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Mis Dos Esposas - Capítulo 39

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39: Veneno Fraterno 39: Veneno Fraterno La casa Belmonte Muriel amaneció con una calma engañosa tras el choque entre Katia y Alejandro.

Katia bajó al desayuno impecablemente vestida, como si la noche anterior no hubiera sido un campo minado, y una pelea a 10 rounds con su hermano.

Nigel ya estaba sentado, movía el café sin beberlo de manera nerviosa, mientras Rafael hojeaba el periódico.

Alicia observaba la escena en silencio, como quien mide la temperatura de una habitación antes de hablar.

—Nigel —dijo Katia con suavidad peligrosa—.

Después quiero que hablemos.

No fue una invitación, fue una orden.

Katia siempre dominaba a su esposo.

Nigel asintió, sabía que ese momento llegaría, pero temía que se descubriera su pasado a lado de Emma, y con ello el engaño que cometió con ambas.

— La conversación ocurrió solo unos minutos después del desayuno en la habitación que ocupaban, la antigua habitación de Katia.

Ella cerró la puerta con cuidado y se apoyó en ella con los brazos cruzados.

—Quiero que me hables de Emma.

Nigel sostuvo su mirada, calculando cada palabra fingiendo que le costaba trabajo articular las ideas en español.

Sin embargo Nigel era igual de hábil para hablar ambos idiomas que Katia y Emma.

—Ya te dije que coincidimos en la universidad, y estábamos en el mismo grupo de literatura.

—No me interesa lo superficial, ni esas tonterías —replicó ella—.

Quiero saber la verdad.

¿Qué hubo entre ustedes en Holanda?

Nigel intentó no ponerse nervioso y sonar convincente, no podía decirle que tuvo una relación con Emma, porque implicaba revelar su infidelidad, y aunque no fuera así, estaba seguro que Katia no soportaría en ningún momento que él se hubiera relacionado con Emma, le bastó una tarde para darse cuenta de cuánto se odiaban las dos.

—Hubo interés, pero todo de su parte.

Katia no parpadeó.

—¿Y de la tuya?

—Yo siempre fui claro con ella.

Ella avanzó un paso.

—¿Claro en qué sentido?

—Le dije que estaba en una relación.

Nigel estaba mintiendo, pero no era la primera vez que le mentía ni a Emma, y lo hizo tan bien que durante 3 años ninguna sospechó nada al respecto.

Nunca se imagino que se tratara las engañaría con otra compatriota, y nunca imaginó que esas dos mujeres se conocieran desde niñas, y que se odiaran desde ese tiempo.

—¿Le dijiste que esa relación era conmigo?

—preguntó Katia.

Nigel dudó apenas una fracción de segundo.

—No, yo no tenía idea que se conocieran, supe que ella era mexicana por compañeros en común, pero no pensé que tuviera algún tipo de nexo contigo, y mucho menos que ella estaba comprometida con tu hermano.

Katia apretó la mandíbula.

—Eso sí puedo entenderlo.

—No tenía por qué explicar mi vida privada— dijo Nigel —Pero ella seguía buscándome.

Katia continuó interrogándolo.

—¿Se te insinuaba?

—Lo hizo más de una vez — para ese momento, la mentira ya no era improvisada.

Nigel había decidido protegerse, aún a costa de la reputación de Emma.

Ingenuamente pensaba que Alejandro no conocía la historia.

—Yo la rechacé —añadió—.

Siempre.

Katia caminó hacia el ventanal.

—Y ahora esa perra está casada con mi hermano.

—Sí.

El silencio fue largo y denso.

—¿Por qué nunca me dijiste que una mujer te acosaba —dijo Katia finalmente.

—No creí que fuera relevante, no pasó a mayores tampoco.

Ella soltó una risa breve y socarrona.

—Ya aprenderás que en esta familia, todo es relevante.

—Si Emma es capaz de perseguir a un hombre comprometido, no es la mujer adecuada para ser la esposa de mi hermano, y mucho menos representar a los Belmonte.

Nigel guardó silencio.

No la contradijo, ya no podía hacerlo, a riesgo de revelar su mentira.

— Esa misma mañana, Katia abordó de nuevo el tema de Marian frente a sus padres ya son Alejandro presente.

—No quiero volver a ver a esa mujer en esta casa.

Rafael dejó el periódico con un suspiro.

—Hija… tranquilízate.

—No papá —lo interrumpió—.

No es negociable.

Alicia alzó la vista.

—No puedes exigir eso Katia, déjate de niñerías.

Katia la miró sorprendida.

—¿Perdón?

—Marian es amiga de Alejandro y de Emma —continuó Alicia con firmeza—.

Además es su chef particular.

Tu hermano ya te dijo claramente que no lo va a permitir.

Rafael intervino con tono conciliador.

—Podemos pedir que limiten las reuniones.

