Mis Dos Esposas - Capítulo 40
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40: Bandos de Poder 40: Bandos de Poder El corporativo Belmonte–Van Dyke era un enorme edificio enclavado en la zona más exclusiva de la Ciudad, se elevaba en vidrio y acero que le daban un aire de modernidad y sofisticación.
Katia lo observó desde el automóvil antes de bajar.
No era la primera vez que lo veía, pero sí la primera vez que entraba como algo más que la hija ausente que regresaba de Europa.
Rafael caminó a su lado con orgullo desmedido.
—Es momento de que conozcas todo lo que también te pertenece —dijo—.
No sabemos qué decidirás hacer en el futuro.
Katia sonrió.
—Nunca está de más entender lo que es mío por derecho propio.
Rafael no corrigió el matiz posesivo, por el contrario, lo exaltaba.
Dentro, la recepción era impecable.
Secretarias, asistentes, ejecutivos.
El apellido Belmonte pesaba en el país y en América, pero el de Van Dyke abrió las puertas en otros continentes como Europa y Asia.
Jan Van Dyke ya los esperaba en la sala de juntas principal.
—Katia —saludó con cordialidad —.
Bienvenida oficialmente.
—Gracias, señor Van Dyke.
Rafael la miró de reojo aquella formalidad, era estratégica, ya tenía a Alejandro como el siguiente en el control de la empresa después de él y Jan; también estaba Emma, pero quería establecer a Katia ahí, así el poder de los Belmonte sería mayor una vez que él y Jan se retiraran.
— Durante la mañana, asistió a reuniones financieras, revisó proyecciones de inversión, escuchó análisis de expansión en Asia y Sudamérica.
Ella los observó en silencio.
En ese momento entendió que después de Rafael y Jan, quienes dirigían con la autoridad de décadas, las voces que más peso tenían eran dos: Alejandro, su hermano y Caoimhe O’Leary, la irlandesa recién llegada que acababa de aliarse al Consorcio mediante la cervecería de su familia en Irlanda.
La irlandesa era una mujer alta de cabello rojo intenso, ojos verdes y presencia magnética, elegante, inteligente y además muy atractiva.
Ese día vestía con elegancia sobria, hablaba con precisión y una seguridad que no pedía permiso.
Katia notó cómo Alejandro la escuchaba.
No como subordinada, la consideraba su igual, era una aliada indiscutible a pesar de tener pocos meses en el país.
Katia notaba como intercambiaban miradas rápidas sobre cualquier punto de vista, ya fuera para aprobarlos o contradecirlos, como hacían comentarios casi privados, entre ellos había una complicidad profesional que rayaba en la amistad, sin embargo no había nada indecoroso.
Nada evidente.
Pero Katia no necesitaba evidencia de nada.
Solo insinuación para que ella pudiera desatar la tormenta y afectar a su hermano.
En un receso, se acercó lo suficiente para escuchar una conversación ligera entre ellos.
—¿Ya probaste el restaurante nuevo en Polanco?
—preguntó Caoimhe.
—Aún no —respondió Alejandro—.
Marian lo mencionó hace unos días, pero insiste en que primero evaluemos el menú, la verdad es que yo no le doy importancia a eso, Emma se encargará…
y terminará llevándome, o no.
Caoimhe rió.
—Me gusta cómo piensa Emma.
Katia alzó una ceja.
Caoimhe tocó brevemente el brazo de Alejandro al despedirse para entrar a otra reunión.
Un gesto mínimo e inocuo a ojos de cualquier persona.
Pero para alguien como Katia era suficiente, su mente ya trabajaba en como convertir eso en un arma a su favor.
— Al final del día, cuando regresaron a casa, Katia pidió hablar con sus padres.
—Hoy que estuve en el Corporativo observé algo interesante, aunque no necesariamente agradable.
Alicia dejó la carpeta que revisaba, y respondió con cierto recelo, siempre lo hacía tratándose de las reacciones viscerales de su hija.
—Te escuchamos.
—Alejandro y la pelirroja esa se llevan muy… demasiado bien.
Rafael frunció el ceño.
—Son socios, y son los coordinadores principales de la empresa y de la división para Europa y México, es lógico que tengan cooperación cercana.
—Esto va más allá de lo laboral papá, no los has visto, o al menos no con los ojos de una mujer —insistió Katia—.
Ella le coquetea.
