Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 75
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Capítulo 75: Capítulo 75 Lo que se rompe y lo que se protege
La puerta se cerró con un golpe seco.
El sonido atravesó la habitación y quedó suspendido en el aire, como si nadie se atreviera a romperlo. Los dos hombres bestia que habían acompañado a Bai Sheli permanecieron donde estaban, rígidos, con la cabeza inclinada. Ninguno la miró directamente.
No era necesario.
Sabían cómo terminaba esto.
Sheli avanzó despacio.
Cada paso era firme, elegante… y contenido. Demasiado contenido. Su postura seguía siendo perfecta, su expresión incluso parecía tranquila a primera vista. Pero en sus ojos había algo que no coincidía con esa calma.
Se detuvo frente a una mesa baja. Sobre ella, una bandeja de porcelana reposaba intacta, con una tetera aún tibia y dos tazas perfectamente alineadas.
Durante un segundo no hizo nada.
Luego, su mano se movió.
La bandeja salió disparada contra la pared.
El impacto fue violento. La porcelana estalló en fragmentos, el té se esparció como una mancha oscura sobre la superficie clara. Uno de los hombres se tensó. El otro apretó los dientes.
Sheli no los miró.
—…una sobrina… —murmuró.
Su voz era baja. Demasiado baja.
Dio un paso más, tomó un jarrón sin siquiera mirarlo y lo lanzó contra el suelo. El sonido seco de la cerámica rompiéndose llenó el espacio.
—¿Una sobrina…? —repitió, y esta vez una sonrisa apareció en su rostro.
No era amable.
Era afilada.
Se giró de golpe.
—¿Eso fue lo mejor que pudieron encontrar para reemplazarme?
Nadie respondió.
El silencio pesó.
Y eso fue un error.
Sheli avanzó sin aviso y golpeó al hombre más cercano. El impacto fue directo, sin contención. Él cayó de rodillas, aturdido, sujetándose el rostro.
—¡Respóndeme! —exigió.
El otro retrocedió un paso.
—Señorita… nosotros solo—
No terminó.
Sheli lo sujetó del cuello de la ropa y lo empujó contra la pared. El golpe resonó con fuerza.
—No me repitas lo que dicen —su voz bajó aún más, volviéndose peligrosa—. Quiero hechos.
El hombre tragó saliva.
—El joven maestro… no se apartó de ella.
Silencio.
—¿Nada? —preguntó Sheli, sin parpadear.
—Nada.
—¿Ni cuando llegué?
El hombre dudó apenas.
—No.
Ese pequeño instante fue suficiente.
Sheli lo soltó.
Retrocedió un paso. Luego otro.
Se llevó una mano al rostro, cubriéndose los ojos un momento.
Su respiración cambió.
No era descontrolada.
Era más profunda.
Más pesada.
—La toma de la mano en público… —murmuró, caminando lentamente—. La protege… la presenta…
Se detuvo.
Sus dedos se cerraron con fuerza.
—Y sonríe.
El silencio se volvió más denso.
—¿Desde cuándo sonríe así…? —preguntó en voz baja.
Nadie respondió.
Porque todos sabían.
Nunca.
Sheli dejó escapar una risa breve, sin humor.
—Sonríe…
Sus hombros se tensaron.
—Después de todo este tiempo…
Bajó la mano del rostro.
Sus ojos ya no estaban desbordados.
Estaban claros.
Fríos.
—No.
La palabra salió suave.
Decidida.
Se giró lentamente hacia ellos.
—Eso no va a quedarse así.
Uno de los hombres, aún arrodillado, reunió valor.
—Señorita… si el joven maestro ya tomó una decisión—
Sheli lo miró.
Y eso fue suficiente.
El hombre se quedó en silencio.
—Entonces hará otra —respondió ella con calma—. O aprenderá a hacerlo.
Dio un paso hacia él.
—Porque hay algo que él no entiende.
Se inclinó ligeramente.
—Si me gusta… es mío.
Silencio.
Nadie discutió.
Nadie podía.
Sheli se enderezó con elegancia, como si la habitación no estuviera destruida.
—Tráeme a alguien.
El sirviente dudó.
—¿A quién…?
Sheli lo miró con desprecio.
—Errantes.
El aire se tensó.
—Señorita… eso podría—
—No me interesa lo que podría pasar —lo interrumpió con frialdad—. Me interesa lo que va a pasar.
Se acercó un poco más.
—Quiero que desaparezca.
