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Mis Dos Esposas - Capítulo 51

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51: Valeria, o como el pasado volvió 51: Valeria, o como el pasado volvió El pasado es algo de lo que la gente no puede huir por más que lo desee, el pasado es como la fábula del caracol, no importa cuan lento venga, siempre nos alcanzará.

A veces lo hará con nostalgia, otras con arrepentimiento… y en las peores ocasiones con la clara intención de destruirnos, y está última es el verdadero deseo del pasado de Alejandro.

Aquella tarde en la Ciudad de México el cielo estaba cubierto por una ligera capa de nubes, y una intensa nube gris de contaminación, claro presagio de lo que venia.

El tráfico rugía como siempre, los rascacielos reflejaban la poca luz gris del atardecer y, en un elegante departamento del exclusivo barrio de Polanco, una mujer observaba la ciudad desde su balcón con una copa de vino en la mano.

Su nombre Valeria Alcázar San Cristóbal Tenía veinticinco años, la misma edad que Emma.

De piel morena clara, tersa, de rasgos delicados y elegantes, su cabello brillante y oscuro caía lacio sobre sus hombros y sus ojos, esos ojos grandes, oscuros, profundos y expresivos, tenían una intensidad que siempre había provocado reacciones fuertes en quienes la conocían.

Valeria era hija de una familia adinerada.

Había crecido rodeada de lujo, educación privada, los mejores regalos, ropa y viajes al extranjero.

Al igual que Katia estaba acostumbrada a obtener lo que quería, justo cuando lo deseaba.

Y durante mucho tiempo, lo que había querido, o deseado con mayor intensidad había sido Alejandro.

Valeria apoyó los codos en la barandilla del balcón y suspiró suavemente.

—Hace mucho tiempo… —murmuró para sí misma, mientras sus pensamientos la arrastraron inevitablemente hacia el pasado, y comenzó a recordar cuando había comenzado todo, ella era solo una adolescente de diecisiete años, en una fiesta de preparatoria organizada en una enorme casa en Lomas de Chapultepec, una lujosa zona residencial de lo más tradicional y elegante del país.

La fiesta estaba en esplendor con la música alta, risas juveniles y alcohol escondido entre los jóvenes que pretendían ser adultos antes de tiempo.

Katia Belmonte estaba en el centro de la reunión, y como siempre era la persona que más destacaba en el lugar, aún sin ser la anfitriona.

Desde muy joven su personalidad fuerte y su seguridad natural la convertían en alguien imposible de ignorar.

Valeria era una de sus amigas más cercanas.

En aquel entonces, Valeria era de las pocas personas que podían presumir de una amistad con la mayor de los Belmonte.

—Valeria —dijo Katia esa noche, tomándola del brazo—.

Quiero presentarte a alguien.

La condujo por la sala llena de estudiantes hasta donde estaba un joven alto, de hombros anchos, vestido con una camisa blanca abierta en el cuello: Él es Alejandro Belmonte, mi hermano.

Él joven tenía una sonrisa tranquila, segura.

Su mirada era firme, directa, y había algo en su actitud, además de su notable atractivo físico que siempre llamaba la atención.

—Álex —dijo Katia—, ella es Valeria.

Alejandro levantó la vista y sonrió emocionado, por un instante, los dos se quedaron observándose, ignorando la presencia de Katia.

Valeria recordaría siempre ese momento.

—Mucho gusto Val —dijo Alejandro.

—El gusto es mío, y sí, me encanta que me llamen Val —respondió ella, con una sonrisa que mezclaba curiosidad y desafío.

La conversación fluyó con facilidad.

Katia se retiró pronto, satisfecha de haberlos presentado.

A lo largo de la noche, Alejandro y Valeria hablaron de su música favorita, los viajes recientes que habían hecho, y de la universidad que ambos planeaban estudiar pronto.

Había una química evidente entre ellos.

Cuando la fiesta terminó, Alejandro la acompañó a la salida.

—¿Quieres que te lleve a tu casa?

—preguntó él.

Valeria lo miró con una sonrisa divertida.

—Eso dependerá de qué tan buen conductor seas, o de lo contrario, mejor que mi chofer nos lleve.

Alejandro soltó una pequeña risa.

—Creo que puedes arriesgarte, yo traje a mi hermana y está ilesa.

Y así comenzó todo.

Durante los siguientes meses comenzaron a verse con frecuencia, Primero visitas casuales de Valeria pretendiendo ver a Katia.

Después salidas más formales, a restaurantes, al cine y reuniones con amigos en común.

Valeria era una chica muy apasionada, intensa y muy cariñosa, quizás demasiado.

Alejandro disfrutaba su compañía en ese momento.

Ella tenía carácter, inteligencia, y una energía que resultaba difícil de ignorar, y cuando se es joven, el deseo de vivir a mil por hora fácilmente domina a todo lo demás.

El noviazgo se hizo oficial pocas semanas después, cuando Valeria ya había cumplido la mayoría de edad.

