Mis Dos Esposas - Capítulo 45
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45: Fuego Cruzado 45: Fuego Cruzado El auto de Jan recorría las avenidas arboladas rumbo a la zona residencial donde vivían los Van Dyke.
Alejandro miraba por la ventana sin ver realmente el paisaje.
Su mente seguía en el despacho de su padre y en el reciente problema, en los golpes de su papá contra el escritorio.
En la amenaza contra Caiomhe, en la prohibición contra Emma y en la exigencia de despedir a Marian.
Jan conducía en silencio.
No era un hombre que hablara para llenar el aire.
Cuando lo hacía, era porque cada palabra tenía un peso específico—Tu padre está asustado —dijo finalmente.
Alejandro soltó una risa sin humor.
—Mi papá no siente miedo, solo siente rabia cuando pierde control o cuando nunca lo tuvo, cree que sigo siendo el niño que a todo le decía que sí.
—Es lo mismo cuando el control es tu única forma de seguridad.
Alejandro giró el rostro hacia él —¿Desde cuándo lo defiende?
—No lo defiendo.
Lo entiendo.
Jan detuvo el auto justo frente a su casa.
Era una propiedad elegante y sobria, de un tamaño muy similar a la de los Belmonte, con jardines impecables y una fachada que transmitía tradición y estabilidad.
Justo lo que ahora estaba en riesgo.
Entraron directamente hacia al despacho de Jan.
Un espacio amplio, con libreros oscuros y un gran ventanal que dejaba entrar la luz de día.
Jan cerró la puerta.
—Siéntate, por favor.
Alejandro obedeció, aún tenso.
—Escúchame con atención esto es importante —continuó Jan—.
Esto no debe convertirse en una guerra contra Rafael.
—Pero él ya la empezó y no parece pensar como usted lo hace.
—No.
La empezó Katia, es ella la que está alterando todo en su favor y tu perjuicio.
Jan se apoyó en el escritorio.
—Rafael y yo estamos en igualdad dentro de la empresa.
Mitad y mitad, esto ha sido así desde el inicio.
Pero ahora las acciones ya no están únicamente a nuestros nombres.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
—Como nuestros hijos y altos ejecutivos Emma tiene participación y tú también tienes participación.
Además Caiomhe tiene una participación, aunque mínima por el paquete de incentivos que firmamos a inicios de este año.
Alejandro procesó la información.
—¿Estás diciendo que si sumamos nuestras acciones superamos a mi padre?
—Exactamente, aunque no se trata de quitarle el poder —aclaró Jan de inmediato—.
Se trata de impedir que Katia lo utilice a su favor.
Alejandro se inclinó hacia adelante.
—Ella quiere controlar la empresa.
—Quiere controlarte a tu papá y a través de él, todo lo demás.
Jan caminó lentamente por el despacho.
—Si Rafael empieza a tomar decisiones impulsivas, podemos frenarlas legalmente, ni siquiera es necesario hacerlo públicamente.
No habría escándalo.
—¿Y si él lo descubre?
—Lo sabrá de todas maneras cuando intenten mover a Caiomhe… o cuando intente expulsar a Emma o a ti de algún consejo.
Y en ese momento entenderá que no está solo en la mesa.
—No quiero destruir a mi padre, ni siquiera quiero pelearme con él.
—Nadie quiere eso.
Pero tampoco vamos a permitir que tú hermana resentida manipule todo nuestro trabajo conjunto de años.
Alejandro levantó la mirada.
—¿Por qué me ayuda?
Jan sostuvo sus ojos sin vacilar.
—Porque mi hija es tu esposa.
Porque la amo y porque sé que Emma no miente.
La firmeza en su voz no admitía dudas.
—Katia vino a verme con la intención de sembrar sospecha, y a quejarse amargamente de ella—continuó—.
Pero cometió un error, nunca puedes hablar mal de una hija frente a su padre, tu papá es el ejemplo perfecto de esto.
