Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Mis Dos Esposas - Capítulo 64

  1. Inicio
  2. Mis Dos Esposas
  3. Capítulo 64 - 64 Refugios y Verdades
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

64: Refugios y Verdades 64: Refugios y Verdades La casa ya no era la misma, se sentida muy diferente ahora, antes incluso el silencio se sentía cálido, ahora… pesaba.

Marian regresó al cabo de unos minutos a casa y fue directo a su habitación, estuvo ahí bastante tiempo casi inmóvil, como si no supiera exactamente qué hacer con su propio cuerpo.

La puerta de su habitación estaba cerrada.

Emma y Alejandro estaban aún en la casa, en la sala, esperando que ella saliera y hablaba con ellos, ninguno fue a buscarla, sabía que debían darle espacio.

En la habitación Marian se llevó una mano al rostro.

—No puedo hacer esto.—murmuró.

No podía pensar con claridad, ni podía quedarse, tampoco podía enfrentarlos.

Y no quería hacerlo.

Después de un tiempo tomó una decisión, y sin hacer ruido, tomó una maleta pequeña.

No pensó demasiado en qué empacar, solo lo estrictamente necesario: ropa y algunas cosas personales…

nada más.

Miró alrededor en la habitación, y en ese lugar ya no se sentía cómoda.

No era rechazo ni enojo, pero sí confusión, demasiada.

Salió de su habitación y se dirigió a la salida de la casa, no vió a Alejandro ni a Emma, y seguramente aunque hubieran estado ahí, no habrían intentado detenerla.

Salió decidida a ir a algún otro lugar lejos de casa, no podía volver con su padre, su actitud delataría todo lo que ocurrió con ella y y en ese estado revelaría su amorío con Emma y Alejandro.

Se dirigió sin mucho pensarlo al departamento de Alejandro, creyendo que ahí estaría sola un tiempo y podría aclarar su mente.

Al llegar ahí seguía con la mente nublada, al intentar entrar se dió cuenta que no tenía las llaves, que nunca las tomó, entendió que su cabeza y emociones eran un caos.

Tomó su teléfono y lo sostuvo unos segundos, pensando en qué hacer o quien la ayudaría.

No tenía muchas opciones,, ni tenía muchas personas en quien confiara.

Sabía que podía llamar a su padre, pero de inmediato se retractó, después en Alejandro y regresar a casa con él, pero no estaba lista para ver a Emma aún, y eso… lo hacía más difícil.

Había sido una mujer muy solitaria siempre, y en ese momento se dió cuenta de ello.

Pero había un nombre en el teléfono, uno que no esperaba usar de esa forma…

y finalmente la llamó.

—¿Hola?

La voz de Caiomhe sonó tranquila al otro lado.

—¿Marian?

¿Eres tú?

—Sí Su voz salió más baja de lo que esperaba.

—¿Te pasa algo?

Marian dudó.

—¿Estás en casa?

¿Puedo verte?

La pelirroja tardó un segundo en responder.

—Claro que podemos vernos, estoy en casa.

—¿Dónde estás tú?

—Estoy muy cerca, voy para allá.

Marian cerró los ojos un segundo, no fue capaz de decirle que estaba en el mismo edificio, pues el departamento que el Corporativo le asignó a Caiomhe estaba en el mismo condominio que el departamento de Alejandro.

—Gracias, de verdad —No tienes nada que agradecer, ten cuidado.

Y colgaron.

Marian hizo algo de tiempo para aparentar que había viajado desde otro punto en la ciudad, cuando por fin entró, vió que el departamento de Caiomhe era distinto a lo que Marian esperaba: Minimalista y ordenado, muy elegante pero frío.

Era como si quien vivía ahí pensaba que al irse debía hacerlo sin dejar huella.

Caiomhe abrió la puerta.

La observó apenas un segundo, y entendió todo lo necesario.

—Pasa, por favor.

No hizo pregunta alguna, solo la ayudó con la pequeña maleta que llevaba.

Marian entró y de inmediato se sintió fuera de lugar.

—Perdón por llegar así.

—No te disculpes ¿Estás bien?

¿Te pasó algo?

Caiomhe cerró la puerta.

—¿Quieres un poco de agua?

¿O algo de comer?

Marian negó suavemente.

—No, gracias.

Caiomhe la miró con más detenimiento.

—Te ves muy mal.

Aunque no fue con intención cruel, pero si fue un comentario honesto.

Marian se rió ligeramente, y una pequeña lágrima descendió por su mejilla.

—Lo sé, debo verme igual que cuando mi papá llegó de África…

A pesar de su estado anímico, se dió la oportunidad de soltar una broma, aunque la irlandesa no se rió por respeto a ella, y solo le tocó el hombro en señal de apoyo.

—Pero hoy no quiero hablar.

Caiomhe no insistió.