Katia estaba encantada con ello, a pesar de que sus padres ya habían dispuesto un matrimonio para Alejandro, ella creía que podría romper ese compromiso si el amor en verdad nacía entre su hermano y su amiga.

—Sabía que se gustarían —decía con una sonrisa.

Pero la relación cambió una noche cercana.

Era una reunión en la casa de un amigo.

Y mantenía el tono clásico de las fiestas juveniles, música, baile y alcohol, las conversaciones eran cada vez más relajadas, o escandalosas conforme pasaban las horas.

Valeria no solía beber demasiado… pero aquella noche lo hizo en exceso, y Alejandro también.

Entre risas, bailes y miradas cargadas de jovialidad, terminaron alejándose del resto del grupo hacia una habitación del segundo piso.

El silencio allí contrastaba con el ruido de la fiesta.

Valeria lo miró fijamente.

—¿Sabes algo, Alejandro?

—dijo ella en voz baja.

—¿Qué cosa?

—Creo que me gustas más de lo que debería.

A lo que Alejandro sonrió ligeramente y le respondió con alegría.

—Eso no suena mal, después de todo, tú también me vuelves loco.

Ella dio un paso más cerca, mientras el aire entre ambos parecía cargado de electricidad.

Sus manos se encontraron primero.

Luego vino el primer beso del momento, impulsivo, intenso, lleno de una mezcla de deseo juvenil y emoción.

Valeria y Alejandro, ambos con las mejillas sonrojadas y las risas contagiosas por el exceso de alcohol se encontraron en un rincón apartado de la fiesta.

La música a todo volumen abajo, latía con un ritmo constante pero a un volumen mucho más tenue, que creaba una atmósfera cargada de deseo rítmico.

Para ese momento, el alcohol ya había desatado sus hormonas y apagado sus inhibiciones, permitiéndoles explorar sus deseos más profundos.

Valeria, con su cabello oscuro cayendo en ondas sueltas sobre sus hombros, se acercó a Alejandro.

Sus ojos brillaban con una mezcla de diversión y lujuria.

—Ven aquí,— le dijo, tirando de él hacia un la cama.

Alejandro, con una sonrisa traviesa, la siguió sin dudarlo.

—Sabes, he estado pensando en esto toda la noche, y muchas noches trás— susurró Valeria, con su voz ronca y sensual.

Alejandro tragó saliva, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza en su pecho.

—Yo también— admitió, en un suspiro apenas audible por encima de la música.

Valeria se acercó aún más, sus cuerpos ya estaban tocándose.

Él podía sentir el calor que emanaba de ella y su mente se llenó de imágenes de lo que estaba por venir.

—Quiero que me toques— le dijo, tomando su mano y llevándola a su cintura.

Alejandro la acarició suavemente, sintiendo cómo su piel respondía a su toque.

Valeria lo besó, era un beso exigente y demandante, Alejandro le respondió con la misma pasión, sus manos explorando su cuerpo con avidez, sus piernas, nalgas y sobre todo sus senos.

Pronto, la ropa de ambos cayó al suelo, dejando al descubierto sus cuerpos desnudos y deseosos.

Valeria guió a Alejandro mientras sus ojos nunca dejaron de ver los de él.

—Hazlo ya, te necesito— le ordenó, su voz firme y dominante.

Alejandro obedeció, explorando su cuerpo con una mezcla de ternura y urgencia.

Sus manos recorrieron cada curva, cada pliegue, hasta que Valeria gimió de placer, su cuerpo arqueándose contra el suyo.

—Ya hazlo, métela mi amor— le dijo a manera de orde Valeria, a lo cual Alejandro respondió, y comenzó a penetrarla léntamente, lo hacía con gentileza mientras aumentaba poco a poco el ritmo.

—Dame más, hazlo más fuerte— le exigió Valeria mientras sus dedos enredándose en su cabello.

Alejandro se movió más rápido, más fuerte, su respiración se entrecortaba mientras intentaba satisfacer sus deseos.

Valeria se movió debajo él, sus caderas levantándose para encontrar cada uno de sus movimientos mientras su cuerpo temblaba de anticipación.

Finalmente, Valeria alcanzó el orgamos, su voz se elevó en un grito ahogado de placer.

Alejandro la siguió poco después, el cuerpo de ambos se unió en una ligera convulsión de placer, que tras desaparecer, los hizo desplomarse juntos, sus respiraciones sincronizadas bajaron el ritmo poco a poco mientras sus cuerpos seguían entrelazados en un abrazo íntimo.

—Te amo— susurró Alejandro, sus labios rozando su cabello.

Valeria sonrió, era la primera vez que él se lo decía, y fue en el momento preciso, sus ojos se cerraron lentamente antes de responderle —Yo también te amo— con voz suave y satisfecha.

Se quedaron allí, en aquella habitación disfrutando del calor de sus cuerpos y la intensidad de su conexión, de su joven y naciente amor Sin embargo, esa noche marcó un punto de no retorno para ellos.

A partir de entonces su relación se volvió más profunda… y también más complicada.

