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Mis Dos Esposas - Capítulo 6

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6: Límites Difusos 6: Límites Difusos *Capítulo narrado por Alejandro.

La noche en Punta Cana tenía algo que desarmaba defensas.

No era solo la música, ni el ron demasiado frío, ni la brisa que venía del mar como una caricia lenta.

Era la sensación de estar lejos de todo lo que me definía: del apellido, de las expectativas, del peso constante de ser un Belmonte Muriel.

Estaba con Emma, mi esposa, frente a mí.

Hermosa, relajada, distinta a como era en México.

Más libre.

Más peligrosa.

Y entonces apareció ella.

No la vi primero.

Fue Emma.

—Mírala —dijo, como si señalara algo trivial.

Seguí su mirada… y sentí el golpe.

Una chica de hermosa piel negra bailaba sola.

No buscaba atención, pero la tenía toda.

Se movía con naturalidad, con una sensualidad que no parecía aprendida, era completamente innata.

No exageraba nada.

No pedía nada.

Simplemente existía, y eso era suficiente.

Intenté no mirarla.

Fallé.

Había algo hipnótico en su forma de moverse, en cómo su cuerpo respondía a la música como si fuera parte de ella.

No era un deseo inmediato, burdo.

Era una atracción profunda, silenciosa.

Y entonces habló.

Después de escuchar a nuestros anfitriones dominicanos, resaltó inmediatamente su acento mexicano, fue como recibir un golpe contundente.

— Mira amor, es Marian — Honestamente no sé si quería llamar la atención de Marian, porque me pareció que su voz retumbó por todo el lugar.

Cuando Emma dijo su nombre, sentí una extraña mezcla de sorpresa y destino.

Marian.

La *sous chef*.

La mujer del restaurante.

La que había aparecido en nuestras vidas sin previo aviso.

Emma la invitó a sentarse con nosotros sin siquiera consultarme.

No entendí su plan.

Si es que había uno.

Pero tampoco me molestó.

Me parecía una buena idea, retorcida sí, pero al final quería seguir viendola.

Marian se sentó, rió con nosotros, bebió.

Nos contó de sus viajes, de como inició en la cocina, sus estudios, de su trabajo.

Yo la observaba más de lo que participaba.

No quería decir algo fuera de lugar.

No quería traicionarme.

No quería traicionar a Emma.

Pero tampoco podía negar lo evidente.

Deseaba a Marian.

No como un impulso inmediato, sino como una idea que se instalaba lentamente.

Como una tentación que no gritaba, que susurraba.

Emma hablaba con ella con una naturalidad que me desconcertaba.

No había tensión.

No había celos visibles.

Había curiosidad.

Control.

Algo más.

Cuando bailamos los tres, mantuve distancia.

Fui cuidadoso.

Demasiado, traté de ni siquiera sonreír evidentemente hacía ella.

Pero Emma parecía notarlo… y me provocaba para acercarme a ella.

Nos fuimos a la habitación alrededor de las 3 am, Marian se fue aproximadamente una hora antes.

Pero pensé que así debía ser.

Cuando ya estábamos solos a la habitación.

Emma me dijo lo impensable.

—No te contengas.

La miré, confundido.

—Esta noche… hazme el amor como se lo harías a ella.

Sentí una mezcla brutal de deseo y miedo.

Me invadió una excitación que fue visible sin duda, pero también una incomodidad en el pecho ¿Qué tramaba Emma?

¿Era una prueba?

¿Una trampa?

¿O una invitación?

No quise analizarlo demasiado.

Me dejé llevar por Emma, por su voz, por su manera de guiarme.

Fue una noche intensa, distinta, cargada de algo nuevo.

No fue solo pasión.

Fue juego psicológico.

Fue espejo.

Mientras la tocaba, mientras la sentía, Marian aparecía en mi mente como una sombra lejana.

Y eso me aterraba… y me excitaba.

Temía llamarla Marian, fue muy intenso todo, pero también silencioso, temí arruinarlo con las palabras No volvimos a ver a Marian en Dominicana.

Al regresar a México, pensé que todo volvería a la normalidad.

No fue así.

Emma comenzó a buscarla.

Mensajes.

Invitaciones.

Comidas.

Siempre por iniciativa de Emma.

Yo era espectador… y prisionero de mis pensamientos.

Estaba encantado de verla, de apreciarla, poder conocerla más, pero también estaba incómodo, y temía que Marian se diera cuenta de ello, que creyera que no me agradaba, me esforzaba por ser agradable con ella.

Pero temía que Emma lo tomara como un coqueteo descarado.

Mis tardes de trabajo se volvieron eternas.

Reuniones, llamadas, contratos… todo se diluía frente a una idea recurrente: Ellas.

Emma.

Marian.

Marian.

Emma.

Me preguntaba cómo podría verla sin caer en la infidelidad.

Cómo justificar mi deseo sin traicionarla.

Cómo sostener el acuerdo sin romperme en el intento.

Hasta que encontré una salida.

Una que parecía limpia.

Profesional.

El cumpleaños de Emma se acercaba.

Le escribí a Marian con cuidado, con formalidad.

Le pedí que su restaurante preparara el banquete festivo.

Le dije que pagaría lo que fuera necesario.

Y añadí algo más, con aparente inocencia: que estaba invitada a celebrar con nosotros y la familia.

Emma no tenía muchas amigas en México.

Eso no era ninguna mentira.

Ella aceptó ambas cosas, prepararía un menú completo, y lo haría mejor que nunca pues ya consideraba a Emma una amiga.

La noche del cumpleaños llegó.

La casa de Belmonte Van Dyke estaba llena.

Música, luces, risas.

Marian llegó elegante, segura, deslumbrante sin esfuerzo.

Emma la recibió con una sonrisa amplia, sincera.

Dirigió a su equipo brevemente y se integró a la fiesta como invitada.

Comimos.

Bebimos.

Reímos.

Celebramos.

Con el paso de las horas, la fiesta se fue apagando.

Uno a uno, los invitados se retiraron.

Marian mencionó varias veces que debía irse, pero Emma la tomaba constantemente del brazo y las manos para pedirle que se quedara con ella, era su única amiga.

Al final quedamos solo nosotros tres.

El alcohol había hecho su trabajo.

Emma estaba recostada en el sillón, con una copa en la mano.

Marian en otro sofá de una plaza frente a ella a su izquierda, y yo a mano derecha de Emma, podía ver a ambas y alternar miradas cuando ambas no me veían.

Sabía que jugaba con fuego.

Emma nos miraba como si observara una obra que ella misma había puesto en escena.

—¿Sabes algo, Marian?

—dijo de pronto, sin filtros—.

Alejandro está loco por ti.

Sentí el vértigo inmediato.

La sangre subiéndome al rostro.

El silencio pesado.

Marian me miró.

Emma sonrió.

Y en ese instante entendí que el verdadero peligro no había estado nunca en el deseo… sino en el permiso.

Y Emma acababa de abrir la puerta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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