Alicia negó con suavidad.
—Caoimhe es directa, yo ya la he tratado.
No confundas su cultura con insinuación.
—No soy ingenua, mamá, te recuerdo que mi esposo también es europeo y puedo diferenciar el cambio cultural con coqueteos.
Rafael intervino.
—¿Insinúas que hay algo entre ellos?
—No, no aún —respondió Katia—.
Pero no dudo que pueda haberlo pronto si las cosas siguen así.
El silencio se volvió incómodo para los padres de Katia.
—Esa mujer es mucho más atractiva que Emma, y que cualquiera que haya tenido Alejandro antes, además se nota a leguas más segura e inteligente —añadió con frialdad—.
Y no parece una mosca muerta como mi insípida cuñada.
Alicia se irguió molesta —No hables así de Emma, ella siempre ha sido respetuosa con esta casa y sobre todo con tu hermano.
—Solo digo que Emma no proyecta la fuerza que requiere este entorno…
de hecho dudo que la tenga.
Rafael intercambió una mirada con su esposa.
La sola posibilidad de un escándalo sentimental en la línea de sucesión los alarmaba.
—Debemos ser prudentes —murmuró Rafael— tus suposiciones no son más que eso hasta que no tengamos pruebas de ello, y en su momento tomaré acciones para evitar que algo así ocurra.
Katia inclinó la cabeza.
—Solo les advierto.
Si hay algo entre ellos, por mínimo que sea, es mejor detectarlo y detenerlo antes de que explote.
— Esa noche, ya de viernes, Marian llegó a casa con Emma y Alejandro poco después de las ocho de la noche.
Traía vino, pan recién horneado y algunas cosas más para hacer una cena romántica entre los tres.
—Necesitamos hablar —dijo Alejandro apenas cerró la puerta.
Se sentaron los tres juntos en la sala.
Emma escuchó el relato del día en el corporativo, Alejandro mencionó a detalle las insinuaciones de Katia y sus comentarios sobre Caoimhe.
—Estoy seguro que en este momento ella ya está diciéndole a mis padres que vió algo extraño entre nosotros.
Marian se quedó pensativa.
—Tu hermana es bastante hábil para manipular —dijo finalmente—.
Si no puede atacarte directamente, buscará sembrar dudas en todos.
—Mis padres estarán inquietos —añadió Alejandro—.
Y eso es lo que ella quiere.
Emma se colocó por delante de Marian justo frente a Alejandro.
—¿No hay nada entre tú y Caoimhe?.
—Nada, ya lo confirmé, ella misma se los dijo, y ustedes pudieron constatar el trato que tenemos, que ni siquiera me atrevo a llamarlo amistad —respondió Alejandro con firmeza—.
Es una socia brillante.
Y sí, me cae bien.
Pero no hay nada más.
Marian le sostuvo la mirada, segura esta vez de que la pelirroja no era una amenaza para su inusual matrimonio.
—Katia representa un peligro real —dijo Emma—.
No por lo que pueda probar, sino por lo que pueda insinuar.
—Entonces no reaccionemos hoy, ni den explicaciones a nadie —propuso Marian—.
Démosle algo que no pueda tocar.
—¿Qué?
Marian sonrió levemente.
—Nuestra calma.
Alejandro los miró a ambas.
—Tienes razón.
La tensión no desapareció, pero decidieron postergarla.
Prepararon la cena juntos…
en realidad lo hizo Marian mientras ellos solo estorbaban y la hacían reir.
La música de todo tipo llenó la sala mientras ellos bailaban descalzos después de que el vino relajara sus palabras y sus sentimientos.
Rieron juntos y se abrazaron más tiempo del necesario, los besos tiernos no tardaron en aparecer, Alejandro las besaba intermitentemente mientras estaban unidos.
El mundo exterior podía esperar, por lo menos no podía arruinarles la noche, esa noche que eligieron recordarse por qué estaban juntos.
Y cuando la conversación se agotó y la música se volvió susurro, se dejaron llevar por la intimidad con la naturalidad de quienes comparten más que un secreto: comparten decisión.
La suave música de fondo aún llenaba la sala.
Alejandro, Emma y Marian habían pasado la velada bailando y bebiendo, disfrutando la compañía de los tres después del trago amargo que les hizo pasar Katia.
