Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 81
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Capítulo 81: Capítulo 81 El origen que la sangre no olvida
Merea permanecía en su mar espiritual, rodeada por aquella inmensidad silenciosa que parecía no tener principio ni fin. Sin embargo, esta vez no había paz en ese lugar. Sus pensamientos se agitaban sin orden, chocando entre sí mientras intentaba dar sentido a todo lo que había visto. Los recuerdos no eran simples escenas del pasado; había algo más en ellos, algo que pesaba, que advertía, que señalaba un camino que aún no lograba comprender.
Las palabras “bestias celestiales” se repetían en su mente con insistencia. Intentó recordarlas de algún lugar, de algún libro, de alguna conversación, pero no encontró nada. No estaban en sus memorias recientes, ni en los fragmentos que había recuperado. Incluso con Hyun Ryu… nunca habían hablado de eso. Era como si ese conocimiento hubiera sido borrado o escondido deliberadamente.
Frunció ligeramente el ceño, llevando una mano hacia su pecho, como si pudiera calmar la inquietud que comenzaba a crecer dentro de ella. ¿Por qué sus padres habían reaccionado de esa manera? ¿Por qué tanto miedo? ¿Por qué ese cambio tan repentino en la forma en que la trataban?
Su respiración se volvió irregular, y el mar espiritual respondió, ondulando suavemente a su alrededor como un reflejo de su inestabilidad.
Entonces, la voz regresó.
No fue brusca ni invasiva. Fue suave, clara, envolvente, como una corriente tranquila que atravesaba el caos sin forzarlo.
—Debes calmarte —dijo con serenidad—. No será bueno para ti si continúas así.
Merea se quedó inmóvil. Había pasado tiempo desde la última vez que la escuchó, pero no la había olvidado. Esa voz tenía algo distinto; no imponía, no exigía, pero lograba calmar algo profundo dentro de ella.
Cerró los ojos por un instante, dejando que esa sensación la alcanzara. Poco a poco, su respiración se estabilizó.
—Si quieres saberlo… puedo ayudarte.
Merea abrió los ojos lentamente. Esta vez no dudó tanto. Ahora entendía que no estaba sola en ese lugar, y que esa voz sabía cosas que ella no. Recordó a sus padres, la forma en que la protegían, la tensión constante, la vigilancia silenciosa de sus hermanos.
Como si temieran perderla.
Como si ya supieran algo que ella no.
Su expresión se suavizó apenas, aunque la confusión seguía presente. Pero ahora había decisión.
—Sí… quiero saber.
La voz guardó un breve silencio antes de responder, como si confirmara su elección.
—Tú ya lo sabes… solo que aún no lo recuerdas. Pero te lo explicaré. Es una historia larga.
El mar espiritual cambió.
No desapareció, pero su entorno comenzó a transformarse, como si las aguas mismas reaccionaran a las palabras que estaban por surgir. Imágenes antiguas comenzaron a tomar forma, no como recuerdos personales, sino como algo más antiguo, más profundo, algo que pertenecía al origen mismo del mundo.
La voz habló nuevamente, y esta vez su tono adquirió un peso distinto.
Narraba.
Revelaba.
Antes de que existiera el cielo o el mar, antes de que el mundo tuviera nombre, solo existía Aerhyon, el Dios Bestia Primordial, origen de toda vida. De él nacieron las primeras formas, los primeros seres, los primeros latidos del mundo. En su soledad, creó a su primer hijo, Jun, el zorro celestial de nueve colas, portador del fuego espiritual y la conciencia.
Pero la existencia en soledad, incluso para un dios, se volvía incompleta.
Así nació Yue, el tritón celestial, formado de las mareas y la compasión. Y con él, la soledad de Aerhyon desapareció por primera vez.
Uno a uno, los demás siguieron: el lobo de la luna, el león del sol, la serpiente del renacer, el águila del destino, la pantera de la sombra, el ciervo de la vida y el oso de la tierra. Nueve seres, unidos por sangre y voluntad, coexistiendo en equilibrio.
Hasta que nació el último.
Long.
El dragón celestial.
El más cercano al origen.
El más poderoso.
Y también… el más temido.
