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Mis Dos Esposas - Capítulo 37

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37: Sombras bajo el apellido 37: Sombras bajo el apellido La residencia Belmonte Muriel brillaba como si aquella noche no celebraran la llegada de una hija, sino la firma de un tratado internacional.

Candelabros encendidos, flores blancas importadas, arreglos perfectamente simétricos, copas alineadas como soldados.Todo debía ser impecable.

Alicia Muriel —la madre de Alejandro y Katia— supervisaba cada detalle con la elegancia fría que la caracterizaba.

Su apellido, Muriel, era el que realmente imponía respeto en ciertos círculos antiguos de la capital, a pesar de todo el poder del apellido Belmonte.

Algunas semanas antes, Alicia había decidido algo que incomodaba profundamente a su hijo, justamente para esa noche del regreso de Katia.

—Quiero que el menú lo prepare Marian —dijo sin espacio para réplica mientras revisaba la mesa principal—.

No confío en ningún catering cuando puedo tener la excelencia trabajando con la familia.

Alejandro se tensó apenas escuchó la petición de su madre.

—Mamá, no es una buena idea.

—¿No es buena idea que la mejor chef que conozco cocine para mi hija?

—respondió Alicia, con una sonrisa de extremo a extremo—.

Me parece absurdo.

Emma, de pie junto a él, entrelazó los dedos discretamente con los de su esposo.

Sabían lo que podía pasar.

Sabían cómo era Katia.

—No es eso —insistió Alejandro—.

Katia puede… reaccionar mal, ya conoces sus prejuicios.

Alicia levantó una ceja.

—¿Reaccionar mal ante qué?

¿Ante el talento?

No entiendo.

Él decidió ser directo.

—Está bien mamá, pero si hace un comentario despectivo, no me voy a quedar callado.

Marian es amiga de Emma y mía tambien.

Además forma parte del servicio en nuestra casa.

Y no voy a permitirle a Katia ninguna grosería.

El padre de Alejandro, Rafael Belmonte, intervino desde el fondo del salón.

—No vas a montar un espectáculo en mi casa por una susceptibilidad anticipada.

—No papá, pero tampoco voy a permitir el racismo de mi hermana en mi presencia —respondió Alejandro con firmeza.

Un silencio breve, tenso.

Alicia suspiró.

—Katia ya no es una niña.

Ha vivido en Europa y está casada.

Estoy segura que ha madurado, yo misma no toleré nunca esas actitudes.

Alejandro no respondió.

Sabía que eso era una ilusión peligrosa, esa confianza podría ser un arma de doble filo.

— Cuando él día llegó, en la cocina de la Residencia Belmonte, Marian revisaba la salsa de chile pasilla con concentración absoluta mientras el servicio se movía bajo sus órdenes con precisión.

El menú combinaba tradición y sofisticación: crema de flor de calabaza con espuma de epazote, pato en mole negro, tamales de huitlacoche con reducción de vino tinto.

Emma apareció en la puerta.

—Aún podemos cancelar si lo deseas Marian—susurró.

Marian sonrió apenas.

—No, no voy a esconderme.

—No es esconderse.

—Emma… llevo toda la vida escuchando comentarios de ese tipo sii ella dice algo, no será la primera ni la última vez que pasará algo así.

Emma bajó la mirada.

—Pero ahora no estás sola.

Marian se acercó y tocó su brazo.

—Lo sé, y te lo agradezco.

Los invitados comenzaron a llegar.

Socios industriales, viejos amigos de Rafael, los padres de Emma, Claudia Oyorzabal y Jan Van Dyke, algunos otros reconocidos empresarios, algunos políticos discretos.

El murmullo elegante llenaba el salón cuando finalmente se escuchó el anuncio del mayordomo: —La señorita Katia Belmonte y el señor Nigel De Bruijn.

El aire cambió.

Katia entró primero.

Vestido esmeralda ceñido, joyas discretas, elegantes, muy finas, y sobre todo carísimas.

Su sedoso cabello negro recogido en un moño perfecto.

