Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 69
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Capítulo 69: Capítulo 69 Sabores de un mundo desconocido
La ciudad del zorro estaba más viva que de costumbre.
Cuando Merea y Nana llegaron al mercado, el ambiente ya estaba lleno de movimiento: voces cruzándose, risas, discusiones por precios, el sonido de pasos y el aroma mezclado de alimentos frescos. Era un lugar completamente distinto a todo lo que Merea había conocido.
Mientras avanzaban, varias personas saludaron a Nana con respeto.
—Sacerdotisa.
—Buenos días, sacerdotisa.
—¿Viene a comprar temprano hoy?
Nana respondía con pequeños gestos o palabras breves, manteniendo su compostura habitual. Sin embargo, las miradas no tardaron en dirigirse hacia la figura que caminaba a su lado.
Una joven hembra del clan loro se acercó con evidente curiosidad.
—Sacerdotisa… —dijo inclinando ligeramente la cabeza—, ¿Quién es esta hembra que la acompaña?
Nana no dudó ni un segundo.
—Es mi sobrina —respondió con naturalidad—. Ha venido a visitarme… y pronto comenzará a entrenar como sacerdotisa.
La joven abrió ligeramente los ojos, sorprendida.
—¿En serio? Entonces debe ser muy talentosa.
—Eso espero —respondió Nana con una leve sonrisa.
La hembra dudó un momento antes de añadir:
—¿Y el joven Hyun Ryu? ¿No está con ustedes?
Nana soltó un pequeño suspiro, como si fuera una pregunta repetida muchas veces.
—Ya sabes cómo es el joven amo. Va y viene. Nosotras tenemos asuntos más importantes hoy.
Sin darle más espacio a la conversación, Nana continuó caminando.
—Disculpa, necesitamos seguir.
Merea simplemente la siguió, sin intervenir.
Apenas se alejaron, la hembra loro se giró rápidamente hacia otras.
—¿Escucharon? Es la sobrina de la sacerdotisa.
—¿De verdad? Entonces debe ser especial.
—No le vi bien el rostro… pero sus ojos eran muy bonitos.
—Cabello negro, ojos turquesa… debe ser del clan de las nieves.
—Seguro vino por la sacerdotisa… o por el joven amo.
—Si es por él, Sheli no estará feliz.
Las risas no tardaron en aparecer.
—Como si ella tuviera alguna oportunidad…
—Igual que nosotras —añadió otra con tono burlón.
—Pero si el señor de la ciudad la ve…
El ambiente cambió ligeramente.
—Eso sería un problema…
—Una hembra así llamaría su atención.
Las voces siguieron expandiéndose como una ola. En cuestión de minutos, la noticia de la “sobrina de la sacerdotisa” comenzó a recorrer el mercado.
Merea no notó nada.
Su atención estaba completamente enfocada en Nana, cuidando no perderla entre la multitud.
Nana, por otro lado, sí lo notó… y estaba satisfecha.
“Perfecto”, pensó.
Mientras más rápido se difundiera la historia, más protegida estaría Merea.
Se detuvieron frente a un puesto lleno de vegetales.
—Pequeña, mira esto —dijo Nana tomando uno rojo—. Esto se llama tomate. Tiene un sabor ligeramente dulce con un toque ácido. Es muy útil para sopas y guisos.
Merea lo observó con curiosidad.
—Es suave… y brillante. Nunca había visto algo así.
El vendedor, un hombre bestia zorro, las observaba con atención.
—Sacerdotisa, hoy puedo dejarle los tomates a mitad de precio… por su compañía.
Nana levantó una ceja.
—Eres audaz —respondió—. ¿Estás intentando impresionar a mi sobrina?
El hombre se tensó un poco, pero luego sonrió.
—Solo digo lo que pienso.
—Mi sobrina será sacerdotisa —añadió Nana con calma—. No es alguien con quien debas jugar.
—Entonces con más razón —respondió él—. Los tomates siguen a mitad de precio.
Nana sonrió levemente.
—Enséñale, pequeña —dijo—. Debes elegir los más maduros.
Merea tomó uno con cuidado.
—Este está más rojo que los otros… ¿eso significa que es mejor?
