Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 68
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Capítulo 68: Capítulo 68 Huellas en el agua
Merea llegó al comedor con el pequeño Kiu acurrucado entre sus brazos, como si ese lugar fuera suyo por derecho. El zorro no tardó en acomodarse contra su cuello, frotándose suavemente mientras emitía pequeños sonidos de satisfacción.
—Buenos días, pequeño —murmuró Merea con una sonrisa tranquila mientras se sentaba.
La mesa ya estaba preparada. Sin pensarlo demasiado, comenzó a comer con calma, aunque cada cierto momento llevaba pequeños trozos de comida hacia Kiu, quien aceptaba todo sin rechistar. A diferencia de otros, él no dudaba ni cuestionaba, simplemente confiaba en ella.
—Te gusta todo, ¿verdad? —comentó Merea observándolo—. Eres más fácil que cierto tritón .
Kiu respondió con un leve “kiu” mientras masticaba, claramente satisfecho.
Cuando terminaron, Merea dejó escapar un pequeño suspiro de satisfacción. Luego, con cuidado, dejó a Kiu en el suelo y comenzó a recoger los utensilios. Había observado el día anterior cómo Hyun Ryu lo hacía, y aunque no estaba segura de si lo hacía correctamente, quería intentarlo.
—Creo que era así… —murmuró para sí misma mientras apilaba los platos con cuidado.
Kiu la siguió de inmediato, caminando a su lado con curiosidad.
Merea avanzó hasta la cocina y se quedó quieta unos segundos, mirando alrededor. El lugar era amplio, ordenado, pero completamente desconocido para ella.
—Debo lavarlos… pero… —giró la cabeza lentamente— ¿dónde?
Sus ojos recorrieron cada rincón, buscando alguna pista. Nada.
El silencio comenzó a pesar.
Su expresión cambió ligeramente.
Su padre era el rey de los trece reinos marinos. Su madre, la gran sacerdotisa. Siempre hubo sirvientes, asistentes, personas que se adelantaban a cualquier necesidad. Nunca había tenido que hacer algo tan simple como eso.
Y ahora… ni siquiera sabía por dónde empezar.
—…Soy patética —susurró en voz baja, apretando ligeramente los dedos.
—Ohh, pequeña, ¿estás aquí?
La voz de Nana la hizo girarse de inmediato. Merea dejó los utensilios con cuidado sobre la mesa, como si temiera romperlos.
—Sí… quería ayudar, pero no sé cómo hacerlo —admitió con honestidad, bajando un poco la mirada.
Nana la observó unos segundos, y en lugar de sorpresa, su expresión se volvió más suave.
—Eso no tiene nada de malo —respondió con tranquilidad mientras se acercaba—. Nadie nace sabiendo. Si quieres aprender, yo puedo enseñarte.
Merea alzó la mirada con un leve brillo.
—¿De verdad? No sería una molestia…
—Para nada —la interrumpió Nana con una pequeña sonrisa—. Ven, te mostraré.
Tomó los utensilios y los llevó hacia un lavadero de piedra pulida. Allí había un recipiente con agua, una esponja y una especie de pasta vegetal.
—Primero humedeces esto —explicó Nana tomando la esponja—, luego usas esta planta triturada. Hace espuma y ayuda a limpiar mejor.
Merea observaba con atención, como si se tratara de algo completamente nuevo.
—¿Esta planta hace espuma…? —repitió sorprendida.
—Así es. Ahora inténtalo tú.
Merea tomó la esponja con cuidado, como si fuera algo delicado, y siguió cada paso exactamente como Nana lo había hecho. Sus movimientos eran lentos al inicio, inseguros, pero poco a poco fue tomando ritmo.
—Así… ¿está bien? —preguntó mientras lavaba un plato.
Nana la observó unos segundos antes de asentir.
—Lo estás haciendo muy bien. Aprendes rápido.
Merea sonrió, claramente aliviada.
—Es más fácil de lo que pensé… solo que nunca lo había intentado.
—Mi pequeña señorita también decía eso —comentó Nana con un suspiro nostálgico—. Tenía mucha determinación… pero rompía más de lo que limpiaba.
