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Mis Dos Esposas - Capítulo 50

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50: Katia y Alicia 50: Katia y Alicia Desde que era una niña Katia Belmonte Muriel había aprendido una sola cosa acerca de este mundo: Estaba hecho para obedecerla.

No fue algo que alguien le enseñara con palabras, nadie se sentó a explicárselo.

Simplemente ocurrió, día tras día, gesto tras gesto, mirada tras mirada, con las concesiones hechas a una niña nacida en cuna de oro, con un padre que lucía todopoderoso debido al alcance de su fortuna y contactos.

Su padre la adoraba, le consentía todo, desde lo más banal e inocuo hasta lo que claramente debía estar fuera del alcance de alguien con su edad.

Rafael Belmonte tenía una debilidad evidente por su hija mayor, ella era el amor encarnado para él, nunca existió ni existiría ser más perfecto que su hija.

Desde que Katia era pequeña, bastaba una mirada suya para que él cambiara de opinión, cancelara compromisos o justificara cualquier capricho…

o peor aún algún berrinche o error deliberado.

Cuando Katia rompía algo, Rafael decía que había sido un accidente aunque no hubiera ocurrido así.

Cuando Katia discutía con alguien, Rafael aseguraba siempre que la otra persona la había provocado y que ella tenía razón, incluso cuando las discusiones eran regaños de Alicia por mal comportamiento.

Si Katia se negaba a hacer algo, Rafael simplemente encontraba a alguien más que lo hiciera por ella, después de todo era su princesa y para eso estaba él, para que ella no tuviera que sufrir ni padecer.

Con el tiempo, aquello dejó de ser indulgencia paternal y se convirtió en algo más profundo, un velado desequilibrio sentimental, o mejor dicho, una preferencia descarada.

La única persona que se atrevía a ponerle límites a Katia era su madre, Alicia Muriel.

Alicia no tenía el carácter explosivo de su esposo, pero poseía algo que Rafael no tenía: sentido de justicia, y una claridad moral muy por encima de la de su esposo.

Desgraciadamente Katia nunca había soportado eso, desde niña era posesiva, mandona y mal educada.

Nunca toleró que le dijeran que no, cuando algo no salía como quería, lloraba, gritaba o rompía cosas, siempre chocaba con su madre en cuanto empezó a notar que su padre la defendería a capa y espada de ella, incluso cuando esos regaños significaran un beneficio posterior para Katia; y en efecto, Rafael siempre aparecía para defenderla.

—Es solo una niña —decía.

Pero Alicia no estaba de acuerdo.

—Es una niña que necesita aprender a comportarse, y mientras la protejas así, será una niña a la que nadie va a soportar.

Las discusiones entre ambos padres comenzaron muy temprano en el matrimonio.

Porque mientras Rafael consentía a Katia, pronto habría alguien más en esa casa.

Alejandro, que nació solo dos años después de Katia.

Alejandro Belmonte, como hijo menor, que a diferencia de su hermana, no creció rodeado de privilegios fáciles.

Si bien, unca le faltó nada material.

Tenía la mejor ropa, escuela privada, viajes familiares, una casa enorme, piscina y juguetes caros, contrario a Katia quien recibió todo a manos llenas, él desde muy pequeño entendió que para su padre el dinero no era un regalo, era algo que debía ganarse con esfuerzo y trabajo, al final a Rafael así lo educaron también.

Era una prueba, debía demostrar que era apto para heredarlo todo.

A los diez años comenzó la “vida laboral” de Alejandro.

Cada mañana debía levantarse antes que todos, mientras otros niños se preparaban para ir a la escuela, Alejandro tenía tareas que cumplir además de las propias de su edad: Debía dejar listo el traje de su padre, plancharlo si era necesario, lustrar sus zapatos hasta que brillaran, después recoger la mesa del desayuno.

Por las tardes debía recoger la mesa tras la comida y lavar los platos, ordenar la cocina.

Los fines de semana debía limpiar el jardín delantero.

Para todos los mortales esas tareas serían normales y no deberían significar nada, para cualquier niño de clase media o clase trabajadora no tendría nada de extraño hacer eso, y mucho más.

Pero para el hijo de uno de los empresarios más ricos del sector cervecero del país…Es otra historia.

Alicia nunca olvidaría la primera vez que vió a su hijo con las manos llenas de tierra mientras su padre tomaba café leyendo el periódico.

