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Nacido de la Niebla - Capítulo 19

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  3. Capítulo 19 - 19 Capítulo XIX Los difuntos
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19: Capítulo XIX: Los difuntos 19: Capítulo XIX: Los difuntos La mañana no trajo alivio.

La luz entraba por la ventana con una claridad limpia, casi insultante, como si el mundo se empeñara en fingir normalidad después de lo ocurrido durante la noche, como si nada de lo que habíamos visto o sentido tuviera derecho a permanecer con nosotros más allá de la oscuridad.

Sin embargo, bastó con cruzar miradas para entender que ninguno había descansado realmente, y que ese cansancio no tenía que ver con el cuerpo, sino con algo más profundo que comenzaba a instalarse en cada uno de nosotros.

Eldran fue el primero en levantarse, y lo hizo sin decir una palabra, evitando cualquier contacto visual.

Se colocó el abrigo con movimientos mecánicos y salió antes de que alguien pudiera detenerlo o siquiera interrogarlo.

Aldric lo siguió con la mirada, pero no dijo nada; su expresión se endureció apenas, y luego giró el rostro hacia otro lado, como si ya hubiese tomado una decisión que no estaba dispuesto a compartir.

Serah permaneció sentada en su cama, con los brazos cruzados y la espalda recta, en un silencio que no era pasivo, sino contenido, como si estuviera ordenando pensamientos que no terminaban de encajar entre sí.

Maelor y yo nos incorporamos sin apuro, intercambiando una mirada breve que alcanzó para dejar claro lo necesario: había que avanzar, pero sin perder de vista que algo entre nosotros ya no funcionaba como antes.

Cuando bajamos, Garron Bale estaba en la barra, tal como lo habíamos dejado, con la misma jarra entre las manos y el mismo gesto paciente.

Me acerqué sin rodeos.

—La vieja de los pasteles —dije—.

La vimos anoche.

El tabernero no respondió de inmediato; terminó de secar la jarra con cuidado, la apoyó en la madera y recién entonces levantó la vista, estudiándonos con una atención que no había mostrado antes.

—Entonces ya saben que no es solo una vieja —respondió finalmente.

Nadie dijo nada, pero la tensión se acomodó entre nosotros como una presencia más.

—Viene del molino —continuó—.

Está a las afueras del pueblo, siguiendo el camino del este.

No tiene pérdida… si es que quieren encontrarlo.

Maelor apoyó una mano sobre la barra, inclinándose apenas hacia adelante.

—¿Vive sola?

Garron negó con lentitud, como si esa pregunta ya no admitiera una respuesta simple.

—Algunos dicen que sí —respondió—.

Otros prefieren creer que no.

Hablan de hermanas… de más de una voz por las mañanas.

De más de una sombra por las noches.

El silencio que siguió fue breve, pero lo suficientemente denso como para que nadie lo interrumpiera sin pensarlo.

La palabra sombra me retrotrajo al relato de Eldran y su supuesto encuentro con Aldric.

—La gente va a verla —añadió el tabernero, y su tono cambió apenas, volviéndose más bajo, más medido—.

Le piden favores.

Cosas pequeñas al principio, cosas que parecen inofensivas cuando se dicen en voz alta: suerte, salud, dinero… lo de siempre.

—¿Y ella cumple?

—pregunté, sin apartar la mirada.

Garron sostuvo mis ojos durante unos segundos que se extendieron más de lo necesario.

—Siempre.

Esa palabra cayó con el peso de una masa.

—¿Y después?

—insistió Maelor.

—Después se pasa a cobrar —el tabernero desvió la vista—.

Pero eso… tendrán que averiguarlo ustedes.

No preguntamos más.

—La iglesia —retomé.

Garron asintió, recuperando su tono anterior.

—La iglesia está cerca —explicó—.

Sigan la calle principal hasta la fuente y doblen hacia el norte; no van a tardar en verla.

Aunque no creo que encuentren mucho por allí.

Pero tengan cuidado… porque a la gente de aquí no le gustan los extranjeros.

Esa advertencia no era nueva, pero en su voz adquiría un matiz distinto, como si ya no fuera una simple recomendación, sino como algo real que había visto cumplirse demasiadas veces.

Salimos.

Y fue en ese momento cuando lo sentí otra vez.

No era algo que pudiera señalar con precisión, ni una diferencia concreta en la disposición de las calles o en la forma de las casas, pero el pueblo no era exactamente el mismo que habíamos visto la noche anterior.

Las distancias parecían alteradas, los espacios ligeramente deformados, como si Valebrun respirara en nuestra cara y se reacomodara a su propio ritmo, ajeno a cualquier lógica que pudiéramos entender.

Me detuve un instante, observando en silencio, tratando de encontrar algo concreto a lo que aferrarme.

