Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 87
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Capítulo 87: Capítulo 87 Bajo la mirada del dios bestia
El sonido profundo de los tambores atravesó el aire con una fuerza imposible de ignorar, marcando el inicio del ritual con una claridad que no dejaba lugar a dudas. No era solo un aviso; era una llamada. El eco se extendió por toda la residencia y más allá, filtrándose entre las estructuras, rozando las paredes, vibrando en el suelo mismo, hasta instalarse en el pecho de quienes lo escuchaban. El ambiente cambió de inmediato. La ligereza de los preparativos desapareció, reemplazada por una solemnidad densa, expectante.
Merea reaccionó primero. Giró ligeramente el rostro hacia la dirección del sonido y, por un instante, su expresión se aclaró. No había sorpresa en ella, sino reconocimiento. Como si su cuerpo entendiera antes que su mente. El ritual había comenzado.
Volvió la mirada hacia Hyun Ryu sin soltar del todo el contacto entre ambos. Sus manos, que aún estaban cerca de las de él, se movieron con naturalidad hasta sujetarlas con un poco más de firmeza. No fue un gesto impulsivo ni torpe, sino claro, decidido dentro de su suavidad.
—Ryu —lo llamó con calma.
Él no apartó la vista. Había estado observándola incluso antes de que hablara, como si cualquier palabra que viniera de ella tuviera más peso del que debería.
Merea sostuvo su mirada con la misma claridad de siempre.
—Hablaremos más tarde.
No sonó como una evasión ni como alguien que se retiraba. Fue una promesa simple, directa, sin adornos.
Sus dedos apretaron apenas los de él, lo suficiente para que ese pequeño gesto quedara grabado.
—Espérame.
Hubo algo distinto en su tono. No era solo tranquilidad. Era cercanía. Algo más cálido, más personal, aunque no perdía firmeza.
Hyun Ryu no respondió de inmediato. Pero la forma en que la miró cambió, apenas lo suficiente para que se notara. Como si ese breve contacto hubiera logrado calmar una parte de la inquietud que llevaba dentro.
Asintió.
—Estaré aquí.
No necesitó decir nada más.
Merea soltó sus manos con suavidad. No hubo prisa, pero tampoco duda. No se quedó un segundo extra ni se alejó como si quisiera huir de lo que acababa de pasar. Simplemente dejó ese momento en pausa, como si supiera exactamente dónde retomarlo después.
Se giró y comenzó a caminar de regreso al salón principal con el mismo paso tranquilo de siempre, sin vacilaciones, sin señales externas de conflicto. Como si todo estuviera en orden.
Pero no lo estaba del todo.
Y aun así… lo mantenía bajo control.
Cuando cruzó nuevamente hacia el espacio ceremonial, el cambio era evidente. Los tambores ya no eran solo un inicio; ahora marcaban un ritmo constante, profundo, como si dictaran el pulso del lugar. Las delegaciones estaban reunidas, distribuidas con precisión alrededor del altar. Había orden, pero también atención contenida. Nadie hablaba en voz alta. Nadie se movía sin motivo.
Las miradas estaban centradas al frente.
Nana ya se encontraba en su posición.
Su postura era distinta a la de antes. Más erguida, más firme, completamente alineada con el papel que le correspondía. Cuando vio a Merea acercarse, no interrumpió el momento, pero sus ojos la evaluaron con rapidez, asegurándose de que todo estuviera en su lugar.
—Justo a tiempo, pequeña —murmuró con ese tono serio que mantenía su calidez solo para ella.
Merea asintió levemente y tomó su lugar a su lado sin hacer ruido.
El altar estaba completamente preparado. Los inciensos ya encendidos liberaban un humo suave que se elevaba en espirales lentas, impregnando el aire con un aroma profundo. Las ofrendas estaban dispuestas con precisión milimétrica, cada elemento ocupando el sitio exacto que le correspondía.
El ritmo de los tambores comenzó a disminuir gradualmente.
El silencio se asentó.
Y entonces, Nana dio un paso al frente.
Cuando habló, su voz ya no era la misma. Había adquirido una firmeza distinta, una presencia que no necesitaba imponerse porque ya llenaba el espacio por sí sola.
—Aru vel’thar enai… sol’meria lun thae…Kael nor’veth, ilun dae sereth…Vara en shi’al… theren kai… elun mor’rae…
Las palabras fluían con un ritmo constante, sin apresurarse, sin romper la cadencia. Cada sílaba parecía colocarse con intención, como si no solo fueran sonidos, sino llaves que abrían algo invisible.
El aire cambió.
No de forma brusca, pero sí perceptible.
El humo de los inciensos se desvió levemente, como si respondiera a esa voz.
Merea permanecía a su lado, en silencio, completamente concentrada. Sus movimientos eran precisos, ajustando detalles sin interrumpir el flujo del ritual, manteniendo el equilibrio de cada elemento.
Y fue entonces cuando las miradas comenzaron a cambiar.
Al principio fue sutil. Una atención que se desviaba apenas de Nana hacia la figura que la acompañaba. Un segundo extra de observación.
Pero ese segundo bastó.
Porque una vez que la veían… era difícil ignorarla.
—¿Quién es…? —murmuró alguien en voz baja desde una de las filas laterales.
Nadie respondió.
Otro de los presentes, un representante de una tribu menor, entrecerró los ojos con atención.
—No es de aquí —dijo.
—No —respondió otro sin apartar la mirada—. La recordaría.
Y no era una exageración.
Merea no llevaba adornos llamativos. Su atuendo era simple dentro de la elegancia propia de una sacerdotisa: telas claras, líneas limpias, sin exceso. Y aun así, destacaba.
No era solo por su belleza evidente.
Era la forma en que estaba ahí.
Su postura.
La naturalidad.
La ausencia total de incomodidad bajo tantas miradas.
No parecía estar interpretando un papel.
La forma en que acompañaba el ritual sin romper el ritmo.
—Está entrenada —admitió.
—O criada en esto.
El comentario quedó flotando entre ellos.
Porque encajaba demasiado bien.
Mientras tanto, Nana continuaba, alternando entre el lenguaje antiguo y el común, permitiendo que el significado alcanzara a todos.
—Eira sol’men… thae valen’kai…Dios bestia, escucha… acepta… observa…Lo que hoy se ofrece no es solo forma… es vínculo… es sangre… es destino…
La tensión en el ambiente no era incómoda. Era respetuosa. Natural ante lo que se estaba invocando.
Merea mantenía la mirada al frente, sin distraerse. No reaccionaba a las miradas, no buscaba evitarlas. Simplemente no le importaban en ese momento.
Y eso… la hacía destacar más.
Porque no había esfuerzo en ella.
No había intención de impresionar.
Y aun así, lo hacía.
Las miradas continuaron acumulándose, algunas curiosas, otras evaluando, otras simplemente cautivadas sin entender por qué. Había quienes intentaban ubicarla dentro de algún clan, quienes analizaban su postura, quienes ya asumían, sin confirmación, que esa joven no era una simple acompañante.
Al estar junto a la sacerdotisa, el mensaje era claro.
O estaba en formación.
O ya lo era.
Y cualquiera de las dos opciones… tenía peso.
En medio de todo eso, Merea seguía igual. Serena. Enfocada. Como si el ritual fuera lo único que existía en ese momento.
Pero en lo más profundo de su interior, algo seguía moviéndose.
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