—Rafael —dijo con frialdad—, esto no es necesario, entiendo que deba tener responsabilidades, pero ni siquiera le estás dando las herramientas para hacerlo bien, va a lastimarse las manos.

—Claro que es necesario —respondió él sin levantar la mirada.

—Solo tiene diez años.

—Por eso mismo, debe aprender el valor del trabajo como yo lo hice desde su edad.

Alicia cruzó los brazos.

—Katia tiene doce y no hace absolutamente nada.

Rafael bajó el periódico.

—Katia es una señorita, una princesa.

—Y Alejandro, ¿qué es?

—Un hombre o al menos es lo que espero que llegue a ser si quiere ser mi heredero.

Alicia lo miró con incredulidad.

—¿Tu heredero o tu empleado?

Rafael volvió a leer el periódico.

—Estoy formando su carácter.

Pero aquello no terminó ahí.

A los doce años, las exigencias aumentaron.

Después de la escuela, Alejandro ya no iba directamente a casa, debía pasar por la Cervecería Belmonte.

Primero comenzó en la embotelladora, su trabajo era acomodar cajas, ordenar botellas y limpiar algunas zonas de la bodega, y poco después revisar inventarios básicos.

Los trabajadores lo miraban con curiosidad.

Era el hijo del jefe, pero se pasaba la tarde cargando cajas como cualquier otro empleado.

Algunos lo admiraban, mientras otros pensaban que era un castigo innecesario.

Pero Alejandro nunca se quejó de eso, ni una sola vez, trabajaba en silencio, observaba a los demás y aprendía la manera de hacerlo mejor.

Ese trabajo desde su infancia, que podía sonar a explotación, le valió el aprecio y respeto de todos en la empresa, que hoy en día sigue teniendo, no hay alguien que no lo escuche pues sabe lo que es trabajar codo a codo con ellos como su igual.

Y al final del día regresaba a casa para hacer sus tareas escolares, todos los días.

Sin excepción.

Alicia muchas veces discutía con Rafael por eso.

—Estás exagerando en las responsabilidades.

—Estoy enseñándole a trabajar— siempre se justificaba.

—No necesitas hacerlo así.

—Sí, así debe de ser, solo así sabrá valorar lo que implica ser la cabeza de esta familia.

—¿Por qué?

¿Por qué darle esa responsabilidad sí él posiblemente no la quiera después— eran algunos reclamos de Alicia.

Rafael la miraba con dureza.

—Porque un día heredará todo esto.

Alicia señalaba hacia el pasillo donde Katia escuchaba música en su habitación.

—¿Y ella?

—¿Qué pasa con ella?

—También es tu hija.

Rafael hacía señas ignorando sus quejas.

—No va a dirigir la empresa.

Aquello enfurecía a Alicia.

—Entonces al menos exígele algo a Katia.

Pero Rafael no lo hacía, nunca lo hizo.

Así Katia creció sin responsabilidades ni exigencias, y mucho menos consecuencias de sus actos.

Podía sacar malas calificaciones y no pasaba nada.

Podía discutir con profesores y Rafael la defendía, ellos eran los culpables.

Podía gastar mucho dinero sin control, Katia siempre era justificada sin importar la magnitud de sus acciones.

Cuando llegaban cumpleaños o navidades, la diferencia hecha entre los hijos era evidente.

Rafael siempre encontraba la forma de que el regalo de Katia fuera el mejor, el más caro, el más impresionante, especial y vistoso.

Sin embargo, Alejandro nunca decía nada, aceptaba lo que recibía con una sonrisa tranquila, pero Alicia veía todo, y no lo olvidaba.

—Esto no es justo —le decía a Rafael.

—Deja de exagerar— él estará bien.

—No estoy exagerando, eres totalmente injusto, llegará el día que explotará y no tendrás manera de volver a ganar su afecto.

—Alejandro lo tiene todo.

—Pero no tiene tu afecto, ni tu sentido de la justicia.

Aquella frase solía terminar cualquier discusión.

Rafael se enfurecía.

—¿Ahora soy un mal padre?

—Sí, eres un padre injusto, y eso nunca lo va a olvidar.

Eso nunca le gustó escucharlo.

