Nacido de la Niebla - Capítulo 10
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
10: Capítulo X: Pasados en la Niebla 10: Capítulo X: Pasados en la Niebla Nos alejamos de Valdrem sin mirar atrás.
Durante un tiempo nadie habló.
El bosque nos recibió con la misma niebla que parecía gobernar todo el valle.
No era una bruma ligera ni pasajera; se movía con nosotros, como si hubiera decidido acompañarnos en silencio.
Los árboles crecían altos y torcidos, con ramas desnudas que se entrelazaban sobre nuestras cabezas como costillas de una criatura gigantesca.
El suelo estaba húmedo, cubierto por hojas viejas y raíces que sobresalían de la tierra como dedos enterrados.
Eldan caminaba con dificultad.
La herida negra lo obligaba a apoyarse en Maelor, cuyo anillo metálico tintineaba cada vez que ajustaba su agarre para sostenerlo.
Después de lo que pareció una hora de marcha, Aldric levantó una mano.
—Basta.
Nadie discutió.
Nos detuvimos en un pequeño claro donde el camino apenas se ensanchaba lo suficiente como para permitir un descanso sin quedar completamente expuestos.
Maelor fue el primero en moverse.
Reunió algunas ramas secas y, tras murmurar algo que no alcancé a comprender, hizo chocar uno de sus anillos contra una piedra.
Una chispa breve saltó entre sus dedos.
El fuego prendió.
La llama creció con una tranquilidad extraña, como si el bosque hubiera decidido permitirnos ese pequeño acto de desafío contra la noche.
Eldan se dejó caer cerca del calor.
Serah lo ayudó a acomodarse mientras Aldric revisaba el perímetro con la paciencia de un soldado que ha sobrevivido demasiado tiempo para confiar en la calma.
—Descansen —dije finalmente—.
Nosotros tomamos la primera guardia.
Serah asintió.
Nos alejamos unos metros del fuego, lo suficiente como para ver la luz entre los árboles sin quedar cegados por ella.
El silencio del bosque era distinto al del pueblo.
Aquí al menos existían sonidos.
El crujido de las ramas, el soplo del viento.
El murmullo distante de algo que podía ser agua o simplemente hojas moviéndose en la oscuridad.
Serah fue la primera en hablar.
—No puedes engañarme.
No la miré.
—¿Con qué?
—Con eso.
Señaló el pecho de mi armadura.
—Después del ataque de esa cosa deberías estar partido en dos.
Pasé la mano por el lugar donde la garra del hombre lobo me había golpeado.
El metal estaba abollado, profundamente marcado.
—Calculo que habrá sido la armadura.
Serah soltó un pequeño resoplido.
—Claro.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Observé la línea oscura de los árboles frente a nosotros.
—Háblame de ti.
Serah arqueó una ceja.
—¿De mí?
—De cómo llegaste al valle.
Durante unos segundos no respondió.
Parecía medir cuánto quería decir.
Finalmente se encogió de hombros.
—No hay mucho misterio.
Se apoyó contra el tronco de un árbol y cruzó los brazos.
—Yo no buscaba este lugar.
Miró hacia la niebla que flotaba entre los árboles.
—Nadie lo hace.
Su voz se volvió más baja.
—Estaba viajando hacia el sur con una pequeña caravana.
Comerciantes, escoltas, dos familias.
Nada extraordinario —hizo una pausa —.
Entonces llegó la niebla.
Al principio pensamos que era solo clima.
Algo pasajero.
Pero se volvió cada vez más densa —la palabra pareció pesar en el aire, sus dedos se cerraron lentamente —.
En cuestión de minutos no podíamos ver ni nuestras propias manos.
—¿Y luego?
Serah me miró.
—Luego la niebla nos tragó —el fuego crepitó a nuestras espaldas —.
Cuando volvió a disiparse… ya no estábamos en el camino.
Su mirada se perdió en la oscuridad.
—Estábamos aquí.
—¿Cuántos sobrevivieron?
—Solo yo —volvió a mirar el bosque —.
La niebla trae gente al valle.
Luego guardó silencio unos segundos antes de devolverme la pregunta.
—¿Y tú, capitán?
— sus ojos se clavaron en mi casco —¿Cómo llegaste?
No respondí de inmediato.
No recordaba la historia completa, solo fragmentos que no podía unir facilidad.
Pero algo en esa noche, en ese bosque, en ese valle que parecía haber decidido retenernos… me hizo hablar.
—Después de embarcar con mi tropa… Yo era el capitán de un pequeño ejército de veteranos.
Nuestra tarea era explorar nuevas rutas marítimas al norte de Kali.
Pero no sucedió como lo habíamos planeado.
Al rato de haber embarcado, una extraña y densa niebla nos tragó como si fuera un gigantesco monstruo marino.
No sé cuánto tiempo estuvimos vagando por la niebla, pero a mi me parecieron varias vidas, lo suficiente como para perder la conciencia y la cordura.
Tampoco sé a dónde tocamos tierra.
Solo sé que nos estaban esperando.
El viento se deslizó entre los árboles y el recuerdo llegó como una ola fría.
Serah escuchaba en silencio.
Apoyé una mano en el tronco del árbol a mi lado y mi voz se volvió más distante.
—Algo emergió de las sombras.
Un horror sin rostro ni nombre.
Una bestia hambrienta y letal, tan poderosa como para cargarse a toda mi tropa.
Veteranos de miles de batallas cayeron en cuestión de segundos.
Hombres y mujeres que habían sobrevivido a tantas tormentas…
En mi mente solo quedan flashes de horror que ha sucedido.
De forma elegante, suave y letal, mis hermanos fueron devorados uno a uno.
Recuerdos de carne y sangre…
esa misma sangre que antaño compartió espadas y victorias, ahora compartirán el plano de una bestia exiliada del infierno.
Serah no decía nada.
Mi voz se volvió más grave y noté que estaba apretando mi puño con fuerza.
—Las imágenes pasaron por mi mente como relámpagos.
Carne.
Acero.
Gritos.
Aún recuerdo el crujido de huesos al partirse…
No hay lugar en el mundo para tanta maldad.
Bajé la mirada, el fuego chisporroteó detrás de nosotros.
Luego cerré mis ojos.
—Cuando desperté… —quise seguir pero noté que la memoria volvía a quebrarse allí —algunos hombres y mujeres me habían auxiliado y curado mis heridas.
Deben haber pasado algunos días, pero me es difícil tener certezas.
Solo destellos de una memoria rota y de un cuerpo maltrecho —un viento cruzó el claro y abrí mis ojos —.
Por las noches no duermo.
Mentiría si dijera que no es por miedo.
Serah me observaba con una intensidad distinta ahora.
Mi voz se volvió casi un susurro.
—Aún no logro recordar su forma.
Aunque miré por horas la negrura de este valle, mi mente solo me devuelve unos ojos rojos y un aliento a mil almas.
El frío se apoderó del lugar.
Mis dedos se cerraron lentamente sobre la empuñadura de mi espada.
—Pero cuando la soledad me admite y el odio se apodera de mi corazón, logro recordar una risa y un nombre.
Un nombre que parece vivir dentro de mi cabeza.
Uno que ocupa toda mi existencia.
Aquel que corona mis vigilias más violentas.
Mi enemigo jurado.
Agramor.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Fava_Grandi Si estás disfrutando la historia, puedes añadirla a tu biblioteca.
Nuevos capítulos muy pronto.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com