Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 56
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Capítulo 56: Capítulo 56 El despertar de la princesa del océano
Merea continuó recuperando sus recuerdos poco a poco.
Al principio eran pocos. Fragmentos dispersos que aparecían como pequeñas olas en aquel vasto lugar que la voz llamaba su mar espiritual.
Era un espacio extraño. No tenía cielo ni fondo visible, solo una inmensa extensión azul que parecía respirar con calma. Allí no existía el frío del océano ni el peso del agua. Todo era ligero, silencioso… eterno.
Sin embargo, con el paso del tiempo —si es que el tiempo realmente existía allí— los recuerdos comenzaron a aparecer con mayor frecuencia.
Aunque algo era extraño.
Muchos de ellos llegaban de forma completamente aleatoria.
Algunos eran recuerdos de cuando ella era muy pequeña.
Otros pertenecían a momentos en los que ya era mayor.
No seguían ningún orden.
Era como si su vida estuviera hecha de piezas sueltas que emergían desde lo profundo de su mente.
Merea observaba esas escenas como si estuviera mirando la vida de otra persona.
Uno de los recuerdos apareció frente a ella.
Se veía nadando entre enormes jardines de coral iluminados por la suave luz azul que descendía desde la superficie del océano.
Su pequeña cola dorada se movía con torpeza mientras nadaba entre anémonas y peces brillantes.
En sus brazos sostenía algo con entusiasmo.
Un libro.
Sí.
Libros.
Siempre libros.
Otro recuerdo apareció.
Esta vez era una enorme biblioteca submarina.
Las estanterías estaban llenas de pergaminos antiguos, mapas marinos y libros traídos de tierras lejanas. Muchos de ellos habían sido escritos por pueblos que vivían fuera del océano, por hombres bestia terrestres que ella nunca había conocido.
En ese recuerdo, la pequeña Merea estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas.
Piernas humanas.
La pulsera brillaba suavemente en su muñeca.
Estaba leyendo con una concentración absoluta, completamente perdida en las páginas del libro que sostenía.
Ese había sido su refugio.
Los libros.
Un mundo lleno de historias sobre tierras lejanas.
Montañas.
Bosques interminables.
Desiertos dorados.
Ciudades construidas sobre la tierra firme.
Criaturas que no vivían en el océano.
Un mundo que ella no conocía.
Un mundo que quería ver.
El recuerdo cambió nuevamente.
Esta vez estaba frente a su padre.
El rey del reino marino.
Era un hombre muy guapo, de presencia imponente, pero en ese momento su expresión era suave mientras miraba a su hija.
En su mano sostenía un pequeño objeto.
Una pulsera.
La pequeña Merea la miraba con curiosidad.
—Padre… ¿qué es eso?
El rey se agachó frente a ella.
—Este es un artefacto especial —dijo con voz grave pero tranquila—. Sé que te gusta leer mucho, pero aún eres muy pequeña. Las sirenas normalmente solo pueden transformarse en forma humana cuando alcanzan la adultez.
La niña lo escuchaba con atención.
—Pero esta pulsera puede ayudarte.
Los ojos de Merea se abrieron con sorpresa.
—¿Ayudarme?
—Te permitirá transformar tu aleta en piernas humanas por un tiempo.
La pequeña Merea se quedó inmóvil.
Luego miró hacia la biblioteca que tanto le gustaba visitar.
—¿Piernas…?
Luego levantó la mirada hacia su padre.
—¿La biblioteca…?
—Sí.
La respuesta fue simple.
Pero para ella significaba todo.
Los ojos de la niña comenzaron a brillar.
—¡Gracias, padre!
Dijo abrazándolo con entusiasmo.
El rey le devolvió el abrazo con suavidad y colocó la pulsera en sus manos.
El recuerdo se desvaneció lentamente.
Las imágenes se disolvieron como tinta en el agua.
Merea observó aquella escena desaparecer en el océano infinito de su mente.
Otro recuerdo apareció.
Ella caminaba por los pasillos del palacio de coral.
Intentaba escapar de la vigilancia de sus hermanos.
Siempre que intentaba explorar sola…
Ellos aparecían.
Siempre estaban cerca.
Protegiéndola.
O vigilándola.
Nunca había entendido completamente cuál de las dos cosas era.
Pero lo que más le inquietaba eran otros momentos.
Premoniciones.
Pequeñas visiones que aparecían sin aviso.
Imágenes borrosas del futuro.