—No se trata de reuniones —replicó Katia—.

Se trata de respeto a las decisiones familiares.

—Los dos son exactamente igual de imbéciles cuando se lo proponen—respondió Alicia muy alterada.

Katia frunció el ceño.

—¿Vas a defenderla?

—Defiendo la armonía —corrigió Alicia—.

Y lonque exiges romperá con toda armonía en esta familia, no voy a ponerme a pelear con tu hermano por defender tu necedades.

Rafael miró a su esposa con molestia.

—Basta Alicia.

Si no le agradó a Katia debe ser por algo, como su actitud sarcástica y retadora en la cena.

—Las tensiones las generó Katia que no sabe contener su lengua, con esas bromas sobre el español de Marian —respondió Alicia con frialdad.

El intercambio subió de tono.

Rafael, como siempre, tendía a ceder ante Katia.

Alicia no.

—No voy a prohibirle a la esposa de mi hijo a traer a su amiga a mi casa, y menos si esa amiga es la chef más talentosa que he conocido —sentenció ella.

Katia comprendió que esa batalla no la ganaría frontalmente, ni siquiera teniendo el apoyo total de su padre.

Así que cambió de estrategia.

— Más tarde, Alicia llamó a Alejandro.

—Hijo —dijo con voz medida—.

Quiero hablar contigo sobre algo delicado.

Alejandro escuchó en silencio.

—No te pido que tú y Emma dejen de ver a Marian —aclaró ella—.

Saben que la aprecio.

Es talentosa y leal.

Pero… quizá sea prudente evitar traerla a esta casa por ahora.

—¿Por Katia?

—Sí, por su carácter —respondió Alicia—.

No quiero que sea grosera.

Marian no lo merece, tuve una fuerte discusión con ella y tu padre por esa razón, les marqué un límite, pero conociéndola es posible que tenga algún desplante y no será agradable.

Alejandro suspiró.

—Gracias por ser honesta mamá.

Al menos alguien en esa casa mantiene la razón a flote.

—No estoy en contra de Marian —añadió Alicia—.

Solo intento prevenir una pelea innecesaria entre tú y tu hermana.

—Lo entiendo.

Y vaya que Alejandro lo hacía.

Porque sabía que su madre veía más allá del orgullo, a pesar de la riqueza, Alicia nunca perdió el tacto y la educación con la gente fuera quien fuera.

— Esa misma tarde, Katia buscó a su padre en el despacho.

—Papá, necesito que me escuches ahora que mamá no puede intervenir.

Rafael cerró la laptop —Te escucho hija ¿Qué es lo que pasa?

—Emma no es quien aparenta— Dijo Emma sin el menor tapujo.

Rafael arqueó una ceja.

—Explícate, y no me des rodeos.

Katia tomó asiento frente a él.

—Supe que mientras ella vivió en Europa ella y Nigel estudiaron en la misma universidad y a pesar de que Nigel ya estaba conmigo, ella se le insinuaba constantemente a pesar de que él le dijo que tenía un compromiso.

Rafael se tensó.

—¿Estás segura?

—Nigel me lo confirmó ayer, yo tampoco lo sabía.

Él fue claro con ella pero ella insistía.

—Eso es grave —murmuró Rafael.

—¿Te parece apropiado que alguien así represente a nuestra familia?

¿Que sea la esposa de tu hijo?

Rafael no respondió de inmediato.

Pensaba en la sociedad con los Van Dyke Oyorzabal y además en lo complicado de la relación entre ambos, el matrimonio se acordó hace mucho y ninguno de los dos podía romper el acuerdo por un tema de infidelidad.

Pensaba en el equilibrio delicado.

—No podemos acusarla sin pruebas —dijo finalmente.

—No te pido que la acuses —respondió Katia con suavidad—.

Solo que estés atento, ante cualquier acto de ella que sea desleal a mi hermano.

Rafael quedó pensativo.

— Esa noche, le comentó el asunto a Alicia.

—Katia dice que Emma perseguía a Nigel cuando ellos ya estaban juntos, según Katia ellos estudiaron en la misma universidad y Emma asediaba a Nigel.

Alicia frunció el ceño.

—¿Y tú les crees?

—No lo sé, no tengo por qué dudar de nuestra hija.

—Entonces si no estás seguro no lo repitas tan a la ligera.

Rafael suspiró para decirle después —Sabes que esto podría afectar la sociedad, a nuestra amistad con Jan y Claudia, y por supuesto el matrimonio de nuestro hijo.

—Justamente por eso debemos mantener la cabeza fría —replicó Alicia—.

No conocemos a Nigel.

No sabemos si todo es verdad.

Rafael la miró.

—¿Crees que mienten?

—Creo que un hombre que oculta detalles importantes durante tanto tiempo no es completamente confiable— le respondió Alicia —¿Por qué no se lo dijo hace años a Katia cuando empezó el supuesto asedio?

