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Nacido de la Niebla - Capítulo 12

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  3. Capítulo 12 - 12 Capítulo XII Desconfío
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12: Capítulo XII: Desconfío 12: Capítulo XII: Desconfío Cuando salimos de la carpa de Mireya sentí que el aire del campamento era distinto.

No sabría explicar exactamente por qué, pero todo parecía observarnos con una atención silenciosa.

Las fogatas que ardían entre los carros viejos crepitaban con un sonido bajo y constante, y los cuervos encerrados en las jaulas colgantes nos seguían con sus ojos negros como si supieran algo que nosotros todavía no alcanzábamos a comprender.

Nadie nos detuvo cuando caminamos hacia el borde del campamento.

Los gitanos simplemente se apartaban a nuestro paso, dejándonos avanzar por los senderos de tierra húmeda entre las carpas.

Algunos murmuraban entre ellos en voz baja, otros solo miraban.

Aquellas miradas tenían algo extraño: no eran hostiles, pero tampoco amigables.

Era más bien la forma en que se mira a alguien que ya ha sido señalado por el destino.

Las palabras de las cartas seguían resonando en mi cabeza.

La Torre.

El Loco.

El Ahorcado.

La Muerte.

El Juicio.

Cinco advertencias que parecían haber sido pronunciadas por algo mucho más antiguo que aquella mujer de trenzas negras.

Caminamos un buen rato en silencio antes de que Aldric finalmente decidiera romperlo.

—No me gusta nada de esto.

Su voz sonó áspera en la quietud del bosque.

Maelor caminaba a su lado, haciendo girar uno de sus anillos entre los dedos con un gesto distraído.

—¿Qué parte de todo, exactamente?

—respondió con una media sonrisa cansada—.

¿La parte donde uno de nosotros es un traidor, o la parte donde uno tiene que morir?

Aldric no respondió de inmediato.

En cambio, giró la cabeza lentamente hacia mí.

—Esa mujer sabía demasiado.

Sentí cómo Serah también dirigía su mirada en mi dirección.

—Sí —dijo ella finalmente—.

Demasiado.

La niebla flotaba entre nosotros como un testigo silencioso.

Eldran caminaba unos pasos detrás, apoyándose en Maelor cada vez que el terreno se volvía demasiado irregular.

La herida negra seguía extendiéndose lentamente por su torso, aunque ahora estaba cubierta por vendas nuevas que los gitanos le habían colocado antes de dejarnos marchar.

—Te llamó Capitán antes de que dijeras una sola palabra —continuó Aldric.

No me detuve.

—Podría haber sido una suposición.

—No lo parecía.

Serah habló con una calma que resultaba más inquietante que la desconfianza abierta de Aldric.

—Te miró como si supiera quién eras.

Me detuve entonces.

La niebla se movía lentamente entre los árboles, arrastrándose sobre el suelo húmedo.

—No la conozco —dije.

Nadie respondió.

Pero tampoco parecía que mis palabras hubieran servido para tranquilizar a nadie.

Durante unos segundos reinó el silencio.

Finalmente respiré hondo.

—Si quieren decirme algo, díganmelo en la cara o esto no va a funcionar.

—¿Qué cosa?

—dijo Aldric frunciendo el ceño.

—Esto.

—dije haciendo un gesto amplio señalando al grupo.

Mi voz salió tranquila, pero firme —La desconfianza.

Si cada paso que demos va a estar acompañado por sospechas y miradas de reojo… entonces lo más sensato será que cada uno siga su propio camino.

Serah me observó con atención.

—¿Estás diciendo que te vas?

Asentí lentamente.

Eldran dejó escapar un pequeño gemido cuando intentó acomodarse contra el tronco de un árbol cercano.

Su respiración era pesada, y el sudor brillaba en su frente.

Serah se arrodilló junto a él para revisar las vendas.

Yo di media vuelta.

Y comencé a caminar.

La niebla me envolvió con rapidez.

Después de unos minutos escuché una voz detrás de mí.

—Es curioso.

Me detuve.

Mireya estaba de pie entre los árboles.

No había escuchado sus pasos.

Era como si el bosque la hubiera dejado salir de entre sus raíces.

—Pensé que te irías más lejos antes de detenerte.

La observé en silencio.

—Me seguiste.

Ella negó con suavidad.

—No —sonrió apenas —.