A veces eran escenas incompletas.
Sombras.
Fragmentos.
Sensaciones difíciles de explicar.
Pero cada vez que ocurría…
Las expresiones de sus padres cambiaban.
No era miedo.
No exactamente.
Era algo más profundo.
Algo más cercano a la desesperación.
Como si desearan que ese poder nunca hubiera despertado.
Como si desearan que ella jamás hubiera tenido ese don.
Merea observaba todos esos recuerdos desde la distancia.
Como una espectadora.
Finalmente murmuró.
—¿Por qué… esas caras…?
Su voz apenas rompió el silencio del mar espiritual.
—¿Por qué me veo tan sola…?
Las palabras se perdieron en la inmensidad.
—¿Por qué mis recuerdos llegan fragmentados…?
Su voz tembló apenas.
Luego preguntó algo más.
—¿Y qué pasó con aquel pequeño tritón…?
Hubo un momento de silencio.
Luego la voz volvió a aparecer.
La misma voz que la había acompañado durante todo ese tiempo.
—Eso es algo que tú sola debes recuperar.
Merea parpadeó.
—No puedo ayudarte con eso.
—Oh…
Fue una respuesta corta.
Sincera.
Merea no parecía molesta.
Solo sorprendida.
Entonces la voz habló nuevamente.
—Merea… es momento de despertar.
La joven sirena cerró los ojos lentamente.
Durante todo este tiempo había vagado por aquel lugar que la voz llamaba su mar espiritual.
Un espacio donde el tiempo no existía.
No había hambre.
No había sueño.
No había cansancio.
Solo recuerdos.
Y silencio.
Pero ahora…
Por primera vez…
Merea sintió algo nuevo.
La necesidad de descansar.
La necesidad de cerrar los ojos.
Así que lo hizo.
Cuando Merea volvió a abrir los ojos…
Su visión estaba borrosa.
Las luces eran difusas.
El techo parecía hecho de madera clara, iluminado por una luz suave que entraba desde una ventana.
Pero lo primero que vio fue un par de ojos.
Ojos rojos.
Brillantes como gemas.
Estaban muy cerca de ella.
Demasiado cerca.
Merea parpadeó varias veces intentando enfocar.
El dueño de aquellos ojos también parecía sorprendido.
Ella lo observó durante unos segundos.
Luego habló con una voz suave y confundida.
—Mmm… ¿hola?
El joven frente a ella se sobresaltó.
Tenía cabello rojo y los mismos ojos rojos que ahora la miraban con una mezcla de sorpresa, nerviosismo y algo más difícil de describir.
—Ho… hola…
Respondió torpemente.
Merea parpadeó otra vez.
Entonces notó algo.
Estaban demasiado cerca.
Sentía la espalda un poco rígida y no era cómodo hablar con alguien a tan pocos centímetros de su rostro.
No era timidez.
Solo extraño.
Así que habló con calma.
—¿Podrías… alejarte un poco?
La reacción fue inmediata.
El joven dio un salto hacia atrás tan rápido que prácticamente salió disparado fuera de la cama.
Merea se incorporó lentamente.
Y luego soltó una pequeña risa.
—Jaja…
Su risa era suave.
Melodiosa.
—Creo que te asusté.
Dijo con una sonrisa divertida.
—Pareciste uno de esos peces que saltan cuando algo los sorprende.
Para una sirena, esa comparación era completamente natural.
Pero para Hyun Ryu…
Fue devastadora.
Sintió cómo el calor subía rápidamente por su rostro.
Las puntas de sus orejas estaban completamente rojas.
Aquella joven se reía.
Y hasta su risa era hermosa.
Ryu respiró profundo intentando recomponerse.
—Lo siento… no quería molestarte.
Merea calmó su risa y lo miró con una sonrisa sincera.
—No me molestas. Para nada.
Luego añadió con tranquilidad.
—Solo quería levantarme.
Inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Puedo preguntar dónde estoy?
Ryu tardó un segundo en responder.
Parecía un poco nervioso.
Finalmente habló.
—Mi nombre es Hyun Ryu… pero puedes llamarme Ryu.
Se acercó con algo de cautela.
Vestía una túnica blanca sencilla. Era una prenda básica, de tela ligera, con mangas amplias que caían suavemente a los lados. La tela se movía con naturalidad cuando caminaba.
—Este lugar es mi hogar.
Hizo una pequeña pausa.