—¿Capitán?

—preguntó Maelor.

—Nada —respondí finalmente—.

Sigamos.

Avanzamos pero ya no como un grupo unido.

Aldric caminaba junto a Serah, hablando en voz baja, sin mirarnos, mientras que Eldran se había adelantado unos pasos, completamente solo, con la mirada fija en algún punto que ninguno de nosotros parecía compartir.

Maelor y yo cerrábamos la marcha, manteniéndonos al margen de una tensión que no necesitaba palabras para hacerse evidente.

Mientras tanto en el pueblo las miradas comenzaron pronto: puertas entreabiertas, ventanas apenas corridas, figuras detenidas en las esquinas, observándonos sin disimulo o escupiendo al suelo cuando pasábamos.

Nuestra presencia era algo que debía rechazarse incluso sin entenderse del todo.

Y lo más inquietante no era esa hostilidad silenciosa, sino la ausencia total de cualquier tipo de orden.

No había guardias.

No había patrullas.

No había soldados.

En todo el valle, hasta donde habíamos visto, no existía ninguna forma visible de autoridad.

—Eso no es normal —murmuré, más para mí que para Maelor.

—No —respondió él—.

No lo es.

No avanzamos mucho más antes de que la tensión encontrara forma.

Dos hombres se interpusieron en nuestro camino, ocupando el centro de la calle con una decisión que no dejaba lugar a dudas.

No llevaban armas visibles, pero sus cuerpos y sus miradas bastaban para entender sus intenciones.

—No son de aquí —dijo uno de ellos, escupiendo a un lado.

Nadie respondió de inmediato.

—Y no parecen tener intención de irse.

Aldric dio un paso adelante, con esa mezcla de control y desafío que ya conocía.

—No buscamos problemas.

El otro hombre soltó una risa seca, breve, sin humor.

—Entonces ya empezaron mal.

Sentí cómo la tensión se tensaba aún más.

El grupo no estaba de ánimos.

Aldric se preparó, Eldran giró apenas, Serah ajustó su postura… pero Maelor se adelantó con una calma que desarmaba la escena sin necesidad de imponerse.

—No vinimos a quedarnos —dijo—.

Ni a quitarles nada.

Los hombres lo observaron en silencio.

—Entonces no deberían caminar como si esto les perteneciera.

Maelor sostuvo la mirada sin moverse.

—No lo hacemos.

El intercambio se extendió unos segundos más, lo suficiente como para que cualquier error lo convirtiera en algo irreversible, hasta que finalmente uno de ellos cedió ante el carisma de Maelor, escupió nuevamente y dio un paso atrás.

—Entonces aprendan rápido —dijo—.

O no van a durar mucho.

Se dieron la vuelta y fueron, no sin mirar hacia atrás un par de veces.

Nosotros continuamos la marcha del silencio.

La iglesia apareció poco después, al final de la calle indicada.

Era más pequeña de lo que esperaba, construida en piedra clara, con una torre baja y una puerta de madera que permanecía entreabierta, como si esperara a alguien.

Entramos y e interior estaba vacío.

Demasiado limpio.

Demasiado ordenado.

El silencio era abandono.

Recorrimos el lugar sin encontrar rastro del cura ni de nadie más, y fue entonces cuando sentí esa misma sensación que ya había aparecido antes, ese leve tirón hacia algo que no estaba a la vista.

—Por aquí —dije.

Rodeamos el altar y encontramos una puerta que daba hacia el exterior.

El cementerio se extendía detrás de la iglesia.

El viento movía la hierba entre las tumbas, generando un murmullo constante que parecía recorrer el lugar de punta a punta, como si el suelo mismo susurrara algo que no alcanzábamos a comprender.

Avanzamos sin hablar hasta que las vimos tumbas viejas, algunas tapas por años de hiervas que habían crecido sin control.

Muchas lápidas estaba rotas o partidas en dos, y otras tantas tan comidas por el tiempo que no lograba distinguirse ninguna inscripción.

A un costado, como separadas del resto, había cuatro tumbas.

Estaban muy juntas y parecían ser más recientes que el resto.

Me acerqué para leer sus lápidas y allí estábamos: los nombres tallados con precisión y sin error posible.

Aldric.

Serah.

Maelor.

Eldran.

El aire se volvió pesado, casi irrespirable.

Nadie dijo nada.

Nadie necesitó hacerlo.

Di un paso más.

Había una quinta tumba un poco más alejada.

La tierra estaba removida.

La lápida… vacía.

La observé en silencio durante un largo instante, sintiendo cómo algo dentro de mí terminaba de encajar en un lugar que no quería aceptar.

Y supe, sin necesidad de que nadie lo dijera, que esa era tumba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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