Mis Dos Esposas - Capítulo 66
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Capítulo 66: Una maraña en la cabeza.
La luz de la mañana entraba con suavidad por la ventana del departamento.
Todo estaba en calma.
Demasiado en calma.
Marian estaba sentada en el borde de la cama, con las manos entrelazadas, mirando el suelo como si ahí pudiera encontrar respuestas.
Pero no las había, a pesar de haber pasado toda la tarde hablando con Caiomhe su cabeza seguía revuelta y todavía no decidía que hacer.
Solo se estiró y se levantó.
Caiomhe ya estaba en la cocina, como el día anterior.
Era una mujer muy ordenada y serena.
Lucía como si nada pudiera alterar realmente su equilibrio.
—Buenos días —dijo Marian, con voz baja.
—Buenos días Marian.
La pelirroja se giró ligeramente, observándola con atención.
—¿Pudiste dormir mejor?
Marian dudó en responder.
—Un poco, pero sí mejor… gracias… por dejar quedarme.
Caiomhe hizo un gesto leve con la cabeza.
—No tienes que agradecer eso.
Pero Marian negó.
—Sí tengo que hacerlo.
Se acercó un poco más.
—Y no solo por eso. También gracias por confiar en mí ayer.
Caiomhe la miró sin interrumpir.
—Lo que me contaste… —continuó Marian— no era algo fácil de hacer.
—Y aún así lo hiciste.
Caiomhe se recargó ligeramente en la encimera.
—A veces… alguien tiene que dar el primer paso.
Marian bajó la mirada.
—Y yo no lo estaba haciendo ¿Verdad?
Marian continuó hablando—También tengo que pedirte perdón.
Eso llamó la atención de Caiomhe.
—¿Perdón? ¿Pero por qué?
Marian asintió.
—Durante mucho tiempo pensé que tú y Alejandro…
No terminó la frase, pero no hacía falta, Caiomhe entendió a lo que se refería.
—Creiste que había algo entre nosotros.
Marian asintió, apretando ligeramente los labios.
—Sí, perdóname, por favor.
—Y también pensaste que yo…
—Sí, que él te gustaba.
El silencio fue breve pero claro.
—Y ahora sé que no es así.
Marian levantó la mirada.
—Ahora entiendo todo, y me siento… mal por haber dudado de ustedes.
Caiomhe la observó unos segundos.
Y luego, simplemente sonrió, pero no era una burla. Lo hizo con calidez.
—Olvídalo, no pasa nada.
Marian parpadeó.
—¿Así de fácil?
—Sí, así de fácil.
—Todos vemos lo que creemos, o lo que queremos ver cuando no tenemos toda la historia.
Marian sintió un pequeño alivio.
—Aun así…
—Ya pasó. No te atormentes más.
Caiomhe se acercó un poco más.
—Y si algo bueno salió de todo esto…
la miró con suavidad, es que ahora estamos aquí hablando y limando asperezas
Marían le sonrió.
Caiomhe dio un paso más acortando la distancia entre ellas.
—Quiero pedirte algo más, solo así te perdonaré completamente.
Marian la miró, un poco sorprendida.
—Bueno sí ¿Qué es?
—Que seamos amigas.
La palabra quedó suspendida.
—No tengo a nadie aquí —añadió Caiomhe con naturalidad—. Y creo que tú tampoco tienes a muchas personas a tu alrededor.
Marian sintió un pequeño nudo en el pecho.
—No…
—No tengo muchas personas, tal como dices.
—Entonces…
Caiomhe abrió ligeramente los brazos.
—¿Qué dices?
Marian no respondió de inmediato.
Porque en ese momento, otro nombre apareció en su mente: Emma.
Y sin poder evitarlo, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Caiomhe lo notó de inmediato.
—Oye, lo siento, no quise hacerte sentir mal.
Marian negó con rapidez.
—No… no es tu culpa.
Pero las lágrimas ya estaban ahí.
—No quería lastimarte —añadió Caiomhe.
Marian suspiró y respondió.
—No lo hiciste, es solo que la extraño mucho.
Ambas se quedaron en silencio mientras se sonreían.
Caiomhe se acercó más, y sin decirle nada la abrazó.
Fue un gesto simple pero real, fue reconfortante.
Marian se quedó rígida un segundo.
Y luego, se dejó llevar.
Cerró los ojos.
Apoyó el rostro en su hombro y lloró.
No como antes, ya no con desesperación sino con una tristeza contenida, por fin se liberaba.
—Está bien —susurró Caiomhe—. No tienes que decidir hoy.
Marian asintió contra ella.
Pero algo dentro se movió.
Un impulso, una emoción, una necesidad de no sentirse sola.
Se separó apenas lo suficiente para mirarla.
Y Marian se acercó a su cara con la firme intención de darle un beso en la.mwjilla de agradecimiento, Caiomhe sin embargo al no estar tan acostumbrada a esos gestos de cariño en su cultura, se movió y se tocaron levemente los labios de ambas.
Fue un beso breve, pero accidental, Caiomhe se sorprendió,.pero entendió que fue solo un error, comenzó a reír.
Y luego, tras solo un instante la abrazó de nuevo. Suavemente.
Un momento después ambas se separaron.
Y aunque ambas entendían que fue solo un accidente, para Marian resultó muy incómodo, producto de su confusión.