—En la ciudad del Zorro Rojo.
Merea lo escuchaba con atención.
—Mi bestia guardiana te encontró… y luego yo te traje aquí.
Merea inclinó la cabeza.
—Entonces… ¿tú me salvaste?
Ryu pensó unos segundos.
—Hm… en teoría sí.
Luego añadió rápidamente.
—Pero Kiu y Nana también cuidaron de ti.
—Pronto volverán.
—Podrás conocerlos.
Merea asintió suavemente.
—Entiendo.
Luego sonrió.
—Muchas gracias.
Aunque por dentro…
Estaba confundida.
Los recuerdos que había recuperado eran pocos.
Fragmentados.
Toda su vida la había pasado en las profundidades del océano.
Nunca había estado en tierra.
Nunca había conocido hombres bestia terrestres.
Pero aun así dijo con calma.
—Muchas gracias, Ryu.
—Mi nombre es Merea.
Hyun Ryu sintió que su corazón latía con fuerza.
Ella era…
Hermosa.
No.
Eso no era suficiente.
Su rostro.
Su voz.
Sus ojos.
Todo en ella parecía delicado.
Brillante.
Como si una deidad hubiera tomado forma humana.
Ryu se quedó mirándola unos segundos más de lo que debía.
Cuando ella sonrió…
Por un instante sintió que su mente se quedaba en blanco.
Rápidamente bajó la mirada para recuperar la compostura.
Y entonces lo notó.
Ella estaba usando su ropa.
Durante todo el tiempo que había estado inconsciente.
Había sido lo más lógico.
Comprar ropa femenina habría levantado sospechas.
Pero ahora que estaba despierta…
La túnica le quedaba enorme.
El cuello estaba demasiado abierto.
Demasiado.
Ryu reaccionó de inmediato.
Se acercó rápidamente y acomodó la tela para cubrirla.
—¡Deberías tener más cuidado!
Dijo con voz algo tensa mientras ajustaba la túnica.
Merea lo miró confundida.
—Mmm…
Luego respondió con naturalidad.
—Entiendo.
Ryu apartó la mirada un poco avergonzado.
—No te preocupes…
Murmuró.
—Creo que me alteré un poco.
Luego la miró nuevamente.
Sus ojos rojos eran serios, pero también había cierta preocupación en ellos.
—Aquí debes tener más cuidado.
Merea lo observó en silencio.
En su mente pensó algo muy simple.
Las bestias terrestres son muy tímidas.
Cuando Ryu terminó de acomodar la ropa, ella dijo suavemente.
—Gracias.
Pero al bajar la mirada…
Un dolor atravesó su cabeza.
—¡Ah…!
Llevó ambas manos a su cabeza.
Ryu se alarmó de inmediato.
—¿Te duele?
—¡Debo llamar a Nana!
Merea sujetó rápidamente la manga de su túnica.
—No es para tanto.
Dijo con una pequeña sonrisa.
—Solo me dolió un poco.
Pero Ryu negó con firmeza.
—No digas eso.
—Tuviste una gran herida en la cabeza.
Merea se quedó en silencio.
¿Una herida…?
Tal vez esa era la razón de sus recuerdos fragmentados.
Entonces bajó la mirada.
Su cabello cayó sobre sus hombros.
Merea tomó un mechón entre sus dedos.
Y se quedó inmóvil.
—Ryu…
Su voz estaba llena de sorpresa.
—¿Qué pasó con mi cabello?
Era completamente negro.
Ryu, que estaba a punto de salir de la habitación, se detuvo.
Volvió a mirarla.
—Ah… eso.
Se acercó nuevamente.
—Perdónanos.
Dijo con sinceridad.
—Tuvimos que darte algo para que tu cabello cambiara de color.
Hizo una pequeña pausa.
—Tu cabello original es muy bonito…
—Pero demasiado llamativo.
Mientras hablaba…
Sin darse cuenta…
Su mano terminó acariciando suavemente la cabeza de Merea.
Sus dedos pasaron con cuidado entre su cabello.
Era un gesto natural.
Instintivo.
Como si temiera lastimarla incluso con algo tan simple.
Merea se quedó quieta.
No parecía molesta.
Solo un poco sorprendida.
Hyun Ryu tampoco se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
Pero en ese momento…
Su expresión era diferente.
Más suave.
Más cuidadosa.
Y aún no entendía algo importante.
Algo dentro de él había comenzado a cambiar.
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