Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 82

  1. Inicio
  2. Mundo Bestial Las joyas de la Sirena
  3. Capítulo 82 - Capítulo 82: Capítulo 82 Recuerdos que no deberían cambiar
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 82: Capítulo 82 Recuerdos que no deberían cambiar

Y un nuevo recuerdo comenzó a tomar forma, desplegándose con una suavidad engañosa dentro del mar espiritual, como si aquella memoria hubiese estado esperando el momento exacto para mostrarse. La luz cambió poco a poco, volviéndose más cálida, más clara, y el agua alrededor de Merea adquirió ese tono sereno que siempre acompañaba sus recuerdos más tranquilos, envolviéndola sin presión, guiándola sin resistencia.

Merea volvió a ser pequeña.

Su cola dorada se movía con entusiasmo, trazando pequeños remolinos a su alrededor mientras flotaba cerca de su madre. Había una energía viva en ella, una emoción imposible de ocultar que se reflejaba en sus ojos brillantes, atentos, llenos de una curiosidad sincera que parecía demasiado grande para su tamaño.

—Mamá… —dijo, acercándose un poco más, casi pegándose a ella, como si temiera que se negara—. ¿Puedes enseñarme otra vez?

Su madre la miró con una leve sonrisa, tranquila, paciente, como si ya hubiera anticipado esa petición desde antes de que Merea hablara.

—Ya te enseñé ayer —respondió con suavidad, sin apartar la calma de su voz—. ¿No recuerdas?

Merea asintió de inmediato, con rapidez, moviendo la cabeza con tanta energía que algunos mechones de su cabello flotaron desordenados a su alrededor.

—¡Sí! Pero quiero hacerlo yo… bien esta vez.

No sonaba como un simple capricho.

Había algo más en su tono.

Una pequeña firmeza, una intención real de hacerlo mejor, de no depender, de probarse a sí misma que podía lograrlo. Era apenas la segunda vez que lo intentaba, pero para ella… eso ya significaba algo importante.

La primera vez había salido bien.

Y ese pequeño éxito había dejado una huella más profunda de lo que cualquiera esperaría.

Su madre soltó un suspiro leve, pero la sonrisa no desapareció.

—Está bien… pero esta vez lo harás tú. Yo solo miraré.

Los ojos de Merea se iluminaron al instante, como si esas palabras fueran todo lo que necesitaba.

Se movió con cuidado hacia el espacio donde solían preparar alimentos. No era improvisado ni primitivo; en su entorno existían utensilios bien adaptados al océano. Pequeñas cucharas de concha pulida, cuchillos finos hechos de coral endurecido, superficies lisas donde podía apoyar y organizar los ingredientes.

Merea tomó una cuchara con torpeza al inicio, luego un pequeño recipiente, intentando recordar cada paso. Sus movimientos no eran precisos, a veces dudaba, a veces se detenía más de lo necesario, pero había concentración en cada gesto.

Se equivocó una vez al medir.

Luego otra al mezclar.

Frunció el ceño.

Miró a su madre.

Su madre no intervino.

Solo asintió ligeramente.

Y Merea continuó.

El tiempo pasó sin que lo notara. Se esforzaba en recordar, en repetir, en corregir. Sus manos pequeñas trabajaban con más cuidado del que su edad sugería, y aunque el resultado no era perfecto, había dedicación en cada detalle.

Al final, sostuvo los bocadillos frente a ella, observándolos en silencio, como si buscara fallas invisibles.

No eran iguales.

No eran perfectos.

Pero eran suyos.

—¿…están bien? —preguntó en voz baja, casi con cautela.

Su madre los observó unos segundos más, valorando más el esfuerzo que la forma, antes de sonreír con suavidad.

—Sí. Esta vez… lo hiciste tú sola.

Y eso bastó.

La sonrisa de Merea apareció de inmediato, amplia, sincera, sin reservas, iluminando por completo su expresión.

Sin decir nada más, tomó una pequeña caja de concha reforzada, cuidadosamente trabajada para conservar alimentos incluso bajo el agua. La abrió, acomodó los bocadillos dentro con delicadeza y la cerró con cuidado, como si protegiera algo importante.

El trayecto era fluido, natural, como si su cuerpo ya lo conociera sin necesidad de pensar. Cuando finalmente llegó, redujo la velocidad, deteniéndose unos segundos antes de avanzar por completo, como si ese pequeño instante previo fuera necesario para reunir valor, aunque no supiera exactamente por qué.

Vael estaba ahí.

Como siempre.

