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Nacido de la Niebla - Capítulo 11

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11: Capítulo XI: Tarot 11: Capítulo XI: Tarot Las brasas del fuego respiraban con una vida tenue y cansada, como si cada pequeño destello rojo que sobrevivía bajo la ceniza fuera el último recuerdo de una noche que se resistía a morir.

El bosque seguía envuelto en aquella niebla espesa que parecía haberse convertido en una presencia permanente desde que habíamos abandonado Valdrem.

No se movía como una simple bruma matinal; avanzaba lentamente entre los árboles, trepaba por las raíces, se deslizaba entre las ramas desnudas y parecía observarlos con una paciencia antigua.

Serah seguía de pie, inmóvil, con los ojos perdidos en la oscuridad que se abría entre los troncos.

Fue entonces cuando escuchamos pasos acercándose.

Pasos lentos.

Irregulares.

Era Eldran.

Avanzaba con dificultad, apoyándose en una rama gruesa que había convertido en bastón.

Su respiración era pesada, y el sudor brillaba en su frente pese al frío del bosque.

La herida que el hombre lobo le había dejado en el torso ya no ardía con la misma violencia que durante la noche, pero algo en ella resultaba todavía más perturbador ahora: la piel alrededor de la herida se estaba oscureciendo lentamente, como si una tinta negra estuviera extendiéndose por debajo de la carne, avanzando con una paciencia silenciosa hacia su costado y sus costillas.

—Deberías descansar, capitán —dijo finalmente, con una voz áspera que parecía rasparle la garganta.

—También tú —respondí sin apartar la vista de la línea oscura del bosque.

Eldran negó suavemente con la cabeza.

—Dormir no es algo que mi cuerpo esté dispuesto a permitirme esta noche.

Se detuvo a mi lado y miró hacia la niebla.

Durante unos segundos ninguno habló.

—Puedo tomar el relevo de la guardia —agregó finalmente—.

Ve a dormir un poco.

Si esa cosa vuelve… prefiero que estés despierto para enfrentarlo.

Lo observé con atención.

Su aspecto era el de un hombre que debería estar inconsciente por la fiebre, pero había en sus ojos una determinación obstinada que ya había visto antes en guerreros que habían sobrevivido demasiado tiempo para rendirse ante una simple herida.

—Si ves algo extraño, despiértanos.

Eldran dejó escapar una leve sonrisa cansada.

—En este valle… todo es extraño.

No discutí más.

Regresé hacia el campamento.

Aldric dormía sentado contra un árbol, con la espada apoyada entre sus manos como si fuera una extensión natural de su cuerpo.

Maelor roncaba suavemente cerca de las brasas, y los anillos que llevaba en los dedos reflejaban el brillo rojo del fuego moribundo.

Serah se había acostado unos minutos antes de que Eldran decidiera levantarse.

Me acomodé contra el tronco de un árbol y cerré los ojos.

El sueño me atrapó con una rapidez brutal.

No sé cuánto tiempo pasó.

Pero cuando desperté, algo estaba mal.

No fue un sonido lo que me sacó del sueño.

Fue el silencio.

Abrí los ojos lentamente.

El fuego estaba completamente apagado.

Las brasas habían muerto.

Y no estábamos solos.

Alrededor del campamento se alzaban figuras inmóviles.

Decenas de ellas.

Formaban un círculo amplio y silencioso que nos rodeaba por completo.

Hombres, mujeres e incluso algunos niños.

Sus ropas eran una mezcla extraña de telas oscuras, chalecos bordados, capas gastadas por los viajes y pañuelos que cubrían parcialmente sus cabezas.

Muchos llevaban collares hechos de monedas antiguas, dientes de animales, pequeñas campanas o talismanes tallados en hueso.

Cuando alguno se movía, aquellos objetos producían un tintineo leve que parecía romper el silencio con una delicadeza inquietante.

Nos observaban con atención.

Con una curiosidad fría.

Serah ya estaba despierta.

Aldric también.

Su mano descansaba sobre la empuñadura de su espada, pero tres cuchillos curvos apuntaban directamente a su garganta.

Eldran estaba sentado en el suelo, respirando con dificultad.

Dos hombres robustos lo vigilaban con lanzas cortas.

Nadie hablaba.

Finalmente, una voz rompió el silencio.

—No intenten nada estúpido.

Una mujer avanzó lentamente hacia el centro del círculo.

Era mayor, pero no débil.

Su piel estaba curtida por el tiempo y la nostalgia, y su cabello negro caía en numerosas trenzas adornadas con cuentas de madera, monedas gastadas y pequeños huesos blanqueados.

Pero lo que realmente imponía respeto eran sus ojos.

Negros.

Profundos y a ntiguos.

Se detuvo frente a nosotros.

—Bienvenidos —dijo con una sonrisa apenas visible —Viajeros del Valle del Diablo.

Su mirada recorrió uno por uno a cada integrante del grupo.

Aldric escupió al suelo.

—¿Quiénes demonios son ustedes?

La mujer inclinó la cabeza.

—Somos los que aún recuerdan cómo escuchar a este lugar —luego señaló el bosque.

—Levántense.

Nos desarmaron con rapidez.

No hubo golpes.

No hubo violencia innecesaria.

Pero la forma en que lo hicieron dejaba claro que cualquier resistencia sería inútil.

Nos condujeron por el bosque hasta un campamento oculto entre los árboles.

Carros viejos y carpas oscuras, fogatas encendidas y amuletos colgando de cuerdas tensadas entre troncos.

