Nacido de la Niebla - Capítulo 16
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16: Capítulo XVI: El Cazador y el Brujo 16: Capítulo XVI: El Cazador y el Brujo La luz tardó varios segundos en disiparse.
Cuando el resplandor comenzó a retirarse lentamente del puente, lo primero que noté fue el silencio.
El río seguía corriendo bajo nosotros, pero ahora sonaba como un murmullo oscuro y constante.
Todas aquellas figuras que nos habían rodeado unos instantes antes habían desaparecido, como si jamás hubieran estado allí.
El aire parecía distinto.
Más seco.
Más quieto.
El hombre del báculo permanecía sentado en el pequeño carruaje que lo había traído hasta el puente.
Su caballo masticaba con tranquilidad unas briznas de hierba que crecían entre las piedras del camino, ajeno por completo a la escena que acababa de ocurrir.
Nos observó durante unos segundos con una expresión que oscilaba entre la curiosidad y el desconcierto.
Luego bajó del carruaje con cierta torpeza y levantó una mano.
—Vaya, vaya… —dijo con voz rasposa—.
Parece que llegué en un momento bastante incómodo.
Su aspecto no era el que uno esperaría de alguien capaz de producir un fenómeno como el que acabábamos de presenciar.
Era más bajo que la mayoría de los hombres, de hombros anchos y vientre redondeado, como si la vida hubiera sido generosa con él en comida y bebida.
Su barba rojiza crecía en desorden alrededor de un rostro permanentemente sonrojado, dominado por una nariz redonda y roja que delataba años de amistad con el alcohol.
Sus ojos, sin embargo, eran otra cosa.
Pequeños y brillantes, demasiado atentos para pertenecer a un simple borracho.
Se acercó al puente con paso tambaleante, apoyándose en el báculo como si fuera más un soporte que una herramienta.
—Permítanme presentarme —continuó con una sonrisa amplia—.
Mi nombre es Timothy Lightbarrel, pero pueden llamarme Tim Soy un mercader errante, viajero ocasional y, ocasionalmente, comerciante honesto —hizo una inclinación exagerada —.
También vendo cosas.
Se detuvo frente a nosotros y observó los cuerpos caídos alrededor del puente.
—Bueno… vendía.
Aldric lo miró con el ceño fruncido.
—¿Qué fue esa luz?
Tim parpadeó un par de veces, como si la pregunta lo hubiera sorprendido profundamente.
—¿Luz?
—miró su báculo y lo giró entre las manos—.
Ah… eso.
Debe haber sido un reflejo del sol.
Serah lo miró con incredulidad.
—No hay sol.
El hombre se encogió de hombros y se rascó la barba.
—Entonces fue un reflejo muy convincente —sacó de su cinturón una pequeña botella de vidrio, bebió un largo trago y volvió a guardarla —.
En cualquier caso, parece que ustedes necesitaban ayuda.
Su mirada recorrió rápidamente al grupo: Aldric cubierto de sangre, Maelor todavía recuperándose de la caída, Serah con la ropa desgarrada… y Eldran.
Cuando sus ojos se posaron sobre él, su expresión cambió.
No fue algo evidente.
Fue mucho más sutil.
La torpeza desapareció de sus movimientos durante un instante.
Se acercó.
Se arrodilló junto al cuerpo del herido.
—Esto sí que es interesante… —murmuró.
Sus dedos se movieron con una precisión sorprendente mientras examinaba la herida negra del costado de Eldran.
Palpó la piel.
Observó el color de la sangre.
Luego frunció ligeramente el ceño.
—Hmm.
Sacó de su bolso una pequeña bolsa de cuero llena de instrumentos.
Aldric lo observó con desconfianza.
—¿Qué estás haciendo?
—Lo que cualquiera haría —respondió Tim mientras preparaba una aguja y un frasco de líquido oscuro—.
Intentar evitar que su amigo muera en medio de un puente maldito.
Sus manos se movían con rapidez: limpiaba la herida, aplicaba un ungüento, cerraba la piel con una destreza que no correspondía en absoluto a un mercader borracho.
—¿Dónde aprendiste eso?
—preguntó Serah.
Tim sonrió mientras trabajaba.
—Digamos que he tenido una vida… interesante.
Pasaron varios minutos.
Finalmente terminó.
Eldran abrió lentamente los ojos.