—Yo… —empezó Marian.
—No pasa nada —dijo Caiomhe de inmediato, fue un accidente.
Marian retrocedió un paso.
Su mente giraba.
—Lo siento…
—No te disculpes.
Caiomhe fue totalmente clara en que no pasaba nada, que eso fue solo un error de coordinación.
Marian bajó la mirada, más confundida que antes, mucho más.
—
En casa de Alejandro y Emma, el comedor se sentía demasiado grande, demasiado vacío.
Emma jugaba con el tenedor sobre el plato.
Sin apetito ni interés.
Alejandro la observaba en silencio.
—Tienes que comer algo amor.
Emma negó.
—No tengo hambre, desde que se fue, ya nada se siente igual.
Alejandro apoyó los codos sobre la mesa.
—Lo sé, y entiendo tu sentir.
—No… no lo sabes.
Emma levantó la mirada.
—Porque tú estás más tranquilo.
La acusación era agresiva, como si discutir aligerara su pesar.
Alejandro suspiró.
—No es que esté tranquilo, intento no venirme abajo, y por otra parte enojarnos entre nosotros no va a solucionar nada, solo nos va a romper completamente.
Emma bajó la mirada.
—Perdóname, pero yo sí me estoy derrumbando.
—¿Qué vamos a hacer si no regresa?
La pregunta llegó de nueva cuenta.
Alejandro no respondió de inmediato.
—Seguir adelante.
Emma soltó una pequeña risa amarga.
—Qué fácil suena.
—No lo es, pero es lo único que podemos hacer.
Emma apretó los labios.
Y entonces, las lágrimas volvieron a brotar.
—No debí decirle nada…
La voz se le quebró.
—La asusté.
—No es tu culpa, ambas hicieron algo y ella tiene que aceptar su responsabilidad en ello.
Alejandro continuó con firmeza.
—Hiciste lo correcto.
Emma lo miró.
—¿Seguro?
—Sí, ella tenía derecho a saberlo por ti, si lo descubría por otro lado…
La miró con seriedad.
—Ella nunca te lo habría perdonado.
Emma cerró los ojos.
—Pero ahora que se fue, no sé que pensar.
—Solo puedes pensar que ella necesita pensar y sanar también.
Ella se levantó ligeramente, rodeó la mesa y se acercó a él, ahí lo abrazó muy fuerte, totalmente desesperada.
Alejandro respondió al abrazo.
Con la misma intensidad.
—Si vuelve—susurró él—… será porque nos ama.
—Y no por presión.
Emma se aferró más.
—Y si no vuelve…
—Entonces la dejamos ir. Pero juntos.
Emma levantó la mirada.
—¿Juntos?
—Sí, siempre.
La abrazó un poco más fuerte.
—Pase lo que pase.
Emma cerró los ojos.
Y por un momento…
se permitió creerle.
En ese momento, el teléfono de Alejandro vibró sobre la mesa.
Ambos se separaron ligeramente.
Alejandro lo tomó creyendo que se trataba de Marian, se sorprendió al ver el nombre en la pantalla.
—Es Caiomhe.
Emma se tensó.
—¿Qué dice?
Alejandro leyó.
Y su expresión cambió a una más suave, más tranquila.
—Marian está con ella.
Emma dio un paso adelante.
—¿Está bien?
—Sí, dice que está bien.
Emma dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Gracias a Dios…
Alejandro siguió leyendo.
—Dice que Marian quiere que le demos espacio.
—Que solo necesita pensar.
Emma asintió.
—Está bien, ¿Necesita algo más? Que le llevemos ropa o sus cosas.
Alejandro dudó un segundo.
—No, no sería una buena idea acercarnos ahora.
—Pero Caiomhe dice algo más.
—Sí ¿Qué cosa?
Emma levantó la mirada.
—Dice que cree que Marian nos ama.
El corazón de Emma se detuvo un instante.
—¿Eso dijo?
—Sí.
—Y podemos confiar en ella.
—¿En Caiomhe?
—Sí. En ella.
Alejandro volvió a leer.
—Dice que nuestro secreto está seguro.
Emma cerró los ojos un segundo, ente aliviada y sorprendida.
—Entonces Caiomhe conoce lo de nuestra relación…
Alejandro le respondió.
—No estamos solos en esto, pero podemos confiar en ella, seguramente Marian se lo tuvo que confesar al estar en su casa.
Alejandro guardó el teléfono y volvió a mirar a Emma.
—Pero tenemos que ser pacientes.
Emma asintió.
Aunque por dentro, cada segundo sin Marian le parecía eterno.
En el departamento de Caiomhe:
Marian estaba sola en la habitación.
Sentada en la cama , con la mente hecha un caos.
Pensaba en Emma y Alejandro.
Y el beso accidental con Caiomhe.
Todo mezclado y confuso.
Se llevó las manos al rostro.
—¿Qué estoy haciendo…?
Pero la pregunta no tenía respuesta.
Porque ya no se trataba solo de elegir si quería volver con su familia recién formada.
Sino de entender quién era ella ahora.
Y qué estaba dispuesta a aceptar y a sentir.
Cerró los ojos. Y pensó que el problema no era el miedo sino la posibilidad.
De que todo eso le gustara más de lo que estaba dispuesta a admitir.
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