Nacido de la Niebla - Capítulo 15
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15: Capítulo XV: La luz 15: Capítulo XV: La luz El filo de mi espada atravesó el aire con toda la fuerza que mi cuerpo pudo reunir en aquel instante.
El golpe descendió con violencia directa hacia el pecho de Agramor, impulsado por la mezcla de rabia, desesperación y obstinación que había comenzado a arder dentro de mí desde el momento en que habíamos puesto un pie en aquel valle.
Sin embargo, la hoja nunca llegó a tocarlo.
Algo invisible se interpuso entre nosotros.
No fue un sonido ni un impacto visible, sino una sensación abrupta, como si mi espada hubiera golpeado una pared hecha de aire endurecido.
La fuerza del choque recorrió mi brazo hasta el hombro y detuvo el golpe en seco, dejando el acero suspendido a pocos centímetros del cuerpo del Diablo.
Agramor observó la escena con una calma que resultaba profundamente irritante.
Durante un segundo nadie habló.
Luego sonrió.
—Admiro tu espíritu, capitán.
No hizo ningún gesto exagerado.
Ni siquiera levantó los brazos.
Aun así, en el instante siguiente algo cambió en el mundo.
Sentí cómo mis pies abandonaban la superficie del puente.
Primero unos centímetros.
Luego un metro.
Luego varios.
La gravedad dejó de existir.
Mi cuerpo se elevó lentamente hacia el aire, y al mismo tiempo vi cómo lo mismo ocurría con el resto del grupo.
Aldric, Serah y Maelor fueron arrancados de la piedra con una facilidad absurda, como si todos nosotros hubiéramos pasado a ser simples plumas atrapadas en una corriente invisible.
Solo Eldran permaneció en el suelo.
Su cuerpo seguía tendido sobre las piedras, inmóvil, con la sangre negra extendiéndose lentamente alrededor de la herida abierta en su costado.
Nos elevamos varios metros sobre el puente.
La sensación era profundamente antinatural.
No había viento, ni impulso, ni caída.
Simplemente flotábamos allí, suspendidos en el aire mientras el río oscuro continuaba su curso bajo nosotros con un murmullo que ahora parecía mucho más distante.
Agramor caminó con tranquilidad hasta situarse justo debajo de nosotros.
Levantó la mirada.
—Esto es lo que ocurre cuando no entienden cuál es su lugar.
Aldric intentó moverse.
El esfuerzo resultó inútil.
Su cuerpo permanecía completamente inmóvil en el aire.
—Bájame de aquí —gruñó.
Agramor lo miró con una expresión casi divertida.
—Me temo que esa decisión no te corresponde —sus ojos regresaron a mí —.
Te lo dije antes, Capitán, y ahora voy a repetirlo con una claridad que incluso un hombre tan obstinado como tú podrá comprender.
Se detuvo un momento, como si disfrutara del silencio que había creado.
De fondo, el río golpeaba con furia contra los pilares del puente.
—No puedes ganarme.
Muchos hombres han intentado hacerlo.
Hombres más sabios que tú.
Más poderosos…
Hombres que dedicaron décadas enteras a estudiar las formas de acabar conmigo.
Cruzó las manos detrás de la espalda.
Su mirada se volvió ligeramente más oscura.
—Hubo una revuelta una vez.
Un ejército entero decidió levantarse contra mi presencia en este valle.
Campesinos, soldados, caballeros y mercenarios marcharon juntos convencidos de que la fuerza de los números podía torcer la voluntad del Diablo —una pequeña sonrisa cruzó su rostro.
—.
Fue un espectáculo interesante.
Serah se movió ligeramente en el aire.
—¿Qué hiciste con ellos?
Agramor levantó la mirada hacia ella.
—Nada que ellos mismos no hubieran provocado.
Nada que ellos no hubiesen hecho conbmigo.
También hubo un hombre que creyó tener mejores posibilidades —sus ojos se estrecharon ligeramente —.
Un mago.
El llamado Susurros.
El viento comenzó a soplar con más fuerza alrededor del puente.
Agramor comenzó a caminar hacia Eldran.
—Durante años estudió este lugar.
Aprendió sus secretos, exploró cada rincón del valle y llegó a creer que había encontrado una manera de romper mis dominios.
Incluso logró herirme.
Sin embargo —continuó en un tono más sombrío—, incluso los hombres más brillantes cometen errores cuando se enfrentan a algo que no comprenden del todo.
Él tampoco pudo derrotarme, Capitán.
En ese momento cerró lentamente la mano.
La fuerza invisible que nos sostenía desapareció.
Caímos.
La caída no fue larga.
Pero sí brutal.
Se sintió como si un vacío violento nos reclamase desde el centro de la tierra.
Mi espalda golpeó la piedra del puente con una violencia que expulsó el aire de mis pulmones en un gruñido involuntario.
Aldric cayó cerca de mí, rodando sobre los hombros antes de lograr detenerse.
Serah impactó contra el suelo con un golpe seco, cortándose una de las cejas contra el empedrado.
Maelor, en cambio, cayó peligrosamente cerca del borde del puente.