Su figura destacaba entre las corrientes con una elegancia silenciosa, su presencia tranquila, firme, como si formara parte del propio océano. No necesitaba moverse para imponerse; el espacio a su alrededor parecía acomodarse a él.

Merea dudó apenas un instante… y luego avanzó, ocultando la caja detrás de su espalda.

—Llegaste tarde —comentó él con calma, aunque su mirada se suavizó apenas al verla.

Merea frunció ligeramente el ceño.

—No es tarde.

Se acercó un poco más y, sin darle mayor importancia, sacó la caja y se la extendió.

—Hice esto…

No explicó nada más.

No hacía falta.

Vael la miró un segundo antes de tomarla. La abrió con calma, observando el contenido sin apuro, como si evaluara más de lo que parecía, antes de tomar uno de los bocadillos y probarlo.

Merea no apartó la mirada ni un instante.

—¿Y bien? —preguntó, incapaz de esperar demasiado.

Vael terminó de masticar con tranquilidad, deliberadamente lento, antes de responder.

—Mejor que la última vez.

Merea frunció el ceño al instante.

—La última vez también estaba bien.

—Dije mejor —replicó él con calma—. Eso significa que mejoraste.

Y eso fue suficiente.

Su expresión cambió de inmediato, relajándose, satisfecha, acercándose un poco más sin darse cuenta.

—Claro que mejoré.

Vael no respondió, pero tampoco se apartó cuando Merea terminó apoyándose contra su brazo. Ese gesto, que alguna vez fue extraño, ahora era natural, casi esperado.

Merea se acomodó mejor, sosteniendo con cuidado el pequeño huevo entre sus manos, manteniéndolo cerca de su pecho mientras hablaba con ligereza.

—Hoy mis hermanos volvieron a pelear… dijeron que fue mi culpa.

—Siempre dicen eso —respondió él.

—¡Porque a veces sí lo es! Pero hoy no.

—Entonces seguro hiciste algo antes.

Merea lo empujó suavemente con el hombro.

—No es cierto.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Era cálido.

Familiar.

Merea apoyó mejor la cabeza en su brazo, cerrando los ojos un momento.

—A veces son molestos… —murmuró—. Pero igual me gustan.

Vael bajó la mirada hacia ella.

—Lo sé.

Y no necesitaba más explicación.

Merea lo miró de reojo.

—¿Tú también eras así?

—No.

—¿Nada?

—Nada.

Merea hizo una pequeña mueca.

—Qué aburrido.

Vael la observó un segundo.

—No todos tienen que ser como tú.

Ella sonrió levemente, sin responder, quedándose ahí, tranquila, como si ese lugar… fuera suficiente.

Y sin darse cuenta…

Ese momento quedó marcado.

El recuerdo no se desvaneció de inmediato. Merea, dentro de su mar espiritual, permaneció un poco más en esa sensación, sintiendo esa calidez que no tenía nada que ver con su linaje ni con su poder.

____________

Era algo distinto, más simple y más real. Ese vínculo no había sido casual; había crecido poco a poco, en silencios compartidos y gestos pequeños, hasta convertirse en algo que ya no podía ignorarse. Merea llevó una mano a su pecho, pensativa, intentando entender en qué momento dejó de ser solo compañía… o por qué, incluso ahora, sus recuerdos sobre él no estaban completos, como si algo faltara o hubiera sido arrancado.

Ese pensamiento apenas terminó de formarse cuando el entorno cambió. El agua dejó de sentirse igual, la luz se volvió más opaca y, sin transición, otro recuerdo emergió. Merea apareció nuevamente en el océano, un poco mas mayor, moviéndose con rapidez y seguridad por un camino que conocía de memoria. Iba a verlo, como siempre, pero algo la obligó a detenerse.

No fue una idea, fue una sensación.

El agua… había cambiado.

Al principio fue sutil, casi imperceptible, pero luego se volvió imposible de ignorar. Un rastro. Un sabor metálico que se extendía en la corriente.

Sangre.

Sus ojos se abrieron apenas.

—…¿Vael…?

No esperó respuesta. Su cuerpo reaccionó antes que su mente y se lanzó hacia adelante, nadando más rápido, siguiendo ese rastro que se volvía cada vez más denso.

Su respiración se aceleró, su pecho se tensó y algo dentro de ella comenzó a quebrarse antes incluso de comprender lo que estaba ocurriendo. No era miedo todavía, ni dolor… era una certeza que se abría paso con demasiada fuerza.

Porque en el fondo ya lo sabía.

Antes de verlo.

Antes de entenderlo.

Algo había cambiado.

Y esta vez…

No era un recuerdo cálido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo