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Nacido de la Niebla - Capítulo 13

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  3. Capítulo 13 - 13 Capítulo XIII El Puente de las Ánimas
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13: Capítulo XIII: El Puente de las Ánimas 13: Capítulo XIII: El Puente de las Ánimas Caminamos durante largo rato sin decir demasiado.

El sendero descendía lentamente entre colinas cubiertas de hierba seca y piedras antiguas que emergían del suelo como restos de un mundo olvidado.

A nuestras espaldas había quedado el campamento de Mireya, con sus carpas remendadas, el olor a humo de las fogatas y la sensación incómoda de que, incluso después de marcharnos, los cuervos seguían observándonos desde algún lugar.

Aldric fue el primero en romper el silencio.

Habíamos avanzado varios minutos cuando lo escuché aclararse la garganta a mi lado, como si estuviera ordenando sus pensamientos antes de hablar.

—Capitán —dijo finalmente—, hay algo que quería preguntarle.

Lo miré de reojo, sin detener el paso.

—Adelante.

Aldric caminaba con la mirada fija en el camino, pero noté en su voz una mezcla de curiosidad y cautela.

—Durante la pelea con esa criatura… el hombre lobo… usted utilizó una formación que no había visto desde hace años.

La pared de escudos.

La palabra resonó en mi cabeza antes de que pudiera evitarlo.

Shieldwall.

Sabía lo que significaba.

No había duda de eso.

La palabra me resultaba familiar, casi íntima, como una vieja herramienta que uno ha usado mil veces con las manos pero cuyo origen ya no recuerda.

El problema era que, más allá de esa certeza, no había nada.

Ningún recuerdo claro.

—Es una técnica antigua —respondí después de un momento—.

De guerra.

Aldric asintió lentamente.

Dando a entender la obviedad de mis palabras.

—Eso imaginé.

Pero no es algo que uno aprenda en cualquier cuartel.

Seguimos caminando unos metros más.

El viento soplaba desde el norte, arrastrando consigo el olor húmedo de los pantanos que se extendían más allá del valle.

Entonces Aldric habló otra vez.

—También dijo algo más durante la pelea.

Giré la cabeza hacia él.

—¿Ah, sí?

—Nombró a las valkirias.

La palabra quedó flotando entre nosotros como una piedra arrojada en un lago silencioso.

Valkirias.

Durante un instante sentí algo extraño, una presión leve en el pecho, como si una puerta en mi memoria hubiera sido empujada desde el otro lado.

Imágenes borrosas intentaron tomar forma: alas blancas recortadas contra un cielo gris, acero brillante cubierto de escarcha, guerreros caídos sobre la nieve.

Pero el recuerdo se disolvió antes de que pudiera atraparlo.

Aldric me observaba con atención.

Esperaba una explicación.

Así que hice lo que cualquier hombre hace cuando la verdad se le escapa de las manos: improvisé una mentira lo suficientemente creíble como para parecer un recuerdo.

—Serví durante un tiempo en el norte —dije, procurando que mi voz sonara tranquila—.

Allí esas historias todavía forman parte de la guerra.

Aldric arqueó una ceja, interesado.

—¿Historias?

—Según dicen —continué—, cuando un guerrero muere luchando con honor, las valkirias descienden del cielo para recoger su alma.

Son como muejeres de plata montadas sobre alas de tormenta, y llevan a los caídos a un gran salón donde los héroes beben y combaten por toda la eternidad.

Aldric escuchó en silencio.

—¿Las vio alguna vez?

—preguntó.

Miré el horizonte antes de responder.

—La guerra hace que los hombres vean muchas cosas.

Algunas son reales.

Otras… son el resultado del vino, del miedo o de la sangre.

Aldric dejó escapar una pequeña risa.

—Eso suena más honesto.

Seguimos caminando durante un rato.

El camino comenzaba a descender hacia el valle donde corría el río, y en la distancia ya podía distinguirse la silueta del viejo puente de piedra que debíamos cruzar.

Fue entonces cuando Aldric decidió contar algo de sí mismo.

Me habló de su infancia cerca de los bosques de Rethmar, de su padre leñador y de su madre, que conocía las propiedades de las plantas y curaba a los aldeanos con ungüentos y brebajes que, según él mismo admitía, muchos consideraban brujería.

—Crecí entre el acero y las hierbas —dijo con una leve sonrisa—.

Mi padre creía que todo problema podía resolverse con un hacha.

Mi madre pensaba que la naturaleza siempre ofrecía otra respuesta.

—¿Y usted a quién creyó?

—pregunté.

Aldric tardó un momento en responder.

—A ambos… hasta que los bandidos quemaron nuestra casa.

No hizo falta que dijera más.

Había escuchado esa historia muchas veces, con distintos nombres y distintos pueblos.

—Entonces tomó la espada —dije.

Aldric asintió.