Alejandro sintió algo parecido al alivio.
—¿Y la grabación?
Jan sacó su teléfono y lo agitó indicando que ya lo tenía en el dispositivo—Aquí está.
Alejandro lo observó como si fuera dinamita.
—Caiomhe fue muy inteligente.
—Lo es, pero también prudente solo yo la tengo—corrigió Jan—.
Esa grabación no se usará para humillar a Katia, solo se usará si es necesario para frenar una mentira.
Alejandro apoyó la espalda en la silla con una ligera relajación, por primera vez desde la mañana, sintió que no estaba solo.
—Con esto estaremos bien.
—Estamos preparados —corrigió Jan—.
Eso es distinto.
— En la casa de Alejandro, el ambiente era muy diferente.
Emma estaba sentada en la isla de la cocina, mientras Marian terminaba de cortar verduras con precisión impecable.
Emma se sentía más ansiosa con el sonido del cuchillo que era constante, casi rítmico.
—No fue casualidad —dijo Emma en voz baja—.
Katia sabía lo que hacía.
Marian no dejó de trabajar.
—Esa vieja te odia, y estoy segura que a mí también.
Emma esbozó una sonrisa amarga.
—Jaja, eso mismo estaba por decirte, que nos odia a las dos.
Marian levantó la mirada.
—No le gusta que yo esté aquí.
Emma le respondió directo —No le gusta que ninguna mujer tenga poder sobre Alejandro, y no es porque lo ame, simplemente no quiere a nadie que pueda tener acceso a la fortuna de su familia, si por ella fuera tampoco quisiera que Alejandro herede un céntimo.
Las dos se quedaron en silencio pensando.
—Katia intentará usar a Caiomhe —añadió Marian—.
Es lo más lógico, aunque no sé como.
Emma suspiró.
—Aún no sé si confiar en ella.
—Alejandro confía casi ciegamente en ella, y se ha portado bien con nosotros, creo que no deberíamos considerarla una enemiga.
—Es que no sé si sea totalmente sincera.
Marian dejó el cuchillo.
—¿Crees que hay algo más de lo que muestran entre ellos?
Emma sostuvo su mirada.
—No.
Pero el leve titubeo la traicionó.
—Confío en él —aclaró—.
Pero no soy ingenua, Caiomhe es inteligente, y seamos honestas ella es hermosa; además es extranjera.
Eso siempre despierta curiosidad.
Marian se cruzó de brazos.
—Katia intenta sembrar dudas entre ustedes, entre nosotros, y lo está logrando por lo que acabas de decirme..
Emma bajó la voz.
—Diablos, estoy paranoica.
En ese instante, el timbre sonó.
Ambas se miraron.
Marian fue a abrir —¿Esperas a alguien?
—No, la verdad es que no, y no creo que Alejandro olvidara sus llaves— le dijo Emma.
Del otro lado estaba su suegra Alicia Belmonte.
Lucía elegante como siempre, aunque con los ojos cansados, pero aún firmes.
—Buenas tardes Marian.
—Señora Alicia, buenas tardes— saludó Marian con respeto.
Alicia entró con una sonrisa suave.
—Vine a ver a Emma.
Emma apareció desde la cocina.
—Alicia… Se abrazaron con afecto sincero.
Alicia la sostuvo un segundo más de lo habitual.
—Yo confío en ti — le susurró.
Emma sintió un nudo en la garganta al escuchar a su suegra decirle eso, ya estaba consciente que ella conocía todo lo que Nigel y Katia habían inventado.
Se sentaron en la sala.
Marian le llevó café y se mantuvo cerca discretamente, sin embargo debía fingir que solo era una parte del personal del hogar a pesar de ser amiga de Emma.
Alicia observó a Emma con atención.
—No creo en lo que dicen Katia y Nigel.
Emma parpadeó.
—¿Perdón?
—Conozco a mi hija, sé cuando intenta manipular a su padre.