La bebida y el movimiento de sus cuerpos habían encendido el deseo en todos ellos, Alejandro y Marian comenzaron a besarse más pasionalmente y comenzaron a desnudarse, Emma los vió pero no se molestó por el contrario ella se mostró emocionada al ver la situación y le ayudó a desvestir a Marian.
Emma ya comenzaba a tener sentimientos por Marian, aunque Marian no lo aceptaba y se negaba a compartir la cama con ella esa noche sería la excepción estando Alejandro con ellas.
Alejandro, animado por el alcohol y el ambiente, se acercó a Emma, quien estaba sentada en el sofá, sus piernas desnudas y su vestido subido ligeramente.
Él con una sonrisa, se inclinó para besarla, ahora era el turno de un beso apasionado con Emma, los labios de ambos se rozaban en un beso profundo.
Emma respondió con igual pasión, y con sus manos exploraba y desnudaba el pecho de Alejandro.
Mientras tanto, Marian se unió a ellos.
Se sentó al lado de Emma y comenzó a acariciar por la espalda con dedos suaves a Alejandro.
Él se sentó enmedio de ellas y giró hacia Marian volviendo a besarla con la misma intensidad, saboreando la dulzura de sus labios.
Marian, perdida en el momento, dejó escapar un gemido suave, mientras recorría el cuerpo de Alejandro, que se volvió hacia Emma para terminar de desnudarla.
Alejandro se sentía en el cielo; estaba con dos mujeres hermosas respondiendo a sus caricias, a su amor, ambas tenían cuerpos hermosos.
Se tomó un momento para admirar a Emma y Marian con sus ojos brillando de deseo.
Con un movimiento suave, se deshizo de los pantalones mostrando su miembro en completa erección.
Emma y Marian no pudieron resistir la tentación de acariciarlo, sus manos y explorando cada centímetro de su piel, ambas se turnaron para darle una más que excitante felación.
La música continuaba sonando, y eso acompañaba el ritmo sensual de los movimientos de los tres; Alejandro, ahora desnudo, se hincó frente sus dos esposas, mientras las dos estaban sentadas, ahora fue el turno de Alejandro de darle placer a las dos, primero con sus manos y después con su boca exploraba cada rincón del sexo de ambas.
Emma y Marian, perdidas su propio mundo de placer, no podían dejar de tocarse y besarse.
Alejandro se perdió en la sensación de sus cuerpos, en el sabor de sus labios y en la intensidad de su conexión, de la conexión de los tres.
Con movimientos lentos y deliberados.
Emma y Marian respondían a las caricias de él con gemidos suaves y movimientos sensuales, ambas buscando el contacto y el placer.
La visión de Emma y Marian besándose, sus lenguas entrelazadas en un beso profundo y apasionado, encendía aún más el deseo de Alejandro.
Podía sentir cómo su excitación crecía con cada movimiento, cada gemido, cada caricia.
El continuó viendo que ambas estaban cerca de un orgamo.
Finalmente, en el clímax de su pasión, Emma y Marian se besaron de nuevo.
La visión de sus esposas besándose, fue suficiente para llevar a Alejandro al límite.
Se levantó y tomó con delicadeza a Emma, la penetró con ansiedad, pero a la vez con un movimiento suave se unió a ella, sus cuerpos moviéndose al unísono, en perfecta armonía, Marian estaba a lado de ambos y constantemente los besaba uno a uno, Emma tendría un profundo orgasmo, y Alejandro continuaría ahora con Marian que se entregó a él con desesperación, estaba excitada después de ver la escena.
La sala se llenó con los sonidos de gemidos, susurros y respiraciones entrecortadas.
No tardarían mucho Marian y Alejandro en alcanzar un orgasmo mientras Emma descansaba y los observaba satisfecha.
Después los tres junto al sofá descansaban, estaban exhaustos pero satisfechos y felices.
Alejandro abrazó a Emma y Marian, sintiendo cómo sus corazones latían al unísono.
La noche había sido apasionada, llena de deseo y amor compartido.
Y en ese momento, Alejandro por fin supo que no había nada más perfecto que estar con sus dos esposas, perdiéndose en el placer de su unión.
Por fin lo había conseguido, tenerlas a ambas, verlas desearse y amarse sin esconderse ni culpa.
Tenía la certeza de que el día siguiente tendría una batalla que enfrentar.
Pero no esa noche, esa noche les pertenecía solo a ellos.
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