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Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 79

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Capítulo 79: Capítulo 79 Juegos peligrosos

Y eso… podía ser aún más peligroso.

El silencio se sostuvo unos segundos más, denso, incómodo, cargado de todo lo que ninguno de los dos estaba diciendo en voz alta.

Hyun Yie fue el primero en romperlo.

Su sonrisa no desapareció.

Al contrario, se acentuó apenas, como si la escena frente a él fuera exactamente lo que esperaba encontrar desde el momento en que decidió entrar sin anunciarse.

—¿Terminaste? —preguntó con ligereza, como si estuviera comentando algo sin importancia.

Bai Sheli no respondió de inmediato.

Su pecho aún subía y bajaba con fuerza, pero poco a poco fue obligando a su respiración a estabilizarse. No iba a darle el gusto de verla descontrolada más tiempo del necesario. Enderezó la espalda con cuidado, apartó el cabello de su rostro y levantó el mentón, reconstruyendo esa imagen impecable que siempre mostraba.

Aunque el desorden a su alrededor la delatara.

—No recuerdo haberte invitado —dijo finalmente, con una voz firme que apenas dejaba ver el rastro de irritación.

Hyun Yie soltó una leve risa nasal.

—Qué curioso. Yo tampoco recuerdo necesitar invitación.

Y sin esperar respuesta, dio un paso al frente, luego otro, avanzando con total naturalidad entre los restos rotos como si no existieran. Su mirada recorrió el lugar con calma, deteniéndose en los muebles volcados, en los fragmentos de cerámica esparcidos por el suelo, en el aire aún cargado de tensión.

—Vaya… —murmuró—. Te superaste esta vez.

No había reproche en su voz.

Solo entretenimiento.

Bai Sheli lo observó sin moverse, siguiendo cada uno de sus pasos con atención. Este hombre no venía sin motivo, nunca lo hacía, y eso la obligaba a mantenerse alerta incluso cuando todo en su interior aún ardía.

—¿A qué vienes? —preguntó, directa.

Hyun Yie no respondió de inmediato. Se detuvo en medio de la habitación y giró ligeramente la cabeza hacia los dos hombres bestia que aún permanecían allí, tensos, inseguros de si debían retirarse o quedarse.

—Fuera.

La orden fue simple, natural, sin necesidad de elevar la voz.

Los dos dudaron apenas un instante, sus miradas desviándose hacia Bai Sheli en busca de confirmación. Hyun Yie notó ese gesto y su sonrisa se ensanchó ligeramente.

—¿Necesitan que lo repita?

La tensión se volvió más pesada.

Bai Sheli apretó los dedos a su costado antes de hablar.

—Salgan.

Esta vez no hubo duda. Ambos inclinaron la cabeza con rapidez y se retiraron, cerrando la puerta tras de sí.

El silencio regresó.

Pero ya no era el mismo.

—Ahora sí —dijo ella, cruzándose de brazos—. Habla. ¿A qué debo tu presencia aquí?

Hyun Yie inclinó la cabeza apenas, observándola con detenimiento.

—¿Hablar? —repitió con suavidad—. Pensé que ya lo habías dicho todo.

Sus ojos descendieron brevemente hacia la mano de Bai Sheli. No necesitaba verla para saber qué había notado: sus uñas seguían clavadas en la piel, la tensión aún presente, la ira contenida.

Soltó una risa baja.

—Mandas a tus hombres… fallan. Mandas a más… vuelven a fallar. Y luego decides hacerlo tú misma.

Hizo una pausa, disfrutando cada palabra.

—Ambicioso.

No era un halago.

Bai Sheli no reaccionó de inmediato, pero sus dedos se hundieron un poco más en la piel hasta que un hilo de sangre comenzó a deslizarse por su palma. Su rostro, sin embargo, se mantuvo sereno.

—No sé de qué estás hablando.

Hyun Yie arqueó una ceja, claramente divertido.

—Claro que sí. Sabes que siempre me entero. Esta es mi ciudad… y todo lo que pasa en ella me pertenece.

Se acercó un poco más, lo suficiente para que su presencia se sintiera más pesada.

Bai Sheli sostuvo su mirada, sin retroceder, pero tampoco enfrentándolo directamente. Sabía que no podía permitirse cruzar esa línea.

Aún no.

—Si viniste solo para burlarte —dijo con calma—, ya terminaste.

Hyun Yie la observó unos segundos más, analizándola, midiendo cada pequeño cambio en su expresión, en su respiración, en su postura.

Luego sonrió.

—No.

Su tono fue tranquilo.

Seguro.

—Vine porque me aburría.

Hizo una pausa breve.

—Y tú… eres interesante cuando pierdes el control.

El silencio volvió a caer, pero esta vez era distinto. Bai Sheli ya no gritaba ni rompía cosas. Estaba quieta, aparentemente serena, pero sus ojos seguían ardiendo.

