Nacido de la Niebla - Capítulo 17
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17: Capítulo XVII: Valebrun 17: Capítulo XVII: Valebrun Serah fue la primera en hablar cuando el carro se detuvo frente a las murallas.
Durante un buen rato habíamos escuchado a Tim relatar aquella historia sin atrevernos a interrumpirlo demasiado, como si cualquier palabra fuera capaz de romper el delicado hilo que sostenía su relato.
Sin embargo, cuando el caballo finalmente se detuvo y el crujido de las ruedas dejó de acompañar sus palabras, la muchacha se inclinó hacia adelante con una expresión entre frustrada y fascinada.
—No terminaste la historia —dijo.
Tim seguía mirando el portón del pueblo con la tranquilidad de quien llega a un destino largamente conocido.
Parecía estudiar las torres de piedra como si buscara comprobar que seguían en su lugar desde la última vez que había pasado por allí.
—¿Qué historia?
—preguntó con absoluta naturalidad.
Serah entrecerró los ojos.
—La del cazador.
Tim se rascó la barba rojiza con aire distraído mientras se balanceaba levemente sobre el asiento del carruaje.
Durante unos segundos pareció realmente estar pensando en lo que ella había dicho, como si intentara recordar algo que se le escapaba entre los vapores del alcohol.
Luego sonrió.
—Ah, esa —se acomodó mejor en el banco y miró hacia el portón nuevamente —Bueno… resulta que ya llegamos.
Aldric soltó una pequeña risa incrédula.
—¿Eso es todo?
Tim levantó los hombros con un gesto despreocupado.
—Las buenas historias merecen ser contadas en el momento correcto, muchacho.
Y este no es el momento correcto.
Serah frunció el ceño.
—Nos dejaste justo en la mejor parte.
El mercader levantó un dedo.
—En la parte más peligrosa, diría yo.
—sus ojos se movieron lentamente hacia el bosque que habíamos dejado atrás —.
Las historias de este valle tienen una costumbre bastante incómoda.
—¿Cuál?
—preguntó Maelor.
Tim bebió un pequeño trago de su botella antes de responder.
—A veces ellas mismas se escuchan cuando son contadas.
Nadie habló durante unos segundos.
El viento nocturno soplaba suavemente alrededor de las murallas de Valebrun, haciendo crujir las maderas del portón.
Finalmente Aldric rompió el silencio.
—Entonces entra con nosotros y termínala adentro.
Tim soltó una carcajada.
—Oh, no.
Eso no sería prudente —se inclinó hacia un lado para observar mejor el interior del pueblo a través de las rendijas del portón —.
Mi camino sigue por otro lado.
Serah lo miró con desconfianza.
—¿No era que venías para acá?
—Si, pero no esta noche —se acomodó en el asiento —.
Digamos que mi relación con algunos lugares de este valle… es complicada.
Maelor cruzó los brazos.
—Nos salvaste la vida hace unas horas.
Tim sonrió.
—Yo diría que la vida de ustedes ya venía bastante complicada antes de que yo apareciera —luego se inclinó ligeramente hacia nosotros —.
Pero sí voy a darles un consejo.
Tengan cuidado si salen de Valebrun por esta zona.
Serah inclinó la cabeza.
—¿Por qué?
—Hay una bruña rondando por aquí —Tim señaló el bosque oscuro detrás del camino.
Aldric levantó una ceja.
—¿Una bruja?
Tim hizo un gesto ambiguo con la mano.
—Algo así —bebió otro trago.
—No es el tipo de criatura que uno quiere encontrar cuando camina de noche —sus ojos se movieron brevemente hacia mí —.
Especialmente cuando uno ya ha llamado demasiado la atención.
Aquella última frase quedó flotando en el aire.
Nadie respondió.
Finalmente descendimos del carruaje.
Tim no se movió.
Observó cómo Aldric ayudaba a bajar a Eldran, que todavía caminaba con cierta dificultad a pesar de la intervención del mercader.
Cuando me disponía a seguir a los demás hacia el portón, Tim habló otra vez.
—Capitán.
Me detuve.
Giré hacia él.
El hombre estaba apoyado en su báculo, con la botella en la otra mano.
Por un momento su expresión parecía mucho más sobria de lo que había sido durante todo el viaje.
—Hace mucho tiempo —dijo lentamente— conocí a un hombre llamado Arven.
Otro mercader, como yo.
Sentí que algo se movía en lo profundo de mi memoria.
No fue un recuerdo completo.
Solo un destello.
Una voz.Un nombre que parecía haber estado esperando en la oscuridad de mi mente.
Tim me observó con atención.
—Ya para ese entonces me habló de un guerrero sin nombre.
Quizás, si algún día ves a aquel mercader… —dio un pequeño sorbo a la botella— quizás también recuerdes por qué este valle te desea más que al resto.
El silencio entre nosotros se volvió espeso.
Luego sonrió nuevamente, como si todo aquello no hubiera sido más que una frase lanzada al azar por un borracho.
—En fin…
—sacudió las riendas —Buena suerte con el cura de Valebrun.
El caballo comenzó a girar lentamente.
—Y Capitán… —levantó la mano en un gesto de despedida.
—Si vuelves a ver al Cazador… dile que Tim todavía le debe una botella.
El carruaje se alejó por el camino oscuro hasta desaparecer entre los árboles.
Me acerqué al resto del grupo que estaban frente al portón.
Las torres de piedra de Valebrun se alzaban sobre nosotros con una presencia sólida y extrañamente reconfortante.
Por primera vez desde que habíamos entrado al valle, algo parecía… normal.
O al menos, más cercano a la normalidad.