Merea dejó escapar una pequeña risa.
—Entonces yo voy mejor que ella.
—Mucho mejor —respondió Nana con una sonrisa divertida.
Cuando terminó de lavar todo, Merea dejó la esponja y miró el resultado con satisfacción.
—Nana… ya terminé.
—Y lo hiciste perfecto.
Esa simple aprobación hizo que su sonrisa se ampliara.
—Entonces… ¿podemos ir al mercado?
Nana asintió, sacando un velo ligero de tela translúcida.
—Primero esto —dijo colocándolo frente a ella—. Eres demasiado llamativa, pequeña. Esto ayudará a que no atraigas tanta atención.
Merea dudó un segundo, pero luego asintió.
—Entiendo… no quiero causar problemas.
Nana también tomó una pequeña bolsa con monedas y una cesta.
—Hoy aprenderás algo más importante —añadió—. Elegir ingredientes.
Los ojos de Merea brillaron con entusiasmo.
—Quiero aprender a cocinar.
Nana la miró con ligera sorpresa.
—Eso no es algo común en hembras como tú.
—Tal vez… pero quiero intentarlo —respondió Merea con firmeza.
Nana no dijo nada más. Solo sonrió.
°°°°°°
Frey avanzaba a gran velocidad, saltando entre rocas y raíces sin detenerse. Había pasado días recorriendo territorios, preguntando, investigando… pero sin resultados claros.
Hasta que lo encontró.
—¡Kei! —llamó mientras descendía.
El hombre oso se giró de inmediato, reconociéndolo al instante.
—Frey… —respondió con sorpresa—. Ha pasado tiempo.
Ambos se acercaron, intercambiando un saludo firme, propio de guerreros.
—No esperaba verte aquí —añadió Kei—. Estás lejos de tu territorio… y aún falta para la reunión en la ciudad del zorro.
Frey no perdió tiempo.
—No vine por eso —su tono cambió—. Busco información. Un grupo de hembras fue secuestrado. Quiero saber si viste algo.
Kei lo observó en silencio unos segundos antes de asentir.
—Ven conmigo.
No hablaron más del tema durante el trayecto. Solo intercambiaron comentarios superficiales hasta llegar a la aldea del clan oso.
Una vez dentro, Kei dio una señal. Poco después, varias hembras fueron traídas al lugar. Eran diez.
Frey las observó una por una con atención.
Ninguna coincidía.
—No está aquí —dijo finalmente, con frustración evidente.
Kei lo notó.
—Descríbela.
Frey dudó un segundo antes de responder.
—Cabello dorado… ojos dorados… imposible de ignorar.
Kei entrecerró los ojos.
—Ven conmigo.
Lo llevó hasta la orilla de un río.
El ambiente cambió.
Más pesado.
—Frey… —dijo finalmente Kei—. No eran diez. Eran once.
El silencio se volvió denso.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Frey, tenso.
Kei suspiró.
—Un errante… Jian. Lo conocía. Entre las hembras… había una que él quería especialmente. Coincide con tu descripción.
Frey sintió cómo su pecho se tensaba.
—¿Dónde está?
Kei no respondió de inmediato.
—Esa hembra luchó —continuó—. Más que las demás. Logró herirlo… incluso usó armas.
Le lanzó una pequeña bolsa.
—Esto era suyo.
Frey la abrió. Dentro había fragmentos de piel y pequeñas cuchillas plateadas.
Su respiración se volvió más pesada.
—¿Y ella…?
Kei miró el río.
—Cayó aquí. Estaba débil… y la corriente era fuerte. Buscamos… pero no la encontramos.
El silencio lo dijo todo.
Frey cerró la bolsa con fuerza.
—…Entiendo.
Pero no lo entendía.
No quería hacerlo.
—Lo siento —añadió Kei.
Frey no respondió. Solo ató la bolsa a su cintura.
—Tengo que irme.
—Nos veremos en la ciudad del zorro.
Frey asintió levemente y se marchó sin mirar atrás.
Mientras corría, una sola pregunta lo perseguía.
¿Cómo iba a decirle esto a Kael’thar?
Solo siguió avanzando… como si nada pudiera detenerlo.
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