Pausa.
—Sin ruido.
—Sin conexión conmigo.
—Y rápido.
El hombre bajó la cabeza.
—…sí.
Sheli lo observó un segundo más.
Luego suspiró, como si algo en todo eso le molestara.
Se llevó una mano al cabello, acomodándolo con calma.
—No era necesario llegar a esto… —murmuró.
Se giró hacia el hombre que había golpeado y se agachó frente a él.
—¿Te duele?
El hombre asintió, confundido.
Sheli suavizó ligeramente la expresión.
—No era mi intención.
Le acomodó la ropa con cuidado.
—Pero tampoco es tu culpa.
Pausa.
Sus ojos se endurecieron otra vez.
—Es de ella.
Se levantó.
—Muévanse.
Se giró hacia la ventana, observando la ciudad.
—Y una cosa más.
El sirviente se tensó.
—Obsérvala.
—Quiero saber todo.
—Si sonríe.
—Si duda.
—Si se equivoca.
Su voz bajó apenas.
—Porque todos lo hacen.
Silencio.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Y cuando lo haga…
Sus ojos brillaron.
—Ahí será cuando la rompa.
Nadie respondió.
Pero ambos entendieron.
Esto no había terminado.
Apenas comenzaba.
La noche, en otro lugar, era completamente distinta.
La habitación estaba en silencio.
Merea dormía profundamente sobre la cama, su respiración suave, estable. El cansancio del día y la energía que Hyun Ryu había canalizado en su núcleo la habían llevado a un descanso real.
A su lado, Kiu permanecía acurrucado, pequeño, aparentemente inofensivo.
Pero Hyun Ryu no dormía.
Estaba sentado en el sofá, inclinado hacia adelante, los codos apoyados sobre las rodillas. Su mirada estaba fija en ella.
No solo observaba.
Evaluaba.
Cada respiración.
Cada mínimo movimiento.
Su mente seguía reconstruyendo lo ocurrido en el mercado.
Bai Sheli.
Su mirada.
Su forma de hablar.
Su reacción.
Hyun Ryu exhaló lentamente.
—…no va a esperar —murmuró.
No era una duda.
Era una certeza.
Se levantó.
Caminó hasta la cama y se detuvo junto a Merea.
La observó en silencio.
Dormía sin defensas.
Sin tensión.
Confiada.
Eso… lo hizo fruncir ligeramente el ceño.
No por molestia.
Por algo más complejo.
Extendió la mano y apartó con suavidad un mechón de su rostro.
El contacto fue breve.
Pero no indiferente.
—Te metiste en algo problemático… —murmuró en voz baja.
Sus ojos se suavizaron apenas.
—Y aun así no retrocedes.
Una leve exhalación salió de sus labios.
—Bien.
Se enderezó.
—Entonces no voy a dejar que te rompan.
Giró la cabeza.
—Kiu.
El pequeño zorro abrió los ojos de inmediato.
—Kiu.
—Ven.
Kiu saltó al suelo sin hacer ruido y se acercó.
Hyun Ryu lo miró fijamente.
—Escucha bien.
El tono había cambiado.
Kiu se tensó ligeramente.
—No te separes de ella —continuó—. Ni un segundo.
Kiu asintió.
—Kiu.
—Si alguien se acerca… reaccionas antes.
El pequeño zorro mantuvo la mirada.
—Y si es necesario…
Hyun Ryu hizo una pausa.
—Te doy permiso.
El ambiente se volvió más pesado.
Kiu no respondió de inmediato.
Sus ojos cambiaron apenas.
Ya no parecían los de una criatura pequeña.
—Kiu.
Aceptación.
Hyun Ryu sostuvo su mirada un segundo más.
—No falles.
Kiu negó suavemente.
Luego volvió a la cama.
Se acomodó junto a Merea… pero no se acurrucó.
Se mantuvo alerta.
Vigilando.
Hyun Ryu lo observó un momento más.
Luego se dirigió hacia la puerta.
Se detuvo antes de salir.
Giró la cabeza una última vez.
Su mirada volvió a Merea.
—…no te van a tocar.
No era una promesa.
Era una decisión.
Salió de la habitación.
La puerta se cerró en silencio.
Kiu no se movió.
La noche siguió avanzando.
Tranquila en apariencia.
Pero en algún lugar de la ciudad…
Una orden ya había sido dada.
Y esa misma noche…
Alguien iba a intentar cumplirla.
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