Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 80
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Capítulo 80: Capítulo 80 Ecos del linaje y juegos de poder
Hyun Yie abandonó la residencia del clan Bai sin prisa, como si el tiempo no tuviera ningún valor real para él. El aire exterior era más fresco, pero no logró borrar la ligera sensación de hastío que comenzaba a instalarse en su expresión. Caminó por las calles de la ciudad con la misma naturalidad con la que alguien recorre su propio territorio, porque en esencia lo era. Las miradas se inclinaban a su paso, los cuerpos se apartaban con respeto automático, y el silencio se abría frente a él como un camino despejado, pero nada de eso lograba captar su interés.
Su mente ya estaba en otra parte.
Su sonrisa habitual, ligera y despreocupada, fue cambiando poco a poco hasta volverse más tenue, más pensativa. No era común en él detenerse demasiado en una idea, mucho menos sostenerla, pero esta vez había algo distinto que lograba retener su atención más de lo habitual.
—Dos días… —murmuró en voz baja.
La reunión.
El punto donde varias piezas comenzarían a moverse al mismo tiempo.
Y eso… sí tenía potencial.
Sus ojos se entrecerraron apenas, y una chispa de interés real apareció en su mirada.
—Veamos si logran no aburrirme…
Porque al final, todo se reducía a eso. Diversión. Nada más. Nada que implicara compromiso, nada que lo atara más allá de lo que él decidiera.
Sin embargo, había algo que no terminaba de encajar del todo.
Esa hembra.
La que había captado la atención de su hijo.
Hyun Ryu no era alguien fácil de alterar, mucho menos de esa forma. No se interesaba en cualquiera, no perdía el tiempo en juegos vacíos como él mismo lo hacía.
Y precisamente por eso…
Le resultaba interesante.
—Quiero verla… —murmuró con una leve sonrisa—. Quiero saber qué tiene de especial.
No era emoción.
No era interés profundo.
Era curiosidad.
Simple y pura.
Como quien observa algo nuevo que podría convertirse en entretenimiento… o en decepción.
Al llegar a su residencia, el ambiente cambió de inmediato. El lugar era amplio, elegante y silencioso, con una perfección casi artificial en cada detalle, como si todo hubiera sido diseñado exclusivamente para complacerlo. No se detuvo en la entrada ni permitió que nadie anunciara su llegada. Simplemente avanzó, atravesando los pasillos hasta sus aposentos.
Una vez dentro, dejó escapar un suspiro leve y se dejó caer en uno de los asientos, recostando la cabeza hacia atrás por un momento.
El silencio lo envolvió.
Y con él, sus pensamientos regresaron.
La reunión.
Bai Sheli.
Hyun Ryu.
Y esa hembra desconocida.
Todo comenzaba a alinearse.
O al menos, eso esperaba.
—Más vale que valga la pena…
El sonido de la puerta abriéndose interrumpió el momento.
Hyun Yie no se movió de inmediato. No necesitaba hacerlo. El aroma la delataba antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.
Una hembra bestia entró con pasos suaves, su presencia cuidadosamente construida para provocar. Su apariencia era llamativa, elegante, con una belleza trabajada al detalle, y su vestimenta dejaba lo suficiente a la vista como para atraer sin necesidad de esfuerzo.
Se acercó con seguridad.
Con práctica.
—Mi señor… —su voz fue suave, envolvente—. Pensé que querría compañía esta noche.
Hyun Yie giró apenas la cabeza, sus ojos recorriéndola con calma, evaluándola como si fuera un objeto más dentro de la habitación.
—¿Ah, sí? —respondió con tono ligero—. ¿Y qué te hace pensar que tú eres la compañía adecuada?
La hembra sonrió, acercándose un poco más, inclinándose lo suficiente para invadir su espacio.
—Porque siempre vuelves a llamarme.
Él soltó una risa baja, divertida.
No lo negó.
Pero tampoco lo confirmó.