Simplemente sabía que vendrías por aquí.

Crucé los brazos.

—Me llamaste capitán antes de que dijera una palabra.

—Sí.

—¿Nos conocemos?

Mireya dejó escapar una pequeña risa.

—No había tenido antes el placer.

Sus ojos negros me estudiaban con una calma inquietante.

—Entonces explícame cómo sabías quién soy.

Ella inclinó la cabeza.

—El valle habla constantemente —el viento movió algunas ramas sobre nuestras cabezas — y hay nombres que resuenan más fuerte que otros, Capitán.

No respondí.

Durante unos segundos ninguno habló.

—Tus compañeros no sobrevivirán mucho tiempo sin ti —dijo finalmente.

—Tampoco sobrevivirán mucho tiempo conmigo.

—Eso también es cierto —me dijo y sonrió —.

Capitán, hay algo que aún no has entendido.

Algo que el valle te devuelve cuando la negrura de tu mente se refleja en la oscuridad de la noche —hizo una pausa como dudando si el costo de sus palabras valdrían la pena —.

El tiempo aquí no es lo que parece pues no todo lo recordado ya sucedió ni todo lo que está por venir le pertenece al futuro.

No supe que responder.

Cuando reaccione, la figura de la anciana se deshacía en la niebla.

Cuando regresé al claro donde había dejado al grupo, los encontré discutiendo entre ellos.

—¿Dónde está el capitán?

—preguntó Eldran con voz débil.

Recieén volvía de cambiar sus vendas.

Serah levantó la vista.

Aldric respondió antes que nadie.

—Se fue.

Eldran frunció el ceño.

Intentó caminar un poco más, pero Maelor lo sostuvo.

—No puedes moverte.

Eldran negó con la cabeza.

—No podemos dejar que se vaya — sus ojos recorrieron el grupo con urgencia —Lo necesitamos.

Aldric cruzó los brazos.

—¿Necesitamos a un hombre que tal vez nos está ocultando cosas?

Eldran lo miró fijamente.

—Necesitamos sobrevivir.

El silencio que siguió fue largo.

Entonces dejé que me vean.

Salí de entre la niebla y me puse en el centro del grupo.

Los miré a la cara uno a uno.

Nadie me devolvió la mirada.

Solo veía culpas y resignación.

Antes de poder decir algo, Mireya habló.

Nunca la oímos llegar, ni siquiera Aldric o Serha.

—Antes de que sigan discutiendo —dijo con calma—, hay algo que deberían saber.

Aldric la miró con evidente desconfianza.

—¿Otra lectura de cartas?

Mireya negó lentamente.

—No —sus ojos recorrieron el grupo—, algo más certero.

Existen dos formas de salir del Valle del Diablo.

La primera es sencilla de explicar: Matar al Diablo.

El bosque se detuvo en seco por un instante, y luego soltó la respiración.

Aldric respondió con una risa breve.

—¿Sencilla?

Mireya ignoró el comentario.

—Muchos lo han intentado pero nadie lo ha conseguido.

Ni siquiera el gran Mago de los Susurros —Mealor quiso interrumpir, pero la anciana siguió —.

La segunda forma es diferente a lo que este grupo espera…

—¿Cómo?

—preguntó Serah.

—Hacer un trato con él —el silencio fue inmediato —.

Algunos lo han hecho.

Algunos han conseguido marcharse.

Pero el Diablo siempre recuerda a quienes aceptan su ayuda.

Y tarde o temprano… los vuelve a llamar para jugar otra vez.

A la mañana siguiente la niebla era aún más espesa.

Caminamos durante horas.

Eldran seguía débil, pero podía mantenerse en pie.

Nadie hablaba mucho.

Cuando finalmente regresé al sendero por el que avanzaban, ninguno pareció sorprendido de verme.

Simplemente me uní a la marcha.

Serah fue la única que rompió el silencio.

—¿A dónde vamos?

Miré el camino que se perdía entre la niebla.

—Al puente.

Aldric frunció el ceño.

—¿Al Puente de las Ánimas?

Asentí.

—Si queremos respuestas tenemos que ir por Diablo.

La niebla se arremolinaba delante de nosotros como si ocultara algo enorme detrás de ella.

De fondo, mientras los gitanos levantaban sus carpas y los niños juntaban sus juguetes, Mireya nos observó partir y me pareció ver en su rostro tristeza y melancolía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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