Mis Dos Esposas - Capítulo 38
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38: La Mesa está servida.
38: La Mesa está servida.
Cuando la comida llegó a su fin, la fiesta continuó a manera de velada en una especie de tornafiesta Katia había disfrutado cada platillo durante la tarde, y no podía esperar cuales serían los que la complacerían durante la noche, su voz de aprobación recorrió la mesa.
—Ya ansiaba comida mexicana de verdad —continuó—.
La comida neerlandesa terminó pareciéndome insufrible.
Todo tan… insípido.
Nigel soltó una risa breve, algo forzada.
—No era tan mala.
—Era predecible, aburrida y simplona —replicó Katia—.
Extrañaba el carácter en los sabores.
Alicia Muriel sonrió satisfecha.
—Te lo dije.
Aquí no olvidamos nuestras raíces.
Katia miró el primer plato de la cena una vez que lo sirvieron.
—Y bueno, ¿Por fin conoceré a quién me preparó semejante festín?
Alejandro dejó la copa en la mesa con suavidad.
Emma lo sintió.
—Cómo te dije fue Marian —respondió Alicia con orgullo—.
La chef de casa de Emma y Alejandro, es fabulosa.
—Vaya que sí, ya quiero conocerla —dijo Katia de inmediato.
El silencio no fue total, pero sí perceptible.
Emma intercambió una mirada con Alejandro.
—Claro —dijo Emma con serenidad impecable—.
Ahora la llamo.
— En la cocina, Marian supervisaba el siguiente tiempo cuando Emma apareció.
—Te toca Marian, es momento de conocer a la bestia.
Marian respiró profundo.
—¿Cómo va el ambiente?
—Ya mucho más relajado que en la tarde, creo que Alicia lo tiene controlado.
—¿Y ella?
—Fingiendo encanto, cómo siempre.
Marian sonrió apenas.
—Perfecto.
Vamos.
— Cuando Marian entró al comedor, lo hizo con la misma seguridad con la que caminaba en cualquier restaurante que dirigía.
Vestía un conjunto negro sencillo, cabello recogido, postura firme.
Katia la observó.
Primero con curiosidad.
Luego con sorpresa evidente, pues era negra, y Katia nunca había particularmente receptiva ni agradable con la gente de piel morena.
Y finalmente con algo que intentó disimular.
—Buenas noches —dijo Marian con voz clara—.
Espero que estén disfrutando la cena, y también que hayan disfrutado de la comida, fue un gran trabajo hecho con toda la dedicación y esfuerzo.
Emma se levantó ligeramente y tomó la mano de Marian antes de que nadie más hablara.
—Les presento a Marian —dijo con calidez intencional—.
Nuestra chef familiar… y la mejor amiga de Alejandro y mía.
El énfasis no pasó desapercibido.
Alejandro sostuvo la mirada de su hermana.
Katia sonrió.
Pero fue una sonrisa tensa, aunque Alejandro la habría llamado ‘falsa’.
—Encantada —dijo ella.
Marian sonrió haciendo un ligero gesto de inclinación con la cabeza, tan típica de los chefs internacionales.
—El gusto es mío, Señorita Belmonte.
—Señora De Bruijn— corrigió Katia.
Emma no soltó la mano de Marian y la acompañó a la mesa.
—Siéntate con nosotros.
Marian dudó apenas un segundo, pero aceptó.
—Con gusto lo haré si los presentes no tienen inconveniente.
Tomó asiento junto a Emma.
Nigel bajó la vista hacia su plato, como si intuyera que aquella mesa era ahora un tablero delicado.
— —La comida y cena han sido extraordinarias —comentó uno de los socios mas cercanos que aún permanecían en la Residencia.
—Sí —añadió Katia—.
Me sorprende.
El tono fue leve, pero Alejandro detectó la burla, la conocía a la perfección.
—¿Qué te sorprende?
—preguntó él con calma.
Katia bebió un sorbo de vino.
—Bueno… no esperaba algo tan refinado.
Marian la miró con tranquilidad.
—¿Puedo preguntar qué esperaba?
Un leve roce eléctrico recorrió la mesa.
Marian toleraba burlas, incluso podía soportar insultos, pero no que atacaran su trabajo.
Katia sonrió.
—No lo sé.
Algo más… tradicional.
Marian sostuvo su mirada.
—El mole tiene más de trescientos años de historia.
Creo que difícilmente podría haber preparado algo más tradicional.
Un invitado carraspeó suavemente.
Katia dejó la copa.
—¿Dónde aprendiste a cocinar así?
—En casa, en Oaxaca, Puebla primero.
Luego en Ciudad de México.
Y después en Francia y Estados Unidos.
—Vaya —respondió Katia—.
Tu español es perfecto ¿Dónde lo aprendiste?.
Marian ladeó la cabeza.
—Es una de las mayores ventajas de nacer en México.
Uno suele hablar español con fluidez.
La rápida respuesta cayó pesada para el típico genio de Katia.
Marian continuó, con una sonrisa que no era amable ni agresiva, solo precisa.
—El país no solo presenta gente morena.
También clara como los Belmonte.
Rubios como Emma.
O negros como yo.
La palabra quedó suspendida.
Nigel se tensó y miró a Katia para detener esto.
Rafael frunció el ceño con ligera molestia estando a punto de intervenir.
Katia se sonrojó un poco.
—Discúlpame, no quise insinuar nada ni ser grosera.
—Discúlpeme también, creo que mi respuesta estuvo fuera de lugar —respondió Marian.
Alejandro intervino, con tono firme pero ligero.
—Marian ha sido parte fundamental de nuestra casa desde su llegada, no hay un solo día en que su comida no nos haga sentir plenos, felices.
Además Emma encontró una amiga incondicional tras su llegada de Países Bajos.