Levantó la mano y sostuvo su mentón con suavidad, obligándola a mirarlo directamente.
—Tienes confianza —murmuró—. Eso me gusta.
Su pulgar rozó su piel en un gesto calculado, un juego que había repetido demasiadas veces.
Pero su mirada…
Ya no estaba ahí.
La soltó.
Sin brusquedad.
Sin interés.
—Pero no hoy.
La hembra parpadeó, desconcertada.
—¿Mi señor?
Hyun Yie se recostó nuevamente, completamente relajado.
—Estoy aburrido —dijo sin rodeos—. Y tú ya no eres suficiente para distraerme.
No fue cruel en el tono.
Pero sí definitivo.
Ella intentó insistir, recuperar terreno.
—Puedo hacerlo mejor—
—No —la interrumpió sin mirarla—. Ya lo intentaste.
El silencio cayó, incómodo.
Pesado.
Hyun Yie llevó una mano a su sien, claramente desinteresado.
—Vete.
No hubo enojo.
No hubo explicación.
Solo indiferencia.
La hembra contuvo cualquier reacción visible, inclinó la cabeza y se retiró en silencio.
Cuando la puerta se cerró, él ni siquiera giró a verla.
Sus ojos permanecieron fijos en el techo unos segundos más, hasta que una leve sonrisa volvió a formarse en sus labios.
No por ella.
Sino por la idea que regresaba una y otra vez.
Esa hembra.
—Espero que no me decepciones…
Porque si lograba captar su atención…
Entonces sí valdría la pena.
Y si no…
Sería igual que todas.
Olvidable.
________________
Había pasado un día completo.
Un día tranquilo, dentro de lo posible.
Nana se movía constantemente, cuidando cada detalle, asegurándose de que nada faltara, pero siempre repitiendo el mismo patrón: en ciertos momentos los dejaba solos, como si comprendiera algo que no necesitaba decir.
Hyun Ryu aprovechaba cada uno de esos momentos.
Siempre encontraba la forma de apartar a Kiu.
—Ve con Nana —le decía con calma.
El pequeño zorrito protestaba, dudaba, pero al final obedecía, alejándose con pasos lentos y girando la cabeza más de una vez.
Porque incluso él percibía algo distinto.
Cuando quedaban solos, el ambiente cambiaba.
Se volvía más silencioso.
Más cercano.
Hyun Ryu se acercó a Merea con cuidado, como si temiera romper algo frágil entre ellos.
—Ven —dijo en voz baja.
Ella lo siguió sin resistencia.
Se sentó frente a él.
Y entonces, con una delicadeza que contrastaba completamente con su naturaleza, apoyó la mano sobre su pecho.
Sobre su núcleo.
Su energía comenzó a fluir.
Cálida.
Constante.
Envolviendo lo dañado, reparando lentamente.
Merea sintió ese calor extenderse dentro de ella, como una corriente tranquila que recorría cada parte fragmentada.
No dolía.
La calmaba.
Hyun Ryu no retiró la mano.
No quiso hacerlo.
Sus dedos se tensaron apenas, y su mirada se mantuvo fija en ella, más suave de lo habitual, cargada de algo que no intentaba ocultar del todo.
—No fuerces tu energía —murmuró—. Aún no está estable.
Merea asintió.
Pero ya no estaba completamente presente.
Algo se movía dentro de su mente.
Un recuerdo.
______________
Otro recuerdo emergió, arrastrando todo a su paso hasta que la oscuridad lo cubrió por completo. Esta vez no hubo transición suave ni fragmentos dispersos; la visión la envolvió de golpe, sumergiéndola en una escena clara y dolorosamente nítida. Merea volvió a ver a si misma como una niña, pequeña e indefensa, observando sin poder intervenir aquello que se desarrollaba frente a sus ojos.
