Nacido de la Niebla - Capítulo 9
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
9: Capítulo IX: Adios Valdrem 9: Capítulo IX: Adios Valdrem La primera sensación que regresó fue el peso.
No el del cuerpo ni el del dolor, sino el del hierro.
El casco seguía allí, abrazando mi cabeza como una prisión familiar.
Luego llegó el murmullo de voces, lejanas, distorsionadas, como si el mundo estuviera hablando desde el fondo de un pozo.
—Hay que quitárselo.
—No sabemos si eso lo va a matar.
—No podemos atender la herida así.
Sentí unos dedos tirando de la base del casco.
Mi mano reaccionó antes que mi mente.
Sujeté la muñeca con fuerza.
—Ni se les ocurra.
El movimiento me arrancó un espasmo de dolor que recorrió el pecho como una llamarada.
Abrí los ojos de golpe.
Las vigas del techo de la taberna flotaban sobre mí.
Aldric estaba inclinado a mi lado, con una expresión que mezclaba alivio y cansancio.
Serah se recostaba contra una mesa cercana, con la espada apoyada en el suelo.
Maelor tenía las manos manchadas de sangre seca.
—Maldición… —murmuró Aldric—.
Pensamos que no ibas a despertar.
Intenté incorporarme.
El mundo protestó.
—¿Qué pasó?
Mi voz sonaba áspera, como si hubiera tragado arena.
Aldric intercambió una mirada con Serah antes de responder.
—La matamos.
Fruncí el ceño.
—¿La bestia?
—Sí —se pasó una mano por el cabello húmedo —.
Y no fue fácil.
Serah se adelantó un paso.
—Aldric le atravesó el corazón cuando saltó sobre ti.
Mi mirada se desplazó hacia él.
Aldric encogió apenas los hombros.
—Tu espada ya la había dejado medio muerta.
Intenté recordar el combate.
El choque.
La garra.
Los ojos de la criatura.
—¿Y la mujer?
Serah soltó un suspiro corto.
—Lyria.
Asentí apenas.
—¿Dónde está?
Maelor respondió que había escapado en medio del combate, cuando la bestia cayó.
El silencio que siguió fue breve.
Algo en aquello no terminaba de encajar, pero el dolor en el pecho no me permitió insistir demasiado.
Bajé la mirada hacia Eldan.
Estaba sentado contra la pared, pálido pero consciente.
Pregunté por él.
Eldan levantó lentamente el vendaje.
La herida seguía allí.
Pero algo había cambiado.
—Ya no arde como antes —dijo.
La piel alrededor del corte había comenzado a oscurecerse.
No era sangre seca ni infección.
Era un tono profundo, casi como tinta filtrándose bajo la carne.
—Pero está empeorando —añadió con voz baja.
Maelor asintió.
—La herida negra sigue creciendo.
Antes de que pudiera responder, algo llamó mi atención.
Un sonido.
Murmullos.
Voces.
Giré lentamente la cabeza hacia las ventanas de la taberna.
Había luz afuera.
Movimiento.
—¿Qué…?
Aldric entendió lo que estaba viendo.
—Sí —su voz sonó extrañamente grave —.
Nosotros también pensamos que estabas delirando.
Me puse de pie con esfuerzo y me acerqué a la ventana.
El pueblo estaba vivo.
Hombres caminaban por la calle.
Mujeres transportaban cubos de agua.
Una carreta cruzaba lentamente la plaza.
Valdrem parecía un lugar completamente distinto al de la noche anterior.
—¿Cuándo pasó esto?
—Después de matar a la bestia —respondió Serah.
—Aparecieron de nuevo como si nada hubiera pasado.
El sonido de pasos nos hizo girar.
El tabernero estaba de pie en la puerta.
Era el mismo hombre que nos había recibido la noche anterior.
Pero su rostro ya no tenía aquella hospitalidad forzada.
Ahora estaba pálido.
Aterrorizado.
Sus ojos recorrieron uno por uno nuestros rostros.
Y luego habló.
—Tienen que irse —su voz era apenas un susurro —.
Ahora.
Aldric frunció el ceño.
—¿Por qué?
El tabernero negó con la cabeza.
—No deberían estar aquí —su mirada se movió nerviosamente hacia las ventanas —.
Por favor… váyanse.
No insistimos.
Algo en su expresión dejaba claro que no había más explicaciones.
Salimos de la taberna pocos minutos después.
El pueblo seguía moviéndose a nuestro alrededor.
Pero nadie hablaba.
Nadie se acercaba.
Los habitantes simplemente se apartaban cuando pasábamos, manteniendo una distancia rígida que parecía más miedo que respeto.
Cruzamos la plaza.
El pozo seguía allí.
Oscuro.
Silencioso.
Y entonces llegamos a la salida del pueblo.
Fue allí donde comprendí.
La gente estaba reunida.
No caminaban.
No trabajaban.
No hablaban.
Decenas de ellos permanecían de pie a ambos lados del camino que salía de Valdrem.
Hombres.
Mujeres.
Ancianos.
Niños.
Todos mirando hacia nosotros, inmóviles, con sus ojos fríos siguiendo cada paso que dábamos.
Nadie pestañeaba.
Nadie respiraba con normalidad.
Parecían estatuas.
Un corredor humano.
Un silencio absoluto.
Caminamos entre ellos sin decir palabra.
El viento movía apenas la niebla del valle.
Cuando finalmente dejamos atrás las últimas casas, me atreví a mirar hacia atrás.
Seguían allí, de pie, observándonos.
Como si estuvieran esperando nuestro regreso.
O nuestra muerte.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com