Su respiración regresó con más fuerza.
—Por los dioses… —murmuró con voz débil—.
Me siento… mejor.
Serah dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
Tim se levantó con un pequeño gruñido mientras se sacudía las rodillas.
—Bueno, no lo feliciten todavía.
Sigue teniendo una herida que parece haber sido hecha por algo salido del mismísimo infierno.
Luego volvió a sacar su botella y bebió otro trago.
Durante todo ese tiempo yo lo había estado observando.
Algo en aquel hombre me resultaba profundamente incómodo.
Había una contradicción constante entre su actitud torpe y la precisión casi quirúrgica de sus movimientos.
Nuestros ojos se cruzaron.
Y durante un instante su expresión cambió.
Solo un segundo.
Luego volvió a sonreír con su aire bonachón.
Serah se acercó a mí y habló en voz baja.
—Capitán.
—Sí.
—¿Y si Agramor lo trajo de vuelta?
Miré a Eldran.
La herida negra.
La sangre.
Las palabras del Diablo.
No respondí.
Tim dio una palmada.
—Bien, mis queridos viajeros —señaló la carreta—.
Tengo una propuesta mucho más agradable que quedarse en este puente lleno de cadáveres.
Conozco un pueblo a unas pocas horas de aquí —hizo girar las riendas con suavidad —.
Se llama Valebrun.
Un lugar pequeño, tranquilo, con un par de tabernas bastante decentes y un cura que tiene cierta reputación para tratar… problemas poco convencionales —Miró a Eldran —.
Creo que su amigo podría beneficiarse de una visita.
Aldric suspiró.
—No tenemos muchas opciones.
Uno por uno subimos al carro.
El vehículo crujió bajo el peso extra, pero el caballo parecía acostumbrado a viajes pesados.
Tim tomó las riendas.
El camino se abrió ante nosotros mientras abandonábamos el puente.
Durante un largo rato nadie habló.
El bosque nos rodeaba con su niebla constante.
Finalmente Tim rompió el silencio.
—Supongo que ya conocieron a Agramor —nadie respondió y el mercader se rió —.
Sí… esa reacción suele ser bastante común.
Este valle está lleno de historias sobre él —bebió otro trago —.
Pero hay una que siempre me ha parecido particularmente interesante.
Serah levantó la mirada.
—¿Cuál?
Tim sonrió.
La muchacha había picado.
—La historia del Cazador.
La carreta avanzaba lentamente por el camino mientras el mercader comenzaba su relato.
Tim acomodó las riendas y continuó hablando sin prisa, como quien desentierra una historia vieja.
—Un guerrero portados de la espada sagrada que llegó aquí como todos: arrastrado por la oscuridad.
Y al igual que ustedes, no llegó solo.
Fue traído junto a un grupo de aventureros, de los cuales destacaba un poderoso brujo.
No uno de esos hechiceros de feria que venden amuletos en los mercados… sino un verdadero conocedor de las artes antiguas.
El caballo avanzó unos pasos más antes de que continuara.
—Desterrados de sus hogares, viajaron juntos durante años, buscando la manera de escapar de esta prisión.
Uno a uno, algunos aventureros fueron cayendo pero dos ellos prevalecían contra todo pronóstico.
El Cazador aniquilaba a las criaturas… y el Brujo buscaba el conocimiento para vencer a la niebla.
Eran una amalgama perfecta: donde uno llevaba acero, el otro llevaba saber —dijo Tim—.
Y esa combinación los volvió casi invencibles.
Entrecerró los ojos, como si tratara de recordar algo que no le pertenecía.
—Vencieron espectros en fortalezas caídas, quemaron nidos de engendros en los Pantanos Negros y se internaron en ruinas donde ni los sacerdotes se atrevían a entrar.
—¿Entonces?
—preguntó Aldric, que escuchaba tan atento como un niño.
—Dicen que se tenían un respeto profundo —Tim respiró hondo—.
Incluso amistad.
Porque un hombre que ha sobrevivido a los mismos horrores que tú… se vuelve más cercano que un hermano.
En aquel entonces, en este valle no había pueblos.
Ni iglesias.
Ni caminos como este.
Solo bosque, niebla… y un silencio demasiado viejo.
—¿Qué los separó?
—pregunté.
Por primera vez, Tim desatendió el camino que se estrechaba cada vez más.
