Mis Dos Esposas - Capítulo 48
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48: Canales y mentiras 48: Canales y mentiras Katia siempre, siendo una niña había odiado perder el control.
Pero aquella tarde en Ámsterdam, con veintitrés años y el viento golpeándole la cara y revoloteando su cabello mientras pedaleaba junto al canal Prinsengracht, no tenía idea de que el destino iba a empujarla —literalmente— hacia algo que terminaría definiendo su vida.
El cielo estaba gris, como casi siempre lo está en los Países Bajos.
Katia llevaba apenas seis meses viviendo ahí.
Cursar un posgrado en comercio internacional era la excusa oficial.
Aunque la verdadera razón era escapar de México y tomar distancia de su familia.
Demostrarle a todos que podía existir lejos del apellido Belmonte, o al menos en un país donde ese nombre no significara nada más que ser una extranjera y ya.
Lo que no podía ocultar era su acento al hablar neerlandés ni su fenotipo.
En un país de cabellos rubios, ojos azules y rostros angulares, ella era un contraste: de piel cálida, ojos oscuros y cabello negro, su presencia llamaba la atención incluso cuando intentaba pasar desapercibida.
Ese día pedaleaba rápido, quizá demasiado.
Un turista distraído cruzó la ciclovía sin mirar.
Katia intentó esquivarlo pero la llanta delantera resbaló en el pavimento húmedo.
Y cayó directo al suelo.
El golpe no fue grave, pero sí aparatoso.
—¡Oye!
—una voz masculina rompió el murmullo del canal—.
¿Estás bien?
Ella intentó incorporarse para recuperar algo de dignidad, pero el tobillo le dolió al apoyar el peso.
El joven iba cruzando y provocó su caída, pero de dio cuenta de lo que ocurrió y se arrodilló junto a ella.
Tenía el cabello rubio, ojos azules y una expresión genuinamente preocupada.
—Creo que sí —respondió Katia en inglés.
Él sonrió apenas al escuchar su acento.
—Definitivamente no eres de aquí.
Ella arqueó una ceja, con una expresión molesta y divertida al mismo tiempo.
—¿Tan obvio es?
—Encantadoramente obvio.
Fue la primera vez que Nigel la vió completamente, y sintió algo más que mera cortesía.
Él la ayudó a levantarse.
Caminó con ella hasta una banca cercana.
—Soy Nigel —dijo, extendiendo la mano.
—Katia.
El nombre pareció gustarle.
—Suena… exótico, extranjero.
Ella rodó los ojos.
—Soy mexicana.
—Lo sabía.
—No, no lo sabías, sabías que era extranjera pero no de dónde.
—Bueno, lo intuía.
Hablaron unos minutos más.
Él insistió en acompañarla a una clínica cercana para revisar su tobillo que con solo esos breves minutos ya lucía una inflamación.
Al final no sería algo grave, solo un esguince leve.
—Discúlpame debo una bicicleta nueva —bromeó él mientras la llevaba de regreso al departamento donde ella vivía.
—Me interesaría más un tobillo sano.
Ambos rieron e intercambiaron números.
Y pronto lo que empezó como un accidente se convirtió en mensajes constantes, cafés improvisados y paseos por calles adoquinadas.
Nigel estudiaba en Rotterdam, y tenía además un empleo estable en una firma logística internacional.
Viajaba a Ámsterdam varias veces por semana.
Katia no le dijo quién era realmente, ni quién sea su familia.
Para Nigel, ella era solo Katia.
Una estudiante extranjera de carácter intenso que hablaba con las manos y discutía política con una pasión que él encontraba fascinante.
Se enamoró de su seguridad.
De su carácter fuerte y de su manera directa de exigir lo que quería.
Ella, por su parte, se enamoró de la libertad que él representaba lejos del lujo.
Nigel no competía con ella, además la quería por ser solo Katia, sin siquiera saber su origen como heredera de una de las familias más prominentes de Hispanoamérica.
El primer beso ocurrió bajo una lluvia ligera, junto al canal Jordaan que no fue planeado, fue inevitable como lo diría Katia siempre que contaba la historia.
Un mes después ya eran pareja.
Un año después compartían fines de semana enteros en Ámsterdam cuando Nigel regresaba de Rotterdam.
Katia se sentía libre estando en aquél país, nadie la comparaba con Alejandro.
Nadie la veía como “la hija de Rafael Belmonte”.
Nigel jamás preguntó por su familia más allá de lo básico, y ella jamás profundizó en su origen.