Varias jaulas con cuervos colgaban de las ramas más bajas.

Sus ojos negros, como los de la vieja, nos siguieron mientras pasábamos.

El aire del lugar estaba impregnado de humo, cuero húmedo… y algo más.

Como un incienso mezclado con yervas.

Algo que parecía surgir desde la tierra misma.

Nos llevaron hasta la carpa más grande.

La mujer entró primero.

Dentro había una mesa baja cubierta con un paño oscuro lleno de símbolos bordados en hilo rojo.

Varias velas negras iluminaban el interior con una luz temblorosa.

La mujer se sentó.

—Mi nombre es Mireya —dijo con calma —Lidero a esta gente.

Somos errantes.

Algunos nos llaman gitanos, otros brujos, otros simplemente locos que no supieron escapar cuando el valle comenzó a cerrarse sobre sí mismo.

Llevamos generaciones vagando por estos caminos.

Aprendimos algo que la mayoría de los forasteros nunca entiende: en el Valle del Diablo uno no sobrevive luchando contra él… sobrevive escuchándolo.

No cazamos lo que se mueve en la niebla.

No seguimos voces en el bosque.

No cruzamos ciertos ríos cuando la luna está baja.

Y, sobre todo, no interferimos con las cosas que pertenecen a este lugar Luego tomó lentamente una baraja de cartas viejas que había sobre la mesa.

—Por eso seguimos vivos…

—una leve sonrisa apareció en su rostro —y por eso ustedes aún respiran… por ahora.

Maelor frunció el ceño.

—Si me permiten —continuo diciendo —me gustaría leerles su destino.

Es una forma distinta de conocernos.

—¿Nuestro destino?

Mireya comenzó a barajar lentamente.

—El valle habla constantemente —las cartas se deslizaron entre sus dedos con un sonido seco —Solo hay que saber escucharlo.

Serah cruzó los brazos.

—¿Y por qué deberíamos creer en tus cartas?

Mireya sonrió.

—Porque ustedes ya están dentro del juego del Diablo.

Luego colocó cinco cartas boca abajo sobre la mesa.

Las velas parpadearon.

—Cinco señales —murmuró—.

Cinco advertencias.

Sus dedos tocaron la primera carta.

La giró.

La imagen mostraba una torre enorme siendo destruida por un rayo mientras hombres caían desde sus alturas.

—La Torre —su voz se volvió grave.

—Esta carta habla de traición y destrucción repentina.

La torre representa la seguridad que creen tener, las alianzas que consideran firmes, las promesas que creen inquebrantables —sus ojos recorrieron el grupo lentamente —.

Pero el rayo que la golpea es la verdad que llega cuando nadie la espera.

Dejó un silencio denso y luego con sus dedos golpeó suavemente la mesa.

—Entre ustedes existe un traidor.

Alguien cuya decisión derrumbará todo lo que construyan juntos.

Alguien que no es quien dice ser y oculta más de un rostro.

El silencio que siguió fue más incómodo que el anterior.

Mireya giró la segunda carta.

La imagen mostraba a un joven caminando hacia el borde de un precipicio con una sonrisa despreocupada.

—El Loco…

Esta carta representa lo inesperado, lo imposible de prever, la aparición de algo o alguien que rompe por completo el camino que ustedes creen estar recorriendo —sus dedos recorrieron la carta —.

Cuando todo parezca perdido… cuando crean que el valle finalmente ha decidido devorarlos… aparecerá una ayuda inesperada —su sonrisa fue leve —.

Pero recuerden algo: el Loco no siempre distingue entre valentía y locura.

Giró la tercera carta.

Un hombre colgaba boca abajo de un árbol.

—El Ahorcado —las velas titilaron con más fuerza, su voz se volvió lenta —.

Esta carta habla de sacrificio.

El Ahorcado representa la entrega total.

La decisión de perder algo irremplazable para permitir que algo mayor sobreviva…

Uno de ustedes deberá morir —la palabra cayó en la mesa como una piedra —.

Solo ese acto permitirá que los demás continúen con vida.

La cuarta carta fue revelada.

En ella aparecía un caballero esquelético montado sobre un caballo oscuro.

—La Muerte.

Pero no teman a esta carta —continuó Mireya—, porque la Muerte no siempre significa el final.

En este caso anuncia el nacimiento de algo nuevo.

Quizás una herramienta capaz de terminar con aquello que ni los hombres ni los dioses han podido destruir.

Algo nuevo que ponga fin al ciclo del cazador —su dedo tocó la figura del caballero y mirada brilló—.

El valle guarda un arma perfecta.

Luego miró la última carta.

Permaneció inmóvil unos segundos antes de tocarla.

En su rostro se dibujo por primera vez el asombro —Esta carta… —susurró —No debería estar aquí.

La anciana trató de guardar la carta en la baraja pero mi mano la detuvo.

—Muestrala —le ordené La giró.

La imagen mostraba una tumba abierta y una figura emergiendo desde ella.

—El Juicio —dijo al fin en un susurro Las velas temblaron.

Una ráfaga de viento sacudió la carpa.

Mireya retiró la mano lentamente.

Su rostro estaba pálido.

—Hay alguien en este valle… Alguien que murió…

y aun así continúa caminando entre los vivos.

Paseó su mirada por todos nosotros hasta que sus ojos se detuvieron en mi casco.

Por primera vez desde que la habíamos conocido… Mireya parecía tener miedo.

—Y cuando ese muerto decida hablar… Desearán no haber escuchado jamás su voz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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