lo supo semanas antes.

Su padre llamó.

La empresa y su familia la necesitaban en México.

El compromiso debía formalizarse.

No era presión abierta, pero era inevitable.

—Puedo ir contigo —dijo Nigel cuando ella se lo contó.

Emma lo miró con tristeza serena.

—No, no entiendes.

—Explícame.

—No es solo mudarse.

Es una red completa, volver con mi familia y cumplir con sus expectativas.

Volver a sus negocios.

No es una decisión romántica.

—¿Lo nuestro sí lo es?

La pregunta le dolió.

—Lo nuestro es real.

—Entonces luchemos y quédate conmigo.

Emma lo amaba por eso.

Por su impulso.

Por su fe.

Pero ella había crecido entendiendo el peso de las decisiones.

—No, no puedo romper con todo por amor.

Nigel se quedó en silencio.

—Entonces no es suficiente.

Emma sintió que algo se rompía su corazón.

—Te quiero —dijo.

—Lo sé.

—Pero tengo responsabilidades.

Nigel la miró con una mezcla de dolor y respeto.

—Siempre supe que había una parte de ti que no me pertenecía.

Emma sintió las lágrimas arder.

—No es que no te pertenezca, pero no me pertenece ni a mí.

Emma y Nigel se miraron a través de la habitación tenuemente iluminada, la tensión entre ellos palpable.

Nigel, con una mezcla de enojo y deseo, avanzó hacia ella, sus pasos decididos, si está era su última noche juntos no La desperdiciaría en reclamos ni llanto.

La tomó contra la pared, sus manos firmes sobre las de ella, y la miró a los ojos, como siempre lo hacía, pero está vez había algo en ellos diferente, más sexual que amoroso.

—No tienes que irte, — le dijo él, su voz ronca con emoción reprimida.

—Pero si me dejarás, al menos déjame tenerte una última vez—.

Emma, respiró pesadamente, estaba triste y aflijida pero quería corresponder con la misma pasión, a pesar de eso n dijo nada, solo miró de una manera que reflejaba su propio deseo y necesidad.

Nigel inclinó la cabeza y capturó sus labios en un beso feroz y hambriento…

urgido.

Sus manos se deslizaron bajo su vestido, explorando su piel suave y cálida.

gimió, arqueándose contra él, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la ropa, aunque quería no podía resistirse.

Con movimientos rápidos y urgentes, Nigel la desnudó, sus dedos temblando de anticipación.

Emma lo ayudó, desabrochando su camisa y quitándole los pantalones hasta que estuvieron piel con piel, Nigel la levantó y la llevó a la cama, donde la acarició con una pasión que nunca habían compartido antes.

Sus manos y boca exploraron cada parte de su cuerpo, que sin decir palabras alguna era claro para expresar que Emma le pertenecía.

Emma, perdida en el torbellino de sensaciones, lo atrajo hacia ella, sintiendo la dureza de su pene contra su cuerpo.

Nigel la penetró con un movimiento brusco, llenándola por completo, no tuvo contemplaciones, estaba excitado, pero herido.

Comenzaron a moverse juntos sincronizados de manera salvaje.

Cada embestida era más profunda, más intensa, llevándolos al borde del éxtasis.

El mundo exterior se desvaneció para ellos mientras se perdían en el otro, sus cuerpos estaban unidos por la pasión y una extrema necesidad.

Nigel la sostenía con fuerza con sus manos enredadas en su cabello, mientras la besaba con una desesperación, todo esto producto de su dolor y deseo.

Emma lo envolvió entre sus piernas para que el siguiera, ella estaba perdida en las sensaciones, y su miembro que la inundaban.

Finalmente, con un fuerte gemido, Nigel llegó orgasmo, su cuerpo tembló con la fuerza de la eyaculación.

Emma lo siguió, y su cuerpo convulsionó alrededor de él, alcanzando un éxtasis que nunca habían tenido juntos.

Se quedaron así el resto de la noche, entrelazados, sintiendo sus corazones palpitar en sincronía, sabiendo que esta era su última noche juntos.

Afuera llovía minutos después, como el primer día que caminaron juntos.

—¿Alguna vez me elegirás?

—preguntó Nigel con voz baja.

Emma sostuvo su mirada.

—En otra vida, sí.

Él sonrió con tristeza.

—Eso no me sirve en esta que es la única que importa.

Se abrazaron largo tiempo, él la besó por última vez.

No como quienes esperan reencontrarse pronto, sino como quienes saben que el amor no siempre es suficiente.

A la mañana siguiente, Nigel la acompañó al aeropuerto.

No hubo promesas de escribir todos los días, ni de volver a tener contacto.

Solo una última frase.

—Sé feliz, Emma.

Ella asintió.

—Tú también, Nigel.

Emma dió media vuelta y se fue, tan intempestivamente como llegó a la vida del holandés.

En el avión, Emma lloró en silencio.

No por duda.

Sino por renuncia.

Eligió regresar a México y eligió cumplir con un compromiso que era más que romántico: era familiar, empresarial y estructural.

Eligió lo correcto, se repitió durante todo el vuelo hasta Nueva York, desde donde haría escala para regresar a su país.

Pero lo correcto no siempre era lo que dolía menos.

Ahora, años después, al escuchar que su cuñada regresaba casada con un holandés desconocido, ella no pudo evitar recordar ese pasado imborrable.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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