Mis Dos Esposas - Capítulo 55
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55: Él Ángel de alma negra.
55: Él Ángel de alma negra.
Emma no había querido ir al corporativo ese día, debido a la la discusión con Alejandro la noche anterior, su ánimo estaba hecho trizas, una parte de ella seguía furiosa aún, y la otra estaba confundida…
Y otra muy en el fondo, muy pequeña pero persistente, empezaba a preguntarse si tal vez había reaccionado mal ante algo fuera del control de Alejandro.
A pesar de su desanimo había asuntos de la empresa que no podían esperar, de modo que era imperativa su presencia en el Corporativo.
Así que, con el rostro serio y la mente aún agitada, en realidad obnubilada, cruzó la entrada del Corporativo Belmonte–Van Dyke.
Apenas había dado unos pocos pasos dentro del edificio cuando escuchó gritos, no eran conversaciones tensas, eran gritos de verdad, era un problema serio el que estaba ocurriendo y venían del pasillo principal.
Emma se sorprendió y comenz a caminar con rapidez hacia el origen del ruido, mientras se acercaba pudo distinguir una voz femenina que gritaba como posesa: —¡No me mientas, Alejandro!
Emma se detuvo de golpe, y comenzó a correr…
esa voz, la reconocía, y al escucharlo su corazón dio un vuelco.
Cuando dobló el pasillo vio la escena completa, vesarios empleados estaban reunidos alrededor, observando con incomodidad.
En el centro estaban Alejandro, Caiomhe… y Valeria, la joven morena estaba frente a ellos, con el rostro enrojecido por la furia, manoteando mientras despotrocaba a gritos y respiraba con agitación.
—¡Después de todo lo que vivimos me cambias por esta mujer!
—gritó señalando a Caiomhe.
Caiomhe permanecía de pie, tranquila, con los brazos cruzados, ignorando a la joven y su show.
—No estoy con Alejandro —respondió con calma—.
Y esto es un espectáculo innecesario.
Valeria soltó una risa burlona.
—¡Claro que sí!
¡Las zorras como tú siempre dicen lo mismo!
Emma observaba desde unos metros, sin que notaran todavía su presencia.
Al ver la escena, su primera reacción fue sentir que la ira volvía a encenderse en ella pero entonces observó a conciencia.
Observó la expresión de Alejandro, y no parecía culpable, por el contrario parecía cansado, y furioso contra Valeria…y muy incómodo.
—Valeria, basta —dijo él con firmeza—.
Estás haciendo el ridículo.
Valeria lo miró con una mezcla de dolor y rabia —¡No me hables así!
Su mirada entonces se movió hacia Caiomhe, y se llenó de odio —Todo esto es por tu culpa ¡Perra!
Caiomhe suspiró.
—Yo no tengo nada que ver con tus problemas, ve a tomar terapia.
Valeria dio un paso hacia ella.
—Te voy a enseñar a no meterte en relaciones que no te pertenecen.
Emma sintió un escalofrío.
Porque la expresión de Valeria había cambiado.
La dulzura de su rostro casi juvenil había desaparecido, en su lugar sus ojos se llenaron de algo oscuro, algo violento casi primigenio.
Dios… pensó Emma, esta mujer realmente está loca.
En ese momento Valeria levantó la mano para golpear a Caiomhe, pero Alejandro se movió primero, y sujetó su muñeca con fuerza, impidiendo el movimiento y la agresión de Valeria.
—No te atrevas Valeria—dijo con un tono serio, era un claro ultimátum.
Valeria lo miró, y por un segundo su expresión cambió, parecía que estuviera… emocionada.
—Sabía que todavía te importo mi amor.
Alejandro la aventó con brusquedad que cayó al suelo de sentón.
—No digas tonterías Valeria, no hay nada que sienta por ti más que desprecio y lástima.
Valeria respiró con enojo.
—¡Me dejaste por esa extranjera!
Caiomhe alzó una ceja.
—Esto ya es absurdo.
Fue entonces cuando Emma decidió avanzar.
Los empleados se apartaron ligeramente cuando la vieron acercarse.
Valeria estaba tan concentrada en su discusión que no la notó hasta que Emma estuvo a pocos metros de ella.
—¿Qué está pasando aquí?
La voz de Emma hizo que todos se quedaran en silencio.
Alejandro giró la cabeza, y sus ojos se abrieron de golpe por la sorpresa—Emma… Caiomhe también la miró, pero su expresión permaneció serena.
Valeria fue la última en volverse, pero cuando vio a Emma sus ojos se inyectaron de furia de nueva cuenta.
—Ah —dijo con una sonrisa torcida—.
La falsa esposa.
Emma la observó con calma, aunque por dentro, su mente estaba procesando lo que acababa de ver, los gritos, insultos, la escena absurda y la actitud de Alejandro…
Al final todo encajaba con lo que Alejandro le dijo.
—Él tenía razón.— dijo en cuanto la comprensión la golpeó como una ola fría.
Todo: las fotos y los mensajes.
Todo había sido una trampa.
Emma miró a Valeria con una expresión dura.
—Así que tú eres la prostituta que envía fotos a esposos ajenos.
Valeria inclinó la cabeza.
—¿Te molestaron?
Emma soltó una pequeña risa sin humor.
—No, nunca dejo que la basura me moleste, salvo cuando apesta, como tú.