Me miró de reojo con una seriedad inesperada y, tras un instante, volvió a sonreír como siempre.
—Algo que el Brujo había encontrado en textos antiguos —respondió—.
Un lugar del valle donde, según decía, el velo entre este mundo y otros era más delgado.
Creyó que allí estaría la verdadera razón de su llegada a este lugar.
En cambio, el Cazador pensó que se trataba de otra cacería.
Otra bestia que debía ser eliminada antes de que creciera demasiado.
Pero el Brujo no buscaba destruir nada.
Un cuervo graznó en la distancia y Tim negó con la cabeza, como si respondiera al ave.
—Durante días exploraron el valle minuciosamente, hasta que encontraron un círculo de piedras negras en lo profundo del bosque.
Un santuario antiguo cubierto de símbolos que ni el propio brujo pudo leer… al principio.
Ahí fue cuando todo empezó a torcerse.
El Brujo comenzó a pasar horas estudiando aquellas marcas.
No dormía.
Apenas comía.
Decía que aquellas piedras contenían un conocimiento anterior a la oscuridad… anterior incluso a los dioses que veneramos.
Creí ver que el cuello de Eldran se tensaba al mismo tiempo que el bosque se volvía más espeso.
—El Cazador quiso marcharse —continuó Tim—.
Decía que ningún conocimiento valía el riesgo de despertar algo que llevaba siglos dormido.
Pero el Brujo ya había tomado una decisión.
Una noche, mientras el Cazador dormía, abrió el círculo.
Lo que sea que respondió desde la oscuridad… aceptó su llamada.
Y cuando el Cazador comprendió lo que su amigo había hecho, ya era demasiado tarde.
Tim bebió un pequeño trago antes de continuar.
Su voz se estaba poniendo más densa.
—El Brujo había pactado con la oscuridad.
Decía que la niebla era una barrera, una prisión levantada para contener una maldad que antaño había acechado en varios mundos.
Dicen que el Cazador luchó con bravura contra aquello que surgió del círculo.
Que casi murió tratando de cerrar lo que su amigo había abierto.
Pero la verdadera herida no fue la batalla.
Fue la traición.
Porque cuando la batalla terminó… el Brujo ya no estaba.
Tim escupió a un lado del camino.
—Esa misma noche, el Cazador juró que, aunque tuviera que recorrer cada rincón del valle, aunque tuviera que matar a cada bestia o abominación que caminara por estas tierras, encontraría al hombre que una vez llamó amigo.
Y cuando lo hiciera… no habría diablo ni dios capaz de protegerlo.
Aldric se inclinó hacia adelante para escuchar mejor, pero Tim guardó silencio.
—¿Y Agramor?
—preguntó Maelor.
Tim sonrió.
—Curioso que preguntes —tomó otro trago —.
Del Brujo no se supo más nada.
Pero dicen que, durante sus años de búsqueda, el Cazador se topó con el Diablo.
Armado con su espada sagrada y con la determinación de un hombre que había decidido terminar una guerra por sí solo, el Cazador luchó contra él de igual a igual.
Las leyendas cuentan que combatieron durante una noche entera.
Que el cielo se volvió rojo… y que los ríos cambiaron su curso.
El Cazador estaba a punto de caer cuando el Diablo le ofreció un trato.
—¿Qué clase de trato?
—preguntó Serah.
Tim giró ligeramente la cabeza.
—Un vínculo —sus palabras salieron más lentas —.
Una maldición que transformó al gran Cazador en algo que ya no pertenecía al mundo de los vivos… ni al dominio del Diablo.
Vencido, el Cazador aceptó el trato con la esperanza de poder encontrar algún día al Brujo.
Su ambición por la venganza lo llevó hacia los umbrales oscuros que antes había combatido con tanto fervor.
A cambio, debía vagar eternamente por el valle, condenado a matar aquello que emerge del infierno… y también aquello que intenta escapar de él.
Eldran habló por primera vez en mucho rato.
—Entonces trabaja para Agramor.
Tim negó lentamente con la cabeza.
—Ah… —bebió otro trago —Ahí es donde la historia se vuelve interesante.
Porque el vínculo entre el Cazador y el Diablo… no es exactamente lo que parece.
El carro se detuvo al salir del bosque.
Frente a nosotros, un enorme portón de madera se alzaba entre dos torres de piedra.
Habíamos llegado a Valebrun.
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