Alta, elegante, segura de sí misma hasta la arrogancia.

Detrás de ella, un hombre alto, rubio oscuro, traje perfectamente entallado.

Emma dejó de respirar.

El mundo no se detuvo, ni nadie pareció notarlo, pero para ella, fue como recibir un golpe directo al pecho.

Era Nigel, su Nigel.

Pero ahora más maduro y más definido.

Pero inconfundible.

Alejandro sintió cómo la mano de Emma se endurecía en la suya.

Siguió su mirada.

Y entonces lo supo sin necesidad de explicación alguna.

Emma no hizo escándalo, se mantuvo estoica.

Solo sonrió.

Esa sonrisa social impecable que había aprendido desde niña en su familia, y perfeccionó en Europa en los mejores salones de Róterdam.

Nigel, por su parte, también la vio.

Por una fracción de segundo, el color abandonó su rostro, no tenía idea de que Emma sería la esposa de su cuñado.

Pero Katia estaba tomando su brazo, orgullosa.

—Papá —dijo Katia con tono ceremonioso—.

Mamá.

Les presento oficialmente a mi esposo.

Nigel inclinó la cabeza y les dió un saludo cordial de mano.

—Es un honor.

Alejandro observó el intercambio con atención quirúrgica.

Katia no notó nada.

Los saludos continuaron.

Besos al aire.

Comentarios sobre Europa y felicitaciones por la boda.

Boda a la que nadie había asistido pues fue tan privada como intempestiva.

Emma se acercó cuando le tocó el turno.

—Bienvenido a México, Nigel —dijo con suavidad perfecta.

Su nombre, dicho así, fue una advertencia apenas perceptible.

Nigel sostuvo su mirada.

—Emma… qué sorpresa.

—El mundo es muy pequeño.

Katia los miró a ambos, divertida.

—¿Ya se conocían?

Un segundo tardaron en responder, pero pareció eterno.

Emma respondió antes que él.

—Viví varios años en Países Bajos, ya sabes, la familia de mi papá viene de ahí.

El círculo de amistades en nuestro mundo es reducido.

Nigel asintió.

—Exacto.

Coincidimos en eventos universitarios.

Alejandro notó la tensión en los hombros de ambos.

Y decidió no intervenir todavía.

Parecía que no habría problema alguno.

Durante la cena, la conversación fluyó forzada al inicio.

Alicia alabó cada platillo.

—Marian tiene manos bendecidas, y una sazón sin igual.

Katia tomó una cucharada de la crema y arqueó una ceja.

—Interesante… esto es delicioso.

—Lo preparó Marian —aclaró Alicia—.

La chef privada de Alejandro y Emma.

—Ah —dijo Katia—.

¿Y Marian es mexicana?

Alejandro respondió.

—Sí, es mexicana.

Marian Valencia (obviando el apellido de su padre, tal y como lo acordaron antes para evitar cualquier exabrupto).

No añadió más.

Katia miró alrededor.

—¿Y no se presentará?

Emma intervino con elegancia.

—Está coordinando cocina.

Es perfeccionista.

Rafael cambió el tema hacia negocios.

Pero la mirada de Nigel se deslizaba, involuntariamente, hacia Emma cada pocos minutos.

Alejandro lo notaba.

Emma también.

En un momento de conversación más íntima, uno de los socios preguntó: —¿Cómo se conocieron los recién casados?

Katia sonrió, encantada de ser el centro.

—En una galería en Ámsterdam.

Fue mágico.

Nigel asintió.

—Ella llevaba un vestido azul.

—Y tú fingías entender arte contemporáneo —rió Katia.

Risas generales.

—¿Cuánto tiempo salieron antes de casarse?

—preguntó Claudia Oyorzabal con curiosidad amable.

—Casi cinco años —respondió Katia orgullosa.

Emma sintió que algo dentro de ella se rompía con un sonido mudo.

Cinco años.

Hizo el cálculo.

Cinco años.

Ella conoció a Nigel en la universidad… cuatro años atrás.

Y su relación duró más de un año.

Su mente empezó a atar fechas.

