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Mis Dos Esposas - Capítulo 46

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46: Límites 46: Límites Alicia regresó a su casa una vez que habló con Emma, entró directo hacia el despacho de su esposo, ella ni siquiera tocó la puerta del despacho.

Entró directo.

Rafael levantó la vista apenas un segundo antes de volver a sus papeles, para decirle bastante molesto —Estoy ocupado.

—No tanto como para no escucharme…

y aunque lo estés me escucharás.

La firmeza en su voz hizo que él respondiera con fastidio, pues ya conocía la intención primaria de su esposa en hablar.

—Si vienes a hablar de Alejandro… —No, vengo a hablar de tu incapacidad para ser justo con tus hijos, con ambos.

Rafael dejó la pluma sobre el escritorio.

—Mide tus palabras.

—Yo no soy tu empleada para cuidar mi vocabulario contigo, si no te parece como te hablo simplemente no me escuches, pero no te quejes después cuando no me interese nada de ti, así que mide tú tus palabras conmigo y con mi hijo.

La respuesta de Alicia dejó a Rafael aún más tensó que la discusión que tuvo con Alejandro.

Alicia avanzó hasta quedar frente a él.

—No puedes darle a Katia el lugar de víctima sin pruebas ni puedes condenar a Emma solo porque tu hija lo dice sin siquiera saber si tu yerno dice la verdad.

—Creo en lo que dice Katia.

—¿Y por que no crees en lo que Alejandro te ha dicho?

Rafael trataba de mantenerse serio, pero se irritaba cada vez más.

—Alejandro me contradijo en la empresa.

Delante de todos.

—Claro que no, discutieron en privado en tu oficina, y fue porque estás siendo injusto con él y su esposa.

—Le prohibí la entrada a Emma y a la negra esa a esta casa —escupió con desprecio—.

Y me dijo que entonces él tampoco volvería.

—¿Y eso te molestó más que cualquier otra cosa?

Tu prohibición es humillante para cualquiera y más si los afectados son tu hijo y su familia, o sus amistades, que nunca han tenido una actitud irrespetuosa para nosotros.

—No tiene por qué responderme así, nadie me desobedecerá, ni siquiera mi hijo.

Alicia lo miró con una clara decepción.

—Tu hijo ya es un hombre Rafael.

Es más alto y más fuerte que tú.

Y por lo visto, es más inteligente y tiene más pantalones que tú también.

Rafael se levantó de golpe.

—No te atrevas a insultarme— —La verdad nunca es un insulto, y aunque lo fuera.

Sí me atrevo a hacerlo.

La voz de Alicia no tembló, nunca fue una mujer débil, pero tampoco tuvo nunca un choque tan directo con Rafael, solo cuando se trató de defender a sus hijos.

—Está defendiendo a su esposa.

¿Sabes lo que eso significa?

Que la protege como todo hombre debe hacerlo.

Rafael caminó alrededor del escritorio.

—Emma no es lo que aparenta.

—¿Y Nigel sí?

—disparó Alicia—.

¿Qué sabes de él?

¿De dónde viene?

¿Quien es su familia?

¿Dónde estaban cuando se casaron?

Ni siquiera asistimos a esa boda, El golpe fue directo.

—A Emma la conocemos desde hace años.

Sabemos cómo piensa.

Cómo actúa.

Hemos compartido mesa, celebraciones, crisis.

¿Y a Nigel?

Nada.

Rafael guardó silencio.

Alicia bajó la voz, pero no la intensidad.

—Siempre haces esto.

Cuando se trata de Katia, Alejandro queda a un lado.

—Eso no es verdad.

—Lo es.

Siempre la proteges primero.

Siempre justificas sus errores.

Rafael apretó los puños.

—Es nuestra hija, tenemos que protegerla.

—¿Y Alejandro no lo es?

Alicia dio un paso más hacia su esposo.

—Cuando tu madre me trataba mal siendo joven por ser una de una “clase social diferente”, cuando fue grosera e injusta conmigo… ¿Les marcaste un límite?

Rafael no respondió.

—No lo hiciste, y a tu madre se le olvidó que ella salió de un entorno igual que él mío.

Su esposo siguió sin responder.

—Pero a diferencia de ti, tu hijo sí está haciendo su trabajo de esposo y hombre.

Rafael la miró con rabia contenida.

—No me compares.

—Te comparo porque la historia se repite, pero tienes razón, tu hijo no merece ser comparado con un hombre débil como tú.

La puerta del despacho crujió levemente, Katia estaba ahí escuchando.

—Siempre estás de su lado mamá—dijo con voz quebrada—.

Siempre del lado de Alejandro.

Alicia se giró despacio.

—Eso es mentira, a los dos los defiendo por igual.

—Desde que éramos niños lo preferías.

Siempre fue el brillante, el fuerte, el ejemplo a seguir, y yo la apestada —Siempre intenté ser justa.

—Nunca lo fuiste conmigo.

Rafael dio un paso hacia su hija.

—Katia… Pero Alicia alzó la mano.

—Has vivido siempre cobijada por tu padre, sobreprotegida y justificada ante todas las estupideces que has hecho.

Nunca enfrentaste consecuencias reales.