Y Hyun Yie lo sabía.

Por eso no dejaba de sonreír.

Porque para él… esto apenas comenzaba.

No se movió de inmediato. La observó un poco más, como si aún estuviera evaluando cuánto podía sacar de ella antes de perder el interés. Luego avanzó sin prisa hasta uno de los sofás intactos y se dejó caer en él con total comodidad, como si ese lugar fuera suyo, como si siempre lo hubiera sido.

Se acomodó con el brazo apoyado en el respaldo, relajado, dueño absoluto de la situación.

—Sabes, Sheli… —comenzó con tono ligero—. Aún no conozco a esa hembra que tiene tan interesado a mi hijo.

Sus labios se curvaron.

—Pero debo admitir que ambas son bastante divertidas.

Sus ojos se fijaron en ella.

—Aunque tú… lo eres más cuando fallas.

El comentario cayó sin suavizarse.

Bai Sheli no respondió, pero su mandíbula se tensó y sus dientes volvieron a hundirse en su labio hasta hacerlo sangrar.

Hyun Yie lo notó al instante.

—En dos días será la reunión —continuó—. Me gustaría verte con mejor ánimo. Después de todo… todas tus artimañas fueron inútiles.

El silencio se tensó aún más.

—Pero no te preocupes —añadió con ligereza—. Hoy estoy de buen humor.

Chasqueó los dedos.

Un hombre bestia apareció y se arrodilló frente a él, sosteniendo un pequeño frasco de cristal con un líquido rojo en su interior.

Hyun Yie lo tomó y lo observó con interés.

—Pensé en ayudarte un poco.

Alzó el frasco.

—No tiene olor. No tiene sabor. Y es… bastante potente.

Sus ojos volvieron a ella.

—Me pregunto cómo reaccionará mi hijo cuando no tenga opción.

No había duda en sus palabras.

Solo diversión.

Bai Sheli lo observó, y aunque la rabia seguía ardiendo en su interior, algo más surgió con fuerza.

Oportunidad.

Avanzó sin dudar y se arrodilló frente a él, inclinándose lo suficiente como para aceptar lo que le ofrecía.

—Mi señor… —murmuró, controlada.

Hyun Yie la miró desde arriba, satisfecho.

—Así está mejor.

Le entregó el frasco.

Sus dedos rozaron los de ella apenas un instante antes de soltarlo.

Luego se puso de pie con la misma calma con la que había llegado.

No había más que hacer ahí.

No por ahora.

La miró una última vez.

—Diviérteme —dijo con ligereza—. No arruines el espectáculo antes de la reunión.

Bai Sheli sostuvo el frasco con fuerza, sin responder.

Hyun Yie sonrió.

Para él, esto ya había dejado de ser interesante.

O quizás… estaba a punto de serlo en otro lugar.

Hyun Yie se giró sin añadir nada más y caminó hacia la salida con la misma despreocupación con la que había entrado, como si lo ocurrido dentro de esa habitación no tuviera ningún peso para él. No miró atrás en ningún momento, ni siquiera para comprobar la reacción de Bai Sheli, porque simplemente no le interesaba. Para él, todo aquello no era más que un pequeño entretenimiento pasajero, algo que ya empezaba a perder valor en cuanto dejaba de estar frente a sus ojos.

La puerta se cerró tras su salida y el sonido seco marcó el final de su presencia, dejando la habitación sumida en un silencio denso, pero muy distinto al de antes.

Esta vez no había gritos.

No había objetos rompiéndose.

No había descontrol.

Bai Sheli permaneció de rodillas frente al sofá unos segundos más, completamente quieta, como si necesitara ese breve instante para reorganizar cada pensamiento que aún ardía dentro de ella. Su respiración ya no era irregular, aunque todavía conservaba restos de la tensión anterior, y su mirada se mantuvo fija en el pequeño frasco que ahora sostenía con firmeza entre sus manos.

El líquido rojo en su interior se movió ligeramente, reflejando su rostro de forma inestable, distorsionada, como si mostrara una versión más oscura de sí misma. No apartó la vista. Al contrario, lo observó con detenimiento, dejando que el silencio terminara de asentarse a su alrededor.

Lentamente, sus dedos se cerraron un poco más alrededor del frasco.

Entonces sonrió.

No era una sonrisa impulsiva ni descontrolada como las de hacía unos minutos. Tampoco era una expresión cargada de rabia evidente. Era algo más contenido, más firme, más peligroso en su quietud.

Una decisión.

Porque, al final, todo volvía al mismo punto.

Bai Sheli nunca había sido alguien que aceptara perder.

Nunca había retrocedido realmente.

Y mucho menos iba a hacerlo ahora.

Si algo la definía por encima de todo, era su capacidad de obtener lo que deseaba, sin importar los medios, sin importar a quién tuviera que arrastrar en el proceso, sin importar el precio que eso implicara.

Y esta vez…

No sería diferente.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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