Cuando él la llevó a Rotterdam por primera vez, le mostró el puerto, su oficina, los bares donde se reunía con colegas, los restaurantes donde comía.
Aunque él era de Amsterdam, tenía especial aprecio por su otra ciudad, que es donde logró hacerse de algo por mérito propio —Aquí empezó todo para mí —le dijo—.
No soy de familia rica ni influyente.
Solo trabajé duro.
A Katia le gustaba eso.
Sentía que estaba construyendo algo propio, lejos del peso del dinero de su padre, aunque muy en el fondo ella deseaba ser la única heredera.
Lo que Katia no sabía era que en esa misma ciudad, meses después, Nigel conocería a otra mujer, y que esa mujer era alguien de su pasado, de su mismo país, que ambas se conocían y además era la prometida, al menos de nombre, de su hermano Alejandro: Emma.
Nigel la conoció en la Universidad La atracción con Emma fue distinta a la que tenía con Katia.
Al final ambas fueron engañadas por él.
Una estaba los fines de semana con él en Amsterdam y la otra el resto de los días mientras el estudiaba y trabajaba en Rotterdam.
Nigel nunca dejó a Katia, simplemente abrió un espacio para ella.
Tres años duró esa relación paralela.
Tres años en los que Nigel se preguntaba, a veces con ironía, cómo era posible que se hubiera vinculado con dos mujeres del mismo país, ambas disímbolas y contrapuestas, Katia era volcánica, mientras Emma era mucho más serena.
Nunca sospechó que ambas se conocían y que sus familias además estaban entrelazadas.
Ni imaginaba en ese momento que el destino volvería a cruzar las líneas.
Emma fue quien terminó la relación cuando decidió regresar a México a cumplir con su compromiso con Alejandro.
No hubo escándalo, solo una despedida adulta.
Nigel volvió completamente a Katia.
Como si nada hubiera ocurrido, nunca le revelaría lo que pasó en esos tres años.
Un año después, le propuso matrimonio a Katia en un puente iluminado, con el río reflejando las luces de la ciudad.
Katia aceptó sin dudar, y para ese entonces reveló la verdad de su origen, no en una confesión dramática sino en una conversación casual mientras organizaban la boda.
—¿Vendrán tus padres a la boda?
—No, no vendrán — respondió Katia con calma.
—Si quieres que los apoyemos económicamente para venir podemos hacerlo amor— respondió él.
—No, no quiero que vengan, quiero que está decisión y esta ceremonia sea solo para nosotros, además no sé si mis padres lo acepten.
—¿Son muy conservadores en tu país?
—Más que eso, mi familia es muy rica, pero ellos desearon toda la vida que me comprometiera con él hijo de alguno de sus socios, y yo por eso decidí salir de mi país, elegir por mí.
—Nigel entendió todo en ese momento, y ambos se casaron en una ceremonia privada con muy poca gente en ella, más que unos pocos amigos y los padres de Nigel.
Con su boda sellaron cinco años juntos, cinco años de una relación que, para Nigel, tenía zonas oscuras que nunca debía revelar.
— En el presente, Katia lo observaba desde el otro lado de la habitación.
Habían viajado a México y tras varias semanas el ambiente era más tenso que nunca, con la revelación de que Nigel y Emma se conocían, aunque expuesto todo de manera falsa por parte del neerlandés.
—¿Sabías que Emma estaba comprometida?
—preguntó ella de pronto.
Nigel levantó la vista del celular.
—¿Qué dices?
—Que si cuando la conociste.
¿Sabías que era la prometida de otro hombre?
Su tono no era casual, era una pregunta directa.
Nigel sintió un leve escalofrío, pero lo disimuló a la perfección, tras años de mentir deliberadamente.
—No sé de qué hablas amor.
—No me mientas.
Se acercó hasta tenerlo frente a frente.
—¿Tuviste algo con ella?
Él sostuvo la mirada apenas un segundo antes de responder.
—Nunca hubo nada, ella me buscaba, pero siempre la rechacé, aunque eso duró poco tiempo, salí de la Universidad y no la volví a ver.
Mintió con suavidad, pero la ligereza con la que lo hacía ocultaba años de mentiras pequeñas cubiertas por otras cada vez más y más grandes.
Katia lo estudió pero sin descifrarlo.
—¿Nada?
—No, no tuvimos nada.
Se acercó más.
Su mirada no era de tristeza.
Era de algo más inquietante.
—Dime la verdad.
—Te la estoy diciendo.
Ella deslizó los dedos por su pecho lentamente mientras le desabrochaba la camisa.
