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Mis Dos Esposas - Capítulo 8

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8: Lo que no debió decirme 8: Lo que no debió decirme *Capítulo narrado por Marian Nunca me he sentido incómoda con la admiración.

Crecí rodeada de cocinas calientes, voces firmes, hombres y mujeres que miraban con atención lo que hacías bien… y lo que hacías mal.

Aprendí pronto a distinguir entre una mirada limpia y una mirada con mala intención.

Por eso, cuando Emma me observaba aquella noche, supe que no era ninguna de las dos.

Era otra cosa.

La fiesta estaba en su punto más alto cuando lo noté.

La música llenaba la casa con una elegancia casi estudiada, las copas circulaban con una facilidad peligrosa y las conversaciones habían dejado de ser prudentes para volverse sinceras, a ratos demasiado.

Yo me sentía cómoda.

Tal vez demasiado cómoda para alguien que no pertenecía realmente a ese lugar.

Yo no era alguien de la élite, mi familia nunca lo fue.

Emma estaba radiante.

El alcohol había relajado su postura, pero no su mente.

Eso lo entendí después.

—Eres realmente talentosa, Marian —me dijo, mirándome con una atención que me obligó a sostenerle la mirada—.

No solo en la cocina… en general.

Sonreí, agradecida, pero también alerta.

—Gracias.

Viniendo de ti, lo aprecio.

Ella inclinó un poco la cabeza, como si evaluara algo invisible.

—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando te conocí?

—preguntó.

Negué con la cabeza.

—Que eras peligrosa.

Reí, convencida de que era una broma.

—¿Peligrosa?

—Sí —respondió—.

De esas personas que no buscan nada… y aun así lo cambian todo.

Sentí un leve escalofrío.

No supe por qué.

Fue entonces cuando lo dijo.

Con una sonrisa ligera.

Como si no fuera nada.

—A Alejandro le gustaste desde el primer día.

El sonido alrededor se apagó por un instante.

—¿Perdón?

—pregunté, segura de haber escuchado mal.

Ella no se retractó.

—Desde que te vio en el restaurante —continuó—.

Lo noté enseguida.

Él cree que no se le nota, pero conmigo nunca ha sido bueno fingiendo.

Mi primera reacción fue reír.

Una risa corta, nerviosa.

—Emma… no creo que— —Tranquila —me interrumpió—.

No te estoy reclamando nada.

Al contrario.

Me miró como si compartiéramos un secreto.

—Me pareció natural —añadió—.

Eres hermosa.

Inteligente.

Talentosa.

No me sorprende en absoluto.

Sentí cómo el calor me subía al rostro.

Busqué a Alejandro con la mirada.

Él parecía tenso, incómodo, claramente fuera de lugar.

Eso, curiosamente, me tranquilizó un poco.

—No quiero incomodarte —dije—.

Si esto es una broma, preferiría— —No lo es —respondió Emma—.

Solo… una observación honesta.

Tomó un sorbo de su copa y añadió, casi en un susurro: —El mundo no es tan rígido como nos enseñaron, Marian.

A veces hay personas que llegan a nuestras vidas para ocupar un espacio que ni siquiera sabíamos que existía.

No dijo más.

No necesitó hacerlo.

En ese momento, algo se quebró dentro de mí.

No fue deseo inmediato.

Fue duda.

¿Me estaba tendiendo una trampa?

¿Era una provocación?

¿O una confesión disfrazada de complicidad?

Porque se suponía que éramos amigas.

O que, al menos, lo estábamos siendo.

Cuando anunció que estaba “demasiado ebria” y que se iría a dormir, sentí un alivio inmediato… seguido de una incomodidad más profunda.

No debía quedarme.

—Creo que es mejor que me vaya —dije, poniéndome de pie.

Alejandro reaccionó enseguida.

—Claro —respondió—.

Te acompaño.

En el trayecto hacia la salida, el silencio se volvió espeso.

—Siento lo que pasó —me dijo finalmente—.

Emma no debió decir eso.

—No estoy segura de que no quisiera decirlo —respondí con honestidad.

Él suspiró.

—Mañana no lo recordará.

No supe si creerle.

Pero quise hacerlo.

Me ofreció el coche, y acepté.

Fue un gesto correcto.

Caballeroso.

Un límite claro.

Eso… me gustó.

Durante el trayecto a casa, miré por la ventana sin ver realmente la ciudad.

Mi mente iba demasiado rápido.

Emma me había molestado.

No por decir que su marido me deseaba… sino por decirlo como si fuera algo que yo debía aceptar con naturalidad.

¿Qué clase de mujer me considera?

¿Buscaba romper su matrimonio?

¿Era ella la infiel, buscando un pretexto elegante para terminarlo?

¿O realmente pensaba que podía “compartir” algo tan íntimo sin consecuencias?

No los conocía lo suficiente para saberlo.

Lo único claro era que Alejandro había hecho lo correcto.

No se había aprovechado.

No había cruzado ningún límite.

Y eso, de alguna forma, lo hacía más atractivo.

Cuando llegué a casa, cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.

Me quité los zapatos, dejé el bolso sobre la mesa y me serví un vaso de agua que apenas probé.

Estaba molesta.

Con Emma.

Con la situación.

Conmigo misma… por pensar de más.

Pero también estaba inquieta.

Me acosté sin encender la luz.

El silencio me envolvió de inmediato, y con él llegaron las imágenes que había intentado evitar toda la noche.

Alejandro mirándome sin mirarme.

La forma en que bajaba la voz cuando se dirigía a mí.

Su incomodidad genuina.

Su autocontrol.

No quería ser “la otra”.

Nunca lo había sido.

Nunca lo había considerado.

Y sin embargo… la idea se había sembrado.

No como una fantasía vulgar.

Sino como una pregunta peligrosa: ¿Y si no lo era?

¿Y si, de alguna manera que aún no entendía, ambos estaban abriendo una puerta que no se suponía que existiera?

Me giré en la cama, inquieta.

El cuerpo reaccionaba aunque la mente se resistiera.

Era absurdo.

Ridículo.

Pero humano.

Cerré los ojos, dejándome llevar solo lo suficiente para liberar la tensión, para silenciar el ruido interno sin darle forma a nada que pudiera lamentar después.

Cuando terminé, me sentí más tranquila… pero más confundida, seguía pensando en ellos.

Apagué el teléfono sin responder los mensajes pendientes.

Decidí algo con claridad antes de dormir: No volvería a cruzar esa línea sin saber exactamente qué querían… Y qué estaba dispuesta yo a perder si lo hacía.

Porque, si algo era seguro, era esto: Aquella noche, Emma no solo había dicho algo en voz alta.

Había puesto una idea en mi cabeza.

Y las ideas, una vez sembradas, no se borran tan fácilmente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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