Las piedras antiguas estaban húmedas por la niebla del río.
Y el impacto había sido lo suficientemente fuerte como para dejarnos aturdidos.
Escuché un grito.
—¡Maelor!
Giré la cabeza.
El cuerpo del hombre de los anillos había resbalado sobre la superficie mojada y ahora colgaba del borde del puente, sostenido apenas por una mano que se aferraba a una grieta entre las piedras.
Debajo de él el río oscuro corría con fuerza.
Aldric reaccionó primero.
Se arrastró sobre las piedras, ignorando el dolor de la caída, y se lanzó hacia el borde del puente.
Sus manos se cerraron alrededor del brazo de Maelor justo cuando los dedos del otro comenzaban a resbalar.
Durante unos segundos lucharon contra el peso y la gravedad.
Finalmente Aldric logró arrastrarlo de vuelta sobre el puente.
Los dos quedaron tendidos sobre la piedra, respirando con dificultad.
Cuando levanté la vista nuevamente, Agramor pasaba una mano sobre el pecho de Eldran.
—Siempre disfruto estos pequeños encuentros —su voz resonaba con una tranquilidad insoportable —.
Me encanta pasar tiempo con amigos.
Me recuerdan lo entretenido que puede resultar este lugar cuando llegan nuevos jugadores.
Serah logró ponerse de rodillas.
—Estás demente…
Esto no termina aquí.
Agramor la miró con una sonrisa suave.
—Al contrario.
Se incorporó y, abandonando el cuerpo de Eldran, caminó hacia la niebla que cubría el camino del otro lado del puente.
—Esto recién comienza, mi querida —hizo una pequeña inclinación de cabeza, despidiendose —.
Estoy seguro de que volveremos a vernos.
La niebla lo envolvió lentamente y en cuestión de segundos su figura desapareció entre las sombras del valle.
El silencio que dejó detrás fue pesado.
Durante unos instantes nadie se movió.
El dolor de la caída recorría cada parte de mi cuerpo.
Pero algo más comenzaba a escucharse ahora.
Alas.
Muchas alas.
Primero unos pocos y torpes aleteos.
Luego decenas.
Figuras comenzaron a surgir desde ambos extremos del puente.
Aves.
O lo que alguna vez habían sido aves.
Sus cuerpos estaban cubiertos por plumas rotas, alas desgarradas y manchas oscuras que parecían haber sido enfermedades mal curadas por el tiempo.
Sus ojos carecían de vida, pero se movían de forma descoordinada y torpe.
Tanto que resultaba aún más inquietante.
—Esbirros —murmuró Aldric mientras se ponía de pie con dificultad.
Serah levantó su arma.
—Entonces pelearemos.
Y peleamos.
A pesar del dolor de la caída.
A pesar de la sangre.
A pesar de que cada movimiento parecía exigirle demasiado a nuestros cuerpos maltrechos.
Las primeras criaturas llegaron aleteando sobre el puente atacando con sus picos monstruosos.
Aldric bloqueó el primer golpe con su escudo y respondió con un tajo que abrió en dos a su oponente.
Serah giró sobre sí misma esquivando unas garras antes de hundir rasgar un ala de lado a lado.
Maelor, todavía jadeante por el esfuerzo de la caída, levantó sus manos cubiertas de anillos y descargó un rayo eléctrico brutal con que partió a varios esbirros en un instante.
Yo avancé hacia el centro del puente.
La espada volvió a moverse.
Uno cayó.
Luego otro.
Pero seguían llegando.
Desde la niebla.
Desde los lejanos cielos grises.
Desde las orillas del río.
El puente comenzó a llenarse de figuras que avanzaban aleteando de forma perturbadora.
Y entonces apareció el sonido.
Un ruido distinto.
El crujido de ruedas sobre piedra.
Todos lo escuchamos al mismo tiempo.
Por el camino que conducía al puente avanzaba lentamente un pequeño y viejo carruaje tirado por un caballo flaco y polvoriento.
El conductor era un hombre.
Vestía ropas simples de viajero y llevaba un báculo largo apoyado contra el hombro.
Cuando vio la escena del combate detuvo el carro.
Observó durante unos segundos con asombro.
Su rostro mostraba una expresión totalmente ajena.
Luego, sin descender del asiento, con una calma absoluta, levantó el báculo lentamente hacia el cielo.
La luz apareció de repente.
No fue una explosión ni un relámpago.
Fue más bien una expansión.
Un resplandor blanco que se abrió desde la punta del báculo como si el propio aire hubiera decidido iluminarse desde dentro.
La luz atravesó el puente.
Atravesó la niebla.
Atravesó a las criaturas.
Y en el instante en que tocó sus cuerpos, algo comenzó a ocurrir.
La oscuridad que los sostenía empezó a evaporarse.
Como si aquella luz estuviera secando la propia esencia del valle.
Los esbirros comenzaron a alinearse y a volar formando un circulo en el aire.
Una tras otra.
El puente quedó inmóvil bajo el resplandor creciente y todos nosotros nos quedamos mirando al hombre del báculo mientras la luz continuaba extendiéndose por el valle, hasta dejarnos completamente ciegos.
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