Emma apretó su mano bajo la mesa.
La tensión no explotó.
Pero quedó instalada.
— La cena continuó.
El pato fue servido con precisión milimétrica.
Las conversaciones retomaron temas financieros, viajes, anécdotas europeas de todos los asistentes, que habían recorrido esos lugares muchas veces.
Pero ahora había una corriente subterránea que nadie ignoraba.
Emma inclinó la cabeza hacia Marian.
—¿Estás bien?
—Sí, ya estoy acostumbrada.
—No deberías estarlo.
—El privilegio de algunos es la angustia de otros —susurró Marian.
Alejandro escuchó.
—Tranquilas, no habrá más faltas de respeto.
Marian lo miró con afecto genuino, aunque estaba dubitativa.
—Lo sé.
Y eso es suficiente.
Emma bajó la voz.
—Ahora entiendes por qué pensamos que lo mejor es que te quedaras en el departamento.
Marian asintió.
—Sí.
Después de verla… lo entiendo mejor.
Katia observaba de vez en cuando el pequeño triángulo de conversación entre ellos.
Había algo en esa complicidad que la incomodaba profundamente.
— En el extremo opuesto de la mesa, Nigel intentaba mantener conversación con Claudia Oyorzabal, parecía muy interesado en esa familia, aunque en realidad quería obtener información de Emma, pues su atención regresaba una y otra vez a Ella.
Y Emma lo ignoraba con disciplina absoluta.
Eso, para él, era peor.
— Cuando llegó el postre —tarta de chocolate con chile ancho y frutos rojos— los ánimos parecían estabilizados, incluso se podría decir que eran ya festivos al fin..
—Debo admitir —dijo Katia con sonrisa ensayada— que superaste mis expectativas.
Marian sostuvo la mirada.
—Siempre es un placer.
—¿Trabajas solo para mi hermano?
Emma respondió antes que Marian.
—Marian es libre.
Trabaja con nosotros sí, pero tiene libertad de trabajar donde lo desee La corrección fue sutil pero firme.
Katia entendió el mensaje.
No era servidumbre.
Eran amigas realmente.
Eso la irritó más de lo que habría admitido.
— La noche concluyó con despedidas, abrazos formales y promesas de futuras reuniones.
Uno a uno los invitados se marcharon, entre ellos Marian, Emma y Alejandro Nigel se despidió de los tres con cortesía impecable, pero con Emma era notable el esfuerzo que hacía por no intentar abrazarla.
Emma no sostuvo su mirada más de lo necesario.
Cuando la casa quedó finalmente en silencio, solo la familia inmediata permanecía en el salón principal.
En ese momento Katia estaba frente a sus padres y su expresión ya no era contenida.
Era una de abierta molestia.
—No quiero volver a comer nada preparado por esa negra.
La palabra cayó como un golpe.
Rafael asintió con severidad.
—No volverá a ser invitada si eso te incomoda.
Alicia giró lentamente hacia su hija y su esposo.
—Nunca vuelvan a expresarse así delante de Emma o de Alejandro.
Katia la miró sorprendida.
—¿Perdón?
—Marian es amiga personal de ambos —continuó Alicia—.
Antes de ser su chef.
Si quieres evitar un conflicto real, mide tus palabras.
Rafael respondió molesto.
—Alicia… —No —lo interrumpió ella—.
No voy a permitir un escándalo innecesario en esta familia por prejuicios.
Katia cruzó los brazos.
—¿Prejuicios?
Madre, por favor.
—No confundas comodidad con superioridad —respondió Alicia con frialdad impecable.
Katia suspiró con fastidio.
—No me agrada esa gente.
Rafael endureció el gesto.
—Son socios importantes a los que debemos tratar bien —Yo no hablo de tus socios.
Hablo de esa mujer y de esa dinámica extraña que tienen con ella Alejandro y su mujer.
Alicia la estudió.
—Esa dinámica es lealtad, es algo que deberías valorar.
Katia apretó los labios.
—No pienso compartir espacio con alguien así.
—Entonces no compartas — Le dijo Alejandro entrando en la conversación, había regresado por el abrigo de Emma, mientras ella esparaba en el auto.
Todos giraron hacia él.
—Pero no dictarás quién entra o sale de mi casa.
La tensión volvió a elevarse.
—Esta no es tu casa, Alejandro —replicó Katia—.
—En efecto, pero ella trabaja en la mía no aquí, trabaja para mí y no para ti ni para mis papás y nada puedes hacer al respecto.
Katia lo miró con incredulidad.
—¿Estás poniéndola por encima de mí?
—Estoy poniendo el respeto por encima de cualquiera, tienes un día en el país y ya quieres dictar las reglas de todo el mundo.
Las palabras fueron medidas, pero contundentes.
Katia resopló molesta.
—No me agrada esa gente —repitió con frialdad—.
Y no pienso tolerarla bajo el mismo techo.
Alejandro respondió.
—Nadie te obliga a tolerar nada.
Katia miró a su hermano.
—Entonces nunca iré a tu casa.
—Eres libre de hacer lo que quieras, y si eso decides por mí está perfecto.
No era una amenaza explosiva.
Era una declaración.
Y, por primera vez en la noche, Alejandro no intentó detenerla.
—Haz lo que creas correcto.
Katia sostuvo su mirada unos segundos más y luego giró sobre sus tacones y caminó hacia las escaleras.
Nigel la siguió en silencio.
Alicia permaneció inmóvil viendo el choque de sus hijos.
Rafael murmuró algo ininteligible.
Y Alejandro, de pie en el centro del salón , comprendió que la cena había sido solo el primer movimiento de los muchos que seguramente haría Katia.
La mesa había sido servida y ahora comenzaba la guerra silenciosa.
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