Katia palideció.

—¿Así me ves?

Cómo una estúpida.

—Te veo como alguien que no acepta sus errores y que siempre se ha escondido tras su papá, hasta cuando has tirado la piedra y escondido la mano.

Las lágrimas salieron de los ojos de Katia, pero su expresión se endureció, se llenó de ira —Si defiendes tanto a Emma, vete con ella.

Rafael giró bruscamente hacia Alicia.

—Esto es lo que provocas, mira a tu hija desolada.

Alicia sostuvo la mirada de ambos.

—No pienso alejarme de mi hijo por tu incapacidad de controlar a esta niña llorona, y por ser tan manipulable— dijo volviéndose hacia Rafael.

—Arregla esto.

O lo haré yo.

Y ni siquiera intentes ir a dormir conmigo.

Y salió sin esperar respuesta.

— Alejandro regresó a su casa esa noche con el rostro más relajado que en días anteriores.

Emma y Marian estaban en la sala.

—Tenemos un plan —anunció al entrar.

Emma se levantó de inmediato.

—¿Qué pasó?

—Hablé con tu papá.

Y después con Caiomhe.

Marian cruzó los brazos, aún cautelosa.

—¿Y qué pasó?

Alejandro se sentó frente a ellas.

—Entre Jan, Emma, Caiomhe y yo… tenemos mayoría de acciones.

Emma parpadeó.

—¿Qué?

—Quiero decir que con la mayoría de acciones del corporativo podemos bloquear todo intentó de mi papá de establecer a Katia en puestos importantes.

No es para quitarle el poder a mi padre es para impedir que Katia lo manipule.

—¿Caiomhe está de nuestro lado?

—preguntó Marian.

—Siempre lo ha estado.

Alejandro continuó —Y hay algo más que deben saber.

Las miradas de ambas se clavaron en él.

—Caiomhe grabó toda una conversación que tuvo con Katia, desde el principio, prácticamente es una confesióndónde acepta que ella está causando los rumores míos en la empresa, y las mentiras de Nigel.

Emma sintió cómo el peso en su pecho se aligeraba.

—¿Entonces podemos confiar en ella?

—Siempre pudieron hacerlo, ella fue clara con todos desde el inicio.

Las dos mujeres se miraron.

—La juzgamos mal.

Para ese momento los tres ya habían dejado el estrés y la desconfianza atrás, solo quedaba el cansancio… y algo parecido a la paz.

—¿Y tu padre?

—preguntó Emma.

—Mi mamá debe estar hablando con él ahorita mismo.

Emma sonrió apenas.

—Eso me tranquiliza, vino a hablar conmigo hace rato, bueno con nosotras.

—A mí también— dijo Marian.

Se hizo tarde sin que lo notaran mientras hablaban.

—Deberíamos dormir, estoy cansada—murmuró Marian.

Alejandro asintió.

—Hoy… me quedaré contigo Marian.

Emma los miró a ambos con tranquilidad.

—Buenas noches mis amores, yo también estoy fundida—susurró, y besó a los dos antes de retirarse a su habitación.

— Mientras ambos ya estaban en su habitación Marian estaba nerviosa.

Alejandro lo notó—¿Qué pasa?

¿Sigues pensando en Caiomhe?

Ella negó con la cabeza.

—No, no es eso.

Dijo al sentarse al borde de la cama.

—Pensaba en mis celos, y en lo incontrolable que resultan a veces, en como nos han afectado, y en como también he hecho que Emma se infecte del mismo mal cuando yo estallo.

Alejandro se acercó, mientras ella continuaba hablando.

—Yo dudé de ti, y lo hice mucho, los celos me consumían.

Él tomó su rostro con suavidad.

—No tenías motivos.

—Lo sé ahora.

Hubo un silencio cargado de vulnerabilidad.

—Siempre fuiste fiel —dijo ella—.

Incluso cuando imaginé cosas que no existían.

Alejandro sonrió con ternura.

—Ya déjalo atrás, yo te amo, con locura, y amo a Emma también, ustedes son mi vida.

Ella se levantó despacio, sin prisa, pero con una intención clara.

—Quiero compensarte mi amor —susurró—.

Como tú quieras, pídeme todo lo que desees hoy, y cumpliré tus deseos más profundos.

Alejandro recorrió su rostro con la mirada.

—No necesito compensaciones Marian.

—Yo sí, necesito hacerlo para estar en paz y conmigo, y saber que me sigues amando y deseando como yo a ti.

Sus manos se entrelazaron, y después sus labios, el beso fue lento.

Profundo.

Marian se entregaría a él con una calma que no había sentido en días.

Sin competencia ni comparación.

Alejandro respondió de la misma manera, estaba más cariñoso con ella está vez, pero también estaba muy excitado por saber a qué estaría dispuesta Marian.

—Tengo que prepararme amor mío, regresaré en un momento lista para complacerte como tú lo desees…

La noche apenas empezaba para ambos y prometía ser la más excitante desde que estaban juntos.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Lena_Blackwood ¿Te gusta?

¡Añade a biblioteca!

No sé pierdan el siguiente capítulo, más ardiente que los anteriores.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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