—Exacto —respondió Nana—. Mientras más uniforme el color, mejor sabor tendrá.
En ese mismo puesto, el vendedor tenía otros productos.
—También tengo cebollas, zanahorias, pimientos y calabaza —añadió señalando—. Todo fresco.
Merea fue observando uno por uno.
—Esto… —dijo tomando una zanahoria— es duro.
—Se vuelve suave al cocinarlo —explicó Nana—. Aporta dulzura a los platos.
—¿Y esto? —preguntó señalando la cebolla.
—Ese tiene un sabor fuerte, pero cuando se cocina cambia completamente. Es base para muchas preparaciones.
Merea asintió, tratando de memorizar todo.
Compraron varias cosas: tomates, cebollas, zanahorias, calabaza, pimientos y algunos granos como arroz.
Después, Nana la llevó a la zona de carnes.
El ambiente era distinto: más ruidoso, más intenso.
—¡Sacerdotisa! —gritó un hombre oso levantando la mano—. Tengo carne de ciervo fresca.
Nana se acercó sin dudarlo.
—Sabes lo que me gusta, Abu.
—Tuviste suerte —respondió él con orgullo—. Llegaste primero. Está limpia y trozada.
Mientras Nana revisaba la carne, el hombre miró a Merea.
—Hola —dijo con una sonrisa.
Merea levantó la mirada.
—Hola.
—¿Cómo te llamas?
—Merea. Soy sobrina de la sacerdotisa. ¿Y usted?
—Abu —respondió, claramente nervioso—. Soy del clan oso. Si buscas un buen compañero… puedo presentarte a mi hermano, es líder del clan.
Merea se quedó un segundo en silencio.
—Yo no estoy—
—Abu —interrumpió Nana con firmeza, sin levantar la voz—. Mi sobrina aún es joven. No intentes apresurar cosas que no te corresponden.
El hombre se rascó la cabeza, algo avergonzado.
—Entiendo… solo lo mencioné.
—Dame todo el ciervo —continuó Nana—. Llévalo a la residencia del joven amo.
Eso hizo que Abu entendiera inmediatamente.
—Claro… yo lo llevaré.
Pagaron, aunque él insistió en bajar el precio.
Después de comprar algunas cerámicas y utensilios más, Nana finalmente habló:
—Es hora de regresar. Hoy cocinarás.
Los ojos de Merea brillaron.
—Gracias, Nana. Me gusta aprender contigo.
—Eso es porque realmente quieres hacerlo —respondió ella.
Al regresar a la residencia, todo ya había sido entregado.
Nana llevó a Merea directamente a la cocina.
—Primero, lavaremos todo —dijo—. Luego comenzaremos con algo sencillo: sopa, arroz y carne salteada.
Merea asintió con concentración.
—Para la sopa —continuó Nana— usaremos tomate, cebolla y zanahoria. Primero debes cortar.
Tomó un cuchillo y le mostró.
—Sujétalo así. Mantén los dedos alejados.
Merea imitó el movimiento con cuidado.
—¿Así está bien?
—Un poco más firme… eso es.
Cortaron los vegetales lentamente.
—La sopa necesita equilibrio —explicó Nana—. El tomate dará acidez, la zanahoria dulzura, la cebolla profundidad.
—¿Y el agua?
—Se añade al final. Primero se sofríe.
Pasaron luego al arroz.
—Este debes lavarlo varias veces —dijo Nana—. Hasta que el agua salga clara.
Merea lo hizo, observando cómo el agua cambiaba.
—Es… diferente.
—Todo aquí lo es para ti —respondió Nana.
Finalmente, la carne.
—La cortaremos en tiras —explicó—. Luego la saltearemos con un poco de sal y especias.
—¿Qué especias?
—Sal, un poco de hierbas secas y este polvo —dijo mostrando uno oscuro—. Realza el sabor.
Merea siguió cada paso con atención, completamente concentrada.
El sonido de la cocina llenó el espacio.
Y por primera vez…
Merea no era una princesa.
No era una figura protegida.
Era simplemente alguien aprendiendo algo nuevo.
Y sonreía mientras lo hacía.
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