Y con los años la distancia entre padre e hijo comenzó a crecer, aunque Alejandro creció creyendo que todo aquello era normal, creía que así funcionaban las cosas, y que el trabajo duro era el precio de su posición.

Que debía demostrar constantemente que merecía el apellido Belmonte, sin embargo, cuando se convirtió en adulto algo cambió.

El problema no era el trabajo, el problema eran las diferencias.

Cuando Rafael empezó a tomar decisiones que afectaban directamente su vida —su matrimonio, su lugar en la empresa y su autoridad en la misma— Alejandro dejó de aceptar órdenes sin cuestionarlas.

Y eso le explotó como una bomba en la cara.

Ahora Rafael tenía frente a sí a un hombre que no le temía, y que ya era igual de experimentado a pesar de su juventud.

Y Katia por su parte, veía algo aún peor.

Veía cómo su poder dentro de la empresa era prácticamente inexistente, aunque obviamente motivado por su padre que nunca le permitió hacer nada en la empresa.

Además ahora Alejandro no estaba solo, Emma estaba con él y era hija del otro socio, ahora Jan también se sumaba a apoyarlos en su contra, además Caiomhe formaba parte de ese círculo.

Una alianza de cuatro personas para bloquear cualquier intento de Katia por entrar al corporativo.

Por eso aquella tarde Katia estaba sentada frente a su madre en el salón de la casa familiar.

Alicia la observaba con calma.

—No estás aquí para visitarme, no te importó avisarnos de tu boda, ni siquiera conocimos a tu esposo antes.

Katia sonrió ligeramente.

—Siempre tan directa mamá.

—Aprendí a no perder tiempo contigo hija.

Katia cruzó las piernas.

—Alejandro te está manipulando como siempre.

Alicia levantó una ceja —¿Manipulando?

Ay hija mía, estás loca.

—Se alió con Emma, con Jan y con esa mujer irlandesa.

—Caiomhe.

—Como se llame la vieja esa.

Alicia la miró fijamente.

—¿Y cuál es el problema?

Katia frunció el ceño.

—El problema es que me están dejando fuera de todo.

—¿Fuera de qué Katia?

—De la empresa.

Alicia suspiró.

—Katia… nunca has trabajado en la empresa, te dije muchas veces que fueras que buscaras ingresar ahí desde joven, no necesariamente a hacer el trabajo pesado que hizo tu hermano pero si pudiste ser ayudante de oficina, y nunca accediste, como la princesa va a servirle a los plebeyos, y ahora exiges…

—Eso no importa ya.

—Claro que importa, siempre importó.

Katia se inclinó hacia adelante.

—Soy una Belmonte.

—Y Alejandro también, además del apellido, él si trabajó toda su vida por estar donde está.

—Pero él no debería tener todo el poder.

Alicia sonrió con cierta ironía.

—Es curioso como cambia la historia.

Katia la miró con molestia.

—¿Qué tiene de curioso?

—Que cuando tu padre te daba todo y a Alejandro nada, más que trabajo… nunca te quejaste.

Katia guardó silencio.

Alicia continuó: —Ahora que el equilibrio cambió, te parece injusto, eso es lo curioso.

—No es lo mismo mamá.

—Claro que lo es.

Katia apretó los labios.

—Alejandro está siendo influenciado por Emma.

—No, lo es está.

O ¿Tú lo estás siendo por tu esposo?— Dijo Alicia mientras negaba con la cabeza.

—Alejandro está cansado de obedecer órdenes absurdas de tu padre, y más si sabe que tras ellas estás tú.

—Papá solo intenta proteger la empresa.

—Tu padre intenta protegerte a ti, aún a costa de la empresa y de su relación con tu hermano.

Las palabras quedaron flotando en el aire.

Katia se levantó lentamente.

—No voy a quedarme de brazos cruzados mientras mi hermano se queda con todo.

Alicia la observó.

—¿Qué piensas hacer?

Katia caminó hacia la puerta.

Se detuvo antes de salir, y sonrió hacia su madre, era una sonrisa frívola.

—Romper su pequeña alianza.

Alicia la miró en silencio, conocía de toda la vida esa expresión, la había visto muchas veces antes, desde que Katia era una niña y algo no salía como quería.

Solo que ahora ya no era una niña.

Y lo que estaba en juego no era evitar un regaño, o exigir un regalo, era un imperio construido por su padre, y aumentado por su hermano.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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