Las imágenes se volvieron más oscuras. La armonía se rompía lentamente, deformándose bajo el peso del miedo y los celos. Ocho de los hermanos alzaron sus manos contra Long. No como enemigos declarados, sino como traidores que justificaban sus actos bajo el temor.
Yue intentó detenerlos. No con fuerza, sino con compasión.
Y fue él quien más sufrió.
Cuando Aerhyon regresó, encontró a sus hijos rotos, y al más noble de ellos al borde de la muerte. El mundo tembló ese día, no por ira… sino por el dolor de un dios que veía a su propia sangre destruirse.
El castigo fue absoluto.
Les arrebató la inmortalidad, selló su poder y los envió al mundo como hombres bestia mortales. Antes de desaparecer, dejó una última verdad:
De su sangre nacerían otros… pero solo unos pocos heredarían lo que fueron.
Las imágenes se disiparon lentamente, como arena arrastrada por el agua.
El silencio regresó.
Pero no era el mismo.
Merea permaneció quieta, procesando cada palabra, cada imagen, cada sensación que había atravesado su mente. No sentía miedo exactamente… pero sí algo cercano a la tristeza. Una sensación extraña, profunda, como si ese dolor antiguo aún viviera en su sangre.
Bajó la mirada lentamente.
Entonces lo entendió.
Ella era diferente.
Siempre lo había sido.
Pero ahora sabía por qué.
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Y en ese mismo instante, en otro lugar, lejos de ese mar espiritual.
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Hyun Yie permanecía en silencio, con la mirada fija en la nada mientras la historia regresaba una vez más, no como un simple recuerdo, sino como una idea persistente que nunca había logrado ignorar. Desde joven, su padre le habló del origen de su linaje, de los zorros de nueve colas y de aquello que existía por encima de ellos: las Bestias Celestiales, el verdadero origen, un poder antiguo que ya no pertenecía a este mundo. Esa idea se quedó con él desde entonces, arraigándose con el paso del tiempo, porque aunque había heredado las nueve colas, conocía la verdad: no era uno de ellos, solo tenía la forma, no el linaje ni el origen.
Sus dedos se tensaron levemente sobre el reposabrazos, un gesto casi imperceptible que no reflejaba del todo lo que pensaba. Nunca lo decía en voz alta, pero siempre lo tuvo claro: si ese poder existió una vez, entonces podía volver a aparecer, y si volvía, él lo tendría. Esa convicción fue la que marcó cada una de sus decisiones, la razón por la que nunca eligió a una sola hembra, por la que ninguna se quedó a su lado. Hyun Yie no buscaba compañía ni afecto, buscaba un resultado, un heredero que rompiera ese límite, alguien que no fuera solo un zorro.
Sin embargo, todos sus intentos habían terminado igual. Hijos normales. Incluso Hyun Ryu. Su expresión no cambió al pensar en él; para otros podía ser excepcional, pero para Hyun Yie no era suficiente. Seguía siendo solo un zorro, nada más, otro intento incompleto. Aun así, no se detuvo, porque esa idea nunca lo abandonó, nunca dejó de empujarlo a seguir intentando.
Pero esa no era su única obsesión. Antes de eso, hubo otra más simple, más directa: la belleza. Recordó sus viajes, las hembras que conoció en distintos territorios, todas diferentes, todas atractivas a su manera, pero ninguna capaz de mantenerse en su mente por mucho tiempo. Todas terminaban volviéndose iguales, previsibles, reemplazables. Hasta que escuchó hablar de las sirenas, y más tarde, cuando finalmente vio una, entendió que no había comparación posible. Si los tritones ya superaban a cualquier criatura terrestre, las sirenas estaban en un nivel completamente distinto; su belleza no era algo que pudiera ignorarse ni replicarse.
Y, aun así, nunca pudo tener una.
Ese detalle, pequeño pero constante, quedó como una imperfección que no encajaba con el resto de su vida, algo que escapaba a su control, y precisamente por eso le resultaba molesto. Hyun Yie exhaló suavemente, dejando que ambos pensamientos coexistieran sin conflicto: el linaje que buscaba y la belleza que nunca obtuvo, dos deseos distintos, pero igual de firmes dentro de él. Y sin saberlo, ambos estaban a punto de cruzarse.
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