—Entonces tomé la espada.

Caminamos unos minutos más antes de ver el puente con claridad.

Se extendía sobre el río como una cicatriz gris entre las colinas, una estructura vieja y sólida que probablemente llevaba siglos resistiendo las crecidas y los inviernos.

Pero no fue el puente lo que llamó nuestra atención.

A un lado del camino, a no más de un kilómetro de distancia, había un carruaje.

Negro.

Impecablemente negro.

Demasiado elegante para un lugar tan desolado.

Delante del carruaje esperaba un único caballo, también negro, con un brillo oscuro en el pelaje que parecía absorber la luz del atardecer.

Nos detuvimos.

Aldric frunció el ceño.

—Eso no estaba ahí antes.

—No —respondí.

Nos acercamos con cautela.

No había cochero, ni equipaje, ni señales de que alguien hubiera estado allí recientemente.

El caballo permanecía completamente inmóvil, como una estatua tallada en obsidiana.

Abrí la puerta del carruaje.

Dentro no había nadie.

Solo una carta.

El sello rojo en el papel me resultó inmediatamente familiar.

Agramor.

Rompí el sello y leí en voz alta.

Agramor nos daba la bienvenida nuevamente y, con una cortesía que resultaba casi insultante, nos informaba que había decidido enviarnos un carruaje para facilitar nuestro viaje hasta su castillo.

Si alguno de nosotros deseaba utilizarlo, bastaba con subir y tomar asiento: el caballo conocía el camino y nos llevaría hasta destino sin necesidad de conductor.

Cuando terminé de leer, doblé la carta y miré al resto del grupo.

—Qué amable de su parte —dijo Serah con una sonrisa seca.

Observamos el carruaje durante unos segundos.

Luego miramos el puente.

—Es una trampa —dijo Maelor.

—Sin duda.

Nos quedamos en silencio un momento más, evaluando la escena como jugadores frente a un tablero evidente.

Después me encogí de hombros.

—Cuando no hay clara, lo mejor es seguir adelante.

Dejamos el carruaje atrás sin volver la vista.

El caballo negro no se movió ni un solo centímetro mientras nos alejábamos.

Cuando llegamos al puente el cielo ya comenzaba a oscurecer, y el río corría debajo de nosotros con un murmullo lento y oscuro que recordaba al sonido de una respiración profunda.

Comenzamos a cruzarlo.

Las piedras del puente estaban húmedas y desgastadas por el paso del tiempo, y cada uno de nuestros pasos resonaba con un eco apagado sobre la superficie antigua.

Habíamos recorrido aproximadamente la mitad del puente cuando ocurrió.

El viento se detuvo de repente sin antes disminuir o cambiar de dirección.

No hubo ningún indicio previo.

Simplemente desapareció.

El aire se volvió frío, pesado, como si el mundo entero hubiera contenido el aliento.

Entonces escuché una voz.

—Mis invitados…

La voz venía desde arriba.

Levanté la mirada.

Y lo vi.

Flotaba en el aire sobre el puente, inmóvil, como si la gravedad no tuviera poder sobre él.

Su capa se movía lentamente en un viento que ya no existía, y en su rostro había una sonrisa tranquila, casi divertida.

El Diablo nos observaba como un anfitrión paciente que ha esperado demasiado tiempo a sus invitados.

—Debo admitir —dijo con una calma inquietante— que me decepcionan un poco.

Sus ojos brillaban como brasas en la penumbra.

Descendió lentamente unos metros, sin esfuerzo, como una pluma cayendo en agua.

—Les abrí las puertas de mi hogar y ¿cómo me tratan?

Rechazando mi hospitalidad.

Habría sido una velada inolvidable.

Puse la mano sobre el mango de mi espada.

Aldric hizo lo mismo.

De repente, escuchamos un golpe seco y un aexpresión de exaltación de Maelor.

Eldan había caído al piso inmovil, duro como si fuese de piedra.

Su herida goteaba sangre negra que rodaba de agotas por el puente e iba directo hacia los pies de Agramor.

Serah se acercó para atenderlo y notó que no repiraba.

—Capitán!

—exclamó —¡No respira!

Heché un vistazo rápido hacia atrás.

No quería perder de vista al Diablo, que nos miraba con una paciencia soberbia.

—Tomen a Eldan y crucen el puente —dije finalmente —Yo me encargo del Diablo.

Agramor se río de mis palabras y comenzó a caminar hacia nosotros.

La sangre de Eldan recorría el puente desde la herida hasta los pies del Diablo, sin dejar rastro en el empedrado.

—Siempre tan sacrificado, Capitán.

Su tenacidad me aburre —dijo sin detener la marcha —.

Avanzar, retroceder, pelear o morir…

pueden optar el camino que quieran.

Pero mis deben saber una cosa, queridos míos: el final de la partida…

lo decido yo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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