Las noches que él decía viajar.

Las semanas “complicadas”.

Los silencios.

Alejandro vio cómo el color abandonaba ligeramente el rostro de Emma.

—¿Cinco años?

—repitió uno de los invitados.

—Sí —dijo Nigel con voz firme—.

Desde poco después de terminar la universidad.

Emma lo miró directamente.

Él sostuvo la mentira.

Katia tomó su mano.

—Ha sido el hombre más constante que he conocido.

Emma tragó saliva.

Constante.

La palabra era casi cruel.

Alejandro entendió todo en ese instante.

Nigel no solo era el ex.

Había sido el traidor.

A ambas.

La conversación continuó, pero para Emma el ruido se volvió distante.

Alejandro se inclinó levemente hacia ella.

—¿Desde cuándo?

Ella respondió sin mirarlo.

—Desde siempre, parece.

—¿Te engañó?

—A nosotras.

Esa palabra lo tensó.

A nosotras.

Significaba que Katia tampoco sabía.

Nigel, sentado frente a ellos, evitaba ahora mirar a Emma.

Sabía que ella había entendido.

Y sabía que Alejandro también.

El postre fue servido en medio de aplausos ligeros.

Alicia se levantó para brindar.

—Por mi hija, que ha encontrado estabilidad y amor verdadero.

Emma casi rió.

Alejandro apretó su mano bajo la mesa.

Katia levantó su copa.

—Por los nuevos comienzos.

Nigel bebió.

Emma sostuvo la copa sin probarla.

Cinco años.

Ella había sido la otra.

Sin saberlo.

Sin intención.

Sin culpa.

Y Katia también.

La ironía era brutal.

La mujer que siempre la había despreciado había compartido al mismo hombre.

Sin saberlo.

Alejandro miró a Nigel con una calma peligrosa.

No diría nada.

No esa noche.

No en ese escenario.

Pero no lo olvidaría.

Cuando la velada comenzaba a dispersarse, Katia se acercó a Emma con una sonrisa curiosa.

—Qué coincidencia que conozcas a mi esposo.

—El mundo es pequeño —repitió Emma.

—¿Fueron amigos cercanos?

Emma sostuvo su mirada.

—Lo suficiente.

Nigel intervino rápido.

—Éramos parte del mismo grupo académico.

Katia rió.

—Nigel siempre fue muy sociable.

Emma no respondió.

Porque ahora sabía.

Sociable no era la palabra.

Alejandro la condujo discretamente hacia un salón lateral.

—Dime la verdad.

Emma cerró la puerta.

—Estuvimos juntos más de un año.

El silencio pesó.

—¿Mientras estaba con Katia?

—Sí.

—¿Lo sabías?

—No.

—¿Él sabía que tú eras prometida?

Emma asintió.

—Sí.

Alejandro exhaló lentamente.

—Entonces es peor.

—No quiero escándalo.

—No lo habrá.

Pero su tono indicaba otra cosa.

En el salón principal, Katia reía con sus padres, ajena.

Nigel bebía más de lo prudente.

Y en medio del brillo, la mentira recién descubierta flotaba como humo invisible.

Emma regresó con compostura perfecta.

Katia la miró con curiosidad ligera.

—¿Te encuentras bien?

—Perfectamente.

Y sonrió.

Pero ahora sabía que los cinco años de “noviazgo estable” eran una farsa compartida.

Y que el hombre que había amado la había dividido en dos vidas paralelas.

Sin que ninguna supiera.

La noche terminó sin explosiones.

Sin gritos.

Sin revelaciones públicas.

Solo miradas.

Y una verdad que había empezado a agrietar el apellido Belmonte desde dentro.

El capítulo cerró con una última imagen: Emma sola en el balcón.

Repasando fechas en su mente.

Sumando años.

Restando recuerdos.

Y comprendiendo con claridad dolorosa que, mientras ella creía estar viviendo un amor complicado pero sincero, Nigel había estado prometiendo eternidad a otra mujer.

Durante todo ese tiempo.

Cinco años.

Y apenas era el inicio del desastre.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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