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Nacido de la Niebla - Capítulo 18

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  3. Capítulo 18 - 18 Capítulo XVIII Sombras en la noche
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18: Capítulo XVIII: Sombras en la noche 18: Capítulo XVIII: Sombras en la noche Me acerqué a su lecho.

Las mantas estaban revueltas, como si se hubiese levantado con urgencia… como si no hubiese tenido opción.

En el suelo, junto a la cama, encontré la venda que había cubierto su herida.

La tomé entre los dedos.

La sangre se transformó en cenizas.

Solté la venda de inmediato.

Durante un instante, ninguno de los dos dijo nada.

Luego me incorporé y miré a Maelor.

—Vamos.

Bajamos sin encender luces, dejando atrás la quietud de la habitación.

El silencio de la taberna era espeso, casi antinatural, como si incluso las mesas y los taburetes estuviesen durmiendo.

Cuando llegamos al salón principal, encontramos a Garron Bale detrás de la barra, tal como lo habíamos dejado, limpiando una jarra con una calma que no se correspondía con la hora ni con el estado en el que nos encontrábamos.

Levantó la vista al vernos.

—No suelen bajar tan rápido los que llegan tan cansados —dijo, con esa voz ni amable ni hostil —.

y menos cuando esta empezando a llover.

Me acerqué.

—Uno de los nuestros no está.

El hombre no mostró sorpresa.

Ni siquiera curiosidad.

Se limitó a asentir lentamente, como si aquella frase fuese parte de una conversación que ya había tenido demasiadas veces.

—No sería el primero —respondió—.

La noche en Valebrun tiene… sus costumbres.

Maelor dio un paso al frente.

—¿Qué quiere decir con eso?

Garron apoyó la jarra sobre la barra con un gesto medido.

—Que hay cosas que es mejor no perseguir en este lugar —dijo—.

Especialmente cuando todavía no entienden dónde están.

Lo observé en silencio durante un momento que se extendió más de lo necesario.

—Si lo ha visto —dije finalmente—, dígalo.

El tabernero negó con la cabeza.

—No —respondió—.

Pero si salió… no fue el único.

Esa frase quedó flotando entre nosotros, cargada de algo que no necesitaba explicación.

No insistí.

Salimos.

El aire nocturno nos recibió con una frío llovizna que se colaba bajo la ropa y humedecía la piel.

Las calles de Valebrun, que unas horas antes habían parecido extrañamente acogedoras, ahora se extendían ante nosotros como un lugar distinto, más estrecho, más oscuro, como si las mismas piedras hubiesen cambiado de posición en nuestra ausencia.

Pensé en que quizás la lluvia había traído otra vez ese tono gris que tanto caracteriza al valle.

Avanzamos en silencio.

Fue entonces cuando los vimos.

No estaban escondidas.

No intentaban pasar desapercibidas.

La vieja de los pasteles estaba de pie frente a una casa, apenas iluminada por un farol que colgaba torcido sobre la puerta.

Frente a ella, una mujer más joven discutía en voz baja, con una urgencia temblorosa que no alcanzábamos a entender del todo desde la distancia.

Y entre ellas… un niño.

Lo tironeaban del brazo, disputándoselo.

El pequeño forcejeaba, clavando los pies contra el suelo, pero sus movimientos eran torpes, como si algo en él ya estuviese cediendo.

La mujer hablaba, suplicaba quizás, aunque las palabras no llegaban con claridad detrás del ruido de las gotas sobre el empedrado.

La vieja sonreía.

Siempre sonreía.

Entonces, sin aviso, el tirón se volvió definitivo.

La vieja giró, arrastrando al niño con una fuerza que no correspondía a su cuerpo encorvado, y comenzó a alejarse por el callejón lateral.

La mujer dio un paso para seguirlos… pero se detuvo.

No gritó.

No corrió.

No hizo nada.

Se quedó allí, temblando, con los brazos caídos.