Su padre estaba de pie, confiado, sin notar el peligro que tenía delante. Frente a él se encontraba el hombre en quien más confiaba, su mano derecha, alguien que había estado a su lado durante años. No hubo advertencia, no hubo duda visible en su expresión. La daga apareció en un movimiento rápido, preciso, directo al corazón. Todo ocurrió en un instante: el impacto, la sorpresa en los ojos de su padre, no por el dolor, sino por la traición. No se defendió, no reaccionó, porque jamás imaginó que ese golpe vendría de alguien en quien había depositado su confianza.
La escena quedó grabada con una claridad insoportable: la sangre, el silencio que siguió, el cuerpo cayendo sin resistencia.
—No…
El susurro salió de Merea sin fuerza, incapaz de cambiar lo que ya estaba ocurriendo.
Despertó de golpe, con la respiración descontrolada y el cuerpo reaccionando antes de que su mente pudiera organizar lo que acababa de ver. El miedo la empujó a moverse de inmediato, nadando con desesperación hasta la recámara de sus padres. Al llegar, se aferró a su padre con fuerza, escondiéndose contra él como si así pudiera protegerlo de lo que había visto.
—No fue un sueño… te va a matar…
Sus palabras salieron entrecortadas, torpes, propias de una niña que no entendía del todo lo que estaba diciendo, pero que sentía con una certeza absoluta que aquello era real. En ese instante, sus ojos dorados brillaron con un destello leve, casi imperceptible para ella, pero no para quienes la observaban.
Esa vez, fue visto.
Su padre no reaccionó de inmediato, pero algo en su expresión cambió, y esa misma noche decidió investigar por su cuenta. No ignoró las palabras de su hija, no las tomó como un simple miedo infantil. Observó, siguió indicios y finalmente encontró la verdad. Descubrió la traición de su mano derecha y, detrás de todo, la presencia de esa hembra que había influido en los acontecimientos.
No necesitó decirlo en voz alta. Lo entendió.
Y junto con esa verdad, comprendió algo más inquietante: el poder que su hija acababa de manifestar.
Cuando volvió a verla, su mirada ya no era la misma. Había en ella una atención distinta, más profunda, más consciente del riesgo que representaba lo que había despertado en Merea. Su madre también lo notó de inmediato. Como sacerdotisa, había visto señales antes, había interpretado presagios y realizado rituales para comunicarse con el dios bestia, pero esto superaba todo lo que conocía.
—Ha despertado… —susurró, con una mezcla de asombro y preocupación.
El linaje de las bestias celestiales era algo extremadamente raro, algo que no debía manifestarse tan pronto . Era un poder que atraía peligro, que convertía a quien lo poseía en un objetivo. Y Merea, aún siendo una niña, ahora cargaba con ese peso.
Desde ese momento, todo cambió.
Sus padres se volvieron más protectores, más vigilantes, más cuidadosos en cada decisión. No era desconfianza hacia ella, sino miedo por lo que otros podrían hacer si descubrían la verdad. Sabían que su linaje ya era peligroso por sí solo, pero ahora, con ese despertar, se había vuelto aún más.
Merea, dentro de ese recuerdo, no lograba comprender completamente sus palabras. Las escuchaba, pero no podía unirlas del todo, como piezas que no terminaban de encajar. Aun así, permaneció en silencio, absorbiendo cada fragmento, cada cambio en el ambiente, cada emoción contenida de sus padres.
Poco a poco, la escena comenzó a desvanecerse.
El entorno perdió forma, los sonidos se apagaron, y el mar espiritual volvió a rodearla con su presencia inmensa y silenciosa. Pero esta vez, Merea no se detuvo. Había algo que la empujaba a seguir, una necesidad de entender, de encontrar respuestas en lo más profundo de esos recuerdos.
Se adentró más.
Hacia otro recuerdo.
Uno que no solo revelaría lo que había ocurrido…
Sino el origen de todo.
Porque desde entonces, las bestias celestiales se volvieron algo casi inexistente, nacimientos tan raros que parecían desaparecer con el tiempo, como si el mundo mismo intentara ocultarlas.
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