—Está bien, no es necesario que lo hagas.

Puedes quedarte aquí.

Caiomhe se dió la vuelta y señaló uno de los cuartos.

—Hay una habitación libre.

—Gracias Caiomhe.

—Descansa.

Y eso fue todo, Caiomhe la recibió sin interrogatorios.

Solo le dió espacio y comprensión.

Marian se dejó caer en la cama, el cuerpo le pesaba, y la cabeza parecía que le iba a estallar.

Cerró los ojos, y solo podía sentir dolor en ellos, había llorado demasiado, quería descansar, pero no dormía.

Solo recordaba fragmentos.

Recordaba a Emma, su voz, su mirada y sus manos.

También su propia voz diciendo cosas que apenas podía reconocer que había dicho.

Después de que Emma le contara todo lo ocurrido, se esforzó por recordar, y tenía leves flashazos de lo ocurrido.

Los abrazos, y los besos, y como ella fue quien provocó a Emma.

Recordó que le había gustado mucho estar con ella, y recordó que también disfrutó cuando hicieron el amor los tres juntos, y ese pensamiento, era lo que más la preocupaba.

Abrió los ojos de golpe.

—¿Qué me pasa?

Se giró sobre la cama intentando escapar de sí misma pero no podía.

Porque el problema no estaba afuera, estaba dentro de ella.

Entendía que disfrutó el sexo con ambos, pero no se perdonaba haberlo hecho solo con Emma, una parte de ella consideraba que no tendría por qué avergonzarse de nada, pero otra parte estaba resentida con Emma por no decirle la verdad de inmediato…

quería creer que eso le afecta a más, que pensar que podía estar enamorándose de ella tanto como de Alejandro.

Él aroma del café la despertó a la mañana siguiente, tras quedarse dormida por el cansancio y el llanto, ahora su cuerpo se sentía más ligero.

Pero su mente no.

Se levantó lentamente y salió de la habitación.

Caiomhe estaba en la cocina, de pie y tranquila, estaba preparando el desayuno, como si nada pasara.

—Buenos días —dijo sin girarse.

Marian respondió en voz muy baja.

—Buenos días.

Se sentó.

La pelirroja le habló entonces.

—¿Dormiste bien?

—Más o menos.

Caiomhe asintió al tiempo que le servía una taza de café.

—Toma, te caerá bien.

Marian la sostuvo entre sus manos y bebió un sorbo, estaba caliente y reconfortante, pero insuficiente.

—¿Quieres hablar ahora?

—preguntó Caiomhe finalmente.

Marian bajó la mirada.

—No sé cómo, ni por dónde empezar.

Eso hizo que Caiomhe se sentara frente a ella.

—Empieza por lo que puedas, por lo que sea más fácil.

Marian negó.

—No es tan simple.

—Nada lo es pero quedarte callada tampoco va a ayudarte mucho.

Marian apretó la taza entre sus manos.

—Es complicado.

—Lo entiendo pero no estás sola, estoy aquí contigo.

Eso hizo que Marian levantara la mirada.

Caiomhe no la juzgaba ni la presionaba, podía ver en sus ojos comprensión, aunque no supiera que le pasaba, la pelirroja sabía que ella necesitaba ayuda, y estaba dispuesta a brindársela.

Y eso era más de lo que esperaba…

o se merecía.

Caiomhe suspiró suavemente antes de hablar.

—Déjame intentar algo.

Marian la observó.

—Si tú no puedes hablar, yo sí puedo…

y tal vez eso te ayude.

Marian abrió los ojos con cierta sorpresa, qué podría decirle ella, pero no la detuvo.

—Yo no vine a México solo por trabajo, también vine huyendo.

Eso captó su atención.

—¿Huyendo?

Caiomhe asintió y su expresión cambió.

Se volvió más seria, pero también más…

frágil, humana.

—Estuve casada hace un tiempo.

Marian no esperaba eso.

—¿Casada?

—Sí, y eso no terminó nada bien.

—Mi esposo me engañó.

Marian se sorprendió con lo que escuchó.

—¿Qué dices?

¿Pero quién podría engañar a una mujer como tú?

Eres inteligente, culta, agradable y muy hermosa, que pudo encontrar fuera que no tuviera contigo.

Caiomhe negó.

—Pues, yo no podía competir con su amante.

—¿Qué era una diosa?

Y aún así no lo concibo.

—No, no es eso.

Caiomhe hizo una breve pausa y exhaló antes de hablar.

—Me engañó… con un hombre.

Marian levantó la mirada lentamente.

—¿En serio?

—Sí, durante meses me engañó.

—Y tú no sabías… —No, nunca me enteré, hasta que lo supe todo.

Él problema no es que tuviera relaciones con él, eso fue solo un daño colateral, el problema es que obviamente desde siempre fue homosexual y él me usó solo para ocultar sus preferencias.