Pero desgraciadamente no conozco a su esposo.
No sé nada de él, así que no entiendo por qué decir eso de ti, a menos que sea para esconder algo de su pasado.
El aire pareció aligerarse.
—Lo que pasó en Holanda fue hace años, escuché a Alejandro decirlo —continuó Alicia—.
Y no fue como ellos lo están contando, o mejor dicho, como Nigel se lo contó a Katia.
Creo que mi hija también fue engañada por él, igual que tú Emma.
Emma bajó la mirada.
—Gracias por decirlo.
Alicia tomó su mano.
—No me agradezcas.
Decir la verdad no necesita agradecimientos.
Marian escuchaba en silencio mientras preparaba algunos bocadillos.
Alicia se volvió hacia ella.
—Marian, eres una excelente chef, y me alegra que seas también amiga de mi hijo y mi nuera.
Ellos siempre hablan maravillas de tu talento…
y de tu persona.
Marian sonrió.
—Gracias, señora.
Alicia no sabía, ni siquiera se imaginaba que aquella mujer que la miraba con respeto era también esposa de su hijo.
Lo cual de saberse significaría algo peor para todos que el chisme de Nigel.
—Quiero que ambas sepan algo —dijo con serenidad—.
Mi casa siempre estará abierta para ustedes.
Emma se sintió aliviada de ver que no estaban solos, y que incluso la madre de Katia podía ver los errores de su hija..
—A pesar de Rafael —añadió Alicia—.
Y a pesar de Katia pero necesito pedirles algo.
Marian y Emma intercambiaron miradas y ambas se tensaron levemente.
—No se expongan al conflicto directo, no respondan las provocaciones de mi hija.
Esto puede escalar más de lo necesario si, y ustedes estarán muy en su derecho de enfadarse con todos si ella es grosera.
Emma asintió.
—Alejandro y yo lo resolveremos —continuó Alicia—.
Rafael escucha más de lo que aparenta.
Pero es demasiado orgulloso para admitir que cometió un error al creerle todo a Katia.
—Katia lo manipula desgraciadamente —dijo Marian sin poder evitarlo.
Alicia la miró con una mezcla de tristeza y lucidez.
—Mi hija siempre ha sabido cómo obtener lo que quiere gracias a su padre…
o a costa de él —Pero no esta vez será así —añadió Alicia con firmeza.
Emma apretó la mano de Alicia.
—No queremos dividir a la familia.
—Entonces no la dividan —respondió ella—.
Manténganse unidos tú y Alejandro, y no se alejen de mí, yo no los dejaré solos en esto..
Alicia se levantó.
—Voy a hablar con Rafael esta noche, lo les prometo milagros, ese hombre es la necedad hecha persona.
Pero prometo que intentaré hacer que recupere la razón…
o lo enviaré a dormir con el perro.
Emma se rió sin querer.
Cuando se fue, el silencio volvió a la casa.
Marian miró a Emma.
—Tu suegra es más fuerte de lo que aparenta.
Emma sonrió apenas.
—Creo que ella va a terminar controlando a su esposo.
—¿Crees que todo esto pueda romper la relación de Alejandro con sus papás?
Emma pensó en Alejandro y en su terquedad; una idéntica a la de su padre.
—No lo sé—respondió finalmente—.
Espero que no, sé lo mucho que los ama.
Marian se acercó un poco más.
—No lo dejemos solo en esto entonces.
En la casa de los Van Dyke, Alejandro y Jan seguían delineando estrategias.
En el despacho de Rafael, el orgullo luchaba contra la razón.
Y en el centro de todo, Katia movía piezas creyéndose invisible.
Pero ya no lo era, y esta vez, no estaba enfrentando a una niña menor indefensa.
Ni a su hermanito incapaz.
Estaba enfrentando a un matrimonio sólido, y a dos adultos además de sus aliados.
Y las alianzas, cuando nacen del amor y no del miedo… Son más imposibles de romper.
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