Observando.

Maelor tensó el cuerpo a mi lado.

—Capitán… No respondí de inmediato.

Mis ojos seguían el movimiento de la vieja hasta que desapareció en la oscuridad.

—No —dije finalmente.

Maelor me miró.

—¿No?

—No nos metemos en esto —respondí, sin apartar la vista del callejón vacío—.

No todavía.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier discusión.

Continuamos.

El rastro de Eldran no era claro, pero algo en el aire parecía empujarnos en una dirección precisa, como si el mismo pueblo quisiera guiarnos hacia donde debíamos ir.

Nos internamos en un pasillo angosto entre dos construcciones, donde la luz apenas alcanzaba a rozar las paredes húmedas.

El suelo estaba irregular, cubierto de polvo y restos que crujían bajo nuestras botas.

Y entonces lo vimos.

Eldran.

Estaba de pie, de espaldas a nosotros, ligeramente inclinado hacia adelante, como si estuviese escuchando algo muy de cerca.

No estaba solo.

Frente a él, una sombra se recortaba contra la pared.

No tenía forma definida.

La llovizna no dejaba ver la figura de forma clara.

Era… una ausencia más densa que la oscuridad que la rodeaba.

—Eldran —dije.

La sombra se movió.

No hacia nosotros.

Se deshizo.

Como humo arrastrado por el viento.

Y desapareció.

Eldran giró lentamente.

Sus ojos tardaron un segundo en encontrarnos.

—Capitán… —dijo.

Su voz sonaba normal —¿Qué haces aquí?

—pregunté.

—Hablaba con Aldric —respondió, parpadeó y confundido.

Maelor soltó una exhalación breve.

—Aldric está durmiendo.

Eldran frunció el ceño.

—No —dijo—.

Estaba aquí.

Lo observé en silencio.

No había miedo en su rostro.

Tampoco había duda.

Solo una certeza que no encontraba sustento en la realidad que conocíamos.

—Volvemos —dije finalmente.

El camino de regreso fue más corto.

O al menos lo sentí así.

El tabernero ya no estaba en el salón principal.

Subimos nuevamente a la habitación y al abrir la puerta lo vi a Aldric que seguía en su cama.

Dormido.

Respirando con la calma de quien no ha sido interrumpido en toda la noche.

Me acerqué y lo sacudí con firmeza.

—Despierta Aldric abrió los ojos de golpe, como si hubiese sido arrancado de un sueño profundo a la fuerza.

Durante un instante no entendió dónde estaba; su mirada se movió rápido entre las sombras de la habitación hasta detenerse en mí, todavía empañada por el desconcierto.

—¿Qué…?

—murmuró, incorporándose a medias.

—Eldran dice que estabas con él.

El joven terminó de sentarse, esta vez con más firmeza, y giró la cabeza hacia Eldran.

La confusión en su rostro se transformó lentamente en algo más duro, más alerta.

—¿Qué?

—Estabas en el pasillo —insistió Eldran, dando un paso al frente—.

Hablamos.

No fue un sueño.

Aldric negó de inmediato, con una seguridad que rozaba la irritación.

—No me moví de aquí.

—Estabas ahí —repitió Eldran, y esta vez su voz arrastraba una tensión creciente, como si la negación de Aldric fuese una provocación—.

Te vi.

Te escuché.

No estoy inventando esto.

—No salí —respondió Aldric, endureciendo el tono, clavándole la mirada—.

No sé qué viste… pero no era yo.

—Entonces ¿qué era?

—disparó Eldran—.

¿Otra de tus sombras?

¿Otro de tus silencios?

Aldric se puso de pie de golpe.

—Cuidado con lo que insinuás.

—No estoy insinuando nada —replicó Eldran, avanzando un paso más—.

Estoy diciendo lo que pasó.

—No —lo cortó Aldric, con una dureza seca—.

Estás diciendo lo que creés haber visto.