—Yo sé que te la cogiste.
La palabra no fue acusación, fue una provocación, sin embargo, Nigel no cambió su actitud.
Nigel tragó saliva.
—No pasó nada.
—No me importa si pasó.
Su voz bajó.
—Solo dime que sí, que lo hiciste con ella.
Él parpadeó.
—¿Qué dices?
¿Por qué diría eso?
—Dime que sí, que la deseaste, que la tocaste, que cada que la veías la hacías tuya.
Había brillo extraño en sus ojos.
—Katia… pero yo no —Dímelo, quiero saber que lo hiciste y quiero que me digas cómo te la cogías.
Nigel sintió que la situación escapaba de lo normal.
—No.
Ella sonrió.
—No me importa.
Lo besó con intensidad, no había ternura, pero sí que había lujuria.
Mientras lo empujaba hacia la cama, susurró: —Imaginarlos me excita.
Nigel la sostuvo, confundido entre la mentira y la fantasía retorcida de Katia.
—No pasó nada —insistió, casi por inercia.
—Sí pasó, solo dímelo—murmuró ella contra su cuello—.
Y quiero pensar que pasó, y quiero imaginarlo, que me vas a coger como se lo hacías a ella.
Sus manos lo recorrían, no buscaba confirmar una verdad, solo queria cumplir una fantasía.
Nigel comprendió que aquella noche no era sobre Emma.
Era sobre poder, sobre posesión y dominio de ella sobre él, Katia siempre debia dominarlo todo, incluso en el sexo, entendió que Katia quería demostrarse que, si alguna vez hubo otra mujer fuera quien fuera, ahora él le pertenecía completamente.
Katia lo miró a los ojos mientras la respiración de ambos se aceleraba.
—Dime que soy mejor.
Él la besó para evitar responder.
Y en ese beso había culpa.
Y deseo.
—Dime que fui mejor — le dijo Katia una vez más, su voz se volvió casi un ronroneo seductor.
Nigel ya incapaz de resistirse, la excitación lo dominaba, sus manos exploraron cada curva de su cuerpo.
Katia sin embargo, no se detubo.
Ella sostuvo en todo momento una sonrisa perversa, se alejó de él ligeramente, mientras sus dedos trazaban patrones en sus pezones y poco a poco comenzó a jugar con sus senos ella misma para provocarlo.
— Dí que me deseas más a mí, que estoy más buena, más hermosa, que te cojo más rico que ella — su voz pasaba de un susurro peligroso a una más decidida y dominante Nigel, ya perdido en el calor del deseo, por fin articuló palabras que salieron en un jadeo.—Te deseo más a ti, te deseo solo a ti.
Katia sonrió por fin, satisfecha, se inclinó para besarlo de nuevo, pero esta vez con más intensidad, mucho más agresiva Sus manos se movían por el cuerpo de Nigel con él propósito de despojarlo de su ropa, sus labios dejaban un rastro de besos en su piel.
Nigel, ya estaba completamente en su poder, completamente dominado con sus cuerpos moviéndose en sincronía.
La habitación se llenaba con el sonido de sus respiraciones entrecortadas, susurros y gemidos de ambos.
Katia, con una sonrisa perversa, se inclinó para susurrarle al oído: —.
Imagínala, Imagínate con ella.
Pero recuerda que ahora me perteneces a mí.
Nigel, ya perdido en el placer, asintió, sus manos la tocaban por todas partes.
Katia, sonreía lascivamente, cuando tomo su miembro completamente erecto para sentarse a horcajadas sobre él, y comenzó a moverse con un ritmo que lo llevó al borde de la locura.
Ambos siguieron con esas misma prisa mientras le alcoba seguía inmersa entre gemidos y susurros en un extraño baile de deseo y poder y que solo ellos entienden.
A medida que la noche avanzó, la tensión entre ellos se transformó en simple deseo, uno muy oscuro y muy perverso.
Katia, ya con una sonrisa satisfecha, se inclinó para besar a Nigel, sus labios tras despegarse de los de él, le pronunciaron una promesa de su posesión —Recuerda, ahora me perteneces completamente.
Nigel, con una mezcla de alivio y miedo, asintió, sabiendo que había cruzado una línea de la que no había vuelta atrás.
La noche terminó pero quedó como un testigo silencioso de las mentiras y verdades que los unen.
Y una mentira que comenzaba a pudrirse por dentro de él.
Nigel nunca imaginó que las dos mexicanas de su pasado compartían más que un país de origen, ni que esa coincidencia estaba a punto de incendiarlo todo.
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