Valeria se mordió el labio reaccionando con coraje.
—Me molestó haber tenido que ver ese horrendo cuerpo tuyo, tuve que usar un antivirus en el teléfono no sea que le contagiaras una infección.
Valeria se quedó sin saber qué responder, nunca se imaginó que Emma pudiera actuar de esa manera.
Alejandro la miró sorprendida, nunca la había escuchado hablar así a nadie.
Valeria respondió enojada —¿De verdad crees esas tonterías que dices?
Emma dio un paso adelante.
—Estoy diciendo que eres una mujer patética, una arrastrada que no entiende que no tiene nada que hacer aquí.
¡Lárgate!
Los murmullos comenzaron entre los empleados.
Valeria apretó los dientes.
—Ten cuidado con lo que dices.
Emma la observó con frialdad.
—Vienes a mi empresa, armas un escándalo, insultas a una alta ejecutiva, además de intentar golpearla, y para colmo, te comportas como una adolescente celosa…
de un hombre casado.
Valeria dio otro paso hacia ella.
—Tú no entiendes nada, no sabes lo profundo de nuestro amor.
Emma sonrió con desprecio.
—Entiendo perfectamente que necesitas ayuda profesional— su mirada se volvió dura—Entiendo que estás obsesionada con Alejandro, y que no aceptas que eso ya se acabó.
Eres patética.
Los ojos de Valeria brillaron.
—Él me ama, nunca ha dejado de hacerlo.
Emma soltó una risa.
—No, te equivocas.
Valeria respiraba cada vez más rápido.
—Sí.
—Sí, él me ama Entonces Emma dijo con total calma: —Él te dejó hace mucho y después me eligió a mí.
Las palabras cayeron como una bomba.
Valeria perdió el control.
—¡ESO ES MENTIRA!
De repente se lanzó hacia Emma muy alterada, histérica con la mano levantada, lista para golpear a Emma.
Pero Alejandro reaccionó al instante.
Se interpuso entre ambas, y de nuevo sujetó el brazo de Valeria con fuerza.
—¡BASTA VALERIA!
Su voz resonó en el pasillo.
Valeria intentó zafarse.
—¡Suéltame Alejandro!
Pero Alejandro no lo hizo.
A diferencia de con Caiomhe, está vez sus ojos estaban llenos de una ira —No te atrevas a tocar a mi esposa o te vas a arrepentir.
Emma lo miró, ya había escuchado esas palabras antes, pero nunca con ese tono.
Valeria también se quedó inmóvil, y durante unos segundos lo observó intentando entender lo que acababa de pasar.
Pero sonrió, tenía una sonrisa inquietante, parecía poco racional.
—Siempre tan protector conmigo.
Alejandro la soltó y se alejó de ella.
—Esto se terminó, nunca más vuelvas, ni te acerques a nosotros.
Valeria lo miró fijamente.
—No.
—No sabes cuánto me amas todavía.
Emma cruzó los brazos.
—Por favor, esto ya es ridículo.
¿Eres idiota acaso?
Valeria la miró con odio.
—Tú no deberías existir.
Caiomhe finalmente intervino.
—Ya es suficiente.
Su tono era tranquilo, pero firme.
—Si no abandonas el edificio ahora mismo, seguridad te sacará, y no será por las buenas.
Valeria soltó una risa.
—¿Seguridad?
Caiomhe la miró directamente a los ojos.
—No eres empleada de esta empresa.
—Soy invitada de Katia.
—Entonces dile a Katia que venga a recoger la basura que trajo.
La mención del nombre hizo que varios empleados intercambiaran miradas, no creían lo que acababan de ver.
Valeria dudó un segundo, pero luego levantó la barbilla.
—Esto no ha terminado.
Miró a Alejandro por última vez.
—Tarde o temprano vas a recordar que me amas.
Luego giró sobre sus talones, y caminó hacia los elevadores, y todo comenzó a quedarse en silencio salvó ligeros murmullos.
Los empleados empezaron a dispersarse lentamente.
Emma suspiró y miró a Alejandro.
Él parecía agotado.
—Emma… —empezó a hablar.
Pero ella levantó la mano.
—No digas nada, por favor.
Alejandro se tensó, creyendo que sus problemas aún no terminaban, o se volverían peores.
Emma lo observó unos segundos.
Luego dijo: —Perdóname por favor, lamento mucho no haberte escuchado, y todo lo que te hice pasar estos días.
Alejandro parpadeó.
—¿Qué dices?
Emma suspiró.
—Que tenías razón, y yo estoy sumamente avergonzada contigo.
Perdóname.
Caiomhe sonrió ligeramente.
—Eso fue bastante evidente.
Emma la miró.
—No sé cómo no la golpeaste.
Caiomhe se encogió de hombros.
—Fue tentador, pero creo que habrá una mejor oportunidad.
Alejandro dejó escapar una pequeña risa, Emma lo miró, y su expresión aún era seria, pero el enojo ya había pasado, solo irradiaba cansancio.
—Vamos a casa —dijo ella finalmente.
Alejandro asintió, ñero mientras caminaban hacia el ascensor, ninguno de ellos notó algo.
En el extremo del pasillo Katia había estado observando todo, y su expresión no era de sorpresa, era de cálculo.
Todo había salido tal cual ella había previsto, y aún faltaban varios ases ocultos.
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