Valeria se enamoró profundamente de Alejandro, demasiado, pero de una manera que lo hacía peligroso para ambos, lo quería cerca siempre.

Quería saber dónde estaba, con quién hablaba y qué hacía, incluso en los momentos más inapropiados.

Al principio Alejandro lo interpretó como cariño, al final, él también pensaba en ella gran parte del día.

Pero con el tiempo empezó a sentirse sofocado, acosado.

—¿Por qué no contestaste mi mensaje?

—preguntaba ella la mayoría de las veces.

—Ya te lo dije, estaba ocupado en la universidad.

—¿Con quién?

—Con mis clases, no todo el tiempo puedo estar al teléfono.

—Seguro estabas con tus compañeras, o tienes a otra ahí.

Aquellas discusiones comenzaron a repetirse con mucha mayor frecuencia, y cada vez con explosiones más y más violentas de parte de Valeria.

Alejandro seguía queriéndola mucho, le gustaba estar con ella.

Valeria podía ser dulce, apasionada y divertida, y él estaba seguro que de verdad lo amaba.

Pero su carácter posesivo se volvía cada vez más evidente, y la llevaba al punto de la intransigencia.

—No me gusta cuando hablas tanto con otras mujeres —le dijo una vez.

—Valeria, son las empleadas de la Empresa, te recuerdo que yo trabajo ahí todos los días —Aun así, tu padre podría asignarte un área donde solo haya hombres.

Los dos años que duró su relación estuvieron llenos de momentos intensos y agradables: sobraban las risas, los viajes, noches inolvidables, y qué decir del sexo que para ambos era maravilloso… pero también discusiones cada vez más frecuentes, más intensas y violentas.

Todo fue creciendo exponencialmente hasta el punto en que la bola de nieve fue imposible de detener.

Alejandro estaba hablando con una de las secretarias de la empresa, Karina una mujer de 30 años que lo conoció desde que ella era una joven de nuevo ingreso, y Alejandro un niño de 10 años encargado de labores manuales y limpieza en las bodegas; ella fue la encargada de vigilar al niño, y entre ambos existía una relación laboral y de respeto muy marcadas, pero también un cariño casi de hermana mayor que Alejandro sentía por ella al ser quien lo guiara y cuidara dentro de la empresa.

En ese momento Valeria perdió la razón al verlos hablar, no había nada malo, solo indicaciones de Alejandro hacia Karina por órdenes de su padre.

Valeria atacó por la espalda a Karina, jalándole el cabello y lanzándola al piso, Alejandro como pudo le quitó a Valeria de encima, estaba como poseída y a pesar de su menudo cuerpo la ira y la fuerza que tenía era casi animal, lo que dificultó mucho que Alejandro la contuviera, cuando por fin pudo sacarla de la bodega, Alejandro entendío que ese era el final, que ya no había más camino en ese terreno.

Él simplemente se cansó de ella.

La conversación final ocurrió en un café tranquilo unas horas más tarde.

—No puedo seguir así —dijo él con calma.

Valeria lo miró como si no comprendiera.

—¿Así cómo?

—Discutiendo todo el tiempo contigo, sintiéndome vigilado, siendo vigilado hasta en la empresa de mi padre.

—Lo hago porque te quiero.—Eso no es amor Valeria, lo tuyo es patológico, necesitas ayuda profesional— fue la sentencia de Alejandro —esto ya no es sano para ninguno de los dos.

Valeria sintió una mezcla de rabia y tristeza.

—Te vas a arrepentir de dejarme Alejandro, si piensas que estoy loca te equivocas.

La chica dió media vuelta para finalmente decirle —¡Te estaré observando!

Alejandro no respondió, la quería pero estaba harto de ella y de todos los problemas que ya le había causado.

Y así terminó su historia juntos; o al menos eso pensaba.

Hoy, seis años después, Valeria seguía pensando en él, y lo hacía de una manera aún más obsesiva y perversa que en su temprana adultez.

Apoyada en el balcón de su departamento, observó el tráfico de la ciudad.

La pantalla de su teléfono se iluminó en su mano con un número conocido.

Después de unos segundos, Valeria contestó.

—Hola, Katia.

La voz de Katia sonó al otro lado de la línea.

—Hola Valeria… cuánto tiempo sin verte.

Valeria sonrió lentamente.

—Estaba pensando en tu hermano, no he dejado de pensar en él todos estos años.

Katia guardó silencio por un momento.

—¿Ah, sí?

¿Por qué me dices esto ahora?

—Lo extraño, aún lo amo.

Valeria bebió un pequeño sorbo de vino.

—Y sé algo que tú seguramente no sabes.

—¿Qué cosa es lo que no sé de mi hermano?

La sonrisa de Valeria se volvió más segura, aunque perversa sería la definición más correcta.

—Que Alejandro Belmonte no me ha olvidado.

El pasado acababa de volver.

Y desgraciadamente para Alejandro no venía en son de paz, venía con la firme intención de destruirlo todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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