Katia no se habría quedado de brazos cruzados y lo habría investigado.

Rafael guardó silencio.

—Investiguemos más antes de juzgar —añadió Alicia—.

Y considera también la posibilidad de que él haya engañado a nuestra hija con Emma, y que tu nuera tampoco supiera de la existencia de Katia en la vida de este tipo.

—Piénsalo, no sabemos nada de él, ni siquiera asistimos a su boda porque ellos dos así lo decidieron — sentenció Alicia.

La idea quedó flotando incómoda entre los dos.

— En su casa, Emma y Alejandro hicieron una videollamada con Marian, ya instalada en el departamento.

La pantalla mostró el rostro sereno de ella.

—¿Cómo están?

—preguntó.

—Sobreviviendo a los dimes y diretes de Katia, y extrañándote —respondió Emma con una sonrisa cansada.

Alejandro explicó la conversación con Alicia.

—No fue una exigencia de mi madre —aclaró—.

Fue una advertencia, ella se opuso a mi papá y yo le creo, pero también creo que deberíamos hacerle caso temporalmente, lo mejor es no despertar la ira de ellos dos, o podría meterse de más en nuestras vidas.

Marian asintió.

—Alicia es sensata.

—Te aprecia —añadió Emma—.

Lo dejó claro.

Marian sonrió levemente.

—Y yo se lo agradezco.

—No sabemos qué planea hacer Katia —dijo Alejandro—.

Pero no parece satisfecha con que tú no asistas a casa de mis padres.

—No necesita estarlo —respondió Marian—.

Las personas como ella prefieren mover piezas en silencio, aunque nadie entienda qué es lo que pretenden.

Emma respondió intentanto no desanimar a Marian —No vamos a ocultarte nada.

—Sí, lo sé confío en ustedes dos —dijo Marian—.

Y eso es suficiente para mí.

Los quiero.

Cuando colgaron, el silencio quedó suspendido entre Emma y Alejandro.

—¿Crees que use mi pasado con Nigel?

—preguntó ella.

—Es posible, pero no creo que él sea tan imbécil para decirle la verdad, significaría aceptar una infidelidad y eso destruiría su matrimonio.

Emma cerró los ojos.

—No hice nada malo.

—Yo lo sé, tu pasado no le pertenece a nadie mas que a ti y no debes avergonzarte pero las versiones cambian según quién las cuente— le dijo su esposo.

Alejandro la miró con firmeza.

—Confío en ti.

—Y yo en ti— respondió Emma con evidente tristeza.

La confianza entre ambos era real, pero la amenaza de Katia a su matrimonio también, y más aún si ella se enteraba del triángulo amoroso con Marian.

— En la casa de sus padres, Katia observaba el jardín desde el balcón.

Nigel dormía.

Ella no, pensaba solamente en que no confiaba en Emma ni tampoco tenía total certeza de lo que le dijo su esposo.

Así como tampoco había confiado en ninguna mujer cercana a Alejandro.

No por celos fraternos ni por un sentido de protección hacia su hermano menor.

La verdad era más fría, era cruel de hecho.

Katia no toleraba a su hermano, ni nunca lo había hecho, ni siquiera cuando eran niños, pues él había sido el heredero evidente; esa figura destinada a expandir el apellido.

Así que Katia aprendió a competir en silencio y a dominar a su padre, quien siempre tuvo una preferencia desmedida por ella.

Aprendió a acumular poder y a no compartirlo con nadie, ni siquiera con su familia cercana, por eso no quería mujeres cerca de su hermano: Más herederos significaban más fragmentación.

Los hijos de los hijos significaban más divisiones.

Y a su vez más divisiones significaban menos control para ella…

y Katia vivía para controlar.

No quería sobrinos.

No quería embarazos.

No quería futuros que no pudiera administrar.

Emma representaba esa amenaza, una amenaza de una nuera estable y la posibilidad latente de nuevos herederos con el apellido Belmonte, y que además eran Van Dyke, por lo que también vería mucho menos del emporio de ambas familias con niños que llevaran ambos apellidos.

Así que usaría lo que tenía en sus manos, un pasado cuestionable de su cuñada.

Una grieta podía convertirse en fractura.

Katia apoyó las manos en la barandilla.

—No confío en ti —susurró al vacío, pensando en Emma—.

Como no confío en ninguna.

Detrás de esa desconfianza había una lógica implacable: Eliminar variables, reducir riesgos y conservar el poder para ella.

No era amor lo que la movía, nunca lo había sido solo era estrategia.

Y estaba dispuesta a usar cualquier verdad, o mentira, para proteger su visión del legado Belmonte.

La semilla ya estaba plantada.

Solo necesitaba tiempo y paciencia…

y Katia las tenía ambas, de sobra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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