Golpeamos el portón.
Durante varios segundos no hubo respuesta.
Luego escuchamos pasos del otro lado.
Una pequeña ventanilla se abrió en la madera.
Dos ojos desconfiados nos observaron desde la oscuridad.
—¿Quiénes son?
Aldric dio un paso adelante.
—Viajeros.
—¿Viajeros?
—el hombre del otro lado frunció el ceño.
La ventanilla se abrió un poco más.
Sus ojos recorrieron nuestras ropas, nuestras armas, nuestras heridas.
—Parecen gitanos.
Serah resopló.
—¿Gitanos?
—Eso dije —el guardia escupió a un lado —.
Últimamente han estado apareciendo varios por los caminos.
Traen mala suerte.
Maelor habló con voz cansada.
—Créeme, amigo… si fuéramos gitanos tendríamos mucha más suerte que la que tenemos ahora.
El hombre dudó.
Finalmente desapareció de la ventanilla.
Escuchamos varios cerrojos correr detrás del portón.
Las puertas se abrieron con un crujido profundo.
Entramos.
Y lo primero que noté fue el cielo.
Había estrellas.
El aire era distinto.
La niebla que dominaba el valle simplemente… no estaba allí.
Las calles de Valebrun eran estrechas pero limpias, iluminadas por faroles de aceite que colgaban de postes de madera.
Las casas estaban construidas con piedra clara y tejados inclinados, y el silencio del lugar tenía una cualidad completamente diferente a la del bosque.
Aquí el silencio parecía… vivo.
El guardia cerró el portón detrás de nosotros.
—Todo está cerrado a estas horas —dijo—.
Vuelvan por la mañana si necesitan algo.
Se marchó sin añadir nada más.
Caminamos por la calle principal.
Las ventanas de las casas estaban oscuras y las puertas cerradas.
Solo el sonido de nuestros pasos rompía el silencio nocturno.
Fue entonces cuando vimos a la vieja.
Venía caminando lentamente por la calle, con una canasta colgando de un brazo.
Su espalda estaba encorvada y su paso era corto y arrastrado.
Una capucha gris cubría casi por completo su rostro, pero cuando se acercó lo suficiente pudimos ver su sonrisa desdentada.
—Buenas noches, viajeros —dijo con una voz rasposa.
Levantó la canasta.
—¿Alguien quiere un pie?
Dentro había varios pequeños pasteles redondos.
El olor tentador.
Demasiado tentador.
Serah me miró de reojo.
Aldric también.
Ambos estaban pensando lo mismo: la bruña.
Serah dio un paso hacia la mujer.
—¿Vive usted aquí?
La vieja sonrió aún más.
—Claro que sí —le ofreció la canasta.
—Son de carne.
Aldric murmuró en voz baja.
—Podríamos averiguar algo.
Serah asintió.
Yo negué lentamente con la cabeza.
—No.
Eldran habló con voz cansada.
—El Capitán tiene razón —miró a la mujer —.
No hemos sobrevivido a todo esto para empezar a perseguir viejas por la calle.
No todos los asuntos de este valle son de nuestra incumbencia.
La anciana seguía sonriendo.
—¿Entonces no quieren?
—No —respondí.
—Una pena —dijo y encogió los hombros.
Se alejó lentamente por la calle hasta desaparecer en la oscuridad.
Serah suspiró.
—Si esa era la bruja, la dejamos escapar.
—Si no lo era —respondí— habríamos interrogado a una vendedora de pasteles.
Seguimos caminando.
Serah y Aldric continuaron hablando de la anciana, mientras que l resto marchábamos cansados hacia algún lugar que pudiese alojarnos.
Finalmente encontramos una taberna.
El letrero de madera colgaba sobre la puerta, moviéndose suavemente con el viento.
“La negra suerte”, rezaba el cartel.
por encima de la planta alta, se erguía lo que parecía ser un atico.
Allí había varios cuervos, decenas de ellos.
Graznaban con furia y aleteaban inquietos alrededor de las ventanas.
Aldric levantó la vista.
—Eso no me gusta.
Abrí la puerta.
El interior estaba iluminado por un gran hogar encendido.
Varias mesas de madera ocupaban el salón y un hombre corpulento limpiaba jarras detrás de la barra.
Levantó la vista cuando entramos.
—Vaya —dijo—.
No esperaba clientes a esta hora —su voz era grave pero amable —Mi nombre es Garron Bale.
¿Buscan habitación?
Asentí.
—Y un poco de descanso.
Garron observó nuestras heridas.
—Sí… creo que lo necesitan.
A diferencia de los aldeanos de Valdrem, el tabernero y el guardian de la puerta parecían estar vivos.
Nos dio una habitación en el piso superior.
Una sola de gran tamaño con varias camas.
Nos dejamos caer sobre ellas sin demasiadas ceremonias.
No hubo tiempo de discutir todo lo que nos había sucedido.
El cansancio cayó sobre nosotros como una piedra.
No sé cuánto tiempo dormí.
Pero algo me despertó.
Una mano me sacudía el hombro.
Abrí los ojos.
Maelor estaba inclinado sobre mí.
—Capitán —su voz era baja.
—Algo no está bien.
Me incorporé.
La habitación estaba oscura.
—¿Qué pasa?
Maelor señaló una de las camas.
La cama de Eldran estaba vacía.
Sentí cómo el sueño desaparecía de golpe.
Me levanté.
La ventana estaba abierta.
El viento nocturno entraba desde la calle y se veían revolotear a los cuervos de vez en vez.
En el suelo, junto a la cama… había una venda manchada de sangre seca.
Eldran ya no estaba.
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