Y en este lugar… eso no vale nada.

El aire en la habitación se volvió espeso, como si las paredes se hubiesen acercado unos centímetros sin que nadie lo notara.

—Yo sé lo que vi —insistió Eldran, y por primera vez había algo más que tensión en su voz—.

Y sé lo que sos capaz de ocultar.

Aldric soltó una risa corta, sin humor.

—¿Ocultar?

—repitió—.

Mirate primero, Eldran.

Eres tu el que desaparece en mitad de la noche.

Tu el que aparece hablando con… —hizo un gesto vago con la mano— con lo que sea que haya ahí afuera.

—Al menos yo no niego lo que hago —respondió Eldran, apretando los dientes—.

Tu ni siquiera sabes quién eres cuando cierras los ojos.

—Y tu sí, ¿no?

—Aldric dio un paso hacia él—.

¿O ya empezaste a escuchar voces que te dicen lo que quieres oír?

Maelor se interpuso apenas entre ambos.

—Basta —dijo, pero su voz no tenía la fuerza suficiente para cortar del todo la tensión.

Serah se incorporó en su cama, observándonos con el ceño fruncido, los ojos todavía cargados de sueño pero ya llenos de inquietud.

—¿Qué está pasando?

—Eldran vio cosas —dijo Maelor, sin apartar la mirada de los dos hombres.

—No “cosas” —replicó Eldran de inmediato—.

A Aldric.

Serah negó lentamente con la cabeza, como si esa afirmación confirmara algo que ya temía.

—No… —murmuró.

Todos la miramos.

Ella bajó los pies al suelo, incorporándose con calma, pero su expresión se había endurecido.

—No es eso —continuó— ¿Es que acaso no se dan cuenta?

No son ustedes.

Es la bruña.

El silencio se tensó aún más.

—Juega con lo que vemos —dijo—.

Con lo que creemos conocer.

Con lo que confiamos.

Aldric resopló.

—¿Ahora resulta que todo es culpa de una bruja?

Serah lo miró directamente.

—¿Preferís pensar que alguno de nosotros miente?

Esa pregunta dolió como una daga en la espalda.

Nadie respondió.

Porque cualquiera de las dos opciones era peor.

Eldran volvió a hablar, más bajo, pero con una firmeza inquietante.

—Yo no estoy mintiendo.

Aldric sostuvo su mirada unos segundos más, como si estuviese midiendo algo que no podía nombrar.

—Eso es lo que diría alguien que ya no sabe si lo que ve es real —respondió finalmente.

—Suficiente —dije, cortando la tensión antes de que terminara de quebrarse—.

Al amanecer iremos a ver al cura.

Después… buscaremos respuestas.

Miré a cada uno de ellos.

Aldric.

Eldran.

Serah.

Maelor.

Quería asegurarme que me estén escuchando.

—Pero hasta entonces —añadí— nadie se mueve solo.

Nadie confía en lo que ve sin confirmarlo.

Y nadie… —mi voz se endureció apenas— toma decisiones por su cuenta.

Nadie discutió.

Pero tampoco hubo acuerdo.Y eso… era peor.

No mencioné a la bruja.

Nos recostamos nuevamente, aunque el descanso ya no era una posibilidad real.

El cansancio seguía en el cuerpo, pero la mente se negaba a ceder.

Permanecí con los ojos cerrados durante un largo rato, escuchando la respiración irregular de los demás, sintiendo cómo el peso de la noche seguía asentándose sobre nosotros.

No sé en qué momento comencé a quedarme dormido.

Pero antes de que el sueño terminara de atraparme, abrí los ojos una vez más.

Eldran estaba despierto.

Inmóvil, mirando hacia el techo.

Sus ojos reflejaban la poca luz que quedaba en la habitación.

Me giré para evitar hacer contacto visual y fue ahí cuando vi que Aldric aún llevaba las botas y en ellas, había barro fresco.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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