Un doble y vil engaño.

Caiomhe dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Después de eso no quise volver a acercarme a nadie.

—No hombres, ni relaciones, ni nada.

Marian la observaba con atención.

—Por eso… me mantengo distante.

—Y por eso prefiero estar con mujeres.

Aclaró con calma.

—Amistad solamente, no cambié mis preferencias, pero si mis prioridades.

Y hasta que no supere plenamente esto, no me relacionaré con nadie sentimentalmente.

—Porque no quiero volver a pasar por eso.

Marian asimiló cada palabra.

—Debe haber sido difícil.

Caiomhe soltó una leve sonrisa sin alegría.

—Sí, lo fue, y sigue siéndolo.

Eso no fue lo más difícil, al final a pesar de que yo fui la víctima, en muchas ocasiones fui señalada por eso.

Fue espantoso, por eso salí de Irlanda, y probablemente nunca regrese, más que por cuestiones de negocios que sean estrictamente necesarios.

—Pero también aprendí algo.

Marian la miró.

—¿Qué?

—Que esconder lo que sientes… lo vuelve peor.

Él ocultó todo el tiempo quien era, pudo revelarlo desde siempre y no ser infeliz a mi lado y hacerme infeliz a mi…

—Pudimos ser comadres— Caiomhe suavizó lo difícil de su confesión con un chiste que la hizo reír junto a Marian y aligerar el momento, sin embargo, lo que ya había dicho golpeó con contundencia a Marian, más de lo que esperaba.

Él silencio entre ambas regresó pero ahora era distinto, la confesión de Caiomhe había hecho entender a Marian que ella era alguien digna de confianza y que debía corresponder a la apertura que tuvo.

Marian por fin se decidió a hablar.

—Caiomhe… La pelirroja la miró.

—Lo que voy a decirte no es algo que le haya contado a nadie.

Y no sé cómo lo vas a tomar.

—Está bien, yo tampoco le había contado a nadie mi pasado.

Y te agradezco por escucharme y por abrirte ahora.

Caiomhe se recargó ligeramente.

—No voy a juzgarte.

Marian sostuvo su mirada.

Y finalmente habló.

—Tiene que ver con Emma y Alejandro.

Caiomhe no interrumpió.

—Y con algo que pasó entre nosotras…

entre Emma y yo.

Caiomhe siguió escuchando atenta y mirando con calma.

—Ok.

Marian bajó la mirada.

—Yo no recuerdo todo pero sé que pasó algo, y justo ahora sé qué fue.

Caiomhe la observó con más atención.

—¿Y qué fue?

Marian cerró los ojos un segundo.

Y finalmente le dijo la verdad.

—Ella y yo tuvimos relaciones.

Marian levantó la mirada lentamente.

Esperando y temiendo el peor juicio de Caiomhe… pero ella no reaccionó como esperaba.

No hubo juicio, ni hubo sorpresa exagerada.

Solo atención.

—Entiendo.

Eso la desconcertó.

—¿Eso es todo lo que me dirás?

Caiomhe inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Qué esperabas?

—No sé… —¿Escándalo?

—Tal vez.

Caiomhe negó suavemente.

—No me corresponde a mi, solo quiero preguntarte si Alejandro se enteró de esto, y eso provocó tu salida de su casa.

—Bueno, esa es otra situación que debo contarte…

Yo no solo soy amiga de Emma y la chef de ambos, soy la otra esposa de Alejandro.

—Cuando tú y Alejandro viajaron a Irlanda, Emma y yo temíamos que él se fijará en ti, nos volvimos locas de celos y bebimos de más, fue esa noche cuando ocurrió lo nuestro, Alejandro después nos aclaró las cosas, y después te conocimos y entendimos nuestro error…

ahora me avergüenza mucho decirte esto.

Caiomhe solo sonrió sin darle más importancia —Ok, entiendo entonces la naturaleza de su relación, pero lo importante es ¿Qué sientes tú?

—¿Y como se sienten ellos dos al respecto?

Y esa pregunta fue más difícil que cualquier reacción.

Marian se quedó en silencio.

Porque esa respuesta sún no la tenía.

O tal vez sí, pero no estaba lista para decirla en voz alta, o siquiera para aceptarla por dentro.

Miró su taza y luego a Caiomhe para finalmente susurrar —Eso es justo lo que no sé.

Y por primera vez desde que salió de casa no se sintió completamente perdida, aunque tampoco lista para volver.

Ahora ya no se trataba solo de lo que había pasado sino de lo que podía llegar a sentir…

Y eso era mucho más difícil de aceptar.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Lena_Blackwood ¿Te gusta?

¡Añade a biblioteca!

¿Tienes alguna idea sobre mi historia?

Coméntala y házmelo saber.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo